Ella es obligada a tomar el lugar de su hermana en un matrimonio arreglado entre clanes de la mafia
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Capitulo 11
Alessandro se quedó muy quieto.
—¿Estás segura? —preguntó, y su voz tenía una gravedad que atravesó la niebla del alcohol—. No hagas algo de lo que luego te vas a arrepentir.
No respondí con palabras.
Lo besé.
Fue torpe al principio. Mis labios encontraron los suyos con la precisión errática de quien ha perdido el control de sus propios movimientos. Pero él no se apartó. No de inmediato.
Lo hizo después.
Sus manos tomaron mis hombros, apartándome con una firmeza que no era brusca pero tampoco era suave. Vi algo en sus ojos que no supe nombrar. ¿Vacilación? ¿Control? ¿El esfuerzo de contener algo que no quería soltar?
—Lo siento —dije, y de repente la vergüenza comenzaba a abrirse paso entre el alcohol—. Lo siento. Me iré. Me iré a…
No terminé la frase.
Porque cuando intenté levantarme, él me detuvo.
Sus manos encontraron las mías. Su cuerpo se movió sobre el mío con una lentitud que me dejó sin aire. Y entonces estábamos besándonos de nuevo, pero esta vez no era torpe. Esta vez era otra cosa. Algo que me quemaba desde adentro, que me hacía olvidar por qué había estado enojada, por qué había bebido, por qué estaba allí.
—¿Realmente estás segura? —preguntó otra vez, y su voz era un susurro contra mi piel.
—Sí —dije.
Y esa vez lo dije en serio.
Después, no supe cuánto tiempo pasó.
Solo supe que sus manos recorrieron mi cuerpo como si estuvieran aprendiendo cada curva, cada hueso, cada cicatriz. Que sus labios siguieron el mismo camino, desde mi cuello hasta mis costillas, desde mi vientre hasta el hombro donde dejó un mordisco que supe que recordaría al día siguiente.
—¿Eres consciente de que después de esto no te dejaré ir, verdad? —preguntó en algún momento, con la voz ronca, cerca de mi oído.
Intenté procesar sus palabras. Intenté darles el peso que merecían.
Pero no pude.
Estaba hundida en el deseo, en el calor de su piel contra la mía, en la forma en que me sostenía como si fuera algo frágil y valioso al mismo tiempo. Y las palabras se deslizaron por mí como agua entre los dedos, sin alcanzar ningún lugar donde pudiera retenerlas.
—Alma —dijo mi nombre, y fue la última palabra que escuché con claridad antes de dejarme llevar por completo.
La luz del amanecer se filtraba por las rendijas de las cortinas cuando abrí los ojos.
Mi cabeza palpitaba. Mi cuerpo dolía en lugares que no sabía que podían doler. Y en mi hombro, una marca que no necesitaba ver para saber que estaba allí.
Me incorporé con lentitud, las sábanas deslizándose por mi piel desnuda.
Alessandro estaba a mi lado.
Dormido.
Por primera vez desde que lo conocía, lo veía sin esa máscara de control absoluto. Su rostro estaba relajado, su respiración era profunda y pareja. Una mano descansaba sobre mi muslo, como si incluso en sueños se negara a soltarme.
Y entonces, las palabras de la noche anterior regresaron.
¿Eres consciente de que después de esto no te dejaré ir, verdad?
Cerré los ojos.
Mi corazón latía con fuerza. Demasiado fuerte.
Había cometido un error. Un error enorme. Había dejado que el alcohol, la soledad y esa atracción peligrosa que sentía por él nublaran mi juicio. Y ahora…
Ahora no sabía cómo salir de allí.
Porque si Alessandro Moretti había dicho que no me dejaría ir…
era porque no me dejaría ir.
Abrí los ojos de nuevo y lo miré.
Tan hermoso. Tan peligroso. Tan dueño de todo lo que lo rodeaba.
Y yo, en su cama, con su marca en el hombro, había firmado sin palabras un pacto que no recordaba haber aceptado.
O quizás sí.
Quizás en el fondo, en algún lugar oscuro de mi corazón que no quería reconocer…
no me importaba.
Y eso era lo que más me asustaba.