✅️🦋El Capitán Lin junto a Ettore y Marco, emprenden un viaje lleno de aventuras para recuperar el alma del hechicero Norman. Es la continuación de "El Despertar Del Príncipe".🦋✅️
NovelToon tiene autorización de Skay P. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Vetmi
El sol de la mañana golpeaba con fuerza la meseta de piedra gris, levantando un vaho caliente que distorsionaba el horizonte. El camino, si es que se le podía llamar así a esa senda de tierra y guijarros sueltos, se volvía cada vez más empinado a medida que el trío de guerreros se adentraba en los dominios de Yalnizlik. Las tres capas grises descansaban bien ocultas en el fondo de los petates de los caballos; ahora, Lin, Ettore y Marcos vestían las túnicas de lino marrón y los chalecos de cuero rústico que el posadero les había proporcionado. Parecían tres pastores de ovejas o mercaderes de lana cansados, tres hombres del montón que nadie se detendría a mirar dos veces.
Lin cabalgaba al frente, manteniendo las riendas de su semental negro cortas. Aunque el peso físico de su antigua armadura de cazador ya no estaba sobre sus hombros, el diario de Norman, guardado en el bolsillo interior de su chaleco, ejercía una presión constante y reconfortante sobre su pecho. Cada latido de su corazón parecía sincronizarse con la pequeña marca dorada de su palma derecha, que vibraba con un hormigueo suave. Pensar en el hechicero flotando en el Manantial del Despertar era la única ancla que Lin necesitaba para no dejarse vencer por el cansancio de la marcha.
—Este lugar es un desierto de ceniza —comentó Ettore en un susurro, acomodándose en la silla de montar. Su ballesta pesada iba oculta bajo una manta de lana gruesa atada al lomo de su caballo—. No hay un solo árbol que dé sombra, capitán. ¿Cómo puede la gente vivir bajo el mando de un rey que solo sabe cobrar impuestos en un pedregal como este?
Marcos, que vigilaba la retaguardia con los ojos entrecerrados por la claridad del sol, soltó un bufido corto.
—El miedo es una buena herramienta para mantener a los hombres en la tierra, Ettore. Erke les dice que afuera de esta meseta solo hay monstruos y neblina negra. Los granjeros prefieren pagar el diezmo de oro y comer raíces antes que enfrentarse a lo desconocido. Es el mismo truco que el Cónclave usaba en la capital.
Lin no respondió. De repente, levantó la mano derecha, deteniendo la marcha de golpe. Su semental negro relinchó suavemente, agitando las orejas. El capitán cerró los ojos por un segundo y el hormigueo de su palma dorada se transformó en una pulsación fría, una vibración de advertencia que Alma le había enseñado a escuchar en el Manantial. No era un peligro común; era el rastro de la violencia pura.
—¿Escucharon eso? —preguntó Lin en voz baja, su mirada de soldado escaneando los matorrales secos que bordeaban el risco.
—El viento contra las rocas, capitán —respondió Ettore, agachándose instintivamente para alcanzar el pomo de su daga.
—No. No es el viento —dijo Marcos, desenvainando tres centímetros de su machete pesado—. Son pasos. Alguien está corriendo, y no viene solo.
De entre las grietas de una gran roca de adobe, a unos cincuenta metros por delante de ellos, una figura delgada salió disparada hacia el camino. Era un joven que no tendría más de diecisiete años. Vestía una túnica de azul claro que, aunque rasgada por las espinas y manchada de barro, delataba un origen noble que no pertenecía al lodo de las aldeas fronterizas. Tenía el cabello castaño revuelto y los ojos oscuros abiertos por el pánico absoluto. Tropezaba con sus propios pies, cayendo de rodillas sobre la tierra dura antes de levantarse con desesperación.
Detrás de él, tres hombres montados en caballos robustos y vistiendo las armaduras de hierro negro de la guardia de Yalnizlik emergieron de la vaguada. Llevaban los estandartes negros del Rey Erke y empuñaban picas cortas con puntas de gancho.
—¡Deténte, bastardo! —rugió el jinete que iba al frente, un hombre de rostro brutal y cicatrices en las mejillas—. ¡Las órdenes del Consejero Val son claras! ¡Tu cabeza no necesita llegar entera al palacio!
