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Despreciada por su Hermana, Desposada por un Millonario

Despreciada por su Hermana, Desposada por un Millonario

Status: Terminada
Genre:CEO / Maltrato Emocional / Sustituto/a / Juego de roles / Amor eterno / Completas
Popularitas:65
Nilai: 5
nombre de autor: uutami

Valentina nunca fue suficiente.

Coja desde un accidente que nadie quiere explicar, vive como sirvienta en la casa de su propio padre, humillada a diario por su media hermana Diana y su madrastra. Cuando un joven conductor de mototaxi llamado Mateo llega a pedir la mano de Diana y es rechazado con desprecio, la familia decide deshacerse de dos problemas a la vez: obligan a Vale a casarse con él.

Lo que nadie sabe —ni siquiera Vale— es que Mateo esconde un secreto que lo cambiará todo.

Detrás de la moto destartalada y la chaqueta de conductor se oculta el heredero de una de las fortunas más poderosas del país. Y detrás del matrimonio apresurado, una promesa que Mateo juró cumplir a cualquier precio.

A medida que Vale descubre que su marido no es quien dice ser, una red de mentiras comienza a derrumbarse: el hombre que la amaba en secreto pierde la memoria, su hermana finge un embarazo para atrapar al novio equivocado, y un padre biológico que Vale creía inexistente aparece con una prueba de ADN y una fortuna que le pertenece.
Pero la verdad más devastadora aún no ha salido a la luz. Porque la persona responsable de que Vale camine con muleta lleva años en coma... y acaba de despertar.

NovelToon tiene autorización de uutami para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2

—Qué tipo más arrogante.

—¿Y ahora qué te pasa?

—¿Todavía preguntas? —Mateo se dejó caer en una silla después de arrastrarla. Estaban en la sala privada de una cafetería de moda—. ¿Sabes qué? Fui a la casa de esa mujer. Ella es...

No terminó la frase; la rabia se lo impedía.

—¡Si tú quieres que me case con alguien, búscame a alguien decente! ¡¿Cómo voy a casarme con una mujer así?!

Bastián, su amigo y socio de mayor confianza, se defendió:

—¡Pues dame mejores pistas! Yo solo seguí las que tú me diste.

Mateo chasqueó la lengua.

—Yo esperaba que fuera otra... No esa... Soberbia, presumida, apenas trabaja en una oficina y ya se cree la gran cosa.

Bastián observó largo rato a su jefe y mejor amigo.

—Tú también eres soberbio —le apuntó con el dedo—. ¡Hacen buena pareja!

Mateo lo fulminó con la mirada.

—¡Oye!

Bastián soltó una risita.

Silencio.

Mateo miró al frente.

—Hay una promesa que debo cumplir. Tú lo sabes.

—Pero... eso no es obligación tuya, Yud.

Mateo se pasó la mano por la cara, como si cargara un peso invisible sobre los hombros. En el silencio, otro rostro surgió en su mente: sereno, de mirada apacible, con un andar vacilante que apenas hacía ruido.

«Vale...»

Bastián enarcó una ceja.

—¿Vale?

—Sí, ella... la hermana de Diana —murmuró Mateo, casi sin darse cuenta.

—¿Qué?

—Valentina —repitió con más claridad—. Vive en esa familia. Averigua todo lo que puedas sobre ella.

Bastián lo miró atónito.

—Oye, ¿y ese cambio de rumbo?

—Algo no cuadra —respondió Mateo, escueto—. Ella cojea. Y Diana mencionó... un accidente. Puede que Vale sea la persona que buscamos.

Bastián resopló.

—Más trabajo.

—¿Prefieres que me case con la arrogante esa? ¡Dijo que no tengo futuro!

Bastián se rio por lo bajo. Aun así, la comisura de sus labios se curvó.

—Está bien. Voy a investigar.

En casa de don Ernesto, el ambiente era mucho más caliente.

