Un matrimonio por conveniencia une a Carolina y Benjamín, dos mundos opuestos marcados por el interés y el orgullo. Pronto descubrirán que el amor puede surgir incluso en los acuerdos más fríos.
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Capitulo 9
La música comenzó a llenar el ambiente. La fiesta de compromiso había comenzado.
Esmeralda caminaba al lado de Carolina, observando todo con asombro disimulado.
—Ok… esto sí es otro nivel —murmuró.
Carolina sonrió apenas.
Pero antes de responder…
—Buenas noches —intervino una voz masculina.
Ambas giraron.
Daniel Rossi.
Esmeralda se quedó en silencio un segundo.
Su corazón dio un salto… pero no lo mostró.
—Buenas noches —respondió con naturalidad sorprendente.
Daniel sonrió, observándola con interés.
—Tú debes ser la famosa mejor amiga.
—Y tú el hermano menos intimidante —respondió ella, con una leve sonrisa.
Daniel soltó una risa.
—Me agradas.
—El sentimiento es mutuo.
Y ahí…
Algo pasó.
Sutil.
Instantáneo.
Una conexión.
Carolina lo notó.
Y sonrió para sí misma.
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El momento central parecía acercarse… pero Dalia intervino antes.
—Antes de continuar… —dijo con una sonrisa elegante—. Creo que los futuros prometidos deberían regalarnos un primer baile.
Un murmullo de aprobación recorrió el salón.
Carolina sintió un leve sobresalto.
—¿Bailar? —susurró apenas, mirando a Benjamín.
Él la observó unos segundos.
—Solo sígueme —respondió en voz baja.
La música comenzó, suave… envolvente.
Benjamín tomó su mano y la acercó a él. Su otra mano se posó en su cintura con firmeza, atrayéndola lo suficiente como para borrar cualquier distancia prudente.
Carolina contuvo el aliento.
Estaban demasiado cerca.
Podía sentir su respiración.
El calor de su cuerpo.
El movimiento lento del baile los obligaba a deslizarse juntos, sincronizados, casi como si se conocieran desde siempre.
Pero no era armonía…
Era tensión.
Una corriente invisible que recorría cada punto de contacto.
—Relájate —murmuró él, inclinándose apenas hacia su oído.
El roce de su voz la estremeció.
—Lo estoy intentando —respondió, aunque su cuerpo decía lo contrario.
Cada giro la acercaba más.
Cada pausa prolongaba el momento.
Las manos de Benjamín se ajustaban con naturalidad, guiándola… dominando el ritmo.
Y Carolina, sin darse cuenta, comenzó a seguirlo.
Sus miradas se encontraron.
Demasiado intensas.
Demasiado conscientes.
Había algo en ese instante que no era actuación.
Algo que se sentía… real.
Peligrosamente real.
La música llegó a su fin.
Pero ninguno se separó de inmediato.
Un segundo más.
Entonces, él dio un paso atrás.
Y el momento se rompió.
El silencio regresó.
Federico hizo una señal discreta.
Y el ambiente se aquietó.
Benjamín avanzó nuevamente hacia Carolina.
Seguro.
Convincente.
Tomó la pequeña caja de terciopelo y se detuvo frente a ella.
La miró.
Y por un instante…
Todo pareció real.
—Carolina… —dijo, con una voz firme pero suave—. Desde que llegaste a mi vida…
Ella lo observó, sorprendida por la naturalidad con la que hablaba.
—…has cambiado muchas cosas en mí.
Mentira.
Pero bien dicha.
Creíble.
Los invitados contenían la respiración.
—Quiero que caminemos juntos… que construyamos algo que valga la pena.
Abrió la caja.
La sortija brilló bajo la luz.
—¿Aceptas casarte conmigo?
El silencio fue absoluto.
Carolina sintió el peso del momento.
Las miradas.
La presión.
Y a él…
Frente a ella.
Esperando.
Sosteniendo la escena con una perfección casi peligrosa.
Y entonces…
Sonrió.
—Sí… acepto.
Los aplausos estallaron.
Benjamín tomó su mano y colocó la sortija con firmeza.
Y sin darle tiempo a pensar…
La atrajo hacia él.
Y la besó.
Un beso profundo.
Intenso.
Cargado de una pasión que ya no parecía solo parte del acto.
