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Elena: Entre El Deseo Y El Odio.

Elena: Entre El Deseo Y El Odio.

Status: En proceso
Genre:CEO / Casos sin resolver / Amor-odio
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy

Elena a punto de perder la custidia de su hija, esta en la disyintiva entre el amor y el odio a su ex, porque lo considera el autor intelectual de la muerte de sus padres

NovelToon tiene autorización de Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Mateo.

Capítulo 14: Mateo

Los secretos son como las olas del mar: siempre vuelven, siempre rompen en la orilla, y nunca puedes predecir cuándo te van a arrastrar. Pero a veces, cuando la marea baja, dejan a la vista tesoros que creías perdidos para siempre.

El abrazo entre Elena y su madre duró lo que pareció una eternidad. Me quedé a un lado, observando, sintiendo que mi corazón se partía y se recomponía al mismo tiempo. Había guardado este secreto durante diez años, y ahora, al verlas reunidas, supe que había tomado la decisión correcta al esperar.

Vamos adentro dije, cuando finalmente se separaron. Hay mucho que hablar.

La madre de Elena, cuyo nombre era Isabel, entró en la casa con pasos vacilantes. Sus ojos recorrían cada rincón, como si estuviera memorizando el lugar donde su hija había encontrado la paz.

Es hermosa dijo, con la voz aún temblorosa. Esta casa. El mar. Todo es... hermoso.

Es nuestro refugio respondí, guiándola hacia el salón. Siéntate, por favor. ¿Quieres algo de beber? ¿Agua, té, algo más fuerte?

Agua, gracias.

Mientras servía el agua, escuché a Elena y a su madre comenzar a hablar en susurros. Sus voces eran un murmullo apenas perceptible, pero podía sentir la emoción en cada palabra, el peso de diez años de silencio que finalmente se rompía.

No sé por dónde empezar, expreso Isabel, cuando me senté frente a ellas. Hay tanto que explicar, tanto que pedir perdón.

Empieza por el principio dijo Elena, y su voz era firme pero suave—. ¿Cómo sobreviviste? ¿Cómo acabó tu vecina en tu lugar?

Isabel respiró hondo y comenzó a hablar. Su voz era un hilo quebrado, pero cada palabra estaba cargada de una verdad que había estado esperando diez años para ser contada.

Esa noche, Sofía llegó a casa enfadada. Muy enfadada. Discutió con tu padre, le dijo que no podía seguir así, que necesitaba que él la viera. Tu padre fue firme, demasiado firme. Le dijo que nunca podría quererla, que ella era solo una amiga, que su matrimonio conmigo era para siempre. Sofía se fue furiosa, pero yo sabía que volvería. Conocía su obsesión, su forma de no rendirse nunca.

¿Y por eso te escondiste? , preguntó Elena.

No. No al principio. Al principio, tu padre y yo pensamos que solo era una rabieta. Pero cuando Sofía regresó esa noche, no vino a hablar. Vino a quemarlo todo. Yo estaba en la cocina, preparando la cena, cuando la vi entrar con una cerilla en la mano y una sonrisa que no era humana. Tu padre me empujó hacia la puerta trasera, me dijo que corriera, que no mirara atrás. Yo corrí, Elena. Corrí como una cobarde.

No fuiste una cobarde interrumpí yo, con la voz grave. Fuiste una superviviente.

Isabel me miró con gratitud.

Gracias, Mateo. Pero la verdad es que, cuando salí, vi a una vecina, a Carmen, que siempre había sido muy amable con nosotros. Estaba en su jardín, y cuando me vio tan asustada, me ofreció refugio. Nos cambiamos la ropa. Ella se puso la mía. Y luego, cuando el fuego comenzó a extenderse, ella entró en nuestra casa para buscar a tu padre. Quería ayudarlo. Pero no salió.

Carmen susurró Elena. La mujer que murió.

Sí. Carmen murió por mí. Y yo he vivido todos estos años con esa culpa. Tu padre, antes de morir, me escondió en un lugar seguro. Me dijo que no volviera, que no te buscara, que era demasiado peligroso porque Sofía podría encontrarme. Y yo le obedecí. Obedecí a un hombre muerto durante diez años. Y te abandoné a ti, a mi hija, a la única razón por la que debería haber seguido viviendo.

Las lágrimas brotaban de los ojos de Isabel, y Elena las secó con sus propias manos.

No te culpo, mamá dijo, y su voz era un susurro. No te culpo. Estabas asustada. Y tenías razón en tener miedo.

Pero te perdí, sollozó Isabel. Te perdí a ti, a mi nieta, a todo lo que importaba.

Pero ahora estás aquí dijo Elena, tomando las manos de su madre. Ahora estás aquí, y eso es lo único que importa.

Las observé abrazarse de nuevo, y sentí un nudo en la garganta. Todo lo que había guardado durante diez años, todos los secretos, todas las mentiras, todas las noches en vela... había valido la pena. Por este momento. Por verlas reunidas.

Hay algo más dije, y ambas me miraron. Sofía ha desaparecido. Dejó una carta confesando todo. No volverá a molestar a nadie.

Isabel soltó un suspiro que parecía haber estado contenido durante una década.

¿Sofía se ha ido?,preguntó y su voz era un hilo de incredulidad.

Sí. Se ha ido. Y no volverá.

Entonces... ¿estamos a salvo?

Estamos a salvo...

respondí, tomando la mano de Elena. Todos estamos a salvo.

Esa noche, cenamos los cuatro juntos. Isabel, Elena, Lucía y yo. Fue una cena extraña, llena de silencios y miradas cómplices, pero también llena de esperanza. Lucía, que al principio había estado tímida con su abuela, pronto comenzó a hacerle preguntas, a contarle historias, a reír con ella como si el tiempo no hubiera pasado.

Cuando Lucía se fue a dormir y nos quedamos los tres adultos en la terraza, Isabel me tomó la mano.

Gracias, Mateo dijo, y su voz era sincera. Por proteger a mi hija. Por proteger a mi nieta. Por guardar mis secretos hasta que fuera el momento adecuado. No sé cómo podré pagarte.

No tiene que pagarme nada, Isabel respondí, apretando su mano. Solo quiero que Elena sea feliz. Y si eso significa tener a su madre de vuelta, entonces yo también soy feliz.

Elena me miró con una sonrisa que iluminó su rostro, y supe que, después de todo, el camino que habíamos recorrido había valido cada paso.

Te quiero, Mateo susurró, para que solo yo la oyera.

Y yo a ti, Elena...

respondí, besando su mano. Y nunca voy a dejar de quererte.

La luna brillaba sobre el mar, y el viento salado acariciaba nuestros rostros. Y mientras estábamos allí, los tres juntos, supe que el futuro no era algo que debía temer.

Era algo que debía abrazar.

Con todas mis fuerzas.

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