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Solo su cuerpo la desea

Solo su cuerpo la desea

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Amor a primera vista
Popularitas:1k
Nilai: 5
nombre de autor: Dupi

Maximiliano Alcázar lo tiene todo: es el heredero más joven y temido del imperio Alcázar, guapo hasta lo indecente… y hay un secreto que lo ha perseguido treinta y cinco años. Su cuerpo no reacciona. Ante nadie. Ni siquiera ante la esposa con la que estuvo casado dos años. "Él no puede", susurran en su círculo.

Hasta que la ve a ella.

Lucía Reyes cose vestidos de alta costura en un pequeño atelier y carga con una familia que la exprime y quiere venderla al mejor postor. La noche en que decide largarse de esa casa, la abuela más entrometida de México le renta —baratísimo— el departamento de enfrente al soltero más imposible de la ciudad.

De un té de canela a un roce prohibido, del "solo somos vecinos" a un beso que enciende lo que ningún médico logró: por primera vez en su vida, el cuerpo de Maximiliano despierta. Y solo la desea a ella.

Pero él le oculta un matrimonio. Su exesposa quiere destruirla. Y cuando un embarazo "imposible" ponga en jaque el secreto del magnate que "no puede"… todos van a tragarse sus palabras.

¿Y si el hombre de hielo solo ardía por una mujer en todo el mundo?

NovelToon tiene autorización de Dupi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

Capítulo 1. El hombre que no reacciona

Las 3:07 de la madrugada, y Maximiliano Alcázar despertó con el corazón golpeándole las costillas como si hubiera corrido kilómetros.

En el sueño había una mujer.

Estaba de espaldas a él, junto a una ventana altísima, envuelta en un vestido de gala que se le pegaba al cuerpo como si se lo hubieran cosido encima. La luz le resbalaba por los omóplatos, por la línea de la clavícula, por esa curva exacta donde la nuca se rendía al hombro. Ella movía las manos —cosía algo, bordaba algo, los dedos volaban sobre una tela oscura— y él, sin saber por qué, alargó el brazo para tocarla.

Cerró la mano en el aire.

Y despertó.

La camisa de seda del pijama se le había pegado a la espalda, empapada. Las sábanas también. Se quedó muy quieto, mirando el techo de su recámara en Lomas de Chapultepec, escuchando el zumbido del aire acondicionado, y tardó tres segundos enteros en entender qué era esa presión insólita, ese calor que le bajaba por el vientre.

Su cuerpo había reaccionado.

Max se incorporó de golpe. Se llevó una mano al pecho, sintió el martilleo debajo de la palma, tragó saliva y notó el nudo áspero de la garganta subir y bajar. Treinta y cinco años. Treinta y cinco años cargando un cuerpo perfecto que jamás, ni una sola vez, había servido para esto. Y ahora, a las tres de la mañana, por segunda vez en una semana, ese mismo cuerpo despertaba por una mujer que ni siquiera sabía cómo se llamaba.

Se levantó. Cruzó descalzo el piso frío hasta el baño y abrió la regadera sin esperar a que el agua templara.

El chorro helado le cayó encima como un castigo. Apretó los dientes. Dejó que el frío le corriera por el cuello, por los pectorales, por cada surco de los abdominales, por esa línea de músculo que las mujeres de su círculo miraban de reojo en las albercas de los clubes sin sospechar nunca la verdad. El agua fría siempre había sido su método. Bajar la fiebre. Apagar lo que nunca debió encenderse. Solo que hasta hacía una semana nunca había habido nada que apagar.

Levantó la cara hacia el espejo empañado y se pasó la mano para limpiarlo.

Ahí estaba él. Hombros anchos, torso trabajado a base de años de disciplina, mandíbula dura, esa cara que en las juntas del Grupo Alcázar hacía callar a hombres del doble de su edad. Un cuerpo que parecía una máquina perfecta.

Una máquina perfecta que nunca había servido para lo único que debía.

—Contigo no se puede.

La voz de Verónica le llegó desde algún rincón de la memoria, nítida, con ese tono dulce y venenoso que había usado la última vez, cuando le firmó el divorcio y le arrancó la mitad de todo lo que tenía sin que a él le importara ceder un solo peso con tal de perderla de vista.

—Simplemente… él no puede.

Dos años de matrimonio. Dos años de una alianza que las dos familias habían arreglado como quien firma un contrato. Dos años durmiendo en cuartos separados porque, la única noche que lo intentaron, su cuerpo se quedó tan muerto como llevaba muerto desde siempre. Verónica se lo había repetido a cada una de sus amigas, en cada comida, en cada café: "él no puede". Y él nunca la desmintió, porque ¿con qué la iba a desmentir?

Se había hecho de todo. Estudios de sangre, perfiles hormonales, reflejos neurológicos, resonancias, un expediente entero levantado bajo un nombre falso para que ni un solo médico pudiera vender el chisme del heredero Alcázar. Todo salía igual. Todo salía normal. Un organismo impecable que, por alguna razón que nadie en veinte años supo nombrar, jamás había sentido deseo por nada ni por nadie.

Se acordaba de la cara del último especialista, un hombre de canas y anteojos caros que le dio vueltas al expediente tres veces antes de rendirse. "Físicamente usted está mejor que la mayoría de mis pacientes de veinte años, señor. No encuentro nada. Nada." Y esa palabra —nada— lo había perseguido más que cualquier diagnóstico. Porque un diagnóstico se pelea. La nada, no.

