Aleska es una jovencita ilusionada con su boda, con una vida de amor y felicidad, pero llega la traición, la peor de todas.
Su prometido la vende a mafiosos, ¿la razón?, quiere deshacerse de ella lo más rápido posible, ha conseguido enamorar a una niña rica, la cual quiere que termine lo más rápido con esa pobretona. Pero cuando ella había perdido las esperanzas, algo extraño pasa, ¿una coincidencia?, ¿algo planeado?, nadie lo sabe, o tal vez solo una persona lo sepa.
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Cap. 22 He revisado los informes
El departamento de Logística y Distribución de Krutoy Holdings ocupaba dos plantas bajas en un ala menos glamurosa del edificio.
Era un mundo de grises, de estantes metálicos, monitores de envíos y el zumbido constante de impresoras. El "reino" de Mateo. Un cargo menor, un hueso arrojado por Clarissa para mantenerlo callado y cerca, pero que él vestía como un manto de importancia.
Aleska no anunció su visita. Simplemente bajó en el ascensor de ejecutivos hasta esa planta y cruzó las puertas batientes como un relámpago de seda y autoridad en un paisaje de poliéster y estrés.
El contraste fue tan violento que el bullicio se apagó en sección. Operarios con tabletas, oficinistas al teléfono, todos congelaron sus movimientos al verla. Parecía un faisán de colores brillantes que hubiera aterrizado por error en un gallinero industrial. Su vestido, su postura, la frialdad de su mirada… todo gritaba poder absoluto.
Una joven operaria, más valiente (o más curiosa) que el resto, se acercó.
—Disculpe, señora… ¿busca a alguien?
Aleska la miró, y por un instante, la operaria sintió que la estaban escaneando hasta el alma.
—Sí —respondió Aleska, su voz clara y proyectada, cortando el silencio expectante.
—Soy la suegra del director Mateo. He venido para dejarle algunas cosas en claro.
Un murmullo ahogado recorrió la sala. ¿La suegra? ¡Es la esposa de Krutoy! La operaria puso ojos como platos, una mezcla de pánico y fascinación. Había oído los rumores, los chismes de la boda, del ascenso meteórico. Pero ver a Aleska Krutoy en persona era otra cosa.
Era más joven, más hermosa y emanaba una energía de dominio que hacía que el título de "director" de Mateo pareciera un juguete de plástico.
—S-señora Krutoy… —tartamudeó la chica.
—Ya… ya le aviso al director que lo está esperando.
No hizo falta. A través del ventanal de la oficina de vidrio de Mateo, él la había visto llegar. Había palidecido instantáneamente, el sudor asomando en su sien. Por un segundo, pareció considerar esconderse debajo del escritorio. Pero no había escapatoria.
La operaria corrió a tocar a su puerta, pero Mateo ya salía, tratando de componer una sonrisa profesional que le quedó como una mueca de dolor.
—Aleska… —logró decir, con un hilo de voz.
Ella no se movió. No extendió la mano. Solo lo miró, desde la punta de sus zapatos baratos hasta su peinado cuidadosamente desordenado.
La mirada no era de odio caliente. Era algo peor: el desprecio absoluto de quien observa un insecto insignificante. La mirada que se le da a un subalterno.
Y a un yerno mantenido. Al hombre que había intentado venderla por un ascenso y que ahora dependía de la caridad de la familia que había traicionado.
—Director Martín —lo corrigió Aleska, usando su apellido falso como un látigo.
—Creo que la formalidad es apropiada en el lugar de trabajo. ¿Podemos hablar en su oficina?
La palabra "oficina" sonó a burla en su boca, como si nombrara una casita de juguete. Mateo asintió, tragando en seco, y le hizo una seña para que pasara. Cada par de ojos en la planta los seguía. Esto no era una visita privada. Era una ejecución pública.
Dentro de la oficina, Aleska no se sentó. Se puso de pie frente al escritorio, obligando a Mateo a permanecer de pie también, como un estudiante regañado.
—He revisado los informes de eficiencia de este departamento —comenzó, sin preámbulos.
—Son lamentables. Los costos se disparan, los tiempos de entrega son un chiste. Mi esposo se pregunta si vale la pena mantener esta… operación.
Mateo sintió que el suelo cedía.
—Yo… ha habido problemas de cadena de suministro, la pandemia…
—No me interesan las excusas —lo cortó Aleska, con un gesto de mano.
—Me interesan los resultados. Y tú, Mateo, eres un resultado muy pobre. Pero, por razones familiares, Drago ha sido generoso. Sin embargo, esa generosidad tiene límites.
Se acercó un paso, reduciendo la distancia. Mateo pudo oler su perfume, caro y frío, y retrocedió instintivamente contra su silla.
—Aquí tienes una oportunidad —continuó ella, en un tono conspirativo mortalmente bajo.
—Una sola. Demuestra que puedes ser útil. Que este departamento puede funcionar. O, alternativamente… —hizo una pausa, dejando que el miedo se acumulara—, podrías resultar aún más útil para mí de otra manera.
—¿De… de qué manera? —susurró Mateo, completamente roto.
—Recordando. Con lujo de detalle. Cada conversación, cada orden, cada transferencia de dinero entre tú, Clarissa y Valentina. Para un… proyecto de auditoría interna que estoy supervisando. —Sus ojos se entornaron.
—Sería una forma de pagar tu deuda. Con la familia. Conmigo.
Era una oferta que no era una oferta. Era un ultimátum. O triunfas en un trabajo para el que no sirves, o te conviertes en el traidor de tus cómplices. Y ella sabía que él elegiría la traición, porque era un cobarde.
Mateo asintió, una y otra vez, como un muñeco de resorte.
—Lo que usted necesite, señora Krutoy. Lo que sea.
—Bien —dijo ella, con una sonrisa que no mostraba triunfo, solo satisfacción de cazadora
—Esperaré tu primer informe de eficiencia… y tu memoria. No me decepciones, yerno. No tendrás una tercera oportunidad.
Sin esperar respuesta, dio media vuelta y salió de la oficina. Cruzó la planta principal otra vez, donde el silencio era ahora reverencial.
Nadie se atrevía a mirarla directamente. Había destrozado a su "director" en minutos, sin alzar la voz, y había dejado claro quién mandaba realmente.
Al subir al ascensor, se encontró con la mirada de la joven operaria que la había abordado primero. En los ojos de la chica ya no había pánico, sino admiración pura. Aleska le dedicó un asentimiento casi imperceptible, un reconocimiento entre reinas potenciales.
Cuando las puertas se cerraron, sola en el ascensor, Aleska permitió que una sonrisa fría y genuina tocara sus labios. Había sido delicioso. Verlo sudar, verlo doblegarse, ver cómo el título de "suegra" se convertía en una corona de espinas sobre su cabeza.
Mateo ya no era una amenaza. Era un títere aterrorizado, listo para cantar. Y Clarissa y Valentina, sin saberlo, tenían una serpiente envenenada en su propio nido.
La venganza no solo era fría. Podía ser poética.