Cuando Valeria hereda una casona colonial en ruinas, cree que su único problema serán las termitas, no el fantasma carnicero del siglo XIX que intenta arrancarle la cabeza en el baño. Sin opciones, contrata a Gabriel Thorne, un demonólogo y cazador de lo paranormal tan frío, perfecto y calculador que parece hecho de mármol. Valeria no sabe callarse la boca, actúa antes de pensar y le encanta sacarlo de su quicio profesional; Gabriel cree tener cada riesgo bajo control, hasta que descubre que la impredecible audacia de Valeria es la única fuerza capaz de derretir su armadura. Entre rituales sangrientos, monstruos grotescos y discusiones sarcásticas a medianoche, la tensión entre ambos escala de un odio racional a una pasión feroz que amenaza con consumir sus vidas antes de que lo haga la maldición.
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CAPÍTULO 12: La solidez de las cimientos
El invierno en el valle del curso alto del río no perdonaba las treguas fingidas. Durante cuarenta y ocho horas después de que la nevada se detuviera, el aire se transformó en una lámina de cristal helado que cristalizaba los aleros de la Casona de los Cedros y convertía los charcos del camino de entrada en espejos grises y quebradizos.
A las siete de la mañana del miércoles, el furgón discreto de Mateo estaba listo en el patio trasero, con las cadenas instaladas en las ruedas traseras y la calefacción de la cabina emitiendo un zumbido sordo.
Julián Thorne llevaba un abrigo grueso de lana gris —un regalo de Gabriel que no tenía etiquetas ni divisas corporativas— y una bufanda oscura levantada hasta la barbilla. Su rostro aún conservaba la palidez del paciente recién salido de una crisis de extracción, pero el tinte ceniciento de su piel había desaparecido por completo. Apoyaba el peso sobre un bastón de empuñadura de madera de nogal que Valeria le había entregado antes de salir del salón.
Gabriel y Julián estaban de pie junto a la puerta trasera del furgón, a resguardo del viento que soplaba desde los crestones de granito de la sierra.
—El trayecto hasta la residencia de la costa tomará aproximadamente cinco horas por las carreteras secundarias —dijo Gabriel, ajustándole la solapa del abrigo a su hermano con un gesto mecánico que intentaba ocultar la rigidez de sus propios dedos—. Mateo tiene instrucciones de no utilizar ninguna frecuencia de radio cifrada de la firma durante el recorrido. La identidad con la que estás registrado en el sanatorio es la de un antiguo docente de arquitectura de la red pública.
Julián contempló a su hermano menor con una mezcla de cansancio y afecto áspero. Extendió la mano derecha y sujetó el hombro sano de Gabriel.
—Ssigues hablando como un manual de procedimientos de emergencia, Gabriel —dijo Julián en un tono bajo que apenas rozó el susurro del viento en las ramas del cedro—. Pero por primera vez en doce años, no me importa.
—El protocolo garantiza tu seguridad, Julián.
—Lo que me garantiza la vida es que tuviste el valor de desobedecer a nuestra madre y a la junta —corrigió Julián, inclinando la cabeza ligeramente hacia Valeria, que permanecía a tres pasos de distancia, con las manos metidas en los bolsillos de su cazadora de cuero y la bufanda de lana roja envolviéndole el cuello—. Y que te buscaste a una socia que no le tiene miedo ni a tus informes ni a tus monstruos de piedra.
Valeria esbozó una pequeña sonrisa de lado y dio un paso adelante.
—Procura no volver a colarte por las paredes de mi sótano, Julián —dijo ella, apretándole el brazo con calidez—. La próxima vez no te prepararé estofado; te cobraré los daños en la albañilería.
Julián soltó una carcajada limpia, breve, que dejó escapar una nube de vapor en el aire helado.
—Trato hecho, señorita Gómez.
Mateo cerró la portezuela del furgón tras ayudar a Julián a acomodarse en el asiento reclinable. Miró a Gabriel, ejecutó una leve inclinación de cabeza que sustituyó a cualquier saludo formal y subió al puesto de mando. El vehículo avanzó despacio sobre la nieve apelmazada, crujiendo sobre la grava del camino hasta que el remate de la verja de hierro fundido lo ocultó tras el primer recodo del bosque.
