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EL ECO DE UN PASO EN FALSO. El Camino De Regreso A Ti.

EL ECO DE UN PASO EN FALSO. El Camino De Regreso A Ti.

Status: En proceso
Genre:Fanfic
Popularitas:770
Nilai: 5
nombre de autor: Darling.LADK

Siete años después de graduarse de la Clase 3-E, Nagisa Shiota ha construido una vida estable como profesor, ocultando tras su calma el dolor del abandono de Karma Akabane. Karma, ahora un exitoso burócrata, regresa a la vida de Nagisa dándose cuenta de que el poder y el dinero no llenan el vacío de haber huido por miedo a sus propios sentimientos y al trauma del pasado.
​Lo que comienza como un asedio de persistencia por parte de Karma choca con el muro de frialdad de un Nagisa que ya no está dispuesto a ser el pilar de nadie más. En un reencuentro cargado de reclamos honestos y cicatrices abiertas, ambos deberán decidir si son capaces de perdonar las ausencias del pasado para permitirse, finalmente, un futuro juntos.


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5_El Silencio de los Siete Años

Tras la graduación, el distanciamiento fue gradual pero inexorable, como el deshielo de un invierno demasiado largo que se lleva consigo todo lo que se encontraba en su camino. Los días siguientes a la noche de la montaña pasaron en un torbellino de emociones contenidas y despedidas silenciosas. La Clase E se reunió una vez más en el aula donde habían pasado tantos momentos juntos, pero el aire que respiraban ya no era el mismo —estaba cargado de recuerdos y de la conciencia de que cada uno debería seguir su propio camino.

- Karma se sumergió de lleno en los estudios de política y economía, inscribiéndose en la universidad más prestigiosa del país sin siquiera consultar a nadie. Se mudó a la ciudad capital, inmersándose en reuniones de estudiantes líderes, negocios con empresarios influyentes y planes ambiciosos para conquistar un mundo que le parecía vacío sin la presencia de su maestro. Buscó poder y reconocimiento como forma de olvidar el hueco que había dejado la montaña, como si dominar el mundo terrestre pudiera llenar el vacío que había dejado la figura que más respetaba. Pasaba días enteros en la biblioteca o en salas de juntas, y noches en eventos sociales donde mostraba su inteligencia y carisma para ganarse el favor de quienes podían ayudarlo a alcanzar sus metas. Cada logro, cada ascenso en su carrera, sentía que era un paso más lejos del dolor que lo perseguía, aunque nunca lograba escapar completamente de la imagen de Nagisa en la montaña, con los ojos vacíos y la mano extendida hacia él.

- Nagisa, por su parte, se enfocó en su camino como educador, estudiando pedagogía en una universidad de la ciudad cercana y luego buscando trabajo en escuelas de zonas difíciles, donde los jóvenes luchaban contra las mismas sombras que él había enfrentado en su infancia. Intentaba sanar las heridas de otros jóvenes como Koro-sensei había sanado las suyas, enseñándoles no solo materias académicas, sino también valores como la empatía, la valentía y la importancia de encontrar un propósito en la vida. Cada alumno que cruzaba su camino era una oportunidad de honrar el legado que le había sido entregado con tanto cariño —llevar adelante la labor de transformar vidas que su maestro había comenzado con ellos. Se estableció en un pequeño apartamento cerca de la escuela donde trabajaba, decorado con plantas y libros, intentando crear un espacio de calma en medio del caos que a menudo encontraba en sus clases. A veces, cuando cerraba los ojos por la noche, sentía el calor de la mano de Karma en su brazo, y tenía que agarrarse a la cama para no dejarse llevar por el deseo de enviarle un mensaje, una llamada, cualquier cosa que rompiera el silencio que los separaba.

Primero, Karma dejó de responder los mensajes con la misma celeridad de siempre. Lo que antes eran respuestas inmediatas y llenas de humor se convirtieron en respuestas tardías, luego en simples "estoy ocupado", hasta que finalmente dejaron de llegar por completo. Nagisa seguía enviándolos durante meses —notas sobre sus alumnos, recuerdos de momentos juntos en la Clase E, simples saludos por los cumpleaños— pero cada vez que su teléfono no vibraba con una respuesta, sentía cómo un poco más de su corazón se endurecía. Luego, Karma dejó de ir a las reuniones anuales de la Clase E cada vez que sabía que Nagisa estaría presente. Los demás compañeros intentaron mediadores, pero él siempre encontró una excusa —un viaje de negocios, un examen importante, un compromiso que no podía posponer. El recuerdo de Nagisa —de su voz suave que podía calmarlo incluso en sus momentos más irritables, de su fuerza oculta que lo había derrotado más de una vez en entrenamiento, de los besos que una vez compartieron bajo el roble del parque— estaba demasiado ligado al trauma de la pérdida. Para Karma, amar a Nagisa era recordar el día que tuvo que ver morir al único ser que había logrado ganarse su absoluta confianza, y el dolor se volvió insoportable cada vez que intentaba enfrentarlo.

