Valeria Salcedo murió traicionada por su esposo y por la mujer que llamaba hermana. Le quitaron su empresa, su familia, su dignidad y, al final, la vida.
Pero despertó de nuevo.
Esta vez volvió al día en que todo empezó: la mañana después de su boda, justo cuando estaban por acusarla de haber engañado a su marido. Solo que ahora Valeria ya sabe quiénes son sus enemigos, qué quieren quitarle y cuánto están dispuestos a destruirla.
Para sobrevivir, necesita poder. Y el poder tiene nombre: Santiago Alcázar, el hombre más temido del mundo empresarial mexicano.
Él no confía en ella. Ella tampoco piensa enamorarse de él.
Su matrimonio empieza como un trato: ella usará su apellido para vengarse, él usará sus secretos para encontrar la verdad de una mujer que nunca pudo olvidar.
Pero entre besos, amenazas, celos y enemigos que no dejan de aparecer, Valeria descubrirá que renacer no solo significa ajustar cuentas.
También puede significar aprender a elegir, por primera vez, a quién dejar entrar en su vida.
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Capítulo 2
Capítulo 2
Damián se quedó congelado.
Miró a las empleadas.
Todas negaron con la cabeza, con la cara descompuesta.
Doña Irene, con la boca hecha un desastre, intentó explicar:
—Señor Fuentes, no hay nadie en la habitación, pero le juro que anoche escuché ruidos. Sí había un hombre. Yo...
Damián no dejó que Valeria hablara.
—¿Escuchaste ruidos anoche y esperaste hasta ahora? ¿Por tus chismes hice enojar a Valeria? En esta casa no hay lugar para mujeres venenosas. ¡Fuera todas!
Qué rápido se protegía.
Ese hombre era despiadado hasta con sus propias piezas.
—Yo... yo... —Doña Irene solo pudo llorar.
Damián se acercó a Valeria con cara arrepentida.
—Valeria, perdóname. Te malinterpreté. Me importas demasiado y por eso reaccioné así. Dame otra oportunidad, ¿sí?
Estiró la mano.
Valeria se apartó antes de que pudiera tocarla.
Los ojos de Damián se oscurecieron.
Algo en ella estaba raro.
Valeria retrocedió un paso y sonrió apenas.
—¿Solo pides perdón de palabra? ¿No vas a demostrarlo con algo?
—Lo que quieras. Haré cualquier cosa si me perdonas.
—Arrodíllate y discúlpate.
No habló fuerte, pero todos la escucharon.
Damián creyó haber oído mal.
—¿Qué dijiste?
Valeria soltó una risa corta.
—Era broma. Mira qué nervioso te pusiste. Sé que te preocupaste por mí. No te voy a culpar.
Damián respiró aliviado.
Seguía siendo la misma tonta.
—Sabía que mi Valeria era la mejor. Entonces, lo de la cena de esta noche...
Dejó la frase en el aire.
En la vida anterior, Valeria prometió que después de casarse transferiría a Damián las acciones que estaban a su nombre. Él usó la trampa de la infidelidad para arrebatárselas por la fuerza.
Esta vez no iba a tocar nada.
—Claro. Esta noche, delante de todos, te daré el contrato.
—Bien. Muy bien. ¿Qué hacen aquí paradas? ¡Lárguense! Y si vuelven a difamar a la señora, les arranco la lengua.
Damián sacó a las empleadas a gritos.
—Señor Fuentes, aquí hay algo raro, yo...
—Si no tienes pruebas, cierra la boca. Cuando tenga las acciones, hablamos. Tú desaparece unos días.
Damián se fue.
Doña Irene se sostuvo la boca herida. Sus ojos, llenos de odio, se clavaron en Valeria.
—Valeria Salcedo, espera nada más. Te voy a matar.
Valeria miró cómo se alejaban y apretó los puños.
Quería despedazar a Damián, pero conocía su posición actual.
Además de las acciones a su nombre, casi todo el poder real estaba en manos de Damián y Camila.
Si pedía el divorcio sin preparar nada, no recuperaría lo suyo y arrastraría otra vez a la familia Salcedo al desastre.
No iba a ser tan estúpida.
Para divorciarse bien, escapar de Damián y tener su vida en sus propias manos, necesitaba una fuerza más grande.
