Ángela Sarmiento murió después de descubrir la verdad más cruel: su hermana adoptiva y el hombre en quien más confiaba habían destruido a su familia. Y Gael Montenegro, el poderoso y temido prometido del que siempre quiso escapar, era el único que la había amado de verdad… y también el hombre que murió por culpa de ella.
Cuando Ángela abre los ojos, ha regresado al momento en que todo comenzó.
Esta vez no piensa huir de Gael. Recuperará lo que le pertenece, hará pagar a quienes la traicionaron y conquistará de nuevo al hombre que sacrificó todo por ella.
Pero Gael todavía recuerda su rechazo. No confía en sus caricias, sospecha de cada palabra dulce y está convencido de que Ángela solo prepara otra forma de abandonarlo.
Entre venganzas familiares, secretos, drogas, hipnosis y una atracción que ninguno de los dos puede contener, Ángela tendrá que demostrar que su amor es real.
Porque en esta segunda vida no permitirá que Gael vuelva a morir.
Y tampoco piensa dejarlo escapar de su cama.
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Capítulo 21
Capítulo 21
En cuanto Rebeca Núñez rodeó su cintura con los brazos, Gael reaccionó.
Le cerró una mano alrededor del cuello y la empujó contra la pared.
La miró con una violencia brutal.
—¿Quieres morir?
Su voz se volvió baja y fría.
—Te lo diré una vez más. Esa noche no fui yo quien se acostó contigo.
Gael la arrojó sobre el sofá.
Rebeca quedó tendida boca abajo, respirando con dificultad. La falta de aire le había enrojecido el rostro.
—Estos gemelos estaban en tu ropa. Son una prueba irrefutable. No puedes seguir negándolo.
Sacó del bolsillo un par de mancuernillas.
Gael no mostró ninguna emoción. Solo la impaciencia tensó sus cejas.
—Cualquiera puede comprar unas mancuernillas.
—Pero te vi usarlas. Además, llevan grabada la inicial de tu apellido en la parte interior.
La frustración y la humillación se mezclaron en la voz de Rebeca.
—Gael Montenegro, los dos somos adultos. ¿Por qué no te haces responsable de lo que hiciste? Yo puedo...
—Rebeca Núñez, yo nunca miento.
Gael no le permitió terminar.
—No voy a ofrecerle esperanza a una mujer que no amo. Hacerlo sería una falta de respeto hacia Ángela.
La observó por última vez.
—Además, tienes la capacidad de encontrar a alguien que te ame de verdad. Este es el último consejo que recibirás de mí.
Gael salió solo.
Bravo Dos le bloqueó el paso a Rebeca cuando ella intentó seguirlo.
—Señorita Núñez, el señor Montenegro ordenó que la lleve de regreso a Monterrey.
—¿Quiere enviarme lejos? ¿Qué ocurrirá con la terapia psicológica de la señorita Sarmiento? ¿Dijo algo más?
Rebeca lo miró, desconcertada.
—Dijo que esta era su última oportunidad. Será mejor que no intente ningún truco. De lo contrario, podría llegar a Monterrey y no volver a salir.
Un frío le subió desde los pies.
Los celos cruzaron por sus ojos.
Un momento después, Rebeca recuperó la serenidad. Sonrió y le entregó las mancuernillas a Bravo Dos.
—Dile a Gael Montenegro que no volveré a molestarlo.
El guardaespaldas la observó y sintió que se le erizaba la piel.
Definitivamente, era peligroso provocar a una mujer como ella.
Cuando Gael llegó a la habitación del hospital con una malteada de fresa, encontró a Leonardo Salas cambiando el vendaje de los ojos de Ángela.
Desde que ella perdió la vista, el médico seguía un protocolo de recuperación para ayudarla a recobrarla lo antes posible.
Gael acercó el vaso a los labios de Ángela.
—Te traje la malteada que querías. Pruébala.
Leonardo contempló al hombre poderoso convertido en un esposo servicial y chasqueó la lengua.
—Vaya. ¿Ahora el temible señor Montenegro hasta sabe comprar una malteada de fresa?
Gael fingió darle una patada.
—Lárgate.
—Sí, señor. Me voy enseguida.
Gael señaló el pasillo con un dedo y el médico comprendió.
—Ángela, Raúl vino a traerme unos documentos. Quédate tranquila un momento.
Ella asintió. Sentada en la cama, balanceó los pies con absoluta despreocupación.
Una vez fuera, Gael se apoyó contra la pared y frunció profundamente el ceño.
—¿Cuándo podrá volver a ver?
—El tratamiento farmacológico ya terminó. Si no surge ningún problema, debería recuperar la vista en tres días. Ahora lo más importante es la terapia psicológica.
La expresión de Gael cambió.
—Consígueme otra psicóloga.
