Alegra Vega creía que el peor peligro de trabajar para Alejandro Montero era su carácter frío y autoritario. Hasta que entró en su estudio secreto y encontró decenas de pinturas de ella: arrodillada, vendada y completamente entregada.
Él la sorprendió con el cuaderno abierto.
—Cierra la puerta.
Alegra obedeció.
Lo que comienza con pintura sobre la piel pronto se convierte en órdenes, seda, palmadas, placer contenido y noches en las que su jefe deja de fingir que no desea poseerla. Pero el verdadero escándalo llegará cuando la tensión abandone el estudio y termine sobre el escritorio del hombre más poderoso de la empresa.
NovelToon tiene autorización de Fabiana Luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 16
Capítulo 16: Lía
Lía Galván tenía la capacidad de convertir cualquier situación en un interrogatorio.
No era policía, ni abogada, ni periodista. Era costurera en un taller de la colonia Condesa, tenía veintiséis años, las cejas siempre perfectas y una curiosidad que habría puesto nervioso a un agente de inteligencia. Era prima de Alegra por el lado de Tía Carmen —no de sangre, sino de esa familia extendida que en México se construye con comida, confianza y años de compartir la mesa los domingos—.
Y ese viernes a la una de la tarde, Lía apareció en el lobby de la torre de Santa Fe con una falda de mezclilla, unos aretes enormes y un desparpajo que hizo que el guardia de seguridad la dejara pasar solo para que dejara de hablar.
—¡Alegra! —Su voz llegó antes que ella, rebotando por el pasillo del piso dieciocho como una pelota de frontón—. ¡Baja! ¡Te invito esquites!
Alegra levantó la vista de su pantalla con el horror silencioso de quien ve un tsunami acercarse y sabe que no puede correr.
—Lía, estoy trabajando.
—Es la una de la tarde. La gente normal come a la una de la tarde. —Lía se asomó por la puerta de la antesala y miró alrededor con la sutileza de un turista en el Zócalo—. ¿Aquí trabajas? Está muy bonito. Muy de cristal. Muy... ¿ese es tu jefe?
Alegra siguió su mirada. A través de la pared de cristal, Alejandro estaba en su escritorio, leyendo un documento con la concentración de un neurocirujano.
Lía se quedó callada por primera vez en su vida. Duró tres segundos.
—Alegra Vega.
—¿Qué?
—Ese hombre.
—Es mi jefe.
—Ese hombre tiene mandíbula de actor de telenovela de las buenas, de las de Televisa de antes, de las que ponía mi mamá a las nueve y lloraba.
—Lía, baja la voz.
—¿Y esos ojos? ¿Qué color es ese? ¿Gris? ¿Verde? ¿Platino? Parece que lo hicieron en un laboratorio. ¿Es real? ¿Puedo tocarlo?
—¡No puedes tocarlo!
—Era broma. —No era broma—. Vámonos. Necesitas comer y yo necesito información.
Los esquites del carrito de abajo estaban, como siempre, perfectos. Lía pidió los suyos con todo: mayonesa, queso, chile, limón y una cantidad de salsa que hizo que el señor del carrito la mirara con respeto. Alegra pidió los suyos igual.
Se sentaron en una banca del parque corporativo —el mismo donde Héctor la había llevado semanas atrás, el que parecía diseñado para que nadie se sentara en él—.
—Bien —dijo Lía, con la autoridad de una fiscal en pleno juicio—. Cuéntamelo todo.
—No hay nada que contar.
—Prima. Trabajas a cuatro metros de un hombre que parece salido de una revista y me dices que no hay nada que contar. En mi taller hay cuarenta costureras y tres máquinas de coser, y me entero de más chismes que tú.
—Porque tú buscas chismes.
—Porque tengo habilidades sociales. —Lía se metió una cucharada de esquites—. A ver. Empecemos por lo básico. ¿Es guapo?
—Lía...
—Es guapo. Eso ya lo vi. ¿Tiene dinero?
—Es el director general de una empresa multimillonaria.
—Tiene dinero. ¿Te trata bien?
Alegra pensó en el abrigo de cachemira. En el bono sin tarjeta. En las notas de caligrafía perfecta devueltas en el tupper de Hello Kitty. En el "no cambies de champú." En Don Felipe esperándola cada noche en el estacionamiento.
—Sí —dijo—. Me trata bien.
Lía la miró con esos ojos que eran iguales a los de Tía Carmen: ojos que veían demasiado.
—¿Te trata bien como jefe o te trata bien como hombre?
—Como jefe.
—Mentira.
—Es la verdad.
—Prima, a mí me mientes y ni se nota, pero tu cara dice otra cosa. Tu cara dice que ese hombre te gusta y que te da pánico admitirlo.
Alegra comió un esquite. Luego otro. Masticó despacio, ganando tiempo, porque Lía tenía razón y ella no estaba lista para decirlo en voz alta.
—Es mi jefe —repitió, como si la repetición pudiera convertirlo en verdad—. No puede gustarme. No debería gustarme. Hay un código de ética. Hay una diferencia de poder. Hay una diferencia de... de todo.
—¿De qué? ¿De dinero? ¿De edad? ¿De altura?
—De mundo, Lía. Él vive en Lomas de Chapultepec. Yo vivo en Iztapalapa. Él usa corbatas que cuestan más que mi renta. Yo me lavo el pelo con champú de cuarenta pesos. Él pinta en un estudio privado con pinceles importados. Yo cocino chilaquiles en una estufa de dos quemadores.