—¡Todo es culpa tuya, Vale! ¿Qué hiciste para seducir a Ricardo?

La voz de Diana retumbó en la sala. Vale, sentada junto a la puerta, se sobresaltó. Aferró con fuerza la tela de su gamis (túnica islámica larga) contra el cuerpo, la mirada hundida en el suelo.

—Diana, yo no...

—¡Cállate! —Diana la señaló con el dedo—. ¡Ubícate! ¡Eres coja! ¡No mereces a Ricardo!

—¡Diana! —la reprendió don Ernesto.

—¡Tiene que ser así, papá! ¡Seguro le coqueteó! ¡Por eso vino a pedirle la mano a ella! —Diana alzó la voz todavía más—. Ella sabía que a mí me gusta Ricardo. ¡Pero le coqueteó al que iba a ser mi marido!

—Vale no hizo nada —tronó don Ernesto—. Ricardo la eligió a ella. Además, cuando él venía a esta casa, ¿no eras tú quien siempre lo acaparaba?

Marta se levantó de golpe.

—¡Ernesto, deja de defenderla! Tú no sabes. Vale le coqueteó a Ricardo a tus espaldas. ¡Igualita a la madre, una ofrecida!

—¡Marta! —Don Ernesto enrojeció—. ¡Cuida lo que dices! La madre de Vale jamás fue eso.

—¡Ay, sigue defendiéndola! ¡Si es obvio que a ti también te sedujo, igual que la madre! —Marta no bajó la voz.

Vale se mordió el labio. Esas palabras no eran nuevas. Desde niña, los mismos susurros la perseguían a cada paso.

Marta cruzó los brazos.

—Escúchame bien, Ernesto. No voy a permitir que humillen a Diana. Ricardo es el destino de Diana. Vale tiene que rechazarlo.

—¡No puedes obligarla! —Don Ernesto la miró con dureza.

—¡Claro que puedo! —Marta subió el tono—. Si hace falta, que se case con el mototaxista ese. ¡Con Mateo! Le queda perfecto. Los dos son unos don nadie.

Vale tragó saliva. Sentía el pecho apretado, pero la voz no le salía.

—¿Te estás escuchando? —Don Ernesto temblaba—. ¡Piensa en lo que siente Vale!

Marta soltó una risa fría.

—¿Sentimientos? ¡Ella vive de arrimada en esta casa! Yo la crie desde chiquita. ¡Debería saber cuál es su lugar!

El silencio golpeó la sala.

Vale avanzó despacio y se arrodilló frente a don Ernesto.

—Papá... está bien. Yo obedezco.

—Levántate —la voz de don Ernesto se quebró—. No lo voy a permitir.

Pero Vale solo esbozó una sonrisa delgada. Una sonrisa de resignación capaz de partir cualquier corazón.

—Maldición. Otro embotellamiento.

—Ya déjalo, siempre es así a esta hora.

Mateo y Bastián iban dentro de un auto atrapado en la fila. Mateo viajaba en el asiento del copiloto, vestido con un traje impecable. De pronto, su mirada se clavó en la acera.

—¿Vale?

Bastián le echó un vistazo a su jefe.

—Para —ordenó Mateo cuando el vehículo comenzó a avanzar.

Bastián frenó.

—¿Qué pasa?

Allí estaba Valentina, de pie frente a un puesto callejero de frituras. Su mano señalaba la pila de empanadas, los labios moviéndose apenas, con un asomo de sonrisa.

El corazón de Mateo dio un vuelco.

Se quitó el saco caro y lo dejó en el asiento; quedó en camisa y pantalón de vestir. Abrió la puerta y caminó hacia ella.

—¡Oye! ¿Adónde vas? —exclamó Bastián, y lo siguió mientras Mateo se arremangaba.

—¿Vale?

Valentina se sobresaltó.

—¿Mateo?

—¿Estás sola?

—Sí.

—Esto queda lejos de tu casa. ¿Cómo llegaste?

—Caminando.