Carolina se tensó un segundo…
Pero luego respondió.
Su mano se aferro suavemente a su hombro, perdiéndose en ese instante donde todo se volvía confuso.
Real.
El mundo desapareció.
Hasta que el sonido de los aplausos los devolvió a la realidad.
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A unos metros…
Kendra observaba.
Inmóvil.
Con la copa apretada en su mano.
Debería ser yo…
La idea le quemaba por dentro.
Pero su expresión…
Seguía impecable.
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En el jardín…
Lejos del bullicio de la fiesta, el jardín ofrecía un respiro silencioso. Macarena caminaba con paso firme sobre el sendero de piedra, intentando ordenar sus pensamientos.
—Sabía que te escaparías —dijo Paul, apareciendo detrás de ella con esa calma segura que lo caracterizaba.
Macarena giró, cruzándose de brazos.
—Necesitaba aire.
—Claro… —respondió él, observándola con detenimiento.
Se miraron.
Esa tensión conocida.
Esa historia sin nombre.
Sin reglas.
—Esto es un desastre —murmuró ella, desviando la mirada por un instante.
Macarena dio un paso hacia él.
—No me gusta… nada de esto.
Paul sostuvo su mirada, más serio ahora.
—No tienes que gustarte.
El silencio se cargó entre ellos, denso… eléctrico.
Había demasiado que no decían.
Demasiado que evitaban nombrar.
Pero el lenguaje entre ellos nunca había sido solo de palabras.
Macarena acortó la distancia sin previo aviso.
Y lo besó.
Un beso intenso, decidido, cargado de todo lo que no expresaban.
Paul respondió al instante, sujetándola por la cintura, profundizando el contacto con una familiaridad que hablaba de encuentros pasados.
El mundo desapareció por un momento.
Hasta que él se separó, apenas unos centímetros, respirando agitado.
—Nos pueden ver… —advirtió en voz baja.
Macarena sonrió, desafiante, rozando aún sus labios.
—Eso lo hace más divertido… ¿no?
Paul negó levemente, pero no se apartó del todo.
Porque, a pesar de todo…
Tampoco quería hacerlo.
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De vuelta en la fiesta…
—Más cerca —indicó el fotógrafo.
Carolina sintió la mano de Benjamín en su cintura.
Firme.
Demasiado natural.
—Sonrían.
Flash.
Otra foto.
—Perfecto… ahora mírense.
Carolina levantó la mirada.
Y lo encontró observándola.
Demasiado cerca.
—Esto saldrá en los medios —murmuró él, apenas audible.
—Lo sé.
—Actúa bien.
—Lo estoy haciendo.
Otra foto.
Perfectos.
Irreprochables.
Una imagen impecable.
Una historia cuidadosamente construida.
Una mentira perfecta… que empezaba a sentirse demasiado real.
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En el despacho…
Lejos de las luces.
Rodolfo y Federico firmaban.
El contrato que sellaba todo.
—A partir de hoy, Álvarez Ingeniería y Proyectos pasa a formar parte de Rossi Global Holding —dijo Federico.
Rodolfo firmó.
Su mano tembló ligeramente.
Pero no dudó.
—Gracias.
—Es un buen negocio.
Nada más.
Solo eso.
El final de la noche
La fiesta llegó a su fin.
Los invitados se marcharon.
Las luces se apagaron poco a poco.
Y Carolina, agotada, finalmente respiró.
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Esa noche, Esmeralda se quedó con ella.
Ambas en la habitación, ya más relajadas.
—Ok… necesito hablar —dijo Esmeralda, sentándose en la cama.
Carolina sonrió.
—Te escucho.
—Daniel… —suspiró—. Me cayó demasiado bien.
Carolina alzó una ceja.
—¿Ah sí?
—No es como pensé… es divertido, atento…
—Pues no parece hermano de mi querido prometido —respondió con sarcasmo.
Ambas rieron.
Pero luego…
El silencio volvió.
Más suave.
Más real.
—¿Y tú? —preguntó Esmeralda.
Carolina miró sus manos.
La sortija.
El peso.
—No lo sé… solo quiero dormir y olvidar está noche.
queremos leer un poco más...maravillosa como estas llevando el trama ..excelente novela 👌👌👏👏👏
ya empezó lo bueno excelente historia