Liam Volkov es un CEO implacable que cree que el dinero puede comprarlo todo, excepto la salud de su único heredero, el pequeño Ian, quien padece una enfermedad cardíaca degenerativa. Desesperado y tras haber despedido a diez especialistas, se cruza con la Dra. Elena Ríos, una cardióloga brillante, extrovertida y sin filtros que no le teme a sus gritos ni a su fortuna.
Mientras la villana, Sabrina Valois (la ambiciosa prometida de Liam), planea la "muerte accidental" del niño para heredar la fortuna Volkov, Elena se convierte en el escudo de Ian. Pero en el proceso de salvar la vida del pequeño, Elena terminará operando el órgano más difícil de tratar: el corazón de piedra de su padre.
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Capitulo 1
La sala de juntas del piso 50 de la Torre Volkov estaba sumida en un silencio tan denso que podía cortarse con un bisturí. El aire acondicionado, ajustado a unos gélidos 18°C, parecía emanar directamente de la figura sentada a la cabecera de la mesa de caoba.
Liam Volkov no necesitaba levantar la voz para infundir terror. Su sola presencia, envuelta en un traje gris marengo hecho a medida, era una declaración de poder absoluto. Con la mandíbula tensa y unos ojos azules que recordaban al hielo ártico, observaba la gráfica de proyecciones trimestrales que se proyectaba en la pared.
—Un margen de error del 0.5% —pronunció Liam. Su voz era un barítono suave, pero cargado de una amenaza latente—. ¿Sabe lo que significa ese número para mí, Sr. Ortega
El gerente de logística, un hombre que le doblaba la edad a Liam, palideció. Sus manos temblaban sobre la mesa.
—Señor Volkov, hubo un retraso en la aduana de Singapur, fue algo fuera de nuestro con...
—No me interesan las excusas de los hombres mediocres —lo interrumpió Liam, cerrando su computadora portátil con un golpe seco que hizo saltar a los presentes—. Ese "pequeño" porcentaje representa diez millones de dólares. Diez millones que se han perdido porque usted no fue capaz de anticiparse. Recoja sus cosas. Está despedido.
—¡Señor, por favor! Tengo una familia, veinte años en la empresa...
Liam ni siquiera se inmutó. La empatía era un lujo que no se permitía desde que tomó las riendas del imperio Volkov. Para él, las personas eran engranajes: si uno fallaba, se reemplazaba.
—Seguridad lo escoltará a la salida —sentenció, girando su silla para mirar por el ventanal que dominaba la ciudad.
El resto de los directivos contuvieron el aliento, evitando mirar al hombre que salía de la sala sollozando. Liam sentía una punzada de vacío en el pecho, una que solía ignorar con trabajo y café amargo. Se decía a sí mismo que su frialdad era su armadura, la única forma de proteger lo que quedaba de su linaje.
De pronto, el teléfono personal de Liam, aquel cuyo número solo tenían tres personas en el mundo, vibró con violencia sobre la mesa. El identificador mostraba el nombre de la directora de la escuela primaria de su hijo.
Un mal presentimiento, agudo y frío, le recorrió la espina dorsal.
—Diga —respondió al instante.
—¿Señor Volkov? Soy la Directora Evans. Es Ian. Se desmayó en el patio de recreo. No responde bien, su pulso es errático... la ambulancia va camino al Hospital Central.
El mundo de Liam se detuvo. El CEO implacable, el hombre de hielo, sintió que el suelo se abría bajo sus pies. El pánico, una emoción que creía haber erradicado de su sistema, lo golpeó con la fuerza de un mazo.
—Vuelvan a sus puestos. La reunión ha terminado —ladró a los ejecutivos mientras salía disparado de la sala, sin esperar el ascensor privado.
El trayecto al hospital fue un borrón de semáforos ignorados y neumáticos chirriando. Liam conducía su deportivo negro como si estuviera en una carrera contra la muerte. Cada segundo que pasaba, la imagen de su pequeño de siete años, tan parecido a su difunta madre, le quemaba la mente. Ian era su único punto débil, la única razón por la que su corazón aún latía, aunque fuera a un ritmo mecánico.
Cuando irrumpió en la sala de urgencias del Hospital Central, el caos del lugar lo enfureció. Había gente esperando en camillas, llantos de bebés y un olor penetrante a desinfectante.
—¡¿Dónde está mi hijo?! —rugió Liam al llegar al mostrador de recepción.
—Señor, debe calmarse y darnos el nombre del paci...
—¡Soy Liam Volkov! ¡Mi hijo es Ian Volkov y si no me dicen dónde está ahora mismo, compraré este hospital solo para demolerlo con ustedes adentro!
Una enfermera joven se acercó corriendo, intimidada por la estatura y la mirada asesina del hombre.
—Señor Volkov, por aquí. El niño está en el box 4, están intentando estabilizarlo.
Liam apartó las cortinas con violencia. Vio a Ian, tan pequeño y pálido sobre la enorme cama blanca, rodeado de cables y monitores que emitían pitidos incesantes. Un médico de mediana edad revisaba sus signos con expresión de duda.
—¿Qué le pasa? ¿Por qué no se despierta? —demandó Liam, acercándose a la cama. Al ver la fragilidad de su hijo, sintió una mezcla de rabia y una impotencia que lo asfixiaba.
—Señor Volkov, la arritmia de su hijo es compleja. Estamos administrando fármacos para controlar el ritmo, pero su corazón no responde como esperábamos...
—¿"No responde"? —Liam agarró al médico por la solapa de su bata blanca, obligándolo a mirarlo a los ojos—. Le pago una fortuna al seguro médico más caro del mundo para que mi hijo tenga lo mejor. ¡Haga algo! ¡Opérelo, dele lo que sea!
—No es tan simple, señor. El caso de Ian requiere una especialización que nosotros...
—¡Inútiles! ¡Todos ustedes son unos mediocres con títulos colgados en la pared! —gritó Liam, su voz retumbando en todo el pasillo de urgencias—. He consultado a diez especialistas este año y ninguno me da una solución definitiva. ¡Ian se está muriendo frente a mis ojos y ustedes solo saben mirar monitores!
Liam se dejó caer en una silla metálica al lado de la cama, enterrando el rostro entre sus manos. Sus dedos rozaron la mano fría de Ian. Por un segundo, la máscara de CEO se rompió. El miedo más primitivo de un padre afloró: el miedo a enterrar a su propio hijo.
En su mente, Liam maldecía su fortuna. ¿De qué servían los miles de millones en el banco si no podían comprar un latido saludable para Ian? Se sentía como un gigante atado de manos.
—Busquen al mejor médico del país —le dijo a su asistente, quien acababa de llegar al hospital jadeando—. No me importa si está de vacaciones, si está en el extranjero o si odia a los millonarios. Tráiganmelo. O encuentran a alguien capaz de salvar a mi hijo, o me encargaré de que ninguno de los presentes vuelva a ejercer la medicina en este continente.
En ese momento, Liam no sabía que su vida estaba a punto de colisionar con una fuerza de la naturaleza. Una mujer que no le temía a su dinero ni a sus amenazas. Una doctora que no solo intentaría salvar el corazón de Ian, sino que, sin saberlo, empezaría a reparar las grietas del suyo propio.
Pero por ahora, en esa habitación fría, Liam Volkov solo era un hombre desesperado, rodeado de máquinas, esperando un milagro que su chequera no podía costear.
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Demuestra que es una persona fiel a sus principios y a sí misma.
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