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Renací para amar al hombre que destruí

Renací para amar al hombre que destruí

Status: En proceso
Genre:CEO / Mujer poderosa / Amante arrepentido / Reencarnación(época moderna)
Popularitas:9.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Ángela Sarmiento murió después de descubrir la verdad más cruel: su hermana adoptiva y el hombre en quien más confiaba habían destruido a su familia. Y Gael Montenegro, el poderoso y temido prometido del que siempre quiso escapar, era el único que la había amado de verdad… y también el hombre que murió por culpa de ella.
Cuando Ángela abre los ojos, ha regresado al momento en que todo comenzó.
Esta vez no piensa huir de Gael. Recuperará lo que le pertenece, hará pagar a quienes la traicionaron y conquistará de nuevo al hombre que sacrificó todo por ella.
Pero Gael todavía recuerda su rechazo. No confía en sus caricias, sospecha de cada palabra dulce y está convencido de que Ángela solo prepara otra forma de abandonarlo.
Entre venganzas familiares, secretos, drogas, hipnosis y una atracción que ninguno de los dos puede contener, Ángela tendrá que demostrar que su amor es real.
Porque en esta segunda vida no permitirá que Gael vuelva a morir.
Y tampoco piensa dejarlo escapar de su cama.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22

Capítulo 22

—¿Para qué quieres verla? —preguntó Gael.

Fernando soltó una risa.

—¿Qué crees que podría hacer? Vine a hablar de negocios con la señorita Sarmiento.

—Espera aquí.

Gael salió del estudio con Ángela en brazos.

Fernando se recargó contra el marco de la puerta y chasqueó la lengua.

El Gael de ahora era mucho más interesante.

Parecía un ser distante, sin deseos ni necesidades, al que alguien hubiera arrastrado al mundo de los mortales para obligarlo a experimentar emociones comunes.

Apenas Gael la dejó en la recámara principal, Ángela se deslizó de sus brazos, corrió a la cama y se cubrió la cabeza con el edredón.

Los ojos de él estaban llenos de ternura y diversión.

Su voz profunda y sensual la consoló con paciencia.

—Tranquila. Fernando no tiene vergüenza. Ignóralo. Si quieres, voy a golpearlo para que dejes de estar enojada.

La mano de Gael recorría lentamente su espalda.

—Sal de ahí antes de que te falte el aire.

Ángela levantó una esquina del edredón.

—¡Fue demasiado vergonzoso! Ya no puedo mirarlo a la cara.

—No pasa nada. Puedes fingir que no es una persona.

Ella guardó silencio.

Un momento después apartó las cobijas de golpe, atrapó la mano de Gael y lo miró con pánico.

—¡El cuadro!

Las sienes de Gael comenzaron a latir.

De pronto también sintió deseos de pelear con Fernando.

—No te preocupes. Tal vez no lo vea.

En aquel preciso instante, el hombre que supuestamente no vería nada levantó el cuadro.

Una emoción inesperada cruzó por sus ojos tranquilos.

Vaya.

Esos dos sí que sabían divertirse.

Fernando tomó una fotografía con el celular. Pensaba compartirla después en el grupo para que todos pudieran apreciarla.

Gael, completamente ajeno a lo que ocurría, besó el cabello de Ángela, le acarició las mejillas y consiguió al fin que recuperara el buen humor.

Ella escuchó aquella voz grave mientras descansaba sobre la cama.

El deseo que no había podido liberar se convirtió poco a poco en cansancio, hasta que terminó quedándose dormida.

Cuando Gael regresó al estudio, Fernando estaba cómodamente instalado en el sofá.

Había dos copas de vino tinto sobre la mesa y sostenía el cuadro entre las manos.

Al oír los pasos, levantó la vista con una expresión demasiado comprensiva.

—La señorita Sarmiento tiene mucho talento para pintar.

Dejó el cuadro en su sitio y bebió un trago.

Gael tomó asiento en un sillón individual.

—Es verdad.

Su rostro permaneció impasible.

Fernando soltó una risa contenida.