Se había resignado. Había aprendido a mirar a las mujeres hermosas de su mundo como quien mira un cuadro en una pared: reconociendo que eran bellas sin sentir absolutamente nada. Había firmado su matrimonio arreglado convencido de que el problema estaba roto de fábrica y no tenía compostura. Se había hecho a la idea de heredar un imperio y no dejar a nadie que lo heredara después.

Hasta hacía una semana.

Max cerró la llave. Se quedó goteando en medio del baño, respirando despacio, y por primera vez en su vida el recuerdo que lo asaltó no le dio vergüenza. Le dio hambre.

Había sido un martes, también. Una junta aburrida en la Roma, un café al que entró solo para matar veinte minutos antes de la siguiente reunión. Estaba lloviznando y el vidrio del local se había empañado por dentro. Y al otro lado del vidrio, en la acera, bajo el toldo de un pequeño atelier, una mujer se había sentado a trabajar junto a la ventana.

Tenía la cabeza inclinada sobre una tela. Cosía a mano —bordaba, más bien, porque él alcanzó a ver el brillo de las cuentas que iba fijando una por una con una paciencia que no parecía de este siglo—. Llevaba el pelo recogido con descuido, un par de mechones sueltos sobre el cuello, y cada vez que tiraba del hilo se le marcaba la clavícula, se le tensaba apenas la línea de la espalda, y los dedos, esos dedos, subían y bajaban dibujando en el aire una coreografía que él no pudo dejar de mirar.

No le vio bien la cara. No supo su nombre. No cruzaron una palabra.

Solo un detalle más, uno que se le había quedado clavado sin que él supiera por qué: sobre la mesa de trabajo, junto a las tijeras y los carretes, había un frasco de vidrio con una sola flor blanca. Una gardenia. Él no era hombre de fijarse en flores —no habría sabido distinguir una rosa de un clavel en una cena de mil pesos el cubierto—, pero esa flor, blanca y terca contra el gris de la tarde lluviosa, se le grabó igual que la nuca de la mujer. Como si las dos cosas fueran la misma. Como si oliera desde el otro lado del vidrio.

Y sin embargo, mirándola coser detrás de un vidrio empañado, el cuerpo de Maximiliano Alcázar había hecho algo que no hacía desde antes de que él tuviera memoria de desear: se había apretado, se había calentado, había reconocido a alguien.

Fue tan violento y tan nuevo que salió del café sin terminarse el americano, subió al coche y le ordenó al chofer que arrancara antes de entender del todo lo que le pasaba en el cuerpo. Esa noche soñó con ella por primera vez. Hoy, por segunda.

Por eso soñaba con ella. Dos veces en siete días. Siempre de espaldas, siempre cosiendo, siempre esa nuca imposible.

Salió del baño, se secó, se puso unos pantalones y se sentó en el borde de la cama sin encender la luz. Afuera, la ciudad brillaba abajo, millones de focos temblando en la madrugada, y él, que era dueño de una buena parte de esos edificios, se descubrió pensando en una desconocida que bordaba junto a una ventana en la colonia Roma.

No tenía sentido. Un hombre en su posición no perdía el sueño por una costurera anónima. Un hombre en su posición tenía a medio país esperando su llamada.

Pero ningún hombre en su posición había pasado treinta y cinco años sintiéndose por dentro como un motor apagado. Y ahora, de repente, algo dentro de esa máquina se había movido. Algo se había encendido. Y él necesitaba —con una urgencia que le sorprendió a él mismo— entender por qué. Por qué ahora. Por qué, entre todas las mujeres que habían pasado por su cama arreglada y su vida arreglada sin lograr nada, tenía que ser ella. Una mujer sin nombre, del otro lado de un vidrio.

Por primera vez, la pregunta no venía cargada de miedo. Venía cargada de otra cosa. De ganas.

Y entonces cayó en cuenta de lo absurdo de su situación. Podía comprar el edificio del atelier antes del mediodía. Podía mandar a que le consiguieran el nombre de cada persona que hubiera pisado esa cuadra en el último mes. Manejaba un imperio, movía cifras que hacían temblar a bancos enteros, y sin embargo estaba ahí, a las tres de la mañana, temblando por dentro como un adolescente, sin siquiera saber de qué color tenía los ojos la única mujer capaz de despertarlo.

Casi le dio risa. Casi.

Porque debajo de la risa había algo mucho más serio, algo que le apretaba el pecho de un modo nuevo: el miedo de que, si no la encontraba, ese cuerpo suyo volviera a apagarse para siempre. De volver a ser el motor muerto que había sido toda la vida. Ahora que sabía lo que era sentir, la sola idea de perderlo le resultaba insoportable.

Se quedó así un rato largo, con los codos en las rodillas, mirando sus propias manos en la penumbra. Luego estiró el brazo hacia el buró y tomó el celular.

Solo había una persona en el mundo que lo sabía todo. El único que había leído cada estudio, cada resultado normal, cada silencio. El único que jamás se había reído, ni siquiera al principio.

Buscó el número que casi nunca usaba y escribió:

—Fabián. Necesito verte hoy. Es sobre… lo mío.

El mensaje se marcó como entregado. Afuera empezaba, apenas, a clarear.

Y Max, sentado en el borde de la cama con el corazón todavía golpeándole el pecho, entendió que ese cuerpo suyo, tantos años dormido, acababa de abrir los ojos por una sola mujer en todo el mundo.

Solo faltaba encontrarla.

1
Maria Elena Gomez
Bueno
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