Sinopsis:
Un matrimonio por conveniencia de dos años. Dos mentes calculadoras dispuestas a todo.
Emma creía que Dilan era el títere perfecto para lograr su venganza familiar y luego desaparecer con su herencia. Dilan sabía que Emma era un lobo con piel de cordero desde el día en que la conoció, y la eligió por eso.
Cuando las mentiras salen a la luz y el imperio de piezas se derrumba, ella exige la libertad que estipulaba el contrato. Pero él tiene una nueva condición: "Úsame, destruye a quien quieras, pero te quedas conmigo". Una historia de amor obsesivo, secretos y poder donde el peligro más grande no son los enemigos externos, sino la atracción entre los dos. Una pregunta que Emma no sabe cómo responder: ¿Se puede ganar una guerra cuando tu mayor enemigo está dispuesto a entregarte todo con tal de que lo ames?
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Tercera jugada: Conociendo al enemigo
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Dilan
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Tras un par de horas de intensa negociación y una oferta económica que el terrateniente no pudo rechazar, conseguí legalmente las escrituras del terreno. Lo primero que ordené a mi equipo fue encriptar el registro; no pensaba dejarle las cosas fáciles a mi hermano Diego. Mientras revisaba los antecedentes de la licitación con el propietario, descubrí que detrás de toda la red de espionaje y filtración había estado Diego, como siempre, intentando sabotear mis proyectos independientes para quedar bien ante la junta. Pero esta vez no se lo dejaría tan sencillo.
—Mi hija no es un juguete de oficina para ti, Dilan —me recriminó mi suegro en cuanto la puerta de mi despacho se cerró, dejándonos a solas tras el incidente del beso en el escritorio con Emma.
A mí me daba exactamente igual su reclamo, sabiendo gracias a la confesión de Emma que esos dos no eran más que unos tíos ambiciosos y no sus verdaderos padres.
—Tampoco es un juguete para ustedes, caballero, pero parece que a ambos se les olvida ese pequeño detalle con demasiada frecuencia —le respondí, extrayendo un cigarrillo de mi pitillera y encendiéndolo con parsimonia.
—Le acabas de decir a toda la empresa y al personal que vas a tramitar el divorcio, y cinco minutos después te encuentro besándote con ella encima del mobiliario. ¡Es un escándalo!
—Bueno, técnicamente somos una pareja de casados. ¿Qué esperaba que sucediera en mi propio despacho privado?
Elena, que permanecía un paso por detrás de su padre, no había dejado de fulminarme con una mirada cargada de pura furia y humillación; después de todo, la había rechazado públicamente en esa misma planta. No me agradaba en lo absoluto; algo en su actitud altanera y pretenciosa me provocaba náuseas.
—Dilan, te exigimos que tomes esta relación con seriedad. No ilusiones a Emma en vano si tus intenciones son desecharla.
—Nuestra unión nació de un contrato comercial de beneficio mutuo, suegro. Y si esta relación está durando más de lo previsto, es única y exclusivamente gracias a mi paciencia. Así que no se preocupe por el bienestar de Emma.
—Me preocupa el futuro de ella en esta sociedad.
—Yo diría que lo único que verdaderamente le preocupa es la posibilidad de dejar de facturar a costa de mi apellido —ataqué, expulsando una densa bocanada de humo por la boca y la nariz, nublando el espacio entre ambos.
—¿Qué es lo que pretendes con nosotros?
—Te advertí explícitamente que te mantuvieras al margen de la vida de Emma, y tu mujer hizo lo peor que pudo haber hecho al llamarme anoche para amenazarme. No me hagas responsable de la naturaleza de mis acciones de ahora en adelante. El tablero cambió.
Mi suegro palideció un segundo, visiblemente descolocado.
—No tengo idea de qué demonios habrá hecho mi esposa en mi ausencia, pero me encargaré de solucionar ese asunto de inmediato.
—Le sugiero firmemente que dejes de presentarte en las instalaciones de mi empresa —le espeté de pronto a Elena, fijando mis ojos en ella—. No me resultaría nada grato tener que ver tu rostro de desagrado cada vez que decida besar a mi mujer en los pasillos.
Elena apretó los puños, dedicándome una última mirada cargada de rabia contenida.
