A los cuarenta y cinco años, Raquel Sanromán lo perdió todo en una sola noche.
Su esposo Miguel murió en un accidente de tráfico... acompañado de su amante. Pero la traición no terminó ahí. El testamento reveló la verdad más devastadora: durante años, Miguel planeó huir del país con Valeria Ochoa, llevándose millones robados de la empresa familiar y dejando a Raquel en la bancarrota absoluta.
Ahora es madre soltera de cinco hijos, dueña del veinticinco por ciento de una empresa en ruinas, y tiene quince días antes de perder su casa. Su hijo mayor la culpa por la caída de la familia. Las deudas la ahogan. Y Valeria, la amante que sobrevivió, ahora es dueña del cincuenta por ciento de lo que alguna vez fue su vida... y no descansará hasta verla mendigando en la calle.
Pero en su cumpleaños, en una noche de máscaras y champán, Raquel decide olvidarlo todo. Solo por unas horas. Solo para sentirse viva de nuevo.
Y entonces conoce a él.
Julian Harrington. Veintisiete años. Multimillonario.
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Capítulo 17: El Evento
Pov Raquel
La caja llegó a mi casa el viernes por la tarde, entregada por un mensajero privado que me hizo firmar tres veces antes de entregarla.
Era enorme. Del tamaño de un ataúd pequeño, envuelta en papel negro mate con un lazo de seda dorado.
—¿Qué es eso, mamá? —preguntó Sofía, observando la caja con ojos enormes.
—No lo sé, mi amor.
Pero sí lo sabía. O al menos sospechaba.
Esperé hasta que los niños estuvieran ocupados con sus tareas para abrir la caja en la privacidad de mi habitación. Cuando levanté la tapa, me quedé sin aliento.
Un vestido.
No cualquier vestido. Era una obra de arte. Color negro medianoche, con un corte que se veía elegante pero atrevido, con un escote que prometía ser apropiado pero sexy. La tela era tan suave que parecía agua entre mis dedos.
Y debajo del vestido había zapatos. Stilettos negros con suela roja que reconocí inmediatamente como Louboutin.
La tarjeta era simple:
"Para la gala del sábado. Necesito que luzcas impresionante. No porque tengas que impresionar a nadie más que a mí. J."
Toqué el vestido con manos temblorosas. Esto debía costar más que mi renta de tres meses antes de que Julian pagara mi hipoteca.
Mi teléfono sonó. Un mensaje de Julian.
"¿Lo recibiste?"
"Sí. Es demasiado."
"Nada es demasiado para ti. Te veo mañana a las siete."
"Julian, no puedo aceptar esto..."
"Ya lo hiciste. Y si no lo usas, iré personalmente a vestirte. Y probablemente terminemos no yendo a la gala en absoluto."
El calor me subió por el cuello. Ese hombre era imposible.
"Está bien. Lo usaré."
"Bien. Y Raquel... prepárate para que todos te miren. Porque vas a ser la mujer más hermosa en ese evento."
Guardé el teléfono y miré el vestido de nuevo. Mañana asistiría a una gala benéfica como socia empresarial de Julián Harrington. Tendría que sonreír, hacer conversación trivial con gente rica, y todo el tiempo tendría que actuar como si Julián fuera solo mi socio de negocios.
Nada más, controlando ese impulso que siento últimamente cuando lo tengo cerca, algo difícil. No tengo dudas que será una noche difícil.
El sábado por la noche llegó demasiado rápido.
Ana vino a ayudarme a prepararme, trayendo consigo un arsenal completo de maquillaje profesional y herramientas para el cabello.
—Dios mío, ese vestido es de Valentino —dijo cuando lo vio—. Julián no escatimó gastos.
—Es demasiado —repetí por enésima vez.
—Es perfecto —corrigió Ana, empujándome hacia el baño—. Ahora dúchate mientras yo preparo todo.
Dos horas después, me miré al espejo y casi no me reconocí.
El vestido se ajustaba a mi cuerpo como si hubiera sido hecho específicamente para mí. El escote era elegante pero no insinuante, mostrando la cantidad perfecta de piel. El corte acentuaba mi cintura y mis curvas sin ser vulgar. Ana había hecho magia con mi cabello, recogiéndolo en un moño bajo sofisticado con algunos mechones sueltos enmarcando mi rostro. El maquillaje era perfecto: ojos ahumados, labios rojos, piel radiante.
Y los zapatos... esos malditos zapatos me hacían sentir poderosa.
—Estás impresionante —dijo Ana, sonriendo—. Julián va a morderse la lengua cuando te vea.
—Nadie puede saber que hay algo entre nosotros —le recordé.
—Lo sé. Pero eso no significa que no pueda disfrutar viéndolo sufrir intentando mantener las manos quietas.
A las siete en punto, un auto me recogió. No era la limusina de Julián, sino un auto de la empresa. Discreto. Apropiado para una socia empresarial.
El evento se llevaba a cabo en el hotel más lujoso de la ciudad. Cuando llegué, el lugar ya estaba lleno de gente elegante, el sonido de risas y conversaciones mezclándose con música de un cuarteto de cuerdas en vivo.
