Alma Montenegro aceptó casarse con el comandante Damián Arce por una razón simple: proteger a su familia. Lo que debía ser un acuerdo frío se convierte en una vida compartida entre hospitales, misiones de frontera, secretos de sangre y un niño que no debería estar en medio de ninguna guerra.
Cuando una red criminal vuelve a reclamar lo que cree suyo, Alma y Damián tendrán que decidir si su matrimonio es solo una obligación... o la única casa capaz de resistirlo todo.
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Capítulo 11
El nombre de esa mujer
El entrenamiento matutino no se volvió más fácil.
Alma solo aprendió a disimular mejor el sufrimiento.
Aprendió a elegir zapatos que no le ampollaran los talones, a comer un plátano antes de correr y a no discutir con Damián cuando él le ordenaba regular la respiración. No porque fuera obediente, sino porque Damián tenía razón y ella apreciaba demasiado sus pulmones como para sacrificarles el orgullo.
La noticia de que la doctora de la Capital entrenaba junto a los soldados se extendió por el complejo.
Algunas mujeres la elogiaban.
Otras pensaban que solo quería llamar la atención.
Alma lo oyó todo.
No tenía energía para responderle a nadie.
Aquella mañana, después del entrenamiento, se sentó junto al grifo detrás del puesto médico y limpió el barro de sus zapatos. Noelia llegó con un termo pequeño.
—Té caliente, doctora.
—Señora Noelia, así va a malcriarme.
—No pasa nada. A quien se cae y se levanta en el campo hay que consentirla un poquito.
Alma aceptó el vaso de plástico lleno de té.
Noelia se sentó a su lado.
Al principio hablaron de que Jonás mejoraba, de que el hijo de Noelia ya no tenía fiebre y del calendario de la clínica comunitaria. Luego Noelia bajó la voz.
—Doctora, no se ofenda por lo que voy a preguntarle.
Alma volvió el rostro hacia ella.
Una frase así casi siempre significaba que alguien estaba a punto de ofenderla.
—¿Qué quiere preguntarme, señora?
—La doctora y el comandante Damián... ¿llevan mucho tiempo casados?
Alma contempló el té entre sus manos.
—Dos años.
—Ah.
Noelia parecía querer seguir preguntando, pero se contuvo.
Alma esbozó una sonrisa apenas visible.
—Extraño, ¿no, señora? Que la esposa aparezca recién después de dos años.
—Yo no dije eso.
—Pero las otras sí.
Noelia dejó escapar el aire.
—Un complejo como este es así, doctora. Si algo no está claro, la gente completa los vacíos con sus propios cuentos.
—¿Y cuál es el cuento que más se repite?
Noelia vaciló.
Alma la sostuvo con la mirada.
—Prefiero oírlo de usted antes que de alguien que quiera clavármelo como un cuchillo.
Al final, Noelia habló.
—Algunas dicen que su matrimonio fue solo un arreglo entre familias. Otras, que el comandante ya tenía a alguien antes de casarse. Se llamaba Sabrina.
El té caliente en manos de Alma se volvió de pronto demasiado caliente.
¿Sabrina?
¿La esposa del capitán Rodrigo?
No. Noelia debió de ver el ceño que se le formó, porque se apresuró a aclararlo.
—No la señora Sabrina, la esposa del capitán Rodrigo. Es otra mujer con el mismo nombre: Sabrina Paredes. Hija de un funcionario de la Capital. Antes asistía mucho a las reuniones de la familia Arce. Dicen que don Esteban se opuso porque tenía un viejo compromiso con la familia de la doctora.
Alma guardó silencio.
Damián nunca le había mencionado ese nombre.
Pero la primera noche él le había dicho que ya había alguien a quien deseaba.
Resultaba que esa mujer tenía un nombre.
Sabrina Paredes.
—Es muy bonita —continuó Noelia en voz baja—. Y muy inteligente. Trabajó un tiempo en una fundación de salud militar. Muchas de las señoras pensaban que era perfecta para el comandante.