El joven de azul no miró atrás. Vio a Lin y a sus hombres en el camino y, en un acto de fe ciega, corrió hacia ellos extendiendo las manos.
—¡Por favor! —chilló el chico, con la voz rota por el esfuerzo—. ¡Ayúdenme! ¡Me van a matar! ¡No dejen que me lleven de vuelta!
Lin no lo pensó dos veces. La caballerosidad rígida y el instinto de protección que Norman había despertado en su pecho se activaron al instante. Espoleó a su semental negro, interponiéndose entre el joven fugitivo y los tres jinetes de hierro.
—¡Ettore, Marcos, formación de defensa! —ordenó Lin con una rigidez militar que hizo que los guardias de Erke detuvieran sus monturas en seco, sorprendidos por la autoridad que emanaba de aquel supuesto pastor de ovejas.
El joven noble se desplomó detrás del caballo de Lin, aferrándose a las botas de del capitán, temblando como una hoja en medio de una tormenta.
El líder de los guardias negros bajó su pica, mirando a Lin con desprecio.
—Apártense, granjeros estúpidos. Ese chico es propiedad del Rey Erke. Su nombre es Vetmi, y es un traidor a la corona de Yalnizlik. Si dan un solo paso en su defensa, sus cuerpos alimentarán a los buitres de esta meseta antes de que termine la hora.
Lin desenvainó su espada con una lentitud que heló la sangre de los soldados. No tenía el brillo dorado que la Raíz de Luz de Alma le otorgaría después, pero el acero estaba afilado y sus manos eran las de un verdugo que había limpiado fronteras enteras.
—Este chico está bajo la protección del palacio Blackshield —dijo Lin, y su voz profunda resonó en el desfiladero como una sentencia—. Den media vuelta y regresen con su amo. Díganle al Consejero Val que el norte ya no acepta sus cadenas.
Los guardias se miraron entre sí, confundidos por la mención del palacio Blackshield, pero el fanatismo y la orden de Val pesaban más que la duda.
—¡Mátenlos a todos! —rugió el líder, cargando hacia Lin con la pica en alto.
La batalla fue corta pero con precisión. Ettore, moviéndose con la rapidez de un gato, sacó su ballesta de debajo de la manta y disparó una saeta que atravesó el hombro del segundo jinete, derribándolo de la montura antes de que pudiera alzar su lanza. Marco interceptó al tercero, bloqueando el golpe de pica con su machete pesado y, con un movimiento giratorio brutal, le cortó las riendas del caballo, haciendo que el animal se encabritara y lanzara al soldado contra las rocas afiladas del risco.
El líder llegó hasta Lin. Las armas chocaron con un estruendo metálico que resonó en la vaguada. El guardia intentó usar el gancho de su pica para tirar de la túnica marrón de Lin, pero el capitán era un estratega experto. Se agachó sobre el lomo de su caballo, esquivó el hierro por milímetros y, con un tajo ascendente de su espada, le cercenó la mano derecha al atacante. El soldado soltó un alarido de agonía, soltando el arma mientras su caballo huía despavorido por el camino de la meseta, arrastrando a su jinete herido.
El silencio regresó al camino, interrumpido solo por la respiración agitada de los caballos y los sollozos del joven Vetmi, que seguía arrodillado en el polvo.
Lin envainó su espada y bajó de la montura. Se acercó al chico con paso firme pero pausado, para no asustarlo más. Se agachó frente a él y le puso una mano grande sobre el hombro.
—Ya pasó, muchacho. Estás a salvo. Esos hombres no van a volver a tocarte. ¿Cuál dijiste que era tu nombre?
El joven levantó la vista, limpiándose las lágrimas y el polvo de la cara con la manga rasgada. Sus facciones eran finas, las de un príncipe que se había criado entre los lujos del palacio de piedra gris, pero sus ojos oscuros reflejaban una madurez amarga que no correspondía a su edad.
—Me llamo... Vetmi —logró decir, con la voz temblorosa—. Soy el hijo menor del Rey Erke. Uno de los bastardos de los que nadie habla en las plazas.
