Vera Hyatt hereda la mitad de una finca en ruinas…
sin saber que el otro dueño es Dante De Bedout, su ex cuñado y el hombre que la detesta.
Obligados a convivir, el odio, los secretos y una atracción peligrosa amenazan con destruirlos.
NovelToon tiene autorización de N. Garzón para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 2
Dante.
Mi padre murió hace tres meses.
No lloré. No en público. No frente a nadie que pudiera usarlo en mi contra.
Volví al país solo por una razón: verles la cara a Tobías y a Sonia, mi hermano menor y mi madre. El notario fue claro desde el principio: el testamento no podía abrirse hasta que yo estuviera presente. Orden expresa del viejo.
—Pensé que jamás te ibas a presentar —me dijo Sonia apenas me vio entrar a la sala.
Seguía igual. Elegante, fría, con esa mirada que siempre me hizo sentir como un error que nunca terminó de borrar.
—Perdón, mamá —respondí con una sonrisa que no sentía—. Te expliqué que tenía asuntos que atender antes de volver.
Asuntos.
Como sobrevivir lejos de esta familia.
El notario comenzó a leer. Yo escuchaba a medias, apoyado contra la pared, con los brazos cruzados. No necesitaba atención plena para saber cómo terminaría todo.
Cuando mencionaron que Tobías se quedaba con absolutamente todo, ni siquiera parpadeé.
Casa.
Empresas.
Cuentas.
Vehículos.
Perfecto.
—¿No vas a decir nada? —susurró mi madre, molesta.
—¿Para qué? —respondí sin mirarla—. Esto lo sabíamos desde hace años.
Ella apretó los labios. Tobías evitó cruzar miradas conmigo. Cobarde. Siempre lo fue.
Entonces el notario aclaró la garganta.
—Finalmente, el señor De Bedout dejó una propiedad a nombre de Dante…
Levanté la ceja.
—¿Una propiedad? —repetí.
—Una finca ubicada en San Rafael del Monte, a ocho horas por carretera desde la capital.
Solté una carcajada seca.
—Claro —murmuré—. Tenía que haber una broma final.
Mi vuelo de regreso tuvo que ser reprogramado. El abogado de mi padre, Gustavo, insistió en acompañarme.
—No necesito niñera —le dije, mientras caminábamos hacia el auto—. Estoy muy viejo para eso.
—Dante, es importante que vaya —respondió—. Hay varias cosas que debes revisar.
No estaba de humor para discutir. El viaje fue eterno. Ocho horas que se sintieron como una condena. Conduje como si quisiera escapar de algo que siempre me alcanza.
Llegamos en seis. Demasiado rápido para mi paciencia.
Me bajé del auto y miré alrededor.
—Esto es una puta mierda —dije, sin filtro, pateando la cerca oxidada.
Gustavo me observaba en silencio.
—Esto parece Silent Hill —continué—. El pueblo es un moridero, la finca está abandonada… ¿Cuánto cuesta esta basura?
Gustavo revisó sus papeles.
—En su estado actual… no mucho.
Sonreí.
—Perfecto.
Estaba molesto. Muy molesto.
Ese lugar era una burla. Un recordatorio de que incluso muerto, mi padre seguía dejándome sobras. Y entonces la vi.
Bajando de una camioneta de lujo.
Cabello castaño cobrizo.
Postura firme.
Mirada altiva.
Vera Hyatt.
La mujer más miserable que conozco.
Y lo peor: fingía no conocerme.
—¿Y tú quién demonios eres? —me preguntó, con el mentón en alto.
La muy idiota.
La observé de pies a cabeza con descaro.
—Llegaste tarde, Vera.
Su expresión se endureció.
—¿Nos conocemos?
Me reí. Una risa baja, peligrosa.
—Claro que sí.
Ella frunció el ceño.
—No tengo idea de quién eres.
—Eso es lo que más gracia me da —respondí—. Siempre fuiste buena fingiendo.
El abogado que venía con ella nos miraba como si estuviera presenciando un choque frontal.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó.
—Pasa —dije sin apartar la mirada de Vera— que esta finca tiene dos dueños.
Ella abrió los ojos apenas un segundo.
—¿Perdón?
—Cincuenta y cincuenta —añadí—. Y créeme, no me hace ninguna gracia compartir nada contigo.
Su rostro pasó de la confusión al enojo.
—No tengo idea de qué estás hablando, pero te recomiendo bajar el tono.
Di un paso hacia ella.
—Te recomiendo que empieces a recordar —le dije en voz baja—. Porque esta finca no es el único error que nos une.
Vera apretó los puños.
—No me hables como si me conocieras.
—Oh, Vera… —sonreí—. Te conozco mejor de lo que crees.
El viento movió las hojas secas. La casa crujió detrás de nosotros, como si escuchara.
Y en ese instante supe algo con certeza:
Esta herencia no solo iba a ser un problema legal.
Dante De Bedout, 38 años.