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Capítulo 23. Un visitante inesperado
El amanecer apenas comenzaba a iluminar la residencia del Archiduque cuando un escándalo rompió la tranquilidad.
—¡Conrad!
—¡Sal ahora mismo!
—¡No permitiré que esa mujer siga en tu casa!
La voz de la princesa resonaba desde la entrada principal.
Los guardias intentaban contenerla mientras los sirvientes corrían de un lado a otro.
Conrad abrió los ojos con fastidio.
Se levantó de inmediato.
Lo primero que pensó no fue en la princesa.
Fue en Lyra.
«Espero que el escándalo no la haya asustado...»
Abandonó su habitación y caminó hasta el cuarto de la joven.
Justo cuando iba a llamar, la puerta se abrió lentamente.
Lyra apareció todavía medio dormida.
Su cabello plateado estaba completamente despeinado y llevaba puesto un amplio blusón de dormir que le llegaba hasta medio muslo.
Se frotó un ojo con el dorso de la mano y bostezó.
Sin darse cuenta del aspecto que tenía, levantó la vista hacia Conrad.
—¿Quién... grita como loca...?
Su voz era ronca por el sueño.
Conrad se quedó inmóvil durante un instante.
Desvió la mirada con discreción y tragó saliva.
Sin decir una palabra, se quitó la capa negra que llevaba sobre los hombros y la colocó cuidadosamente sobre Lyra.
Ella lo miró confundida.
—¿Qué hace?
Conrad acomodó la capa alrededor de ella con toda naturalidad.
—Hace frío.
Aunque ambos sabían que esa no era la verdadera razón.
Después respondió con un ligero suspiro.
—Es la princesa.
Ha venido... como de costumbre.
Y sí...
Está como loca.
Lyra no pudo contener una pequeña risa.
—Pobres guardias.
Un rato después, cuando Lyra ya se había cambiado de ropa y el escándalo en la entrada había sido controlado, el mayordomo apareció en el despacho de Conrad.
—Mi señor.
Conrad levantó la vista de los documentos.
—¿Sí?
—Lord Edmond Ravenshield solicita verlo.
La expresión de Conrad cambió ligeramente.
—Hazlo pasar.
Pocos minutos después, un hombre de porte elegante entró en el despacho.
Sin embargo, el cansancio era evidente en su rostro.
Tenía profundas ojeras y sujetaba con fuerza un sobre lleno de documentos.
Conrad se puso de pie.
—Lord Edmond.
—Archiduque.
El noble hizo una breve reverencia.
—Lamento presentarme sin avisar, pero necesito su ayuda.
Conrad lo invitó a sentarse.
—¿Qué ocurre?
Lord Edmond dejó el sobre sobre la mesa.
—Creo... que el hombre con quien comprometí a mi hija no era quien decía ser.
Su voz se quebró ligeramente al mencionar a Elria.
—Han llegado a mis manos pruebas muy preocupantes.
Necesito descubrir la verdad.
Y no conozco a nadie con más recursos que usted.
Conrad observó los documentos en silencio.
Sabía perfectamente de dónde provenían.
En ese momento, unos pasos suaves se escucharon en el pasillo.
Lyra, que se dirigía al comedor, se detuvo al reconocer aquella voz.
Asomó discretamente por la puerta entreabierta.
Y el tiempo pareció detenerse.
Era él.
Su padre.
Lord Edmond.
Había más canas en su cabello.
Su espalda parecía ligeramente encorvada.
Y en su rostro había un cansancio que ella jamás recordaba haber visto.
Su corazón se encogió.
«Padre...»
Por un instante, estuvo a punto de entrar y abrazarlo.
De decirle que seguía viva.
Pero apretó los puños con fuerza.
Todavía no.
Aún no podía hacerlo.
Se obligó a permanecer en silencio.
Conrad levantó la mirada y la vio junto a la puerta.
Durante un breve instante, sus ojos dorados reflejaron comprensión.
Sabía el esfuerzo que estaba haciendo para contener sus emociones.
Y también supo que, cuando llegara el momento de revelar la verdad...
Él estaría a su lado.