Traicionada, humillada y subestimada, Isabella dejó atrás un matrimonio tóxico para reconstruirse desde cero. Años después, regresa sin miedo y dispuesta a reclamar la fortuna millonaria de la abuela Genieve, dejando claro a quienes la despreciaron que la antigua Isabella ya no existe.
Una historia de renacimiento, poder y justicia donde las reglas del juego cambiaron para siempre y la venganza se sirve con elegancia.
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Capitulo 6
El pequeño café en la esquina de la avenida olía a grano tostado, canela y lluvia reciente. Era un rincón modesto, con mesas de madera desgastada y luces cálidas que contrastaban con el cielo plomizo de la tarde. Un refugio perfecto, lejos de las miradas inquisidoras de la alta sociedad y del veneno de la mansión Vane.
Isabella mantenía las manos envueltas alrededor de una taza de chocolate caliente, observando cómo el vapor se disipaba en el aire. Frente a ella, al otro lado de la mesa, un chico de cabello castaño despeinado y chaqueta de mezclilla la miraba en absoluto silencio.
Matías. Su mejor amigo desde que tenían uso de razón. El chico que la conocía antes de los trajes caros, de los apellidos importantes y del dolor que ahora parecía llevar tatuado en la mirada.
—Llegas tarde —murmuró Isabella, intentando esbozar una sonrisa pequeña para romper la tensión.
Pero Matías no devolvió la sonrisa. Sus ojos marrones, siempre llenos de chispa y bromas, la recorrieron de arriba abajo con una mezcla de consternación y rabia contenida. Hacía casi ocho meses que no se veían en persona, desde que la agenda de la familia Vane comenzó a aislarla sistemáticamente de todo su entorno anterior.
—No has probado el chocolate —dijo Matías finalmente, su voz baja y rasposa—. Y el café era tu lugar favorito en el mundo, Isa. Solías pedir dos medialunas y te comías la espuma primero. Ahora apenas tocas la taza.
Isabella bajó la mirada, acariciando el borde de la cerámica.
—He tenido semanas difíciles, Mati. Eso es todo.
—¿Semanas difíciles? —Matías se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa. La preocupación en su rostro era casi palpalble—. Isa, mírate, por favor. Estás pálida, has bajado de peso y tienes unas ojeras que intentas cubrir con maquillaje que ni siquiera es de tu estilo. Parece que te hubieran robado la luz.
El comentario caló profundo, pero Isabella apretó los dientes, manteniendo la postura.
—Estoy bien. Ya salí de esa casa. Dejé a Julián, me mudé a un departamento pequeño y...
—¡Pero sigues rota! —la interrumpió Matías con firmeza, aunque manteniendo el tono bajo para no llamar la atención de las pocas personas en el lugar—. Saliste de esa casa, sí, ¿pero a qué costo? Te vi en las noticias de internet esta mañana, Isa. La portada de la Galería Lumos. Vi las fotos de Julián con esa modelo y vi los comentarios de la gente burlándose de ti. Y lo peor no es lo que él hizo... lo peor es ver cómo te dejaste aplastar por esa gente durante dos años.
Isabella sintió una punzada de vergüenza y desvió la mirada hacia la ventana, donde las gotas de lluvia resbalaban por el cristal.
—No sabes lo que fue vivir ahí, Matías. No era tan fácil como empacar e irme. Cada día me convencían de que no valía nada, de que mi voz no importaba. Me fui apagando poco a poco sin darme cuenta.
—Lo sé —suspiró Matías, recortando la distancia para tomar la mano de Isabella sobre la mesa. Su tacto era cálido, familiar y dolorosamente reconfortante—. Sé que fue un infierno y me odio a mí mismo por no haber derribado la puerta de esa mansión para sacarte a rastras. Pero estoy aquí ahora. Y no voy a dejar que te sigas escondiendo detrás de esa armadura gris.
Isabella intentó retirar la mano, abrumada por la intensidad de sus palabras, pero él la sostuvo con más fuerza, obligándola a mirarlo a los ojos.
