El imperio más codiciado de Italia que no le pertenece a nadie… excepto a él.
Ella heredó algo que no le pertenecía y él está dispuesto a quitárselo.
Entre pasiones calculadas y verdades que amenazan con destruirlos a ambos, la pregunta no es quién ganará… sino quién caerá primero en su propia trampa.
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Capítulo 21
Fabiola dio dos pasos hacia atrás, fuera del alcance del abrazo de Alejandro. Sus labios, teñidos del rojo oscuro del *Barolo* y aún tibios por el fuego del beso, dibujaron una curva provocadora. La respiración de ambos era agitada, un ritmo acelerado que contrastaba con la calma sepulcral de la noche sobre Turín.
Alejandro permaneció inmóvil junto a la balaustrada. Sus ojos, oscuros como el carbón, no se apartaban de ella ni un solo milímetro. En su rostro no quedaba rastro del frío inversionista ni del calculador líder de los consejos de administración: era la mirada de un cazador que acababa de probar la sangre y no pensaba regresar a la jaula.
—Este lugar se nos quedó pequeño, Santamaría —dijo Fabiola, abrochándose lentamente el abrigo mientras sostenía esa mirada magnética—. Demasiados ojos, demasiada etiqueta.
—Conozco un lugar —respondió Alejandro. Su voz era un murmullo grave, raspado por la tensión—. Sin camareros, sin guardias, sin nadie que interrumpa lo que estamos a punto de empezar.
Fabiola caminó hacia él hasta quedar a escasos centímetros. Extendió una mano, ajustó el cuello de la camisa de Alejandro con una lentitud fingida y rozó con sus nudillos la línea dura de su mandíbula.
—Tú conduces —murmuró ella, desprendiéndose de las llaves de su deportivo y dejándolas caer sobre la mano de él—. Pero te advierto algo, Alejandro: una vez que crucemos esa puerta, no hay marcha atrás.
Alejandro cerró los dedos alrededor de las llaves con un chasquido seco.
—Nunca doy un paso atrás, Fabiola —sentenció él.
Quince minutos más tarde, el deportivo negro devoraba las avenidas desiertas que serpenteaban hacia la ladera este de Turín, alejándose del centro urbano. Las luces de la ciudad se convirtieron en un mar de luciérnagas doradas a medida que ascendían por la colina.
El destino era una villa privada de arquitectura vanguardista, oculta tras muros de piedra volcánica y un frondoso bosque de pinos. Era el refugio personal de Alejandro, un lugar cuya ubicación no figuraba en ningún registro comercial y donde solo su círculo más íntimo —aquellos que sabían exactamente quién era el *Don*— conocía su existencia.
Alejandro detuvo el auto frente al portón de hierro macizo, que se abrió de forma automática al detectar el código de proximidad. Avanzó por el sendero de gravilla hasta la entrada principal, una estructura de hormigón pulido y enormes ventanales de cristal ahumado que se asomaban directamente al abismo de la colina.
Apagó el motor. El silencio en el interior del habitáculo se volvió de nuevo denso, cargado de una expectativa eléctrica.
Fabiola no esperó a que él le abriera la puerta. Bajó del auto con elegancia implacable, taconando sobre la piedra mientras miraba la imponente fachada. Sabía perfectamente que entrar ahí significaba adentrarse en el corazón mismo del territorio del enemigo; un territorio donde las leyes de la calle y de la mafia mandaban sobre cualquier norma escrita. Pero la adrenalina le quemaba las venas.
Alejandro abrió la pesada puerta de madera maciza y la dejó pasar.
El interior era una obra de arte sobria y oscura: suelos de mármol negro pulido, una chimenea de vapor encendida que proyectaba sombras danzantes sobre las paredes de piedra y una tenue iluminación tenue que apenas rasgaba la penumbra.
Fabiola avanzó hacia el centro del salón, dejando caer su abrigo negro sobre el respaldo de un sofás de cuero. Llevaba un vestido de seda borgoña que se ajustaba a su figura como una segunda piel, dejando al descubierto sus hombros pálidos y la curva delicada de su espalda.
Se giró hacia Alejandro, quien acababa de cerrar la puerta con un golpe sordo. Él se quitó el abrigo con parsimonia, lo arrojó sobre una consola de madera y comenzó a desabrocharse los puños de la camisa, avanzando hacia ella con pasos lentos, seguros, devorándola con la mirada.
—Bienvenida a mi territorio, Fabiola —dijo él, deteniéndose a solo un paso de distancia—. Aquí no hay juntas directivas, no hay abogados, ni tampoco hay acuerdos que proteger. Solo estamos tú y yo.
Fabiola esbozó una sonrisa helada, manteniendo la cabeza en alto a pesar de que el pulso le retumbaba en los oídos.
—Me gusta tu territorio, Santamaría —dijo ella en un susurro, cruzando los brazos sobre el pecho en un gesto de falso desinterés—. Aunque huele demasiado a peligro.
—Tú no le tienes miedo al peligro —repuso Alejandro, acortando la última distancia hasta que el calor de su cuerpo envolvió al de ella—. Te alimenta. Lo busques en la pista a trescientos kilómetros por hora o lo busques en mí.
Alejandro extendió la mano y sujetó a Fabiola por la cintura con una firmeza que no admitía réplica, pegándola brutalmente contra su pecho. Con la otra mano, le sujetó el mentón, obligándola a alzar el rostro para mirarlo directamente a los ojos.
—Dime la verdad, Fabiola —murmuró él, rozando sus labios contra la piel de su cuello, haciendo que un estremecimiento inevitable recorriera la columna de la heredera—. ¿Viniste aquí para vencerme, o porque estás cansada de fingir que no deseas esto tanto como yo?
Fabiola enredó sus dedos en el cabello oscuro de Alejandro, tirando ligeramente hacia atrás para obligarlo a mirarla de frente. Sus ojos oscuros brillaban con una mezcla peligrosa de triunfo, deseo y ambición pura.
—Vine porque me gusta jugar con fuego, Alejandro —respondió ella con la voz entrecortada por la cercanía—. Y porque quiero ver qué pasa cuando el gran *Don* pierde el control por completo.
Alejandro soltó una risa baja, oscura y feroz antes de volver a apoderarse de sus labios en un beso infinitamente más salvaje, hambriento e imponente que el de la terraza, arrastrándola hacia la penumbra del sofocante salón donde las mentiras, las traiciones y la sed de poder finalmente iban a consumirse juntas.