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Quedé embarazada de mi abogado de divorcio

Quedé embarazada de mi abogado de divorcio

Status: En proceso
Popularitas:759
Nilai: 5
nombre de autor: Monica Swenson

Valentina Solano despierta en un hospital después de perder a su bebé y descubre una verdad devastadora: su esposo y su suegra provocaron el accidente para quedarse con su dinero y su empresa.
Decidida a destruirlos antes de que ellos terminen de destruirla, busca a Sebastián Montero, el abogado de divorcios más temido de la Ciudad de México. Frío, brillante y acostumbrado a no perder jamás, Sebastián debería ser solamente su defensor. Pero entre audiencias, amenazas y secretos, la atracción rompe todas las reglas… y una sola noche cambia sus vidas para siempre.
Tres años después, Valentina regresa convertida en una mujer independiente, con una marca propia y un niño llamado Emilio que tiene los ojos de Sebastián.
Ahora él está dispuesto a enfrentarse a su poderosa familia, a sus enemigos y hasta a la propia Valentina para recuperar el tiempo perdido. Porque Sebastián Montero puede ganar cualquier juicio, pero conquistar a la mujer que todavía ama será el caso más difícil de su vida.

NovelToon tiene autorización de Monica Swenson para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16

Cap 16 — La novia

El restaurante se llamaba Le Petit Jardin.

Isabela Miranda lo odiaba desde los dieciséis años.

No por la comida, que era aceptable. Ni por la decoración, que era pretenciosa. Lo odiaba porque su padre la había traído ahí a conocer a los primeros tres candidatos a marido que le presentó la familia. Tenía dieciséis. Ellos tenían treinta y algo. Y la carta de postres era lo único que la había mantenido sentada.

Ahora tenía veintinueve. Y estaba sentada en la misma mesa de siempre. Con otro candidato.

Este al menos era atractivo.

Sebastián Montero llegó a las ocho en punto. Ni un minuto antes, ni uno después. Se sentó frente a ella con la precisión de quien se sienta en un juzgado. Pidió agua mineral sin mirar la carta.

—Entonces —dijo Isabela, cruzando las piernas debajo de la mesa—. Tú tampoco quieres estar aquí.

—No.

—¿Quién te mandó? ¿Tu padre?

—Mi padre.

—A mí también me mandó el mío. —Suspiró—. ¿Siempre eres tan expresivo?

—Sí.

Isabela lo estudió. Alto. Mandíbula cuadrada. Ojos que no revelaban nada. Manos quietas sobre la mesa, como si supiera exactamente qué hacer con cada dedo y hubiera decidido no hacer nada.

Era como una pared con traje.

—Voy a ser directa —dijo—. No me interesas románticamente. Sin ofender.

—No me ofendo.

—Pero mi familia me está presionando para que tenga novio antes de fin de año. Y sospecho que la tuya te está presionando también. ¿Me equivoco?

Sebastián la miró un momento. Largo. Evaluándola como evaluaría una cláusula contractual.

—No te equivocas.

Isabela sonrió.

—Entonces hagamos un trato. Tú finges ser mi novio. Yo finjo ser tu novia. Nuestros padres se callan por seis meses. Y cuando se les pase la urgencia, nos separamos amigablemente citando diferencias irreconciliables.

—¿Un contrato de exclusividad simulada?

—Exacto. Sin besos. Sin escenas. Sin drama. Solo apariciones públicas cuando sea necesario. —Extendió la mano—. ¿Trato?

Sebastián miró la mano extendida. Miró a Isabela. Algo cruzó su cara —algo que en otra persona habría sido duda, pero en él era solo una pausa más larga de lo normal—.

—Trato.

Le estrechó la mano. Firme. Breve. Profesional.

Isabela levantó la copa de vino.

—Por el peor noviazgo de la historia.

Sebastián levantó el vaso de agua.

No brindaron. Pero casi.

Tres días después, Valentina estaba sentada en un restaurante con Héctor Garza.

No quería estar ahí. Pero Héctor había insistido en que la cuarta reunión de trabajo «ameritaba algo más que la sala de juntas». Y Valentina necesitaba el contrato firmado antes del viernes.

Así que ahí estaba. En un restaurante italiano de la zona centro. Con un plato de pasta que no le sabía a nada y un hombre que le hablaba a los pechos en vez de a la cara.

—El informe del segundo trimestre quedó impecable —decía Héctor, recargándose en el respaldo con esa sonrisa que ya empezaba a reconocer como preludio de algo desagradable—. Te mereces un bono, Valentina.

—Mi honorario está estipulado en el contrato —dijo ella—. No necesito bonos.

—Siempre tan seria. —Héctor se inclinó hacia ella—. ¿No te cansas?

Valentina abrió la boca para contestar cuando la puerta del restaurante se abrió.

Y el aire se le quedó atrapado en la garganta.

Sebastián.

Con una mujer del brazo.

Valentina la vio en fragmentos. Pelo oscuro. Vestido rojo. Tacones altos. Una sonrisa que parecía hecha para las cámaras. La clase de mujer que entraba a un lugar y hacía que todas las otras mujeres se revisaran el peinado.

