el dolor del alma
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22
La noche había caído por completo sobre Moscú, vistiendo las cúpulas de la casa hogar con un manto de sombras densas y un frío que crujía contra los cristales de las ventanas. El bullicio de los niños en el comedor y el tintineo de las tijeras en el taller de costura se habían apagado hacía horas, dejando el complejo sumergido en un silencio monacal, roto únicamente por el sutil silbido del viento invernal en los pasillos de piedra.
En su pequeña habitación, la hermana Maliha se encontraba de rodillas sobre el frío suelo de madera, al pie de su cama. No llevaba el velo , dejando al descubierto su cabello oscuro, que caía desordenado sobre sus hombros. La única fuente de iluminación en el cuarto era una pequeña vela cuya llama bailaba errática, proyectando sombras alargadas sobre las paredes desnudas y sobre un crucifijo de madera colgado al frente.
Maliha mantenía las manos juntas, apretadas contra sus labios, en su pecho un pequeño crucifijo que en ese momento se volvía su escudo, pero su postura no reflejaba la habitual y serena devoción de sus noches de vigilia. Su pecho subía y bajaba con una agitación contenida. En su mente, las horas previas se repetían en un bucle implacable: el descaro y las insinuaciones vulgares del español que la habían dejado completamente desarmada, las burlas insistentes de Abigail pero, por encima de todo, el recuerdo nítido del calor de Taras rodeándola en un abrazo protector.
Cerró los ojos con fuerza, dejó caer la frente sobre sus manos unidas y, con una voz que apenas fue un susurro roto que arañó el silencio del cuarto, comenzó su conversación.
—Señor…. Sé que acabo de terminar las oraciones de la noche , pero… no puedo dormir. Mi mente es un caos absoluto y tú lo sabes, porque conoces cada rincón de mi alma antes de que yo misma pueda entenderlo. Necesito hablar contigo, Padre, porque esta noche tengo miedo. Un miedo horrible que no se parece a nada de lo que he sentido antes.
Maliha hizo una pausa larga, tragando saliva mientras el recuerdo de la mirada descarada del emisario español le recorría la espalda, haciéndola estremecerse .
—Hoy el mundo exterior entró a tu templo de una forma muy fea, Señor. Ese hombre…… me miró de una manera que me hizo sentir sucia, como si yo fuera solo un objeto y no una sierva tuya . No supe cómo defenderme ante la vulgaridad de la calle. Tuve miedo de lo que el mundo real es capaz de hacerle a alguien que ha crecido protegida por estos muros .
La novicia levantó sutilmente la mirada hacia el crucifijo y aferrándose a la cruz que llevaba en el pecho contempló la luz de la vela que hizo brillar las lágrimas contenidas en sus ojos .
—Pero no es por ese hombre que mi pecho está ardiendo así, Padre… Es por él. Es .... Dios mío, tú sabes perfectamente lo mucho que me ha exasperado estos últimos días con su arrogancia y esa cara de siempre estar de gruñón. Lo consideraba un grosero ,y sin embargo… hoy se plantó como un gigante frente al peligro exclusivamente para defenderme a mí.
Maliha soltó una de sus manos y se la llevó al centro del pecho, presionando la tela de su camisón justo sobre el corazón, que comenzó a latir con fuerza con la sola evocación del abrazo.
—Cuando todo terminó, Señor… él me rodeó con sus brazos. Fue lento. Paciente , y aquí es donde empieza mi verdadera tormenta, Padre . Cuando estuve entre los brazos , no sentí el peligro . Sentí una paz que me robó el aliento. Escuché los latidos de su corazón contra mi oído y, por un instante que pareció eterno, deseé que el tiempo se detuviera ahí. Mi mente se apagó y me sentí extrañamente resguardada, como si ningún mal del mundo exterior pudiera alcanzarme mientras ese demonio me tuviera sujeta.
Una lágrima rodó finalmente por su mejilla , perdiéndose en la penumbra. Maliha respiró hondo, desnudando su confusión más íntima en la intimidad de su celda.
—¿Qué es esto que se ha instalado en mi pecho, Señor? Es una chispa extraña que no sé cómo interpretar. Me llena de un pavor absoluto porque yo te elegí a ti, elegí esta vida de entrega y silencio. Pero al mismo tiempo… me llena de una ilusión dulce y desconocida que me hace recordar que soy una mujer de carne y hueso. Siento que el fuego de su presencia está derritiendo mi armadura y no sé cómo defenderme de eso. No quiero ser una insolente contigo, Padre, pero el recuerdo de su aroma no me deja rezar en paz. ¿Me estoy desviando del camino? ¿O es que tú pusiste a este gruñón en mi vida para probar la fuerza de mi vocación?
Maliha volvió a juntar las manos, inclinando la cabeza en señal de rendición espiritual, dejando que el silencio de la noche acogiera su confesión.
—No me dejes sola , Señor. Dame la sabiduría para entender este sentimiento que me desarma. Protege mi corazón de la sangre de su mundo, pero por favor… cuida también de él, porque debajo de toda esa fachada , hoy vi al caballero herido . Amén.
La novicia permaneció unos minutos más en silencio, escuchando el sutil crujido de la madera bajo el frío. Se puso de pie con lentitud, sintiendo que el peso en su pecho se había aliviado un poco tras verbalizar su tormento. Sopló a la vela, dejando la habitación en una absoluta oscuridad, lista para intentar conciliar el sueño mientras, a kilómetros de distancia, unos intensos ojos grises tampoco lograban cerrarse, atrapados en el mismo recuerdo de lino y fuego.