Valeria tiene un don maldito: cada vez que se enamora, la persona amada deja de respirar por unos segundos. Un año entero sin sentimientos es su única salvación. Pero entonces llega Nicolás, un chico con cicatrices en las manos y una enfermedad que lo tiene al borde de la muerte. Él no le teme a su maldición; al contrario, la busca. Porque él solo respira cuando ella lo besa. Juntos descubren que el amor no es veneno, sino el único remedio. Pero el año termina, y con él, la cuenta atrás para salvarle la vida.
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Capítulo 12: El primer beso
Habían pasado tres días desde la crisis.
Tres días de visitas, de libros, de mandalas, de silencios cómplices. Tres días en los que Nicolás se había ido recuperando lentamente, con la ayuda de los medicamentos y de mi presencia constante. Pero yo sabía que era solo un respiro. Un pequeño paréntesis antes del final.
Y por eso, cuando él me pidió que saliéramos del hospital, no pude negarme.
—¿Estás loco? —dije, mirándolo con incredulidad. —No puedes salir. Estás ingresado.
—Puedo pedir un permiso. —Sonrió con esa sonrisa suya, tan peligrosa y tan encantadora. —Las enfermeras me adoran. Me dejarán salir unas horas.
—¿Y adónde quieres ir?
—A la biblioteca.
—¿La biblioteca del hospital?
—No. La de verdad. —Se incorporó en la cama con un esfuerzo que apenas pudo disimular. —La biblioteca pública. La que está en el centro. Quiero que me lleves.
—¿Para qué?
—Para ver cómo eres cuando no estás siendo voluntaria. Para verte entre los libros sin la presión del hospital. —Su sonrisa se suavizó. —Y también para robarte un beso en el pasillo de los poemas.
Mi corazón dio un vuelco.
—Eso es muy cursi.
—Lo sé. —Se encogió de hombros. —Pero es la verdad.
Y así, después de convencer a la enfermera jefe y de firmar un papel que lo eximía de responsabilidad, salimos del hospital.
Era un día de noviembre frío y soleado. El cielo estaba despejado, y el aire olía a castañas asadas y a hojas mojadas. Nicolás llevaba su chaqueta de lana y la bufanda roja que tanto le gustaba, y yo llevaba mi abrigo azul y el corazón en un puño.
—Hace mucho que no salía —dijo, respirando hondo. —Olvidaba lo que se siente.
—¿El qué?
—El aire libre. La vida. —Me miró con los ojos brillantes. —Todo esto.
—Pues vamos a aprovecharlo.
Caminamos despacio, muy despacio, porque Nicolás no podía ir rápido. Cada pocos metros se detenía a recuperar el aliento, y yo esperaba pacientemente, con el brazo alrededor de su cintura y el corazón latiéndome con fuerza.
Pero él no se quejaba. Sonreía. Y cada vez que me miraba, parecía que el mundo entero se detenía.
Llegamos a la biblioteca pública una hora después. Era un edificio antiguo, de piedra desgastada y ventanas altas, con un olor a libros viejos y a madera que me transportaba a mi infancia.
—Es preciosa —dijo Nicolás, contemplando la fachada.
—Lo es.
—¿Vienes mucho?
—Todos los días. —Sonreí. —Es mi segundo hogar.
—Pues enséñamela.
Entramos.
El interior era tan acogedor como recordaba. Estanterías altísimas, llenas de libros de todos los tamaños y colores. Luz natural entrando por los ventanales. Y un silencio tan profundo que casi se podía oír el latido de los libros.
Nicolás caminaba lentamente, pasando los dedos por los lomos de los libros, con una expresión de asombro en el rostro.
—Es como un templo —murmuró.
—Lo es.
—Y tú eres su sacerdotisa.
—Soy su lectora.
—Eso es lo mismo.
Llegamos al pasillo de poesía. Los estantes estaban llenos de libros de todos los poetas imaginables: Neruda, Lorca, Benedetti, Bécquer. Nicolás se detuvo frente a la sección de Neruda y sacó un libro pequeño, de tapa azul.
—¿Te acuerdas? —dijo, mostrándomelo.
—Veinte poemas de amor y una canción desesperada.
—El primero que me leíste. —Abró el libro por una página al azar y empezó a leer en voz baja.
"Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca."
Levantó la vista y me miró.
—Eres exactamente así, Valeria. —Cerró el libro y lo dejó sobre el estante. —Cuando callas, pareces ausente. Pero yo sé que estás ahí. Que me escuchas. Que me sientes.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque tus ojos te delatan. —Se acercó a mí, lentamente, hasta que solo nos separaban unos centímetros. —Siempre lo hacen.
El aire se volvió denso.
—Nicolás... —susurré.
—¿Qué?
—No deberías...
—Lo sé. —Sonrió. —Pero no puedo evitarlo.
Y entonces, sin previo aviso, inclinó la cabeza y me besó.
Fue diferente a los otros besos. Más lento. Más profundo. Como si el tiempo se hubiera detenido solo para nosotros. Sus labios se movieron contra los míos con una suavidad que me hizo olvidar dónde estábamos, quiénes éramos, qué nos esperaba.
No sentí miedo.
No sentí culpa.
Solo sentí amor.
Cuando separó los labios, Nicolás estaba sonriendo.
—Estoy respirando —dijo.
—Lo sé.
—No he dejado de hacerlo en todo el beso.
—Lo sé.
—¿Y eso qué significa?
No supe qué responder. Pero en ese momento, no necesitaba respuestas. Solo necesitaba estar con él.
Así que lo abracé, con todas mis fuerzas, y apoyé la cabeza contra su pecho. Su corazón latía con fuerza, y su respiración era cálida y constante.
—Significa —dije, con la voz rota de emoción— que la maldición se está rompiendo.
—O que el amor es más fuerte.
—O eso.
Nicolás me besó en la frente, y luego me tomó de la mano.
—Ven —dijo. —Vamos a buscar otro libro.
—¿Cuál?
—Uno que hable de finales felices.
—¿Existen?
—Con nosotros, sí.
Y entonces, con su mano en la mía y el corazón lleno de esperanza, caminamos entre los estantes de la biblioteca.
Como si el tiempo no existiera.
Como si el mundo no existiera.
Como si solo existiéramos nosotros dos.