—¿Dónde está Ángela? Vine a hablar con ella de la colaboración.

—Se quedó dormida. Puedes tratar los detalles conmigo.

—Está bien.

Fernando sonrió con resignación.

Los dos bebieron mientras negociaban. De vez en cuando recordaban los años difíciles que habían compartido.

—Gael, nunca imaginé que algún día tendría una vida como esta.

La voz de Fernando estaba cargada de emociones.

—Todo eso quedó atrás. Tuvimos suerte. Los dos encontramos a alguien capaz de rescatarnos.

Gael conservó su tono frío, pero sabía que Ángela terminaría sacándolo del abismo.

Al caer la tarde, habían acordado todos los detalles.

Fernando se puso de pie, estiró los brazos y golpeó amistosamente el hombro de Gael.

—Yo invito esta noche. ¿Vamos un rato a Enigma? Llamaré a Santiago y a Leonardo.

Gael frunció el ceño.

—¿No puedes elegir otro lugar?

Fernando lo miró con desprecio.

—¿Podrías dejar de ser tan celoso? Es el único sitio que tengo en Ciudad de México. ¿Adónde más quieres que vayamos?

Gael resopló y no respondió.

Fernando tomó las llaves del auto y se despidió con una mano.

—Llega a tiempo. Voy por mi preciosa.

Aquella noche, Enigma estaba inusualmente silencioso.

Se rumoreaba que recibiría a invitados importantes, así que el establecimiento había cerrado al público.

Fernando llegó primero, a las siete.

Entró con un brazo alrededor de Valentina y se dirigió al salón privado que usaba habitualmente.

Con una sonrisa maliciosa, llamó al gerente y le dio varias instrucciones al oído.

El hombre lo contempló con incredulidad.

Fernando se limitó a ordenarle que obedeciera y aseguró que asumiría cualquier consecuencia.

Valentina vio su expresión y frunció las cejas.

De pronto, Fernando la sentó sobre sus piernas.

—¿Por qué esa cara? ¿No quieres quedarte?

Ella negó con la cabeza y respondió con su habitual serenidad:

—Tienes una sonrisa demasiado sospechosa. Siento que alguien va a sufrir esta noche.

Fernando besó suavemente la punta de su nariz.

—Vale es muy inteligente. Solo disfruta el espectáculo.

Poco después, tres autos de lujo llegaron casi al mismo tiempo.

El gerente recibió a los invitados con evidente nerviosismo y los condujo al salón preparado.

Dentro, Fernando abrazaba a Valentina y le murmuraba cosas al oído entre besos.

Santiago fue el primero en entrar.

Llamó educadamente y esperó a que Fernando se apartara antes de cruzar la puerta.

Al ver las marcas que cubrían el cuello de Santiago, Fernando arqueó una ceja y soltó un silbido.

La noche anterior debía haber sido intensa.

Santiago lo ignoró, eligió un asiento libre y sacó del bolsillo una caja elegante.

La colocó frente a Valentina.

—Señorita Ríos, mi novia tenía un compromiso y no pudo venir. Ella eligió este regalo y espera que le guste.

Valentina tomó la caja con dedos delicados y agradeció con una sonrisa.

Gael y Ángela fueron los últimos en llegar.

Los dos aparecieron descansados y de excelente humor.

Nadie en la habitación era ingenuo. Intercambiaron miradas y sonrisas discretas.

Solo Santiago llevó a su hermana a un rincón para recordarle en voz baja que debía usar anticonceptivos.

Cuando todos estuvieron presentes, Fernando presionó el botón de servicio.

Los meseros llenaron la mesa con distintos platillos.

Estaban a punto de empezar cuando el gerente volvió a entrar con expresión sufrida.

Detrás de él aparecieron varias decenas de hombres jóvenes y atractivos.

El amplio salón pareció encogerse de repente.

Valentina contempló la escena con los ojos muy abiertos.

Ángela sintió un escalofrío en la espalda.

Por favor, que aquello no tuviera nada que ver con ella.