Gabriel no se movió de su posición hasta que el sonido del motor diésel se disipó por completo en la distancia.
Valeria se acercó a él por detrás, pegando su hombro contra el de él y deslizando sus dedos enguantados dentro de la mano derecha del especialista. La piel de Gabriel estaba fría, pero la tensión en los músculos de su brazo comenzaba a ceder despacio, como si la partida del furgón hubiera cerrado definitivamente una compuerta que llevaba doce años filtrando veneno en sus cimientos.
—Ha salido bien, Don Frío —murmuró Valeria, apoyando la sien contra su brazo.
—Ha salido conforme a la tolerancia prevista —corrigió él por hábito, aunque apretó los dedos de Valeria con una fuerza inequívoca—. Ahora debemos abordar las consecuencias administrativas.
—¿Administrative? ¿Te refieres a tu madre?
—Me refiero al hecho de que Valdemar recibirá el informe de fallo de contención de la muestra en menos de veinticuatro horas —dijo Gabriel, girándose hacia la casona, cuyo tejado de pizarra reflejaba los primeros rayos del sol invernal—. Y cuando la comisión descubra que la matriz de cristalización se ha disuelto por completo sin dejar rastro de la masa de Clase V, la atención del Consejo se desplazará desde la casona hacia mi expediente personal.
Valeria levantó la mirada hacia el rostro de perfil de Gabriel. La línea de su mandíbula era dura, pero sus ojos azules no reflejaban la sombra de preocupación helada de los días anteriores; reflejaban la determinación de un arquitecto que sabe exactamente cuántas vigas necesita para sostener una estructura bajo la tormenta.
—Que vengan —dijo Valeria, apretándole la mano—. Esta vez las puertas de roble están bien atrancadas. Y el té de la cocina está caliente.
El silencio de la Casona de los Cedros durante las cuarenta y ocho horas siguientes fue un silencio distinto: amplio, sereno, desprovisto del zumbido de fondo que durante años había hecho vibrar el cristal de las vitrinas.
Gabriel había transformado el antiguo gabinete de estudio de la tía Matilde —un espacio rectangular en la primera planta con paredes paneladas en madera de castaño y una chimenea menor de ladrillo visto— en su puesto de mando provisional. Sobre la mesa de centro no había planos de demolición ni sensores de frecuencia; había cuadernos de notas de tapa de lona manuscritos por su padre, un mapa topográfico de la cuenca trazado a mano en 1940 y dos tazas de cerámica vacías.
Valeria estaba sentada en el suelo, sobre una alfombra gruesa de lana tejida a mano, puliendo las cantoneras de bronce de una pequeña cómoda de caoba que había rescatado del desván. El olor a cera de abejas y aguarrás se mezclaba con el humo de la leña de encina que ardía en el hogar.
—El informe de la comisión de auditoría ha sido registrado a las nueve de la mañana —dijo Gabriel sin levantar la vista de un tomo encuadernado en piel azulina—. Valdemar ha firmado una diligencia de reserva por "anomalía no reproducible".
Valeria dejó el paño de pulir sobre la tabla y se estiró hacia atrás, apoyando los codos en el asiento del sillón de cuero donde Gabriel estaba reclinado.
—¿Y eso qué significa en cristiano, Thorne?
—Significa que han preferido clasificar la pérdida del contenedor como un fallo de manipulador químico antes que admitir ante el Consejo Regional que un objeto de Clase V se disolvió en su propio laboratorio de alta seguridad —explicó Gabriel, pasando una página del tomo con cuidado—. Mi madre ha votado a favor de la suspensión de las investigaciones en la cuenca sur.
Valeria arqueó una ceja.
—¿Victoria ha votado a favor de cerrar el tema? ¿Tu madre?
—Mi madre es una administradora pragmática —contestó Gabriel, cerrando el libro y mirando a Valeria desde su posición elevada—. Si la investigación continuaba, el gabinete técnico habría tenido que auditar las firmas de energía del sótano de esta casa. Y una auditoría completa habría sacado a la luz los registros de la operación de San Marcos de hace doce años. Mi madre prefiere perder un expediente que permitir que el Consejo cuestione las decisiones operativas que tomó durante su presidencia.
