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MAHUA

MAHUA

Status: En proceso
Genre:Aventura / Magia y demonio / Romance
Popularitas:148
Nilai: 5
nombre de autor: melany ayelen tschentscher

Somos seres divinos, dicen.
Pero la divinidad no es luz eterna. Es resistencia.

NovelToon tiene autorización de melany ayelen tschentscher para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 2: AURORA EN LA OSCURIDAD.

Estoy aquí, asando el mangú que consiguió Mahua para mí. Aunque su carne era dura y semi amarga, para mi paladar era una delicia; era lo único que después de semanas de pasar hambre y frío, después de contar las costillas con los dedos y preguntarnos si el invierno terminaría antes que nosotros.

Tomo un pedazo y se lo ofrezco a Mahua. Él lo olfatea, observando ese trozo de carne con una mezcla de recelo y paciencia primitiva.

—Anda, puedes comer —le digo, arrancando un pedazo con mis dientes y saboreándolo con placer, exagerando el gesto como si así pudiera convencerlo de que todo está bien, de que aún estamos a salvo.

—Te lo mereces, es tuyo.

Rápidamente, detrás de las rocas, aparecen criaturas carroñeras intentando llevarse la comida de Mahua. Su pelaje se infla como un globo dispuesto a explotar y muestra sus colmillos a los pequeños, agarrando rápidamente la carne en su boca. El fuego ilumina sus siluetas irregulares y proyecta sombras que parecen manos deformes trepando por las paredes de la cueva.

Ellos se espantan, pero tenían tanta hambre que miraban con deseo a ese mangú. Ese deseo no era distinto al mío cuando soñaba con pan caliente o con el aroma imposible de una cocina que ya no existía.

—Tranquilo, Mahua —lo digo mientras divido la carne en tres pedazos—. Estas criaturas están tan hambrientas como nosotros.

Las coloco lentamente en el suelo, para no asustarlas más de lo que estaban, y Mahua se hace a un lado, aunque en defensa de su propio alimento.

Lo siento vibrar; no es solo instinto, es miedo. Él también sabe que el hambre vuelve monstruo a cualquiera.

Las pequeñas criaturas se miran entre ellas antes de dar el primer paso. Una avanza, temblorosa, y toma el trozo más cercano con movimientos rápidos, como si esperara que se lo arrebataran en cualquier instante. Sus ojos enormes reflejan el fuego como dos lunas húmedas.

Mahua no gruñe.

Eso me sorprende.

Su pelaje sigue erizado, pero sus ojos —esos ojos imposibles— observan atentos cada movimiento. En ellos no hay solo vigilancia; hay cálculo, hay memoria. Como si recordara algo que yo no puedo alcanzar.

Las otras dos se acercan. Mastican con desesperación, casi sin respirar. El sonido de sus dientes contra la carne resuena entre las rocas, un eco áspero que se mezcla con el crepitar del fuego y con el latido inquieto dentro de mi pecho.

Toman su correspondencia, pero en vez de huir se quedan en el fuego reconfortante con nosotros; ahora ya no éramos solo dos. Ahora éramos una pequeña constelación de cuerpos heridos intentando sobrevivir a la misma noche.

¿Qué clase de criaturas serán aquellas que se quedaron bajo el fuego? —me pregunto, observando esos extraños cuerpos en donde solo se les notaban sus extremidades y su cuerpo ovalado; sin duda los podría comparar con erizos de mar. Sin embargo, estos pequeños tienen boca y grandes ojos, y en esos ojos hay algo más que instinto: hay una súplica muda.

Sin más, había logrado establecer un vínculo con ellos desde la compasión y la necesidad. Tal vez no era compasión; tal vez era miedo a volver a estar sola. Tal vez necesitaba que alguien más compartiera el peso de existir en este lugar que parecía haber olvidado el nombre de la vida.

Mahua dormía enrollado sobre mi pecho, tan pequeño que apenas ocupaba el espacio de mis dos manos juntas. Su respiración era tibia, irregular, pero constante. Cada exhalación rozaba mi piel como una promesa frágil.

A veces lo observo como si temiera que desaparezca si aparto la mirada. Como si el mundo tuviera la costumbre de arrancarme aquello que amo en el momento exacto en que empiezo a confiar.

—No me dejes sola otra vez… —susurro, aunque sé que no entiende mis palabras. O tal vez sí; tal vez entiende el temblor que se esconde detrás de ellas.

Sus ojos se abren lentamente. Aurora boreal en la oscuridad.

Y me mira.

No como una bestia.

No como una criatura salvaje.

Me mira como si supiera que mi miedo es más grande que el invierno, como si supiera que hay un tren detenido en mi memoria del que nunca bajé del todo.

En un descuido, al cerrar mis ojos, vuelvo a recordar ese tren, rebobinando en mi memoria cada detalle, buscando algún indicio que me dijera por qué estoy aquí. El traqueteo metálico, el olor a hierro, las ventanas empañadas, una voz que prometía un destino distinto. ¿En qué estación me perdí? ¿En qué instante el paisaje cambió de ciudad a nieve interminable?