Los otros tres hombres miraron a Fernando con el rostro sombrío, incapaces de entender qué estaba tramando.

—Señorita Sarmiento —dijo él con una sonrisa en la voz—. Estos jóvenes tienen edades parecidas y trabajan en mi establecimiento. Écheles un vistazo.

En cuanto terminó de hablar, Gael jaló a Ángela con fuerza contra su pecho.

Todas las miradas se concentraron en ella.

Valentina habló en voz baja desde los brazos de Fernando.

—Ya no digas nada. ¿No has visto la cara de Gael?

Fernando soltó una risa burlona.

—Ignora a ese hombre celoso. Solo quiero que Ángela evalúe a los candidatos. No voy a pedirle que haga nada con ellos.

La frialdad de Gael hizo estremecerse a Ángela.

Santiago y Leonardo comprendieron por fin la broma.

Se sirvieron una copa y observaron en silencio.

Valentina estudió a los hombres.

Había jóvenes de apariencia rebelde, muchachos tiernos y hombres de aspecto maduro.

—¿Cómo se supone que alguien elija? Dan ganas de quedarse con todos.

—¿Qué dijiste, Vale?

Fernando apretó los dientes.

¿Quería quedarse con todos?

Valentina apenas podía manejarlo a él y ya soñaba con otros hombres.

Ángela no se atrevía a moverse.

La mano de Gael estaba cerrada con fuerza alrededor de su cintura.

—Gael, tú eres el mejor. No voy a elegir a nadie más.

Lo besó en la comisura de los labios.

Él mantuvo una expresión rígida y lanzó a Fernando una mirada capaz de perforarlo.

Fernando respondió con provocación antes de dirigirse otra vez a Ángela.

—Señorita Sarmiento, ¿de verdad no quiere evaluar a ninguno?

Ella negó rápidamente.

Admirar hombres atractivos no valía el riesgo de perder la vida.

Fernando hizo un gesto decepcionado y despidió al grupo.

Cuando todos salieron, Gael soltó a Ángela.

Tomó un palillo de la mesa y lo hizo girar entre los dedos.

De pronto lo lanzó hacia Fernando.

El palillo atravesó el aire a gran velocidad.

Fernando inclinó la cabeza y apenas consiguió esquivarlo.

—¿Qué te pasa? Fuiste tú quien redujo demasiado el precio de la negociación. ¿No puedo vengarme un poco?

Levantó las manos.

—Además, de verdad hay varios candidatos prometedores. Quiero lanzarlos como artistas.

La voz de Gael pareció surgir de un lugar oscuro.

—Fernando Quiroga.

—Está bien, está bien. Ya entendí.

Fernando recuperó su actitud despreocupada, aunque sus ojos mostraban una preocupación más intensa que de costumbre.

Valentina conocía la razón.

Buscó la mano de Fernando debajo de la mesa y negó discretamente con la cabeza.

Después de cenar, todos se despidieron.

Gael ni siquiera dijo adiós. Tomó a Ángela y regresó directamente a la residencia.

Santiago y Leonardo creyeron que la absurda presentación de candidatos había herido el orgullo de Gael.

Se limitaron a negar con la cabeza entre risas.

Al llegar a Lomas de Chapultepec, Gael llevó a Ángela al baño sin decir una palabra.

La ropa de ambos quedó abandonada por el camino desde la recámara.

Entre el vapor, Gael se pegó a su espalda y mordió una y otra vez su cuello y el lóbulo de su oreja.

Ángela, sin fuerzas, llevó los brazos hacia atrás para rodearle el cuello.

Acercó más el cuerpo al de él y le permitió tomar el control.

—Angie, eres hermosa. Eres mía.

Gael le sujetó la cintura y dio rienda suelta al deseo.

En el fondo estaba asustado.

Temía que Ángela terminara prefiriendo el rostro o el cuerpo de otro hombre.

Ella era tan brillante como el sol.

Poseía todo lo que él podía ofrecerle.

Gael sentía que solo podía retenerla con aquel cuerpo y con un corazón en el que había grabado su nombre.