—¿Vas a despedir a Rebeca?
Leonardo lo miró con sorpresa.
—Es una de las mejores especialistas del país.
—No mantengo amenazas a mi lado. Mucho menos si pueden afectar a Ángela Sarmiento.
El médico soltó un largo suspiro.
—Está bien. Buscaré a alguien.
Cuando Gael volvió a la habitación, Ángela ya había terminado su bebida y dejado el vaso a un lado.
Estaba sentada junto a la ventana, escuchando las risas de los niños en el jardín del hospital.
—Gael, ¿la doctora Núñez es bonita?
El corazón de Gael se tensó.
¿Rebeca le había dicho algo? ¿Ángela había escuchado la conversación?
Durante un instante quiso ordenar que mataran a Rebeca. No debió dejarla marcharse con tanta facilidad.
—¿Por qué lo preguntas?
La ansiedad se coló en su voz.
Si Ángela hubiera podido verlo, habría descubierto que Gael parecía un niño al que acababan de acusar injustamente.
—Por nada. Su voz es muy agradable, así que imaginé que debía ser bonita.
Gael soltó el aire sin hacer ruido. Se inclinó y le dio un beso en los labios.
—Para mí, solo tú mereces que te llamen hermosa.
—Qué adulador.
Ángela lo tocó con un dedo, aunque la dulzura ya le llenaba el corazón.
De pronto extrañó el invernadero de la residencia.
Odiaba el hospital. Aquel lugar estaba lleno de malos recuerdos.
Abrazó el brazo de Gael y frotó contra él la curva de sus senos.
—Gael...
La nuez de él se movió con fuerza.
Retrocedió medio paso sin darse cuenta y habló con voz ronca:
—Dime lo que quieres sin hacer eso.
Ángela no podía ver el deseo intenso en sus ojos.
Cada provocación involuntaria de ella bastaba para tensarle todo el cuerpo.
—No quiero seguir en el hospital. Quiero volver a nuestra casa.
¿Casa?
Gael llevaba muchos años sin escuchar esa palabra dirigida a un lugar que también le perteneciera.
—Está bien. Hablaré con Leonardo. Si lo permite, regresaremos.
Ángela asintió con entusiasmo.
Sus ojos todavía no tenían el brillo de antes, pero la alegría de su rostro era imposible de ocultar.
En cuanto llegaron a la residencia Montenegro, Ángela lo empujó hacia el estudio.
—Ve a trabajar. Yo voy a entretenerme un rato en el invernadero. Necesitas ganar mucho dinero; mantenerme es muy caro.
Sabía que Gael había pasado los últimos días a su lado y que el trabajo debía haberse acumulado.
Él le besó suavemente la curva de la oreja. Sus labios frescos rozaron después la punta de su nariz.
—Pequeña desagradecida. Si vas a explotarme de esta manera, ¿qué recibiré a cambio?
Ángela entendió la insinuación.
Gael no era el único que había descubierto el placer y quería repetirlo. Ella también empezaba a extrañar aquellas sensaciones.
—En la noche...
Se ruborizó y dejó que su aliento acariciara el oído de Gael.
El deseo se agitó en los ojos de él.
La estrechó con fuerza contra su cuerpo. Incapaz de esperar, capturó sus labios mientras todavía se movían.
Ángela sintió que él le robaba todo el aire. Lo empujó con suavidad y dejó escapar un murmullo:
—Es suficiente. Detente.
Gael también respiraba con dificultad.
Enterró el rostro en el cuello de Ángela y tardó varios segundos en recuperar el control.
—Te llevaré al invernadero.
Le acomodó la ropa, la cargó y la sentó en el columpio.
—¿Quieres que llame a Nieves?
Ángela, todavía sonrojada, asintió.
Permaneció pensativa en el columpio.
En realidad, había escuchado la conversación entre Rebeca y Gael.
Confiaba en él.
Como él mismo había dicho, nunca mentía. Ni siquiera consideraba que mentir fuera digno de su tiempo.
Si Gael hubiera hecho algo, nadie habría encontrado una sola prueba.
Incluso si de verdad hubiera...
Ángela negó con la cabeza y expulsó aquella idea.
De pronto, el aroma frío y familiar la envolvió.
Unos dedos largos acomodaron con calma el cabello junto a su sien.
Ángela siguió el brazo hasta rodear el cuello de Gael. Frotó el rostro contra su pecho como una gatita que esperaba cariño.
—¿En qué piensas tan concentrada? Ni siquiera escuchaste mis pasos.
Su voz era cálida.
—Pensaba en cómo sobornarte esta noche.
La sonrisa de Gael adquirió un matiz peligroso.
Ángela apretó cada vez más el dibujo que ocultaba detrás de la espalda.
—Gael, ¿qué... qué piensas hacer?