—O sea que nos ha dejado en paz no por bontad, sino por miedo a que tiremos de la manta.
—El miedo es un factor de contención mucho más predecible que la buena voluntad, Valeria —sentenció Gabriel con una calma helada.
Valeria se incorporó despacio, se apoyó sobre las rodillas y se colocó entre las piernas de Gabriel, descansando las manos sobre los muslos de él. Llevaba unos pantalones de pana marrón y una camiseta de manga larga gris que le quedaba floja en los hombros.
—Me da igual cuál sea su motivo —dijo ella, mirando la línea suave que el fuego dibujaba en el cuello de Gabriel—. Lo importante es que la casona es nuestra. De verdad nuestra. Sin contratos de tutoría con letra pequeña, sin inspectores de la firma metiendo las narices en la cocina y sin muestras de mercurio en frascos de plomo.
Gabriel extendió las manos y le sujetó el rostro con los dedos abiertos, recorriendo la curva de sus pómulos con las yemas de los pulgares. La calidez de la piel de Valeria contrastaba con el recuerdo del frío glacial de la cámara subterránea, un recordatorio físico de que el peligro había quedado atrás.
—El contrato de tutoría técnica sigue vigente en mis archivos personales, señorita Gómez —murmuró él, inclinándose hacia adelante hasta que la punta de su nariz rozó la de ella—. La cláusula de supervisión continua requiere mi presencia en esta propiedad de forma indefinida.
—Vaya. ¿Y qué pasa si la propietaria decide aumentar las exigencias del contrato? —desafió ella en un susurro, enredando los dedos en la parte posterior del chaleco de Gabriel.
—El especialista evaluará las exigencias y procederá a su ejecución sin margen de demora —contestó Gabriel justo antes de atrapar sus labios en un beso profundo, lento, donde la urgencia de los días de crisis dio paso a una posesión serena y deliberada.
Valeria suspiró contra su boca, dejándose llevar hacia adelante hasta quedar recostada contra el pecho de él sobre la amplitud del sillón de cuero. La madera de castaño de la estancia, el chisporroteo de las brasas de encina y la firmeza de los brazos de Gabriel envolviéndola crearon una certeza absoluta: la reconstrucción de la casona no era la restauración de un edificio de piedra, sino la cimentación de una vida que ninguno de los dos había previsto en sus ecuaciones originales.
El sábado siguiente, el mercado del pueblo de la parte baja del valle reabrió tras la nevada.
El aire de mediodía era seco y luminoso. Los puestos de madera de los agricultores locales ocupaban la plaza de la iglesia, ofreciendo manzanas de invierno, quesos curados de cabra en cortezas de romero, barras de pan de hogaza recién horneadas y tarros de miel de brezo.
Valeria caminaba por el empedrado de la plaza vistiendo su cazadora de cuero negra sobre un jersey de lana roja, con una cesta de mimbre colgada del brazo. A su lado, Gabriel Thorne caminaba con un abrigo largo de paño azul marino, guantes de piel negra y una bufanda de seda oscura.
Para los vecinos del pueblo, la visión del especialista de la firma —un hombre cuya sola presencia solía presagiar expropiaciones de terrenos, cierres de caminos o despliegues de equipos de contención con trajes aislantes— paseando tranquilamente por los puestos de fruta y tomando una barra de pan con la mano derecha era una anomalía sociológica de proporciones históricas.
—Ese es el señor de los papeles del centro —murmuró la anciana del puesto de los quesos mientras envolvía un pedazo de queso duro en papel parafinado—. El que compró los materiales para la casa de los Alarcón.
—Es el especialista Thorne —corregió el vendedor de verduras de la mesa vecina en voz baja—. Decían que iban a derribar la casona por lo del vertido de la montaña. Pero la chica de la tía Matilde se ha quedado allí. Y él no se ha vuelto a la ciudad.