Entré sola, sintiendo todas las miradas clavadas en mí. Algunos por curiosidad, probablemente preguntándose quién era. Otros con reconocimiento, sabiendo exactamente quién era: la viuda del escándalo.
—Señora Vivez —una voz suave a mi lado me hizo girar.
Un mesero me ofrecía una copa de champán. La tomé agradecida, necesitando algo que hacer con las manos.
—Raquel.
Me giré al escuchar mi nombre y ahí estaba él.
Julián Harrington con un esmoquin negro que parecía hecho para él. El cabello perfectamente peinado hacia atrás. Una sonrisa controlada en sus labios que no llegaba a sus ojos, pero que desapareció completamente cuando me vio.
Sus ojos me recorrieron de arriba abajo, oscureciéndose con cada segundo.
—Estás... —comenzó, pero se detuvo, como si no pudiera encontrar las palabras.
—¿Apropiada? —sugerí con una sonrisa.
—Devastadora —corrigió en voz baja, tan baja que solo yo pude escucharlo.
Antes de que pudiera responder, un grupo de hombres en trajes se acercó.
—¡Harrington! —dijo uno de ellos, un hombre de unos cincuenta años con cabello plateado—. Excelente evento como siempre.
—Gracias, Morrison —respondió Julián, y su tono cambió instantáneamente a profesional—. Permíteme presentarte a Raquel Vivez, mi socia en el proyecto de renovación empresarial.
—Ah, sí —dijo Morrison, estrechando mi mano—. He escuchado cosas impresionantes sobre la recuperación de su empresa. Harrington tiene buen ojo para las inversiones.
—La señora Vivez tiene buen ojo para los negocios —corrigió Julián—. Yo solo proporciono los recursos.
Más personas se unieron a la conversación. Inversionistas, socios comerciales, gente importante con apellidos que aparecían en las páginas de negocios. Y Julián me presentaba a cada uno, siempre con respeto, siempre destacando mis logros en lugar de su inversión.
Estaba tan concentrada en mantener conversaciones inteligentes y no hacer el ridículo que casi no noté cuando alguien más se unió al grupo.
—Julián, querido.
Una mujer hermosa de cabello rubio y vestido rojo se acercó, tomando y de su brazo estaba una mujer mayor que reconocí inmediatamente de las fotos en revistas: Eleanor Harrington, la madre de Julián.
—Madre —dijo Julián, y pude escuchar la tensión en su voz—. No sabía que vendrías.
—Es un evento benéfico, Julián. Por supuesto que vendría —respondió Eleanor, mirándome con ojos evaluadores—. ¿Y tú eres?
—Raquel Vivez —dije, extendiendo mi mano—. Socia empresarial de su hijo.
—Ah, sí. La viuda —dijo Eleanor, y aunque estrechó mi mano, había frialdad en su tono—. He escuchado sobre tu... situación.
—Madre —advirtió Julián.
—Solo estoy siendo cortés, querido —dijo Eleanor con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
La mujer rubia a su lado sonrió.
—Soy Victoria Sinclair. Vieja amiga de Julián.
El nombre me golpeó. Esta era la ex novia. La que había aparecido en la oficina de Julián.
—Un placer —dije, aunque no lo era.
—El placer es mío —respondió Victoria, y había algo en sus ojos que me hizo sentir incómoda—. Es tan... refrescante ver a Julián ayudar a empresas en dificultades. Siempre ha sido muy caritativo.
La palabra "caritativo" me cayó como un insulto apenas disfrazado.
Julián se tensó a mi lado.
—Victoria...
Pero antes de que pudiera terminar, escuché una voz familiar.
—¿Mamá?
Me giré y ahí estaba Ángel, luciendo increíblemente guapo en un esmoquin, con Isabella del brazo.
—Ángel —dije, sorprendida—. ¿Qué haces aquí?
—Isabella recibió una invitación —respondió, sonriendo—. No sabía que tú también estarías aquí.
Isabella se veía hermosa en un vestido rosa pálido, con el cabello recogido en un moño elegante.
—Señora Vivez, qué sorpresa —dijo Isabella con una sonrisa genuina.
—Raquel, por favor —dije automáticamente.
Ángel e Isabella se acercaron al grupo. Julián nos miraba a todos con una expresión que no pude descifrar.
—Señor Harrington —dijo Ángel, extendiendo su mano—. No sabía que conocía a mi madre.
—Somos socios de negocios —respondió Julián, estrechando su mano.
—Qué pequeño es el mundo —dijo Ángel.
E Isabella, con esa dulzura característica suya, se acercó a Julián con una sonrisa radiante.
Y entonces todo se detuvo.
Isabella abrazó a Julián con familiaridad, parándose de puntitas para besar su mejilla.
—Hermano —dijo con cariño—. No sabía que ibas a estar aquí tan temprano.
El mundo se detuvo.
El sonido de la música, las conversaciones, todo se desvaneció en un rugido blanco en mis oídos.
Hermano.
Julián era el hermano de Isabella.
Julián Harrington era el hermano mayor de la novia de mi hijo.
Miré a Julián, cuyos ojos ya estaban fijos en los míos, y vi el mismo shock reflejado ahí.
Isabella era su hermana menor.
Ángel era el novio de su hermana.
Y nosotros...Dios mío.
¿Qué habíamos hecho?