—Necesito que abras los ojos de una vez, Isa —le rogó Matías, y por primera vez Isabella notó un destello de lágrimas contenidas en la mirada de su amigo—. Necesito que reacciones. Esa gente de mierda te hizo creer que eras débil, que eras una sombra, que tenías que pedir perdón por respirar. ¡Tú no eres esa persona! La Isabella que yo conozco era un huracán. Era la chica que no le tenía miedo a nada, la que llenaba lienzo tras lienzo con colores vivos, la que soñaba con comerse el mundo con sus pinturas.
—Esa chica ya no existe, Matías —susurró ella, sintiendo que la voz se le quebraba—. Se quedó en el camino. Julián y su madre la destruyeron.
—No, no la destruyeron. Solo la encerraron —corrigió él con vehemencia. Se echó hacia atrás y metió la mano en su mochila de lona gastada. Sacó un cuaderno de bocetos de pasta dura y un estuche de pinceles y acrílicos totalmente nuevos, dejándolos caer sobre la mesa entre los dos—. Vuelve a pintar, Isabella.
Isabella miró el cuaderno como si fuera un objeto peligroso. Hacía más de dos años que no tocaba un pincel. En la mansión Vane, el arte era considerado un pasatiempo "poco serio" y vulgar, algo que Lucrecia había erradicado de su vida desde la primera semana.
—No puedo... —murmuró, echándose hacia atrás en la silla—. No me sale. Ya no sé qué pintar.
—No me mientas —insistió Matías, clavando su mirada en ella—. Pinta el dolor, pinta la rabia, pinta el veneno que te hicieron tragar. Pinta lo que te dé la gana, pero vuelve a tomar el control. Necesitas recordar quién eras antes de que ese imbécil te convenciera de que no valías nada. La pintura era tu voz, Isa. Devuélvete a ti misma esa voz.
El silencio volvió a instalarse en la mesa, pero esta vez no era un silencio incómodo. Era un peso denso, cargado de verdades que Isabella llevaba meses esquivando. Miró las manos de Matías, miró el cuaderno de dibujo y luego sintió un nudo apretarse en su garganta.
Matías dio un largo suspiro, bajando la cabeza por un instante antes de volver a mirarla con una vulnerabilidad que nunca antes le había mostrado.
—Me dolió verte casar con él, Isa —confesó Matías en un murmullo helado que hizo que el corazón de Isabella diera un vuelco—. Me dolió en el alma porque sabía que no te merecía. Pero lo que me mató por dentro todos estos meses no fue no tenerte conmigo... fue ver cómo dejaste que apagara tu fuego. Ver cómo te convertiste en una prisionera sonriente por alguien que no sabía apreciar el tesoro que tenía enfrente.
—Matías... —alcanzó a decir ella, con los ojos llenos de lágrimas.
—No te estoy pidiendo nada para mí, Isabella —la interrumpió él rápidamente, esbozando una sonrisa triste pero llena de una lealtad inquebrantable—. Solo te pido que te salves a ti misma. No te quedes atrapada en el papel de la víctima humillada. Reacciona. Demuéstrales a todos, y sobre todo a ti misma, de lo que eres capaz cuando te liberas de sus cadenas.
Isabella extendió temblorosa la mano hacia el cuaderno de bocetos. Al rozar la textura de la portada de papel grueso, sintió una chispa eléctrica recorriéndole los dedos. Era como reencontrarse con una vieja amiga a la que había abandonado en el camino.
Abrió el cuaderno. Las páginas en blanco la esperaban, impolutas, listas para recibir todo el fuego, la rabia y el deseo de justicia que llevaba sofocado en el pecho.
Miró a Matías. En los ojos de su amigo no había lástima, como en los de las mujeres de la alta sociedad. Tampoco había desprecio, como en los de Lucrecia y Julián. Había fe. Una fe ciega e inquebrantable en ella.
—Gracias —dijo Isabella, y esta vez su voz no tembló. Sonó clara, profunda y con un matiz de determinación que no había estado allí en años.
—No me des las gracias —sonrió Matías, empujándole el estuche de pinceles—. Solo prométeme que la próxima vez que te vea, habrás llenado este cuaderno con tu propio fuego.
Isabella apretó el cuaderno contra su pecho y asintió. El eco de las pisadas vacías de Julián y el veneno del salón de té comenzaron a perder su poder sobre ella. La sombra que vestía de gris estaba empezando a desvanecerse, dejando al descubierto a la mujer que estaba a punto de renacer.