Caminaban juntos. El brazo de ella entrelazado con el de él. Como si fuera algo natural. Como si lo hicieran todos los días.

Valentina dejó el tenedor sobre el plato. El metal tintineó contra la cerámica.

No la vio primero Sebastián. La vio la mujer. Miró a Valentina, luego a Héctor, y le dijo algo al oído a Sebastián. Él giró la cabeza.

Sus ojos se encontraron a través del restaurante.

Fue menos de un segundo. Pero Valentina vio lo que pasó en esos ojos. Un parpadeo más largo de lo normal. Un endurecimiento imperceptible de la mandíbula.

Y luego nada. La cortina de hielo de siempre.

—¡Sebastián! —Héctor se levantó con los brazos abiertos—. ¡Qué sorpresa! ¿No me vas a presentar?

Sebastián se acercó con la mujer. Cada paso medido. Cada centímetro controlado.

—Héctor. —Le estrechó la mano—. Valentina.

Dijo su nombre como quien dice el nombre de un testigo en un juicio. Sin adornos. Sin emoción.

Valentina lo miró. Luego miró a la mujer. La mujer la miraba a ella con una curiosidad que no era hostil pero tampoco era amable.

—Isabela Miranda —dijo Sebastián—. Mi novia.

Mi novia.

Las dos palabras cayeron sobre Valentina como un bloque de hielo.

Isabela extendió la mano. Valentina la estrechó. Los dedos de Isabela estaban fríos. O tal vez los de Valentina estaban ardiendo. No sabía.

—Mucho gusto —dijo Valentina. Le salió la voz entera. Fue un milagro.

—El gusto es mío —dijo Isabela. Y luego, inclinando la cabeza con una sonrisa que no era cruel pero sí precisa—. Sebastián me ha hablado de ti. Del caso.

Del caso. Como si eso fuera todo. Como si eso fuera lo único.

—Nos disculpan —dijo Sebastián—. Tenemos reservación.

Se fueron. Isabela caminaba con la gracia de una bailarina. Sebastián caminaba con la rigidez de un hombre que quiere salir de un lugar lo más rápido posible sin que se note.

Valentina se sentó.

Héctor seguía hablando. Algo sobre un proveedor. Algo sobre un margen de ganancia. Las palabras eran ruido blanco.

Mi novia.

Sebastián Montero tenía novia.

Sebastián Montero, que le había sostenido la mano en un cine oscuro hace cuatro días, tenía novia.

—¿Valentina? ¿Me estás escuchando?

—Sí. Perdón. El proveedor de Guadalajara.

—De Monterrey.

—De Monterrey. Sí. Continúa.

No escuchó nada del resto de la cena.

En el baño del restaurante, con las manos apoyadas en el lavabo, Valentina se miró en el espejo.

Ojos rojos. No de llanto. De esfuerzo. Del esfuerzo de mantener la cara neutra durante cuarenta y cinco minutos mientras el mundo se le caía encima.

No tienes derecho a sentirte así, se dijo. Tú le pediste borrón y cuenta nueva. Tú le pusiste la línea. Tú le dijiste que no.

No tienes derecho a que te duela que haya alguien más.

Se mojó la cara. Se secó con una toalla de papel. Se alisó el pelo.

Salió del baño.

Y se topó con Isabela Miranda.

La mujer estaba retocándose el labial frente al espejo del pasillo. La miró por el reflejo.

—¿Tú eres la del caso de divorcio? —preguntó Isabela, con el tono de quien pregunta la hora.

—Soy la clienta, sí.

Isabela se giró. La miró de arriba abajo. No con malicia. Con la precisión clínica de una mujer que ha sido evaluada toda su vida y ha aprendido a devolver el favor.

—Entiendo —dijo. Y luego, bajando la voz—: Demasiado común para la familia Montero.

Valentina no supo si era un insulto, una advertencia o un acto de misericordia.

Isabela le sonrió. Una sonrisa pequeña, casi triste. Y se fue.

Valentina se quedó sola en el pasillo. Con el ruido de los platos de fondo. Con las palabras de Isabela resonando en la cabeza como un eco en un cuarto vacío.

Demasiado común para la familia Montero.

Y por primera vez en mucho tiempo, Valentina Solano no tuvo una respuesta.

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Vergara M. Carmen
quien es??? será el papá de Sebastián
Vergara M. Carmen
😂😂
Vergara M. Carmen
no puedo parar de leer 🔥🔥
Vergara M. Carmen
me perdí?? no entendí, no fue Sebastián quien los presento
que le consiguió ese trabajo?
Vergara M. Carmen
como, acaso no fue ella q le dijo de la invitación?
Vergara M. Carmen
claro, tenía q ser una amiga alocada😂
Vergara M. Carmen
ay Valentina!!!
Vergara M. Carmen
está muy buena está novela☺️
Vergara M. Carmen
que?? comooo🔥🔥🔥
Vergara M. Carmen
😂😂😂🔥🔥
Vergara M. Carmen
bien🔥🔥🔥
Vergara M. Carmen
que gente más despreciable, ya les llegará el karma
Vergara M. Carmen
uyyy pero🤬🤬🤬
Vergara M. Carmen
primer capítulo: atrapador, me gusta☺️
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