—Angie, vamos a comprometernos.

Ángela tembló entre sus brazos.

—Sí...

En ese momento, el placer había borrado su capacidad de pensar con claridad.

Probablemente habría aceptado cualquier cosa que Gael le pidiera.

La intimidad continuó hasta que Ángela perdió el conocimiento bajo las exigencias incansables de él.

Gael la envolvió en una toalla, la sostuvo contra su pecho y no dejó de besarla.

Poco después llamó a Fernando.

El teléfono sonó una sola vez.

Era evidente que su amigo había estado esperando aquella llamada.

Al principio ninguno habló.

Finalmente, Fernando suspiró.

—Gael, no debiste ocultárselo a Ángela.

Gael se apoyó contra el barandal del balcón.

La oscuridad de sus ojos hacía imposible adivinar lo que pensaba.

—Tu enfermedad está empeorando, ¿verdad? —preguntó Fernando con preocupación.

Sabía que Gael padecía problemas psicológicos graves.

Después de descubrir la infidelidad de su padre y saber que su madre había muerto indirectamente por protegerlo, Gael cargó sobre sí mismo toda la culpa.

Se volvió violento, frío y obsesivo.

Construyó una prisión a su alrededor y no permitió que nadie entrara en su corazón.

Hasta que apareció Ángela.

Con egoísmo, Gael la marcó como una posesión.

Cuando Fernando visitó la residencia Montenegro, comprendió que Gael había trasladado toda su obsesión hacia ella.

En otra época, aquello habría parecido una mejoría.

Por fin había soltado parte de la culpa, aprendido a querer a otra persona y dejado de castigarse.

Antes, Ángela era una heredera protegida que dependía por completo de Gael.

Ahora empezaba a brillar con fuerza propia.

Fernando conocía el carácter de su amigo.

Gael no permitiría que escapara de su control.

Y, por lo que Fernando había observado, Ángela tampoco era una mujer fácil de manipular.

Si ella perteneciera a una familia menos poderosa, Gael quizá podría imponer su voluntad. En Ciudad de México casi nadie era capaz de enfrentarlo.

Pero Ángela era la orgullosa heredera de los Sarmiento.

Tenía derecho a elegir la vida que deseaba.

Si algún día el amor asfixiante de Gael la llevaba al límite, ambos terminarían destruidos.

Fernando era amigo de Santiago y de Gael.

Si la situación explotaba, no podría ayudar a ninguno.

Le dolía la cabeza solo de pensarlo.

—Gael, Ángela no debe convertirse en una canaria criada dentro de una jaula. La familia Sarmiento tampoco lo permitirá.

Su voz se volvió más firme.

—Ahora dirige Sarmiento Entertainment. Tendrá que trabajar con toda clase de hombres. Lo de esta noche fue solo el comienzo.

—No tendrá oportunidad de acercarse a otros.

La voz de Gael sonó áspera, como si tuviera arena en la garganta.

Sabía que aquello era apenas el principio.

Pero podía administrar Sarmiento Entertainment en su lugar.

Ángela solo necesitaba vivir sin preocupaciones, como una gatita consentida que permaneciera cada día a su lado.

Gael ya había previsto todo lo que Fernando acababa de señalar.

Estaba tejiendo una prisión con su propia ternura.

Pensaba atarla a su lado mediante un amor tan profundo que ella no quisiera marcharse.

—Fer, sé lo que hago. No perderé el control.

Fernando exhaló con fuerza.

Nada de lo que dijera conseguía hacerlo razonar.

—Está bien. No voy a intervenir entre ustedes.

Hizo una pausa.

—¿Qué piensas hacer con Rebeca?

Un destello homicida le cruzó la mirada a Gael.

—Esa mujer no tiene ninguna relación conmigo.

—Es tu psicóloga y conoce demasiados secretos. Si decide revelarlos, puede destruir todo lo que tienes.

—Entonces la mataré. No permito que nadie conserve armas que pueda utilizar en mi contra. Además, intentó meterse en mi cama.

