Un acuerdo que no eligió. Un desconocido que debe aceptar. Y un lazo que el tiempo ni la muerte pudieron romper.
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CAPÍTULO 15 La amenaza que no tenía defensa
La mañana siguiente la fiebre seguía ahí, persistente, aunque ya no con esa fuerza aterradora de la noche anterior.
Desperté despacio, sintiendo el cuerpo pesado como si hubiera pasado horas luchando contra algo invisible, la garganta seca y un mal presentimiento que me apretaba el pecho desde que abrí los ojos.
Damián estaba sentado al borde de la cama, con la espalda recta, la mirada fija en la pared y los brazos cruzados sobre el pecho, en esa postura rígida y distante que siempre adoptaba cuando algo no le gustaba.
No dijo nada al verme despierta.
Solo se quedó ahí, esperando en silencio, hasta que escuchamos que llamaban suavemente a la puerta. Era su abuelo.
Entró caminando despacio pero con paso firme, se acercó hasta quedar justo al lado de mi cama y me miró a los ojos con una expresión seria, sin rodeos.
—Eluney —empezó con voz grave y solemne—, no vengo a pedirte un favor, vengo a decirte lo que la familia necesita.
Ya soy viejo, siento que mis días se acaban y hay algo que me dejaría en paz antes de partir.
Antes de morir, quiero ver un nieto de ustedes, un hijo de sangre de Damián.
Sé que cumplirán con su deber y con lo que se espera de este matrimonio.
No esperó respuesta.
Asintió con la cabeza, dio media vuelta y salió de la habitación dejando un silencio pesado tras de sí.
En cuanto la puerta se cerró por completo, Damián se giró hacia mí despacio, y vi en sus ojos una dureza que me heló la sangre.
Se inclinó sobre mí, tomó mi rostro con ambas manos, sujetándome con firmeza sin dejarme apartar la vista de él.
—¿Lo oíste bien? —
me preguntó con voz fría, cortante, sin dejar lugar a dudas—.
Se lo vamos a dar un nieto de sangre.
Te quiero ver recuperada pronto, porque eso es lo que nos corresponde.
Negué con la cabeza con desesperación, sintiendo cómo las lágrimas empezaban a brotar sin poder contenerlas.
—No puedo —le respondí con voz quebrada—.
Ya tengo a mis gemelos...
Son hijos de Cristian, son todo lo que me queda de él, son mi vida entera.
No quiero tener más hijos contigo, no quiero que nadie ocupe su lugar.
Sus ojos se encendieron de furia al instante, y apretó un poco más mi rostro.
—Y te prohíbo que vuelvas a pronunciar ese nombre jamás —soltó con rabia contenida—.
Cristian está muerto, ya no existe para ti.
Ahora soy yo tu esposo, y no quiero volver a escucharlo en tu boca.
Hizo una pausa, y sus palabras se volvieron aún más crueles y tajantes:
—Escúchame muy bien, porque no te lo diré dos veces —me advirtió con una frialdad que me hizo temblar entera—.
Si no cooperas por las buenas, será a la fuerza.
No me importará nada entonces.
Y si sigues poniendo trabas, si te atreves a negarte...
No volverás a ver más a tus hijos.
Los mandaré a un orfanato hoy mismo y nunca sabrás dónde están ni qué será de ellos.
Tú decides:
cumples con lo que te toca, o pierdes lo que más amas.
Me quedé sin aire, paralizada por el terror y el dolor.
No podía perder a mis niños, eran mi único refugio, la única razón por la que seguía adelante.
Asentí despacio, derrotada, sintiendo que me arrancaban el alma.
Él soltó mi cara bruscamente, se apartó de la cama y se quedó de pie mirando hacia la ventana, como si nada hubiera pasado.
Por fuera parecía una roca, un hombre sin corazón capaz de hacer cualquier cosa por cumplir una orden.
Pero por dentro, su alma se retorcía de dolor y culpa.
Cada palabra que había salido de su boca le clavaba mil cuchillos en el pecho, odiándose por tener que amenazarme así, odiando tener que usar a mis hijos para obligarme, odiando tener que prohibir su propio nombre.
Sabía que estaba siendo cruel, que me estaba destrozando, pero no tenía otra forma de ocultar la verdad, ni de cumplir el destino que le había tocado vivir.
Se tragó su propio sufrimiento, mantuvo esa máscara de hielo intacta y no dejó que yo sospechara ni un instante que cada amenaza que me hacía le dolía a él mil veces más que a mí.
—Ahora descansa —dijo finalmente con la misma voz seca—. Y piensa bien lo que te he dicho.