—Y entonces llegué yo —soltó Alma.
Noelia se arrepintió al instante.
—Doctora...
—No importa.
Pero claro que sí importaba.
Algo extraño se le instaló en el pecho.
No eran celos.
No tenía derecho a sentir celos.
¿Acaso su matrimonio no era solo una condición? ¿No había dejado Damián claro que jamás le había dado un lugar?
Sin embargo, imaginar que existía una mujer a la que él quizá había querido de verdad fue como descubrir una ventana que Alma había fingido no ver durante todo ese tiempo.
El viento que entraba por ella era frío.
Esa tarde, el nombre volvió a aparecer.
Alma ordenaba medicamentos cuando un automóvil negro se detuvo frente al puesto de mando. De él bajó una mujer de unos veintiocho años. Era esbelta, de piel impecable y cabello hasta los hombros; caminaba de una manera que hacía que todas las miradas se volvieran hacia ella sin remedio.
Vestía una camisa blanca, pantalones de vestir y una sonrisa que parecía ensayada.
El capitán Rodrigo salió a recibirla.
Poco después, Damián salió del puesto de mando.
Alma los observó desde la ventana del puesto médico.
La mujer le sonrió a Damián.
Damián no sonrió, pero su rostro no estaba tan frío como de costumbre.
Hablaron largo rato.
Julián, que también espiaba detrás del estante de medicamentos, susurró:
—Esa es Sabrina Paredes.
Alma cerró el cajón de los fármacos.
—Señor Julián, parece que tiene talento para administrar chismes.
Julián fingió de inmediato que buscaba vendas adhesivas.
Renata se acercó con el semblante preocupado.
—¿Está bien, doctora?
—¿Por qué no habría de estarlo?
Renata no respondió.
Eso era respuesta suficiente.
Al caer la tarde, Damián llegó al puesto médico con Sabrina Paredes.
—Doctora Alma —presentó Damián—, ella es Sabrina. Viene de la Fundación Cakra Salud. Trajeron material sanitario y medicamentos básicos para las aldeas cercanas.
Sabrina sonrió con calidez.
—Doctora Alma, nos vemos otra vez. Desde el acto de la asociación de familias militares en el complejo no había tenido oportunidad de hablar con usted.
Alma se puso de pie.
—Sí, señora Sabrina. Discúlpeme; aquella vez me salió una urgencia.
—No se preocupe. Me alegra que todavía me recuerde.
—Por supuesto. No olvido las caras con facilidad.
La sonrisa de Sabrina no cambió, pero sus pupilas se movieron apenas.
Sabrina recorrió la sala con la vista.
—El lugar es muy sencillo. Debe de haberle costado adaptarse después de vivir en la Capital.
—No tanto. Un paciente es un paciente en cualquier lugar.
—Es cierto. —Sabrina se volvió hacia Damián—. Damián siempre termina destinado en los lugares más difíciles. Antes solía decirle que quería más a la frontera que a sí mismo.
Lo llamó Damián, sin rango alguno.
Sin vacilar.
Como si ese nombre hubiera sido muy familiar en sus labios.
Alma tomó de la mesa la lista de necesidades.
—Si la fundación trae ayuda, estas son nuestras prioridades: sales de rehidratación oral, antitérmicos pediátricos, gasas estériles, pruebas rápidas de malaria, tabletas purificadoras de agua y materiales de educación sanitaria.
Sabrina recibió el papel.
—Va directo al trabajo, doctora.
—Para que la ayuda sirva donde hace falta.
Damián las observaba a ambas.
Sabrina soltó una risa baja.
—Me gustan las doctoras firmes.
Alma no le devolvió la sonrisa.
Después de que Sabrina se fue a revisar el almacén, Damián permaneció en el puesto.
—¿La conoces? —preguntó Alma.
La pregunta salió antes de que pudiera contenerla.
Damián la miró.
—Nuestras familias se conocen.
—Ah.
—¿Por qué?
—Por nada.
—Alma.
Ella ordenó las carpetas sobre el escritorio.