Los ojos de Valeria brillaron.
—La familia Alcázar.
Sacó el celular y empezó a moverse.
En una oficina de Santa Fe, Santiago Alcázar miraba la toalla guardada en el cajón.
La cara de aquella mujer volvía a su mente una y otra vez.
¿Quién era?
¿Por qué había terminado él en esa casa?
¿Qué había pasado exactamente?
Tocaron la puerta.
Santiago cerró el cajón.
—Pasa.
Mateo Beltrán, su secretario, entró con una carpeta.
—Señor Alcázar, aquí está el análisis de sangre. Sí había rastros de afrodisíaco. Le dieron algo. Todavía estoy investigando cómo terminó en la casa Fuentes.
—¿Y ella?
Mateo hizo una pausa incómoda.
—La encontramos. Es Valeria Salcedo, esposa de Damián Fuentes.
—¿Señora Fuentes?
Así que sí estaba casada.
—Sí. Anoche fue su noche de bodas con el señor Fuentes. No sabemos cómo... bueno, seguiré investigando.
—Quiero verla.
Mateo frunció el ceño.
—Señor, aunque esa mujer probó que usted funciona perfectamente en ese aspecto, está casada. Si en su noche de bodas fue capaz de acostarse con otro, su vida privada no debe ser precisamente limpia. Ella...
—Ella no es así.
La voz de Santiago cortó la explicación.
Valeria no era así. Él ya lo había comprobado con sus propios ojos.
Además, aunque Mateo tuviera razón en algo, lo de anoche para Santiago había sido una buena noticia. Al menos confirmaba que no estaba muerto por dentro.
Antes de eso no le interesaban las mujeres.
Ni los hombres.
Había llegado a pensar que tenía un problema.
Hasta que pasó una noche entera con Valeria.
Abrió la carpeta. Sus dedos largos se detuvieron sobre la fotografía.
—Valeria Salcedo —murmuró, con una sonrisa apenas visible.
Mateo se puso negro de la preocupación.
Una sola noche y ya la defendía.
—Señor Alcázar, piense bien. Si esto sale a la luz, los van a destruir en redes. Si le gusta ese tipo de mujer, puedo buscarle a alguien. Pero ella...
La línea interna lo interrumpió.
—Señor Alcázar, hay una mujer llamada Valeria Salcedo en recepción. Quiere verlo. No tiene cita.
—Valeria Salcedo.
La recepcionista se quedó muda un segundo y miró a la mujer frente a ella.
Alta, bonita, buen cuerpo. Sí, pero nada que explicara aquella reacción.
¿El señor Alcázar no iba a mandarla sacar?
Y cuando dijo su nombre, su voz sonó suave.
—Sí, Valeria Salcedo —repitió la recepcionista.
—Que suba.
Santiago colgó.
La actitud de la recepcionista cambió al instante.
—Señorita Salcedo, qué impresionante. El señor Alcázar la recibirá. Es la primera persona que entra sin cita desde que existe esta empresa.
Valeria parpadeó.
—¿Por qué soy la primera?
No conocía a Santiago, pero los rumores sobre él eran imposibles de ignorar. El hombre más rico, el rey del mundo empresarial, el respaldo más fuerte que podía encontrar.
Si iba a agarrarse de una rama, tenía que ser de la más gruesa.
Y con esa rama iba a tumbar a todos esos desgraciados.
—Eso tendría que preguntárselo usted a él. Por favor, acompáñeme.
Valeria entró al elevador.
En la oficina, Mateo apretó los dientes.
—Señor, ¿todavía se ríe? Esa mujer se enteró demasiado rápido de quién es usted. No es simple. Tenga cuidado, puede ser una trampa.
—Sí. Es bastante impresionante.
Santiago sonrió.
Al fin y al cabo, nadie más lo había empujado de un segundo piso sin remordimiento.
Mateo quiso seguir hablando, pero tocaron la puerta.
—Pasa.
Valeria respiró hondo, bajó la mirada y entró.
—Señor Alcázar, buenas tardes. Soy...
Al levantar la cabeza y ver su cara, retrocedió.
Sus pupilas se abrieron.
—Eres... eres... eres tú.
y ahí se dan cuenta que es una sustituta y arde Troya ella merece a alguien que la quiera a ella no a un recuerdo