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Lo Difícil De Amarte

Lo Difícil De Amarte

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Escuela
Popularitas:4.7k
Nilai: 5
nombre de autor: neversaynever

Uno, al enamorarse, cree que será fácil y será correspondido con el tiempo, pero nadie te dice que puede ser la persona más cruel de quien quieres que te enamores, o la equivocada. ❤️‍

Y así es como casi le pasó a Alison, quien sin darse cuenta...

Prohibido el plagio. ✅

NovelToon tiene autorización de neversaynever para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La charla lejos del grupo.

Y Lizbeth, nada tonta, volteó el rostro y me miró fijamente; luego me preguntó por qué mentiría él.

Yo, con toda la firmeza que pude:

—Es obvio por qué mintió: quería quedar bien con los chicos, decir que tuvo relaciones con su novia, que por fin lo hizo con alguien de su propia junta.

Pensé que los otros, siendo esas viejas chismosas, terminarían contándolo todo, tal como le pasó a Matías Humberto Rodríguez —el novio de Lizbeth—: seguro Miguel solo se lo dijo a él para que llevara el chisme a su amiga, y de paso averiguar si era verdad lo que le había contado a su amigo.

Matías Humberto Rodríguez: dieciséis años, alto y delgado, cabello lacio castaño claro, piel muy clara, cejas planas, ojos caídos color miel, pestañas cortas, nariz chata y labio superior grueso.

Después de escucharme, Lizbeth no supo qué responder; se quedó mirándome en silencio, clavando los ojos en los míos, intentando descubrir si le estaba mintiendo. Al no conseguir nada, volvió la vista hacia mi hermana. Estoy segura de que no me creyó del todo, pero como no pudo arrancar la verdad, no le quedó más remedio que aceptar lo que dijo Jonás.

Miré a mi hermana y le dije:

—Vuelvo a sentarme, ¿vos venís conmigo?.

Lizbeth intervino de inmediato:

—No, ella se queda a hablar conmigo unos momentos más. Anda vos.

Jonás miró a su amiga, luego a mí y respondió:

—Sí, me quedaré un rato con ella.

Al escucharla, me di la vuelta y empecé a caminar hacia el lugar donde habíamos estado sentadas. El aire fresco de la noche golpeó mi piel; al llegar y tomar asiento, me quedé mirando al frente, perdida en mis pensamientos.

Hasta que el silencio me aburrió: apoyé el codo en la rodilla, la mejilla en la mano y me puse a observar al grupo. Ahora jugaban al vóley, muchos sin camiseta, solo unos pocos conservaban puesta su remera.

De pronto, delante de mí apareció la hermana de Lizbeth: Belén Cristal Baker. Tenía trece años, era alta y delgada, con el cabello lacio castaño oscuro, piel morena clara, cejas en arco regular, ojos saltones color marrón, pestañas largas, nariz nubia y labios llenos.

—¿Querés acompañarme a comprar al kiosco? —me preguntó.

—Sí, dale, así aprovecho y compro yo también algo —respondí.

—Está bien, vamos.

Caminamos juntas hacia la salida. Allí nos cruzamos con cinco chicos que no conocía. Uno de ellos se detuvo: era Leo Thiago Mamani, de doce años, estatura pequeña y complexión delgada, cabello ondulado rubio, piel clara, cejas de ángulo pronunciado, ojos encapuchados color marrón, pestañas cortas, nariz de botón y labios finos.

Belén levantó la mano y lo saludó:

—Hola, ¿cómo estás?.

—Hola, Belén, estoy bien —respondió él—. ¿Qué hacés por acá?.

—Nada, solo estoy con Lizbeth esperando que los chicos terminen de jugar.

Leo sonrió:

—Desde temprano están ahí, me sorprende que sigan todavía.

Se pusieron a charlar animadamente, mientras yo los observaba en silencio; se notaba que se llevaban muy bien. Un poco más atrás, separado del grupo, esperaba Ignacio Cassiel Vargas: once años, alto y delgado, cabello rizado castaño claro, piel media clara, cejas de ángulo suave, ojos prominentes color celeste, pestañas medianas, nariz cóncava y labios con las comisuras hacia abajo.

Los otros tres siguieron caminando unos pasos y se detuvieron a esperarlos. Eran Mateo Lorenzo Expósito, de doce años, pequeño y de complexión robusta, cabello lacio castaño oscuro, piel morena, cejas gruesas, ojos redondos color marrón, pestañas largas, nariz griega y labio inferior grueso; Felipe Benicio Ayosa, de catorce años, pequeño y robusto, cabello ondulado castaño claro, piel clara, cejas rectas, ojos pequeños color avellana, pestañas cortas, nariz romana y labios en arco; y Giovanni Valentín Bueckert, de trece años, alto y delgado, cabello lacio castaño oscuro, piel muy clara, cejas redondeadas, ojos rasgados color marrón, pestañas medianas, nariz pequeña y labio superior grueso.

Supuse que Lizbeth los conocía a todos. Unos minutos después, Leo e Ignacio se despidieron de Belén diciendo que se verían más tarde. Ella se apartó para darles paso; los dos se unieron al resto del grupo, que los miró con seriedad, y todos siguieron su camino en silencio.

No le di más importancia al asunto. Belén se volvió hacia mí y preguntó:

—¿Desde cuándo conocés a Jonás?.

La miré con una ceja levantada:

—Yo soy su hermana.

—Ah, pensé que eras su amiga —aclaró ella, y yo negué con la cabeza.

—¿Cómo te llamás? —preguntó entonces.

—Alison Annette Scott —respondí—. Tengo dieciséis años, soy alta y delgada, tengo el cabello ondulado castaño oscuro, piel muy clara, cejas planas, ojos encapuchados color miel, pestañas cortas, nariz nubia y labios gruesos al centro.

Antes de que pudiera decir algo más, pasaron unos chicos por afuera de la cancha que nos silbaron y nos gritaron piropos diciendo que éramos muy lindas. No dije nada, solo escuché incómoda. Belén, en cambio, se dio media vuelta y los saludó con la mano.

—¿Los conocés? —le pregunté, sorprendida por su gesto.

—No, solo saludo a quien me saluda —respondió.

Me pareció extraño, pero igual le dije:

—¿No te molesta saludar a desconocidos?.

Ella tardó unos instantes en contestar:

—No.

Seguimos caminando en silencio hasta que Belén señaló:

—Es por aquí.

Doblamos la esquina y llegamos a un pequeño kiosco que no conocía. Solo había unas sillas vacías afuera; seguro alguien se había sentado ahí un rato antes. Miramos por la ventana y no vimos a nadie, así que aplaudí un par de veces para llamar la atención. Al principio nadie respondió, pero luego escuchamos pasos acercándose por el piso de adentro.

Apareció entonces Simón Joaquín Castillo: cincuenta y seis años, alto y robusto, cabello ondulado castaño oscuro con algunas canas, piel media clara, cejas redondas, ojos de rasgos asiáticos color marrón, pestañas medianas, anteojos puestos, nariz celestial y labio inferior grueso. Se apoyó en el borde de la ventana y nos sonrió con sinceridad:

—Hola.

—Hola —dijo Belén, y yo la saludé enseguida.

Él dejó de sonreír un instante y preguntó qué queríamos.

—¿Cuánto salen los caramelos y los chupetines de ahí? —pregunté señalando los exhibidores.

Él miró hacia donde indicaba mi dedo y respondió:

—Los caramelos salen cincuenta centavos, y los chupetines un peso con cincuenta.

^^^Continuará ❤️...^^^

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