Mateo se quedó mudo.

—¿Caminando? —repitió, echándole un vistazo a la pierna de Vale y a la muleta bajo su brazo.

—Ya estoy acostumbrada —dijo Vale con una sonrisa breve—. Es más cómodo caminar. ¿Usted también quiere frituras?

Algo se coló en silencio dentro del pecho de Mateo. Ni él mismo supo qué era.

—Sí.

Vale volvió a sonreír y se giró hacia el vendedor, que metía dos porciones en una bolsa de plástico.

—Son un par de dólares, señorita —dijo el hombre.

—Aquí tiene, señor. —Vale le entregó unos billetes.

—¿Compraste dos?

—Ah, sí. Para Diana y para mi madrastra. Me mandaron a comprar.

Mateo contempló fijamente a la joven del jilbab, de rostro sereno.

—¿Y para ti?

Vale negó con la cabeza.

—Me adelanto, Mateo. Con permiso.

—¿No quieres? Yo te invito.

Vale dudó un momento. Mateo ya se había dirigido al vendedor.

—Señor, dos porciones. Para comer aquí.

Vale negó rápido.

—No, no. Tengo que volver pronto a casa.

—Acompáñame a comer; no me gusta comer solo. Aparte, quiero preguntarte algo —dijo el joven con naturalidad mientras acercaba una silla—. Anda, siéntate.

Vale vaciló.

—Pero... Diana y mi madrastra me esperan en casa —murmuró.

—Diles que la fila estaba larga —improvisó Mateo—. Siéntate. Hazme compañía.

Vale dudó. El rostro le fluctuó entre la obediencia y el deseo. Al fin, agachó la cabeza.

—Gracias.

Se sentaron en sillas de plástico. Vale apoyó la muleta contra la pared, junto al puesto. Sostuvo su plato con torpeza, como si le diera miedo disfrutar.

—¿Qué te pasó en la pierna? —preguntó Mateo en voz baja.

Vale calló un instante.

—Me caí.

—¿Cuándo?

—Hace un año.

—¿Dónde?

—En la calle. —Respuesta corta, cerrada.

Mateo no insistió. Asintió y le acercó una bebida.

Vale dio un mordisco pequeño. Los ojos le brillaron un segundo y enseguida lo disimuló.

—Gracias —dijo con sinceridad—. Casi nunca me doy un gusto así.

—Entonces tendremos que salir más seguido. Así te invito.

Vale sonrió. Una sonrisa capaz de estremecer el corazón de cualquiera.

—Ya me voy.

Mateo se levantó al instante, tomó la muleta de Vale y se la entregó.

—Gracias.

Mateo asintió.

—Usted es buena persona.

Algo se agitó en su interior, pero lo apartó de inmediato.

—Qué exagerada. Te invité una vez y ya me dices buena persona.

—Je, je. Es verdad. Sé que usted es buena persona. Gracias, Mateo. Assalamu'alaikum.

Mateo la vio alejarse.

—Wa'alaikum salam...

Había paz en esa espalda frágil, y una herida que nadie había nombrado.

En la casa, Diana la recibió con cara de pocos amigos.

—¡Te tardaste! ¿Qué tanto hacías?

—La fila estaba larga, Diana.

—¡Puras excusas! ¡Nos estamos muriendo de hambre! ¿Lo hiciste a propósito?

—No, Diana.

Marta la miró con desdén.

—Ya. Tú no cenas. ¡Demasiadas excusas!

Vale bajó la cabeza. Entró a su cuarto y cerró la puerta con cuidado. Adentro, se sentó al borde de la cama y se abrazó el estómago, todavía tibio por las frituras de hacía un rato.

Esa noche, don Ernesto acababa de sentarse en la sala junto a Diana y Marta cuando alguien llamó a la puerta.

Toc, toc.

—Assalamu'alaikum.

Todos giraron la cabeza. Don Ernesto se levantó y abrió.

—Tú...

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