Valentina lo dio todo por su matrimonio. Cinco años soportando las humillaciones de su suegra, que la llamaba estéril. Cinco años aguantando la indiferencia de Adrián, el hombre que juró amarla. Cinco años creyendo que la culpa de no poder embarazarse era suya.
Hasta que un accidente le reveló la verdad: alguien le había estado dando drogas anti-ovulatorias a escondidas. La mujer que todos llamaban estéril nunca lo fue. Le envenenaron el vientre a propósito.
A partir de ese momento, Valentina dejó de llorar en silencio. Con la ayuda de Santiago —un abogado brillante que ve en ella la fuerza que nadie más quiso ver—, Valentina emprende su camino de vuelta: atrapa a los culpables, recupera su dignidad y construye desde cero la vida que le robaron.
Pero la traición tiene raíces profundas. Mientras Valentina renace, sus enemigos no van a quedarse de brazos cruzados. Y el pasado de Santiago también esconde heridas que amenazan con alcanzarlos a ambos.
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Capítulo 2
Valentina entró a la cocina. Adrián estaba sentado a la mesa con una taza de café entre las manos, mientras Lorena permanecía de pie junto a la alacena, preparándose un té.
—Adrián... —lo llamó Valentina acercándose.
—¿Por qué tardaste tanto? Ya tengo hambre —le soltó él con sequedad.
Valentina frunció el ceño. No entendía por qué de pronto estaba tan molesto. Echó un vistazo al reloj de la pared: apenas las ocho. La misma hora de siempre.
—¡Qué rico huele lo que cocinó la señora Valentina! Seguro está delicioso —elogió Lorena al ver la comida dispuesta sobre la mesa. Por dentro, maldecía a Valentina por haber interrumpido el momento a solas con Adrián.
—Lorena, ven, come con nosotros. Dijiste que no habías desayunado —la invitó Adrián, acercándole la silla que tenía al lado.
—¿De verdad puedo? —preguntó Lorena mientras se sentaba.
—Claro que sí —respondió Adrián con una sonrisa amplia—. Necesitas energía para trabajar. Si te desmayas después, voy a tener un problema.
Valentina observó el intercambio entre ambos y la indignación le subió al pecho. Ella tampoco había comido nada en todo el día, y la porción que trajo apenas alcanzaba para dos.
—Pero, Adrián...
—¿No eres tú la que siempre dice que hay que tratar bien a los empleados y ser atento con ellos? —replicó él con la mirada cargada de desdén. Contenía su irritación y buscaba la manera de quitarse a Valentina de encima sin decirlo abiertamente.
Lo que Valentina quería decir con tratar bien a los empleados no era exactamente eso.
Lorena disimuló una sonrisa. Disfrutaba viendo cómo Adrián arrinconaba a su propia esposa.
—Entonces me voy —dijo Valentina. Y eso era justo lo que Adrián y Lorena estaban esperando.
* * *
Esa tarde, la luz empezaba a apagarse en el cielo, dejando un resplandor anaranjado que se colaba por las rendijas de las ventanas. Valentina acababa de ordenar la cocina después de cocinar cuando oyó que se abría la puerta del baño.
Adrián salió con paso apresurado, el pelo todavía mojado y el aroma del jabón pegado al cuerpo. Entró a la habitación directo al armario, sacando ropa a toda prisa, como alguien a quien le faltara tiempo.
Valentina, que lo venía observando desde hacía rato, se quedó de pie junto a la mesa sin poder moverse. Algo extraño le pesaba en el pecho. Como si algo estuviera ocurriendo justo delante de ella y no lograra verlo. Lo siguió al cuarto.
—¿Adónde vas? —preguntó en voz baja, cerrando la puerta detrás de ella.
Adrián no se dio vuelta. Jaló la camisa con brusquedad, se la puso mientras la pasaba de largo, como si la presencia de su esposa no fuera más que una sombra en un rincón.
—Tengo un asunto importante —contestó, cortante.
Sus pasos siguieron hacia la puerta de entrada.
—Ya es tarde y falta poco para la cena —insistió Valentina con la voz temblorosa. Solo quería recordárselo, que la escuchara. Pero esa esperanza se derrumbó de inmediato.
—¡Cállate! —la cortó Adrián de golpe, tan fuerte que Valentina dio un salto—. ¡Yo voy adonde quiera y tú no me lo vas a impedir!