Siete años después, el invierno de su silencio llegó a su fin en el pasillo de la nueva escuela donde Nagisa impartía clases —un edificio moderno y luminoso, muy diferente al viejo plantel de la Clase E, pero con el mismo aire de esperanza que siempre caracterizaba a los lugares donde él trabajaba. El ex alumno de la Clase E caminaba con paso seguro, ahora como docente a tiempo completo, llevando su maletín lleno de libros y cuadernos de sus alumnos, cuando vio una figura familiar esperándolo en la puerta trasera —alejada de los ojos curiosos de alumnos y colegas, en el mismo rincón donde los profesores solían retirarse para respirar un poco de aire fresco. Era un hombre alto, vestido con un traje de seda costosa de color azul oscuro que gritaba poder y éxito, con una corbata a juego y zapatos brillantes que reflejaban la luz del sol. Pero bajo el peinado cuidado y la imagen pulcra, se notaba el mismo cabello rojo rebelde que nunca se había sometido a peines ni normas, y los mismos ojos dorados que alguna vez habían brillado con malicia y cariño.

Karma Akabane.

—Has crecido un par de centímetros, Nagisa-kun —dijo, su voz más profunda que antes, modulada por los años de hablar en público y dirigir equipos de trabajo, pero el tono burlón habitual escondía una grieta de dolor que solo Nagisa podía detectar tras tanto tiempo compartido—. Aunque sigues pareciendo un estudiante de último año si te descuidas un poco. Se inclinó ligeramente hacia adelante, como si quisiera acercarse, pero se detuvo a medio camino.

Nagisa se detuvo a un metro de él, como si un imán invisible lo mantuviera a distancia. Su corazón, que había intentado enterrar en un rincón seguro durante siete años, dio un vuelco violento que le hizo temblar por dentro, hasta que tuvo que apretar los dedos contra el asa de su maletín para mantener la compostura. Notó cómo habían cambiado las facciones de Karma —su rostro era más angular, sus hombros más anchos, como si el peso de los años lo hubiera hecho crecer en fuerza pero también en soledad.

—Siete años, Karma —susurró, la voz apenas audible, apretando el asa de su maletín hasta sentir el metal hundirse en su palma y el dolor le recordara que estaba ahí, en el presente—. Siete años sin una sola palabra, sin un solo mensaje, sin aparecer en ninguna reunión donde pudiera verte. ¿Por qué has venido ahora? Las palabras salieron más ásperas de lo que había planeado, cargadas de todos los años de espera y de la tristeza que había intentado ocultar.

Karma bajó la mirada por un instante, perdiendo por un segundo esa máscara de burócrata implacable que había construido con tanto cuidado durante los últimos años. Se acercó un paso, invadiendo ese espacio que una vez fue suyo por derecho propio, y Nagisa pudo ver las marcas de cansancio en sus ojos, las ojeras que ni el maquillaje profesional de sus asistentes podía ocultar.

—Porque intenté ser un adulto, Nagisa. Intenté seguir adelante, construir algo grande, ser alguien importante que pudiera hacerle honor a lo que Koro-sensei nos enseñó... pero me di cuenta de que no sirve de nada tener el mundo a mis pies si no tengo a la única persona que sabe exactamente cómo llegar hasta el centro de mi corazón —dijo, su voz cargada de una sinceridad que no había mostrado en años, desde la noche en que se habían besado por primera vez en la azotea del edificio abandonado—. La única que nunca necesitó armas para apuñalarme por la espalda, porque siempre supo encontrar el camino directo a lo que realmente siento. Solo te necesitaba a ti.

Nagisa sintió una lágrima traicionera resbalar por su mejilla, borrando el rastro de polvo del camino que había caminado hasta la escuela. El dolor del abandono chocaba con la chispa del viejo romance que nunca había llegado a apagarse del todo, con la nostalgia de los momentos que habían compartido y el deseo de poder volver a ser ellos mismos. Pero la calma exterior que había cultivado durante años no se rompió. Al contrario: se endureció como hielo, como una armadura que le había permitido sobrevivir hasta ese día.

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