Valeria escuchó los susurros con una sonrisa de lado que no intentó ocultar. Se acercó al puesto de las manzanas, tomó dos piezas rojas y firmes y las sopesó en la mano antes de mirarle a Gabriel.
—¿Cuál es la densidad óptima para una tarta de manzana, Don Frío? ¿Esta variedad o la verde?
Gabriel se detuvo a su lado, se quitó el guante de piel de la mano derecha con un movimiento parsimónico y tomó una de las manzanas rojas entre sus dedos. La examinó con una atención analítica que hizo que el vendedor del puesto se pusiera recto tras la balanza de latón.
—La variedad roja presenta un contenido de fructosa más elevado y una estructura celular menos rígida —dictaminó Gabriel con su habitual voz de informe técnico—. Durante el proceso de horneado, la evaporación del agua libre generará una textura demasiado blanda. La variedad verde mantendrá la firmeza mecánica necesaria para sostener la masa inferior.
Valeria miró al vendedor, que parpadeaba sorprendido sin saber si persignarse o darles las gracias.
—Nos llevaremos dos kilos de las verdes, por favor —dijo Valeria, soltando una risita limpia.
Mientras el vendedor llenaba la bolsa de papel, Gabriel sacó su billetera de cuero y pagó con el importe exacto en monedas limpias. Al guardarse el cambio, se inclinó ligeramente hacia el oído de Valeria.
—Su comportamiento en el mercado carece de cualquier rigor de compra, señorita Gómez. Ha seleccionado las hortalizas por su coloración exterior en lugar de evaluar su peso específico.
—Se llama comprar comida como la gente normal, Thorne —contestó ella, pasándole la cesta de mimbre para que la llevara él—. Algo que vas a tener que aprender si vas a vivir en esta comarca sin Mateo para que te organice el catering corporativo.
Gabriel tomó la cesta de mimbre con la misma solemnidad con la que habría transportado un maletín de documentos clasificados de la firma.
—Mateo ha sido reasignado a la supervisión del perímetro exterior de la provincia —informó Gabriel mientras cruzaban la plaza hacia el camino de la casona—. Ha aceptado el puesto con la condición de mantener su residencia en el pabellón de guardeses de nuestra propiedad.
Valeria se detuvo en el puente de piedra que cruzaba el río de la parte baja. Miró a Gabriel a los ojos, sorprendida por la frase.
—¿Nuestra propiedad? —marcó la palabra con calidez.
Gabriel se detuvo junto al pretil de granito del puente. La luz del sol invernal reflejada en la corriente del agua iluminaba el contorno de sus facciones, haciendo que sus ojos azules parecieran de un cristal transparente y sereno.
—La Casona de los Cedros está inscrita a su nombre en el registro público, Valeria —dijo él, apoyando la cesta sobre el pretil—. Pero los gastos de mantenimiento, las actualizaciones de la red eléctrica y la custodia de los archivos inferiores están compartidos bajo el régimen de copropiedad privada que redacté la noche del jueves.
—¿Redactaste un régimen de copropiedad privada sin decírmelo?
—Redacté un documento que requiere su firma en la última página —corregió Gabriel, sacando del bolsillo interior de su abrigo una carpeta de cuero marrón de pequeño formato—. Incluye una cláusula especial para el uso del taller de madera del vestíbulo y otra para la distribución del espacio en el dormitorio principal.
Valeria tomó la carpeta, la abrió y leyó las tres líneas manuscritas con la caligrafía pequeña y perfecta de Gabriel en la parte inferior de la hoja de papel de hilo:
"Las decisiones relativas a la arquitectura interior, el mobiliario y la presencia de objetos no analizados en la residencia serán tomadas de común acuerdo por los copropietarios, quedando expresamente prohibido el uso de la frialdad analítica para resolver discrepancias de carácter afectivo."
Valeria sintió un nudo cálido en la garganta. Levantó la vista hacia él, viendo la pequeña arruga que se formaba en el entrecejo del especialista mientras esperaba su reacción con una vulnerabilidad contenida que solo ella tenía el privilegio depresenciar.
—Eres un estirado ridículo, Gabriel Thorne —dijo ella en un murmullo que se quebró ligeramente de emoción.