—Solo quería asegurarme de que la ayuda de la fundación no se solapara con nuestros suministros.
—No preguntaste por la ayuda.
Alma lo encaró.
—Entonces, ¿por qué pregunté?
Damián guardó silencio un instante.
—Sabrina es parte de mi pasado.
La frase fue demasiado directa.
A Alma se le encendieron las mejillas, pero su voz no perdió la calma.
—No le pedí una explicación.
—Pero quieres saber.
—Tiene demasiada confianza en sí mismo.
—Tal vez.
Se sostuvieron la mirada en silencio.
Al final, Damián dijo:
—Ella fue cercana a mi familia. Nada más.
—Le dije que no necesitaba explicarme nada.
—Te lo explico porque pareces haber sacado tus propias conclusiones.
Alma dejó escapar una risa corta.
—Qué gracioso. Normalmente, ese es su trabajo.
Damián frunció el ceño.
La frase dio en el blanco.
Antes de que él respondiera, Sabrina entró otra vez.
—Damián, el almacén de medicamentos sí necesita más provisiones. Esta noche contactaré al equipo de Puerto del Norte.
Alma retrocedió medio paso.
Sabrina vio el movimiento y sonrió.
—Doctora Alma, esta noche tendremos una cena pequeña en el comedor de oficiales para hablar de la distribución de la ayuda. Acompáñenos, por favor.
Alma iba a negarse, pero Damián se adelantó.
—Irá.
Alma lo miró.
Damián le sostuvo la mirada, como si le estuviera diciendo que no empezara.
Sabrina ensanchó la sonrisa.
—Perfecto. Será más fácil si todos nos sentamos a conversar.
Esa noche, Alma llegó al comedor de oficiales con una camisa sencilla. En la sala estaban Damián, el capitán Rodrigo, varios oficiales, Sabrina Paredes y dos empleados de la fundación. Al principio, la conversación giró de verdad en torno a la ayuda.
Luego fue desviándose poco a poco.
Sabrina contó anécdotas de la Capital, de las reuniones familiares de los Arce, de don Esteban y de los años en que Damián era más joven. Todos rieron cuando relató que, durante un entrenamiento conjunto, Damián se había perdido por negarse a pedir indicaciones a los habitantes de la zona.
Damián permaneció en silencio, pero no la contradijo.
Alma estaba sentada al otro extremo de la mesa y escuchaba un pasado que nunca le había pertenecido.
Cuando terminó la cena, Sabrina se volvió hacia ella.
—Doctora Alma, usted tiene suerte. Damián es difícil de tratar, pero cuando decide proteger a alguien, lo da todo.
La sala quedó un poco más silenciosa de pronto.
Alma observó a Sabrina.
—Puede ser.
—¿Puede ser?
—Aún no tengo suficientes datos.
El capitán Rodrigo se atragantó con el agua.
Damián clavó la vista en Alma.
La sonrisa de Sabrina se afinó.
—La doctora también tiene sentido del humor.
—A veces. Cuando no he dormido lo suficiente.
Al terminar la reunión, Alma salió primero. El aire nocturno estaba húmedo. Caminó hacia la casa oficial sin esperar a nadie.
Los pasos de Damián la alcanzaron por detrás.
—¿Estás enojada?
Alma no se detuvo.
—No.
—Caminas como si quisieras atacar el suelo.
—El suelo tiene la culpa.
—Alma.
Por fin se detuvo.
—Mayor, estoy cansada. Si quiere hablar de la señora Sabrina, no hace falta. Entiendo cuál ha sido mi lugar desde la primera noche.
El rostro de Damián se endureció.
—¿Qué quieres decir?
—Este matrimonio es una condición. Usted tiene un pasado. Yo tengo mi trabajo. No necesitamos darnos explicaciones.
Echó a andar de nuevo.
Damián no fue tras ella.
Alma llegó a casa con el pecho oprimido y cerró la puerta con suavidad.
No lloró.
Pero esa noche, por primera vez, deseó de verdad que no le importara.