Historia romántica
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Capítulo 4
Capítulo 4
Elena llegó a la librería unos minutos antes de lo habitual. No lo había planeado así, simplemente había salido de su casa con demasiado tiempo, como si quedarse quieta hubiera sido imposible. Caminó despacio por la vereda, mirando la vidriera como si fuera la primera vez que la veía. Los libros acomodados, la luz cálida, el silencio de la mañana… todo parecía igual que siempre, pero ella no se sentía igual.
Entró, dejó su bolso detrás del mostrador y se ató el pelo mientras miraba la puerta cada pocos segundos sin darse cuenta. Se dijo a sí misma que no importaba si Martín venía o no, que no tenía que ponerse nerviosa, que solo iban a hablar. Pero su cuerpo no parecía escucharla: tenía esa sensación en el estómago, esa mezcla de ansiedad y expectativa.
A las diez y veinte la campanita de la puerta sonó.
Elena levantó la vista inmediatamente. Era él.
Martín entró con la misma tranquilidad del otro día, pero cuando la vio, sonrió de una forma distinta, más cercana, más cómplice, como si ya compartieran un secreto.
—Buen día —dijo él.
—Buen día —respondió ella, intentando parecer normal.
Martín se acercó al mostrador y apoyó las manos sobre la madera.
—Dormiste poco, ¿no?
Elena lo miró sorprendida.
—¿Cómo sabés?
—Porque yo también dormí poco.
Ella no pudo evitar reírse suavemente.
—Entonces es tu culpa.
—Lo voy a aceptar si eso significa que pensaste en mí.
Elena sintió calor en las mejillas y bajó la mirada, acomodando unos libros que ya estaban perfectamente acomodados.
—Un poco —admitió.
Martín la observó en silencio unos segundos. No era una mirada incómoda, pero sí intensa, como si realmente la estuviera mirando y no solo viendo.
—Me gusta cuando te sonrojás —dijo él en voz baja.
Elena levantó la vista rápidamente.
—No me sonrojo.
—Sí, te sonrojás.
—No.
Martín sonrió.
—Un poco.
Ella negó con la cabeza, pero sonreía. Había algo en esa conversación simple que la hacía sentir liviana, como si el mundo afuera no importara demasiado.
Durante la mañana, Martín se quedó en la librería. A veces hablaban, a veces él miraba libros, a veces simplemente estaban en silencio. Pero no era un silencio incómodo. Era un silencio lleno de miradas cortas, de sonrisas, de esa tensión suave que crece cuando dos personas empiezan a gustarse de verdad.
En un momento, Elena estaba subida a una pequeña escalera buscando un libro en un estante alto. Martín se acercó para sostener la escalera.
—No hace falta, no me voy a caer —dijo ella.
—Prefiero no arriesgarme.
Elena encontró el libro y, cuando empezó a bajar, su pie se resbaló apenas en el último escalón. Instintivamente, Martín la sostuvo de la cintura para que no perdiera el equilibrio.
Fue un segundo.
Pero en ese segundo pasó algo.
Elena quedó frente a él, muy cerca. Demasiado cerca. La mano de Martín seguía en su cintura, firme pero suave. Ella podía sentir su respiración, podía ver el movimiento leve de su pecho, podía notar que él también se había quedado quieto.
Ninguno se movía.
Ninguno hablaba.
El ruido de la calle llegaba lejano, como si estuvieran en otro lugar.
—Creo que ahora sí casi me caigo —susurró Elena.
—Pero no te caíste —respondió él, también en voz baja.
Seguían mirándose. La mano de Martín no se movía de su cintura, pero no era incómodo. Era como si ambos estuvieran esperando que algo pasara, pero ninguno quería arruinar el momento moviéndose demasiado rápido.
Elena apoyó una mano en el brazo de él para sostenerse, aunque ya estaba perfectamente en equilibrio. Pero no quería alejarse todavía.
—Martín… —dijo ella suavemente.
—¿Sí?
Pero Elena no sabía qué decir. Solo lo miraba.
La distancia entre sus caras era mínima ahora. Podía sentir su respiración en los labios. El corazón le latía tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo.
Martín levantó lentamente la otra mano y apartó un mechón de pelo de la cara de Elena. Lo hizo despacio, como si le estuviera dando tiempo para alejarse.
Pero Elena no se alejó.
Se quedaron así, a un suspiro de distancia, mirándose, entendiendo sin palabras que algo estaba empezando entre ellos y que, después de ese momento, nada iba a volver a ser exactamente igual.