Ettore se acercó, guardando su ballesta con una sonrisa pequeña.
—Vaya... un príncipe de verdad metido en el barro. Los granjeros de la taberna de anoche tenían razón, capitán. La familia real de Yalnizlik está rota por dentro. ¿Por qué te perseguían tus propios guardias, Vetmi?
Vetmi se puso en pie con la ayuda de Lin, frotándose las muñecas que tenían marcas rojas de cuerdas.
—Porque huía de mi "familia". Si me quedaba una noche más en ese palacio, terminaría como mi hermano menor. Lo encontraron flotando en el pozo del jardín la semana pasada. Mis hermanos mayores... se matan a cada rato entre ellos por la avaricia por el trono, y mi padre no hace nada. Solo le importa cobrar impuestos altos para pagarle a la Orden de la Luz y llenar su harén de nuevas concubinas.
El príncipe miró hacia el sur, con una expresión de puro asco.
—Pero lo peor es el hombre que llegó del norte. El Consejero Val. Él controla a mi padre ahora. Le ha metido mentiras en la cabeza sobre una invasión de monstruos y está usando a la guardia para cazar a cualquiera que no muestre una devoción ciega. Val descubrió que yo estaba intentando ayudar a una de las concubinas a escapar y ordenó mi ejecución silenciosa. Decía que un bastardo menos haría que el trono fuera más limpio.
Lin sintió una oleada de asco que le recorrió el cuerpo. La podredumbre de Yalnizlik era exactamente la misma que Quirno había sembrado en otros reinos. Miró a Marcos y a Ettore, viendo en sus rostros la misma resolución. No podían dejar a ese chico solo en las rocas.
—Vas a venir con nosotros, Vetmi —dijo Lin con firmeza—. No somos pastores de ovejas. Somos hombres del palacio Blackshield. Nos dirigimos al sur, pero no vamos a dejar que la guardia de Erke te corte la cabeza en este desierto.
Los ojos oscuros de Vetmi se abrieron de par en par, reflejando una chispa de esperanza por primera vez en días.
—¿El palacio Blackshield? ¿El Rey Lucien? Los pregoneros en la capital de mi padre dicen que él es un monstruo que come niños...
Ettore soltó una carcajada ruidosa, palmeando la espalda del joven príncipe.
—Los pregoneros de tu padre son unos mentirosos pagados por Val, chico. El Rey Lucien es el hombre más noble que vas a conocer, y el que va a limpiar este continente de esos viejos grasosos del Cónclave. Camina con nosotros; nuestro capitán te enseñará lo que significa la verdadera justicia.
Marcos trajo el caballo de uno de los guardias caídos que se había quedado quieto en el camino y le entregó las riendas a Vetmi.
—Sube, príncipe. Debemos movernos antes de que el soldado que huyó regrese con refuerzos. El desfiladero de Yalnizlik no es un lugar seguro para las charlas largas.
El grupo retomó la marcha, ahora con un miembro más en sus filas. Vetmi cabalgaba en el centro, protegido por las tres capas grises que vestían el anonimato del lino marrón. A medida que avanzaban por la meseta profunda, el joven príncipe no dejaba de mirar a Lin con una mezcla de respeto y curiosidad, impresionado por la seriedad protectora del capitán.
Lin se mantuvo en la vanguardia, sintiendo cómo el diario de Norman contra su pecho le daba una calidez que desafiaba al frío de la tarde. El viaje por el alma del hechicero ya no era una simple travesía de paisajes; se estaba convirtiendo en una misión de rescate para los inocentes que la Orden de la Luz pretendía aplastar con sus mentiras. El secreto de los Blackshield seguía vivo en sus venas, y con la ayuda de Ettore, Marcos y ahora el príncipe Vetmi, el capitán sabía que la primavera del norte encontraría su camino hacia el sur, sin importar cuántos reyes corruptos intentaran cerrarle el paso.
La noche empezó a caer sobre las rocas de Yalnizlik, encendiendo las primeras estrellas sobre la meseta, mientras el grupo avanzaba hacia un destino donde los faros de esperanza esperaban ser despertados por el acero de los hombres libres.