Retrocedió un paso tras otro hasta que la espalda chocó contra el ventanal del invernadero.
La diversión brilló en los ojos de Gael.
—Mi amor, ¿no se supone que ya sabes para qué sirve?
Tiró con calma de los extremos de la corbata hasta tensarla entre sus manos. La intención en su mirada era imposible de confundir.
Ángela se encogió. La voz le tembló y las puntas de sus orejas se tiñeron de rojo.
—Marina me lo contó.
—¿Ah, sí?
Gael hizo correr la tela entre sus dedos, inquieto por el calor que empezaba a invadirlo, y pasó la lengua por detrás de los dientes.
Santiago Sarmiento sí que sabía divertirse.
Entonces Gael también tendría que enseñarle algunas cosas a aquella pequeña traviesa. No le molestaba añadir ciertos juegos a la intimidad entre ambos.
Ángela no tenía idea de lo que pasaba por su cabeza. Creyó que todavía dudaba de ella y asintió con rapidez.
Gael soltó un extremo de la corbata y le hizo una seña con el dedo.
—Ángela, ven.
Ella permaneció pegada al ventanal. Acercarse por voluntad propia sería como meterse en la boca del lobo, y no era tan tonta.
Todavía tenía la cintura adolorida y las piernas cansadas cada vez que hacía un movimiento demasiado amplio. No quería que volviera a agotarla.
Al verla tan precavida, una duda asaltó a Gael.
¿De verdad había sido demasiado brusco con ella?
Fernando le había dicho que, cuando una mujer decía que no, en realidad deseaba lo contrario. Sin embargo, aquella idea no borraba la cautela que veía ahora en Ángela.
El problema era que, en cuanto la veía rendida, sensual y sin fuerzas entre sus brazos, le costaba contenerse.
Incluso imaginarlo bastó para que una oleada de deseo le descendiera por el cuerpo.
Ángela reconoció su expresión. Estaba segura de que su cabeza volvía a llenarse de fantasías indecentes.
Mientras él permanecía distraído, enrolló a escondidas el dibujo que ocultaba. Tenía que deshacerse de aquella prueba en cuanto pudiera.
Gael encontró muy divertida su expresión furtiva, pero no lo demostró. Era una oportunidad perfecta para hacerla ponerse nerviosa.
—Ángela, ven aquí, preciosa. Si no te acercas, de verdad voy a enseñarte cómo se juega con una corbata.
La amenaza provocadora la hizo sonrojarse. Ángela avanzó poco a poco.
Gael extendió una mano y señaló con la mirada lo que ella ocultaba detrás de la espalda.
—Dámelo.
La risa que teñía su voz resultaba demasiado seductora.
—Gael, solo estaba muy aburrida. Prometo que no volveré a dibujarte.
—Entonces, ¿a quién piensas dibujar?
—Yo... a nadie. Ya no voy a dibujar a nadie.
La culpa se le notaba en el rostro.
Gael la rodeó con un brazo. Su aliento cálido rozó la oreja de Ángela.
—En realidad, creo que podrías dibujarnos a los dos.
Después de decirlo, dejó un sendero de besos desde su oreja hasta la comisura de sus labios. Su lengua se abrió paso entre ellos sin dificultad.
Las piernas de Ángela perdieron fuerza. Se aferró con los dedos a la ropa de Gael.
—No... no quiero.
—Ejem, ejem.
Una voz masculina cargada de burla los interrumpió.
—¿Llegué en mal momento?
Por su actitud, el recién llegado no tenía la menor intención de retirarse.
Gael apretó a Ángela contra el pecho, molesto. Odiaba que lo interrumpieran, sobre todo cuando el deseo ya se había apoderado de él.
—¿Cómo entraste?
La hostilidad endureció sus facciones.
Fernando Quiroga levantó el índice izquierdo y lo movió frente a ellos con una sonrisa presumida.
—Registré mi huella cuando estuve aquí la otra vez. Y Bravo Uno no pudo detenerme, así que simplemente entré.
En cuanto Gael supo que Fernando tenía acceso a la entrada principal, dejó de interesarle el resto de la explicación. Si aquel hombre podía pelear con él en igualdad de condiciones, ni siquiera todo el equipo de seguridad junto conseguiría frenarlo.
—Espera en el estudio. Iré en un momento.
Gael levantó a Ángela en brazos.
Ella guardó silencio, muerta de vergüenza. Jamás imaginó que alguien los interrumpiría justo entonces. La excitación suspendida la dejó incómoda, atrapada a medio camino.
Fernando sonrió con descaro.
—No vine a buscarte a ti. Vine a ver a la señorita Sarmiento.
Los brazos de Gael se cerraron un poco más alrededor de Ángela.
—¿Para qué la buscas?