Ella pasa una noche con un Ceo Y ese luego la secuestra al creer que ella esconde a su hijo
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Capitulo 16
—¡Yo no soy tu mujer! —lo empujó, enojada.
Mateo apenas se movió.
—Bueno… ahora sí —respondió con calma—. Al menos públicamente.
—¡Lo sé! ¡Cielos! —dijo ella, agarrándose el cabello con frustración.
Empezó a caminar de un lado a otro.
—No quiero hablar con nadie… —murmuró— es más… no quiero ni respirar si es posible.
—¡OYE! ¡NO DIGAS ESO! —exclamó Mateo, molesto de verdad.
Eso sí le afectó.
—¡DÉJAME! —respondió ella—. Solo quiero… fingir que no existo hasta que todo esto se resuelva.
Silencio.
Mateo la miró fijamente.
Más serio.
Más real.
—Dudo que eso funcione —dijo—. Así no funciona la vida, Valen.
Pero ella ya no lo escuchaba.
O no quería.
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Volvieron a la mansión.
El trayecto fue silencioso.
Pesado.
Diferente.
Ya no era enojo.
Era agotamiento.
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Esa noche…
Valentina no pudo dormir.
Se quedó sentada en la cama.
Mirando la nada.
Pensando.
Pensando demasiado.
—¿En qué momento todo se volvió así…? —susurró.
Recordó cada cosa.
Cada decisión.
Cada error.
Dylan.
Mateo.
La mentira.
El anillo.
La prensa.
Todo.
—Siempre arruino todo… —murmuró, abrazándose a sí misma.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Pero no lloró.
Solo se quedó ahí.
En shock.
Como si su mente no pudiera procesar más.
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La puerta se abrió lentamente.
Mateo.
Se quedó en la entrada.
Observándola.
En silencio.
Esta vez…
no dijo “amor”.
No la tocó.
No se acercó.
Solo la miró.
Y por primera vez…
no vio a la mujer que lo desafiaba.
Vio a alguien rota.
—Valentina… —dijo más bajo.
Ella no respondió.
Ni siquiera se movió.
Mateo apretó la mandíbula.
Dio un paso.
Y se detuvo.
Porque no sabía cómo acercarse sin romperla más.
Y eso…
lo desarmó más que cualquier rechazo.
—No tienes que cargar con todo sola —murmuró finalmente.
Pero ella…
seguía perdida en sus pensamientos.
Sin escucharlo.
Sin reaccionar.
Como si estuviera en otro lugar.
Muy lejos de él.
Y por primera vez…
Mateo sintió algo diferente al control.
Impotencia.
—Quiero estar sola… —insistió Valentina, sin mirarlo.
Mateo se quedó en silencio un segundo.
—Está bien —respondió finalmente.
Y se fue.
Pero no porque quisiera.
Sino porque, por primera vez…
no sabía qué más hacer.
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Cerró la puerta con suavidad.
Y se quedó unos segundos afuera.
Mirando la madera.
Como si quisiera volver a entrar.
Pero no lo hizo.
Se dio la vuelta.
Y comenzó a caminar por el pasillo.
De un lado a otro.
Sin rumbo.
Pensando.
—¿Qué se supone que haga…? —murmuró.
Frustrado.
Porque esto…
no era como los negocios.
No podía resolverlo con dinero.
Ni con poder.
Ni con órdenes.
Y eso lo estaba desesperando.
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Minutos después…
Entró a su despacho.
Su asistente ya estaba ahí.
Como siempre.
Impecable.
Silencioso.
Mateo se pasó una mano por el cabello.
—No soy bueno con estas cosas… —admitió—. Las emociones… todo esto.
El asistente lo observó, atento.
—Pero realmente quiero que ella esté bien —continuó Mateo—. Que se sienta… apoyada.
Hizo una pausa.
Apretó la mandíbula.
—Pero siempre me aleja.
Silencio.
Pesado.
—Y no sé cómo acercarme sin… empeorarlo.
Eso ya era demasiado honesto.
Incluso para él.
Mateo apoyó ambas manos en el escritorio.
—Por primera vez en mi vida… —dijo, bajando la voz— no sé qué hacer.
Respiró hondo.
—Y es frustrante… que algo esté fuera de mi control.
El asistente lo miró unos segundos.
Y luego respondió con calma:
—Señor… tal vez ese es el problema.
Mateo frunció el ceño.
—¿A qué te refieres?
—A que no todo se puede controlar.
Silencio.
—Y mucho menos… a una persona.
Eso le molestó.
Un poco.
Pero también…
sabía que era verdad.
—Entonces, ¿qué hago? —preguntó, más bajo.
El asistente dudó un segundo.
—Escucharla.
Pausa.
—Y respetar lo que necesita… aunque no le guste.
Mateo cerró los ojos un instante.
Eso…
era lo más difícil de todo.
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Mientras tanto…
En su habitación…
Valentina seguía en la cama.
En silencio.
Pero ahora…
algo dentro de ella empezaba a doler más.
Porque por primera vez…
Mateo no insistió.
No la presionó.
No invadió su espacio.
Y eso…
no se sentía como libertad.
Se sentía como vacío.
Mateo suspiró.
—Bueno… quizás tengas razón —admitió—. Aunque… cuando ella toma decisiones, todo es un caos.
Pero en el fondo…
eso era lo que más le gustaba.
Su caos.
Su locura.
Su sonrisa.
Sus travesuras.
Todo.
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No lo pensó más.
Volvió a su habitación.
Abrió la puerta con suavidad.
—Come —dijo—. No has comido desde ayer.
Valentina estaba completamente cubierta con la manta.
—No quiero… —murmuró.
Mateo caminó hasta la cama.
—Te tengo una sorpresa.
Silencio.
—No quiero —repitió ella, pero su tono ya no era tan firme.
—Vamos… —insistió—. Es algo que podría ponerte de buen humor.
Eso…
despertó su curiosidad.
Lentamente, asomó la cabeza.
—…¿Qué es?
Mateo sonrió apenas.
—Tendrás que venir a verlo.
Valentina dudó.
Un segundo.
Dos.
Y luego bufó.
—Está bien… pero solo porque soy curiosa.
Se levantó.
—No por ti.
—Claro —respondió él con una leve sonrisa.
Comieron juntos.
En silencio.
Pero ya no era incómodo.
Era… más tranquilo.
Después…
Mateo la llevó a una zona apartada de la mansión.
Un espacio amplio.
Aislado.
Privado.
Valentina miró alrededor.
Confundida.
—¿Qué es esto?
Mateo no respondió de inmediato.
En cambio…
sacó un arma.
Valentina abrió los ojos de golpe.
—¡¿En qué estás pensando?! —dijo, levantando las manos—. ¡Estás loco!
Mateo la miró.
Y alzó una ceja.
—Vamos a hacer tiro al blanco.
Pausa.
—Te voy a enseñar a usar un arma.
Silencio.
Valentina parpadeó.
—…¿Qué?
—¿Qué pensabas? —preguntó él, acercándose un poco.
Ella desvió la mirada.
—Nada…
Pero claramente…
no era eso.
Mateo soltó una leve risa.
—Relájate —dijo—. Estoy contigo.
Le ofreció el arma.
—Nadie te va a hacer daño.
Valentina miró el arma.
Luego a él.
Y luego otra vez al arma.
—Esto es una pésima idea…
—O una muy buena —respondió Mateo.
Se colocó detrás de ella.
Sin tocarla.
Aún.
—Confía en mí.
Y eso…
era lo verdaderamente peligroso.
Porque a pesar de todo…
una parte de ella…
sí quería hacerlo.