—Soy un especialista que intenta garantizar la estabilidad a largo plazo de su relación más importante —corregió él.
Valeria cerró la carpeta, la guardó bajo el brazo, le tomó la cara con las dos manos y lo besó allí mismo, en el centro del puente de piedra del pueblo, ante la mirada curiosa de los vecinos que regresaban del mercado. Gabriel tardó medio segundo en reaccionar antes de rodearle la cintura con el brazo libre, atrayéndola contra su cuerpo con una firmeza que dejó claro a todo el valle que el especialista de la firma había encontrado su lugar en el mundo.
A las seis de la tarde, la luz del crepúsculo volvía a teñir de violeta y oro los muros de la casona.
En la cocina, la gran mesa de nogal estaba cubierta con los ingredientes que habían comprado en el mercado: las manzanas verdes, un paquete de harina de trigo molida a piedra, mantequilla fresca envuelta en papel vegetal y un tarro de canela en rama.
Valeria llevaba un delantal de lino blanco con una mancha de harina en la mejilla izquierda y tenía las manos cubiertas de masa. Intentaba estirar la pasta con un rodillo de madera pesada que había pertenecido a su tía Matilde.
Gabriel estaba de pie a su lado, habiéndose quitado la chaqueta del traje y doblado las mangas de su camisa blanca hasta los codos. Sostenía una balanza de cocina de latón y un tazón de cristal donde medía la cantidad de azúcar moreno con una precisión de farmacéutico.
—Tres gramos más de azúcar alterarán el equilibrio cinético de la caramelización durante el horneado, Valeria —advirtió Gabriel, observando la cuchara que ella sostenía sobre el tazón.
—Tres gramos más de azúcar van a hacer que la tarta sepa a tarta y no a medicina de laboratorio, Don Frío —contestó ella, dejando caer el contenido de la cuchara en la mezcla con un gesto de provocación deliberada.
Gabriel soltó un leve suspiro de resignación, pero la sombra de una sonrisa iluminó sus ojos azules. Dejó la balanza sobre la mesa, se acercó a ella por detrás y pasó sus brazos alrededor de su cintura, apoyando la barbilla en el hombro de Valeria mientras observaba la masa estirada sobre la madera.
—Está usted contaminando el método científico con una obstinación gastronómica alarmante, señorita Gómez —murmuró él en su oído, sintiendo el aroma a manzana y canela que comenzaba a llenar el aire de la cocina.
—Estoy enseñándote a vivir fuera de los informes de la firma, especialista —contestó ella, girando la cabeza para besarle la mejilla cubierta de una pizca de harina que le había traspasado al apoyarse contra ella.
Gabriel rio en silencio, un sonido bajo y profundo que hizo vibrar su pecho contra la espalda de Valeria. Mantuvo los brazos alrededor de ella, sintiendo la calidez de su cuerpo, la solidez de la madera bajo sus manos y el murmullo tranquilo de la casa restaurada que los cobijaba.
Afuera, la noche invernal cayó sobre las colinas del valle. El viento movió suavemente las ramas del gran cedro del patio, haciendo caer los últimos restos de nieve sobre la hierba húmeda. En el sótano, las paredes de piedra permanecían frías, ciegas y en silencio; el fuego gris se había extinguido para siempre, dejando paso a la luz cálida de las lámparas que iluminaban las ventanas del primer piso.
La Casona de los Cedros ya no era una ruina amenazada por las sombras del Consejo ni un campo de batalla para las anomalías de la tierra. Era un hogar. Un refugio de piedra, madera y hierro construido sobre los cimientos de dos vidas que habían aprendido a encontrarse en mitad del desorden.
Gabriel apretó el abrazo alrededor de Valeria, mirando el reflejo de ambos en el cristal de la ventana de la cocina.
—Bienvenida a la segunda cláusula del contrato, Valeria —susurró él.
—Bienvenido a la vida real, Don Frío —contestó ella, apretándole los brazos con fuerza mientras el olor a manzana horneada comenzaba a llenar la estancia, anunciando el principio de una noche larga, tranquila y eterna.