Dayana soñaba con convertirse en escritora, pero la realidad la mantenía atrapada como editora en una revista donde su talento pasaba desapercibido. Un solo error, una cadena de decisiones ajenas y un encuentro completamente inesperado la arrastran al vertiginoso mundo del motocross. Allí conoce a Alexander Amati, el piloto más famoso del planeta, un hombre tan brillante frente a las cámaras como peligroso cuando nadie lo observa. Lo que comienza como una simple coincidencia pronto se convierte en una batalla de voluntades, secretos y emociones donde nadie sale ileso. Porque, a veces, basta un instante para cambiar una vida... y una sola persona para poner tu mundo de cabeza.
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Capítulo 2: La soledad detrás del espejo
En un pequeño estudio en el corazón de Madrid, el mundo exterior era solo un rumor lejano. La luz del sol luchaba por filtrarse a través de unas cortinas cerradas, creando rayas de polvo dorado que bailaban en el aire viciado. Sobre la cama, una mujer de piel pálida, casi traslúcida, comenzó a emerger del sueño. Sus párpados pesaban y unas ojeras sutiles, pero marcadas, delataban una noche de inquietud y pensamientos circulares.
Se levantó con lentitud, sintiendo el peso de una existencia que parecía asfixiarla. Se dirigió al baño, un espacio tan reducido que resultaba claustrofóbico: una ducha pequeña, un retrete, un espejo empañado y unos cajones que guardaban apenas lo esencial para sobrevivir.
Allí, frente al espejo, comenzó el ritual de despojarse. Se deslizó la camisa holgada que llevaba, una prenda que ocultaba deliberadamente lo que ella consideraba sus "defectos". Al caer la tela, quedó expuesta su ropa interior: un conjunto de algodón, funcional y carente de cualquier intención sexy. Sin embargo, la sencillez de la prenda solo servía para resaltar la armonía de su silueta.
Con movimientos mecánicos, se bajó las bragas y se desprendió del sujetador. Al quedar completamente desnuda, su figura esbelta se reveló bajo la luz tenue. Sus caderas eran estrechas, pero su cintura se curvaba con una delicadeza natural que ella se negaba a reconocer.
—Odio mi cuerpo —susurró, mirando su reflejo con desdén.
Para ella, sus curvas no eran un atributo, sino una desviación de los estándares que la sociedad gritaba en cada esquina. No se veía a sí misma como alguien deseable, sino como un rompecabezas cuyas piezas no encajaban.
Abrió la llave del agua fría. El primer impacto del chorro sobre su piel fue un choque eléctrico que la hizo jadear, erizando el vello de sus brazos y contrayendo sus músculos. Se metió bajo la regadera, dejando que el agua empapara su cabello negro, una cascada espesa y brillante que descendía por su espalda como un manto de seda oscura.
—Qué mierda de vida —murmuró con una voz apagada, casi fundiéndose con el sonido del agua.
Cada gota gélida era un recordatorio cruel de su realidad: el lujo de un calentador era un capricho que su cuenta bancaria no podía permitirse.
Tomó el shampoo y comenzó a lavar su cabellera. Luego cogió el jabón y comenzó a deslizarlo con sus manos por su cuerpo. Al llegar a su pecho, el contraste fue evidente; sus pechos eran generosos, firmes y pesados, destacando violentamente sobre la esbeltez de su torso. Mientras el jabón creaba una espuma blanca y cremosa sobre su piel pálida, sus dedos rozaron accidentalmente uno de sus pezones. Lo acarició suavemente, buscando quizás una chispa de placer o una reacción que la hiciera sentir viva, pero no sintió nada. Pasó al otro, presionando con un poco más de insistencia, pero la sensación fue de incomodidad, un vacío emocional que se reflejaba en su tacto.
Continuó lavándose, bajando por sus brazos y el torso, hasta que sus manos llegaron a la intimidad de su vagina. Froto suavemente los pliegues húmedos, sintiendo la suavidad de su propia piel. Por un impulso de curiosidad, introdujo un dedo, explorando aquel territorio que se sentía ajeno. Se arrepintió al instante, retirándolo con un gesto de rechazo.
—¿Cómo carajos un pene puede entrar por aquí? —se preguntó, sintiéndose pequeña y vulnerable—. Prefiero no averiguarlo.
La pregunta quedó suspendida en el aire húmedo. Era evidente que ignoraba la respuesta; a punto de cumplir los veinticuatro años, seguía siendo virgen.
—Creo que ya es suficiente de pensar estupideces —se reprendió a sí misma.
Cerró la regadera y, sin molestarse en secarse del todo, caminó desnuda por el pequeño estudio. El aire frío de la habitación acarició su piel húmeda mientras se dirigía al armario. De un clóset viejo y crujiente, extrajo un pantalón de vestir pasado de moda y una blusa blanca impecable. Se puso nuevamente un nuevo juego de ropa interior convencional, ocultando las imperfecciones de su cuerpo bajo la tela rígida.
Se miró una última vez, ya vestida. Pero su percepción no de si misma empeoró.
—Es hora de irse... genial.
Con un suspiro, apagó la luz y salió al ruido de Madrid.