—Te vas a arrepentir de esto, Dilan. Te lo juro —siseó, antes de salir de la oficina hecha una furia, azotando la puerta.
—Me retiro yo también —acotó mi suegro, notablemente disminuido.
—Adelante —le señalé la salida con un frío gesto de la mano.
En cuanto me dejaron solo, terminé de consumir el cigarrillo en silencio y me concentré en revisar las auditorías internas pendientes. El sonido de mi celular interrumpió mi concentración media hora después.
—¿Qué sucede, Brat? —contesté, acomodando el auricular.
—¿Vas a venir al reservado esta tarde o te vas a quedar a vivir en la oficina?
—No lo creo viable, tengo una montaña de trabajo acumulado debido a la cancelación de la gala.
—Brandon y yo tenemos una sorpresa importante para ti aquí en el club.
—Sabes perfectamente lo que opino de ese tipo de sorpresas en medio de una crisis laboral, Brat. No estoy de humor.
—No te preocupes, viejo, no es una de esas sorpresas banales. Es un asunto mucho más personal. Tiene que ver con lo que estuvimos hablando.
La intriga me ganó terreno, así que decidí ceder.
—Bien. Iré en un par de horas.
—De acuerdo, aquí te esperamos. No tardes.
Colgué la llamada y aceleré el papeleo pendiente. Luego de dos horas de absoluto silencio, un par de golpes suaves en la madera anunciaron la presencia de Emma.
—Tiene una reunión dentro de media hora con los ejecutivos principales y la junta de accionistas —mencionó al entrar, manteniendo una distancia prudencial.
—Esa junta no estaba programada en mi agenda de hoy —le respondí, dejando caer los folios sobre el escritorio de caoba.
—No, no lo estaba. Su hermano Diego la ha programado de manera unilateral hace unos minutos —explicó, dejando una serie de memorandos sobre mi mesa.
—No tengo tiempo para perder en las intrigas de Diego hoy, Emma. Tengo otros asuntos personales que atender fuera de la firma.
—Es de suma importancia que asista, señor. Están todos los directivos esperando por usted en la sala de juntas para exigir explicaciones sobre el terreno.
—Emma —me puse de pie, caminando hacia ella hasta romper el espacio formal—, cuando te digo que no tengo tiempo para perder con Diego, es porque es así. En dos horas tenemos una cita importante.
—¿Una cita? —repitió, parpadeando con sorpresa.
—Sí. He quedado de verme con unos amigos en el club privado. Vas a venir conmigo.
—No creo que sea lo políticamente correcto, Dilan. Hace apenas unas horas tuvimos un encuentro desastroso frente a los supervisores; salir juntos en este momento solo alimentará los rumores de pasillo y traerá más problemas con mi familia.
—Si lo dices por lo que hiciste con la filtración de los planos, te aseguro que eso ya forma parte del pasado. No soy un hombre que guarde rencores inútiles, y mucho menos contigo.
—No te creo —murmuró ella, desviando la mirada—. Hice algo comercialmente imperdonable y lo sabes.
Me acerqué un paso más, tomé sus manos frías entre las mías y la obligé a sentir mi cercanía.
—Confiar en ti es algo que se me da con demasiada facilidad, Emma. Y cuando eso sucede, es porque ocupas un espacio jodidamente grande en mi vida. Así que hagas lo que hagas, yo no te voy a alejar de mi lado.
—¿Acaso no piensas vengarte de mí? —inquirió, entornando los ojos con sospecha—. Conociéndote y sabiendo cómo manejas los negocios, estoy completamente segura de que no piensas dejar las cosas así como así. Conozco esa mirada calculadora a la perfección, Dilan. Sé que estás planeando algo en mi contra.
Sonreí de lado, incapaz de ocultar la fascinación que me causaba su agudeza. Tenía toda la razón del mundo: planeaba diseñar una estrategia implacable para quedarme con ella de forma permanente, y si tenía que utilizar su propia culpa y el chantaje emocional para lograr que firmara la permanencia a mi lado, entonces usaría cada una de esas herramientas.
—Vas a venir conmigo al club, Emma —sentencié, reforzando el agarre en sus manos—. Y no te lo estoy pidiendo como un favor; es una orden directa de tu esposo.