Lía dejó de comer. La miró con seriedad —una seriedad que rara vez usaba, que guardaba para las ocasiones en que el chiste terminaba y empezaba la vida real—.
—Alegra. ¿Me estás diciendo que no te mereces a alguien porque eres de Iztapalapa?
—No es eso.
—Es exactamente eso. Y suena igualito a lo que tu mamá te decía. "No eres suficiente. No te alcanza. No mereces."
El golpe fue certero. Lía sabía pegar donde dolía, no por crueldad sino porque creía que las heridas solo sanan si las miras de frente.
Alegra se quedó callada. Los esquites se enfriaron en sus manos.
—No sé qué siento —dijo al fin, en voz baja—. No sé si es él o si es la idea de él. No sé si me gusta como persona o si me gusta porque es lo opuesto a todo lo que conozco. Y no sé si lo que él hace —los abrigos, los bonos, las notas— es porque le importo o porque es un jefe que se toma en serio el bienestar de sus empleados.
—¿Le deja notas a otros empleados?
—No.
—¿Le compra abrigos a otros empleados?
—No.
—¿Manda a su chofer a llevar a otros empleados a su casa?
—No.
Lía se comió el último esquite. Se limpió las manos. Se volvió hacia Alegra y le puso las manos en los hombros.
—Prima. Escúchame bien porque solo lo voy a decir una vez. Tú mereces que un hombre te trate bien. No porque seas de Iztapalapa o de las Lomas o de Marte. Porque eres tú. Porque cocinas chilaquiles que hacen llorar a la Virgen y porque sonríes con esos hoyuelos que deberían estar prohibidos. Y si ese güero de ojos raros te quiere regalar abrigos y mandarte choferes y escribirte notitas, tú déjalo. Porque la vida es corta y el metro está muy lleno y alguien que te lleva a tu casa a las nueve de la noche sin pedirte nada a cambio merece por lo menos que le des una oportunidad.
Alegra la miró. Los ojos se le llenaron de agua.
—¿Y si me equivoco?
—Entonces te equivocas. Y lloras. Y te comes unos tamales en casa de Tía Carmen. Y sigues adelante. Pero al menos no te vas a pasar la vida preguntándote qué habría pasado si no hubieras tenido miedo.
Volvieron a la oficina. En el elevador, Lía se retocó los labios con un espejito y le guiñó un ojo a Alegra.
—Una cosa más.
—¿Qué?
—¿Tiene novia?
—No. Creo que no. Nunca ha mencionado a nadie.
—Perfecto. —Lía se guardó el espejito—. Porque si tiene novia, le arranco las pestañas una por una. Esas pestañas tan bonitas que tiene.
Alegra se rio. Una risa real, de las que limpian.
En la antesala, Alegra se sentó en su escritorio. Lía se había ido, pero su perfume —uno barato que olía a gardenias y que de alguna manera era perfecto— todavía flotaba en el aire.
Alegra abrió su bolsa. Sacó el sobre donde guardaba su colección: la servilleta, los post-its, el papel doblado con los trazos.
Desdobló el papel.
Los hoyuelos. La sonrisa. El pelo largo.
Lo miró un rato. Luego sacó su teléfono. Abrió la cámara. La puso en modo selfie.
Su propia cara la miró desde la pantalla. Pelo negro. Ojos oscuros. Nariz pequeña.
Hoyuelos.
Bajó la vista al papel. Subió la vista al teléfono. Bajó. Subió.
La sonrisa del papel. Su sonrisa en la pantalla.
Los hoyuelos del papel. Sus hoyuelos en el espejo.
El pelo largo del papel. Su pelo largo cayéndole sobre los hombros.
No.
Se le fue la sangre a los pies. Literalmente. Sintió cómo el calor abandonaba su cara y bajaba por su cuerpo como si alguien hubiera abierto una compuerta.
No puede ser. No puede ser yo. Muchas personas tienen hoyuelos. Muchas mujeres tienen el pelo largo. Es una coincidencia. Es...
Miró el papel otra vez. Los trazos eran rápidos, casi furiosos, pero repetidos. El mismo rostro, una y otra vez. Alguien que había pintado esta cara tantas veces que la conocía de memoria. Alguien que la pintaba de noche, durante horas, con la puerta cerrada y el olor a pintura filtrándose por debajo como un secreto que no cabía en el cuarto.
Es mi cara. Está pintando mi cara.
El teléfono se le resbaló de las manos. Lo atrapó antes de que cayera al suelo. Se lo apretó contra el pecho.
Miró hacia la oficina de cristal. Alejandro estaba en su escritorio, con el teléfono en la oreja, hablando con alguien sobre los márgenes de distribución del tercer trimestre. Profesional. Impecable. La corbata perfecta. La espalda recta. La máscara en su lugar.
Ese hombre me pinta de noche. Ese hombre cierra la puerta de su estudio y me pinta una y otra vez. Las manos heladas. Los ojos que se oscurecen. El "sal" que en realidad significa "quédate." La ventana del auto que baja porque mi champú lo desconcentra. El abrigo que compró de mi talla sin preguntarme.
No es un jefe que cuida a su empleada.
Es un hombre que me desea y no sabe qué hacer con eso.
Alegra guardó el papel en el sobre. Guardó el sobre en el cajón. Cerró el cajón.
Se quedó mirando la pantalla de su computadora sin ver nada, con el corazón latiéndole en la garganta y una certeza nueva instalándose en su pecho como una raíz que busca tierra:
Soy yo. Y ahora que lo sé, nada va a ser igual.