El viento cambia.

Mahua lo siente antes que yo.

Su cabeza se eleva. Sus pupilas se afinan.

—¿Qué pasa? —susurro.

Entonces lo escucho.

Un crujido.

Pesado.

No son pasos pequeños.

Y no vienen por las criaturas.

Vienen por nosotros.

Las pequeñas criaturas también lo sienten cuando Mahua se tensa. Sus cuerpos ovalados se encogen, sus ojos se abren hasta parecer desbordarse. El fuego vacila, como si también tuviera miedo.

El viento trae algo más que frío.

Trae olor.

Un olor espeso. Salvaje. Antiguo. Como tierra removida sobre algo que no quiere ser encontrado.

Desde la entrada de la cueva, dos sombras enormes se proyectan sobre la nieve. No son como los carroñeros. Son más altas. Más largas. Sus cuerpos parecen deformarse con cada paso, como si la carne no estuviera bien ajustada a los huesos, como si estuvieran hechos de algo que imita la vida pero no la comprende.

Un gruñido grave retumba contra las rocas.

Mahua se coloca delante de mí.

—No… —susurro, pero mi voz es apenas un hilo que el viento podría cortar.

Las bestias avanzan, atraídas por el rastro de sangre del mangú. Sus hocicos se levantan, aspirando el aire con avidez.

Una de ellas clava sus ojos en mí.

No es hambre lo que veo.

Es intención.

Es reconocimiento.

Como si supiera que yo no pertenezco aquí, como si supiera que soy una grieta en este paisaje helado.

—¡Corre, Mahua!

Pero él no corre.

Salta.

Se lanza contra la primera bestia con un rugido que nunca le había escuchado. El choque es brutal. La nieve se levanta en una nube blanca y por un segundo el mundo se vuelve polvo helado y sombras entrelazadas.

La segunda criatura avanza hacia mí.

Retrocedo, tropiezo con una roca y siento el frío atravesar mis manos como agujas invisibles.

—¡Mahuaaa!

El sonido de colmillos chocando y gruñidos se mezcla con el viento helado. No miro demasiado; mi mente ya fabrica horrores suficientes. Solo veo movimiento, pelaje oscuro contra carne desproporcionada, nieve teñida de algo más oscuro.

Las pequeñas criaturas chillan.

No huyen.

Se agrupan cerca del fuego, como si la luz fuera un escudo real y no una ilusión. Una de las bestias golpea la entrada de la cueva en su avance torpe. La roca cruje.

No puedo quedarme.

Salgo de la cueva y corro.

La nieve me corta los pies. El aire me quema los pulmones. No sé hacia dónde voy, solo sé que debo alejarme. Pero cada paso es una traición.

Detrás de mí, algo me sigue.

Escucho el crujido pesado de pasos enormes.

Y entonces, un estruendo.

La tierra vibra.

Un rugido de piedra quebrándose.

Me detengo un segundo, lo suficiente para mirar atrás.

La entrada de la cueva se desploma.

Rocas gigantes se precipitan como un alud contenido demasiado tiempo. El fuego desaparece bajo una nube de polvo blanco y gris.

Las pequeñas criaturas.

El lugar donde estaba Mahua.

Todo queda sepultado bajo los escombros.

El sonido no es solo de piedra. Es un sonido sordo, breve, como si el mundo cerrara la boca sobre un secreto.

No escucho más chillidos.

No escucho más rugidos.

Solo el viento.

Mi pecho se rompe en silencio. Quiero regresar. Quiero correr hacia los escombros y escarbar con las manos desnudas hasta sangrar, hasta encontrar aunque sea un fragmento de pelaje oscuro, un destello de aurora boreal entre la nieve.

Pero el crujido detrás de mí continúa.

Corro más rápido.

Mi visión empieza a nublarse. El frío me muerde la piel. Mis piernas pesan como piedra, como si cada paso fuera un castigo por haber sobrevivido.

—Mahua… —murmuro, pero el viento se lleva su nombre y lo dispersa entre los árboles congelados.

La culpa me persigue más rápido que las bestias.

Yo dividí la carne.

Yo dejé el rastro.

Yo creí que la compasión era suficiente para negociar con el hambre del mundo.

Un último paso.

Luego otro.

Y todo se vuelve blanco.

No es solo la nieve.

Es la memoria borrándose.

Silencio.

Oscuridad.

Cuando vuelvo a abrir los ojos, el techo no es de roca.

Es de madera.

Huele a humo. A sopa caliente. A vida.

Voces lejanas.

Estoy en una cama.

Y no estoy sola.

Pero el calor no me consuela.

Porque, bajo mis párpados, aún veo la cueva derrumbándose.

Aún veo pequeños cuerpos ovalados atrapados bajo la piedra.

Aún veo a Mahua, oscuro contra la nieve, saltando sin dudar.

Y lo peor no es no saber si sobrevivió.

Lo peor es sentir, en algún lugar profundo y terrible de mi mente, que tal vez el invierno no es el verdadero enemigo.

Que tal vez yo lo soy.

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