Fernando sintió verdadero miedo.

Sabía que Gael era capaz de cumplir aquella amenaza.

—No actúes por impulso. Ella es la única persona que ha logrado controlar tu enfermedad.

—¿De verdad? Ángela también puede hacerlo.

Fernando comprendió que era imposible conversar con él.

Si continuaba, terminaría necesitando un psicólogo para sí mismo.

Se disculpó por la broma de aquella noche y colgó.

Gael permaneció en el balcón.

Imaginó a Ángela asistiendo a cenas y eventos de la empresa junto a distintos hombres.

Su mano se cerró poco a poco.

Un resplandor rojo y salvaje invadió sus ojos mientras los recuerdos lo golpeaban uno tras otro.

Sacó el celular, escribió un mensaje y lo envió.

Después respiró con dificultad, como un hombre que se ahogaba.

Estaba aterrorizado.

Temía que algún día fuera incapaz de conservar aquella luz.

Entró apresuradamente en la habitación y estrechó a Ángela con demasiada fuerza.

—Eres mía, Angie... Eres mía...

Ella sintió el frío de su cuerpo mientras dormía y se estremeció.

Abrió lentamente los ojos.

Al descubrir el tono rojizo y desconocido en la mirada de Gael, se sobresaltó.

Después lo abrazó con fuerza.

—Gael, ¿por qué sigues despierto? Estás helado.

La voz somnolienta y dulce de Ángela comenzó a derretir el corazón endurecido de él.

Gael abandonaría cualquier cosa y se inclinaría ante ella, siempre que permaneciera a su lado.

—Perdón por despertarte. Salí para contestar una llamada.

—No pasa nada. Si te abrazo, dejarás de sentir frío.

Ángela frotó lentamente sus manos para transmitirle su calor.

Gael respiró el aroma de ella y durmió toda la noche abrazándola en una postura extremadamente íntima.

Ángela no descansó bien.

Durante la madrugada, el cuerpo de Gael se calentó como un horno.

Ella intentó apartarse, pero un segundo después él volvía a encerrarla entre sus brazos.

Tras varios intentos, Ángela renunció y terminó durmiéndose dentro de aquel abrazo sofocante.

A la mañana siguiente, Gael la levantó de la cama.

Ángela estaba tan cansada que ni siquiera quería abrir los ojos.

Murmuró que todo era culpa de él, porque no le había permitido dormir.

Gael soltó una risa.

Como compensación, la ayudó a asearse.

Aquello se había convertido en una costumbre entre ambos.

Ángela permaneció colgada de él como un koala.

A veces sentía que Gael la trataba como a una niña y que terminaría convirtiéndola en alguien incapaz de hacer cualquier cosa por sí misma.

Antes de salir hacia la empresa, Gael se inclinó y besó la comisura de sus labios.

—Angie, ¿sigue en pie lo que aceptaste anoche?

Ella lo miró sin comprender.

El placer había sido tan intenso que ni siquiera recordaba lo que había prometido.

Gael vio su confusión y torció los labios con disgusto.

La besó con un poco más de fuerza.

—Pequeña mentirosa.

La voz grave de él hizo que Ángela se sonrojara.

Ella tiró de su ropa y la sacudió con un gesto mimado.

—Dime qué prometí.

Gael adoptó una expresión seria.

Aunque intentaba ocultarlo, estaba nervioso y tenía una mano cerrada fuera del campo visual de Ángela.

—Angie, ¿quieres comprometerte conmigo?

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maria fernanda ortega ruiz
maravillosa historia 🥰
Alix Sarmiento
Angela es cautelosa porque crío un cuervo y le saco los ojos
Alix Sarmiento
muy bueno excelente
Alix Sarmiento
que familias tan complicadas
veritoo❤️
falta saber q paso con Nicolás y Leonardo a ver si x fin deja la soltería ..muy bna exelente novela
Alix Sarmiento
👏
Alix Sarmiento
muy buena, pero no sé puede dejar manipular
Flor R
super woooo me super encanta bendiciones autora 🍷
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