Valentina se quedó helada. Esas palabras le cruzaron la cara como un golpe seco; le zumbaban los oídos. Ni siquiera tuvo tiempo de explicar que jamás había pretendido prohibirle nada. Antes de que pudiera abrir la boca, otra voz surgió a sus espaldas.
—Una esposa no debe andar controlando al marido.
Valentina giró despacio. Doña Carmen estaba allí, los brazos cruzados, el rostro gélido, sin un gramo de compasión.
—Deja que Adrián vaya adonde le dé la gana —sentenció la mujer con tono firme, como si estuviera dictando un veredicto.
Valentina bajó la cabeza. El corazón le palpitaba a un ritmo irregular. Quería explicar que solo estaba preocupada, que eso era todo, pero las palabras se le atoraron en la garganta.
Afuera, el motor del auto arrancó y se alejó poco a poco, dejando un silencio que pesaba como una losa.
Valentina seguía clavada en su lugar. Las manos apretadas la una contra la otra para contener el temblor que se le extendía por el cuerpo. Tenía un presentimiento terrible. Como si algo estuviera ocurriendo fuera de su alcance. Algo que le estaba arrancando, poco a poco, todo aquello en lo que creía. Pero no sabía qué era.
* * *
Por la noche, el ambiente en la casa no mejoró. Al contrario, se volvió más frío. Valentina estaba de pie en la cocina, las manos ocupadas lavando platos y ollas. El agua corría del grifo, y el murmullo del chorro llenaba un silencio asfixiante. Tenía los ojos hinchados, pero seguía trabajando, como si con eso pudiera olvidarse de todo.
Lo que había visto esa mañana en la granja le daba vueltas sin parar en la cabeza. La manera en que Adrián le hablaba a esa otra mujer, con una voz que hacía tiempo ya no le dedicaba a ella. El pecho volvió a arderle.
Unos minutos después, se oyeron pasos desde la entrada. Adrián había vuelto. No la miró, mucho menos la saludó. Fue directo a la habitación.
Valentina soltó el aire despacio. Se secó las manos y fue tras él, con la esperanza de que al menos esa noche transcurriera sin pelea. Pero esa esperanza, una vez más, no tuvo oportunidad.
—¿Y el agua? —La voz de Adrián retumbó, cortante.
Valentina se sobresaltó. El corazón se le disparó. Volvió a la cocina a toda velocidad, las manos le temblaban al servir el agua. Se apuró hacia la habitación, los pasos rápidos pero cuidadosos. Pero apenas cruzó la puerta, Adrián la recibió con una mirada de fastidio, las cejas tensas.
—¿Cómo es posible? ¡Hasta para una cosa tan simple hay que recordártelo!
Valentina agachó la cabeza al instante. Los dedos se le aferraron al vaso como si fuera lo único que la sostenía en pie.
—Perdón... se me olvidó —dijo apenas, la voz tan baja que casi no se escuchó.
—¡Siempre se te olvida! —bramó Adrián, más fuerte que antes—. ¿De qué sirve que estés en esta casa si ni siquiera puedes atender a tu marido como se debe?
Las palabras se le clavaron en medio del pecho. La desgarraban justo en el punto que ya estaba roto desde la mañana.
Pero Valentina no se defendió. Se mordió el labio con fuerza, conteniendo el estremecimiento que pugnaba por salir, reteniendo el llanto que ya se le acumulaba en los ojos.
Doña Carmen pasó frente a la puerta del cuarto y oyó el alboroto. Negó con la cabeza sin la menor compasión. Lejos de calmar las cosas, echó más leña al fuego.
—Así pasa cuando una esposa no sirve para nada —declaró lo bastante alto para que se oyera con claridad—. No puede dar hijos y la casa también la tiene hecha un desastre.
La frase volvió a golpear la misma herida de siempre, esa que le abrían a la fuerza una y otra vez, sin dejarla cerrar jamás.
Valentina apretó los párpados. Contuvo la respiración. El pecho le oprimía como si no quedara espacio para el aire. Siempre era lo mismo con su suegra: estéril, inútil, buena para nada.
Hacía mucho que esas palabras le rondaban la cabeza, cada vez más alto, cada vez con más peso. Y sin darse cuenta, poco a poco, había empezado a creerlas. Que todo era culpa suya. Que tal vez, en efecto, no era lo bastante buena.
Valentina permanecía erguida, el cuerpo firme, pero el corazón desmoronándose pedazo a pedazo, sin que a nadie le importara.
¿Por qué mi vida es así? ¿Acaso no tengo derecho a ser feliz ni a hacer feliz a alguien?