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MARIONETA

MARIONETA

Status: Terminada
Genre:CEO / Completas
Popularitas:611
Nilai: 5
nombre de autor: Marilinaa

Antonia Valentini es una talentosa actriz de teatro que ha conquistado al público con su impecable interpretación de cada personaje. Su belleza, dulzura y noble corazón la convierten en una mujer admirada por todos los que la conocen. Lejos del brillo de los escenarios, dedica su vida a cuidar de su madre enferma y a apoyar a su hermano menor, Lorenzo Valentini, quien cursa su último año de instituto. El salario que recibe apenas alcanza para cubrir los medicamentos de su madre y los estudios de Lorenzo, pero jamás se ha rendido.

Su tranquila existencia cambia por completo cuando Aaron De Santis, el frío e implacable CEO de una de las corporaciones más poderosas del país, se convierte en el nuevo patrocinador del teatro donde ella trabaja.

NovelToon tiene autorización de Marilinaa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 22

Antonia se detuvo antes de subir al coche, tirando del brazo de Vicent para que se quedara un instante a solas con ella. La duda volvía a nublarle la mirada:

—Disculpe… pero todavía no lo entiendo. ¿Por qué arriesgaría todo por nosotros? ¿Y si es una trampa? ¿Y si lo que quiere es entregarnos a él para que se quede tranquilo?

Vicent suspiró, sacó del bolsillo de su abrigo unos papeles arrugados y se los entregó.

—Mire esto. Son notas de su despacho, copias de órdenes que envió a su equipo hace dos días. Las conseguí esta mañana, antes de saber que ustedes planeaban irse.

Ella los leyó con manos temblorosas, y sintió que la sangre se le helaba: “Trasladar a la señora Elisa al sanatorio privado de la costa, sin contacto exterior. Inscribir a Lorenzo en el internado exclusivo de los Andes, sin permiso de visitas. A Antonia instalarla en la mansión de la ciudad, para que esté disponible solo para mí. Ningún miembro de la familia podrá comunicarse con los otros hasta nueva orden”.

Levantó la vista, con los ojos llenos de horror.

—¿Iba a separarnos? ¿A encerrarnos cada uno en un sitio distinto?

—Exacto —respondió Vicent con gravedad—. Pensaba que así te someterías por completo. Que al no tener a nadie cerca, no tendrías más remedio que depender solo de él. Quería borrar todo lo que te une a tu vida anterior, hasta que no quedara nada más que su voluntad. No te lo iba a decir nunca. Iba a hacerlo sin previo aviso, esta misma noche.

Antonia se llevó la mano a la boca, ahogando un gemido. Todo encajaba: sus silencios, sus cambios de humor, la insistencia en que ella no necesitaba a nadie más. No quería protegerla: quería aislarla hasta convertirla en una sombra.

—Si nos quedamos… —empezó a decir con voz quebrada—, nunca más volveremos a vernos.

—Nunca —confirmó él—. Y te aseguro que no te lo habría dicho hasta que ya fuera demasiado tarde. Él cree que la posesión total es la única forma de amor. Y estaba dispuesto a romper tu corazón en pedazos para lograrlo.

Lorenzo se acercó al ver el estado de su hermana, leyó los papeles por encima de su hombro y apretó los puños con rabia.

—El monstruo no tiene límites —murmuró—. Si hubiéramos esperado un día más…

Antonia miró a Vicent, y por fin la duda desapareció. Apretó los papeles contra su pecho, como si fueran la llave de su libertad.

—Está bien. Le creo. Diga qué debemos hacer.

Vicent asintió, se inclinó hacia ellos y habló en un susurro apenas audible:

—Cambiarán de coche en la carretera, en un punto sin vigilancia. Llevarán ropa distinta y ocultarán el rostro hasta cruzar la frontera. Los documentos nuevos están a nombre de la familia Méndez: nadie podrá rastrearlos con sus nombres reales. Tienen dinero para vivir un año entero sin preocupaciones, en una casa pequeña cerca de la costa, donde nadie conoce a Aarón De Santis. Yo mantendré las apariencias aquí: le diré que busqué por todas partes, que no encontré rastro, que seguramente cruzaron hacia el norte. No le daré ni una sola pista cierta.

—¿Y si él no se lo cree? —preguntó ella, con la última sombra de miedo.

—Entonces tendrá que enfrentarse a mí —respondió Vicent con firmeza—. Y sabe que yo no miento. Ahora, suban. Cada minuto que pasamos aquí es un minuto de riesgo.

Antonia miró una última vez la casa que había sido su refugio, luego tomó la mano de su madre y de su hermano, y subió al coche. Sabía que dejaba atrás su pasado, pero también sabía que si no lo hacía, perdería su presente y su futuro para siempre.

Antonia pasó el dedo una y otra vez por las letras impresas, como si quisiera grabarlas en la memoria para no olvidar nunca por qué tomaba esa decisión.

—Iba a quitármelos —murmuró, con la voz cargada de dolor—. Iba a arrancarme lo único que me hace fuerte. Pensaba que sin ellos, yo sería suya del todo.

—Para él, eso es “limpiar todo lo que te distrae de mí” —explicó Vicent con amargura—. Lo escuché decirlo una vez: “si no tiene a nadie más, no tendrá motivos para mirar hacia otro lado”. No entiende que lo que te mantiene viva es precisamente ese amor.

Elisa, que había permanecido en silencio, alzó la mano y acarició la mejilla de Vicent con ternura.

—Dios le bendiga, hijo. No sé cómo ha conseguido esto, pero nos está salvando a los tres. No solo a ella.

—Solo intento enmendar lo que no supe detener a tiempo —respondió él, bajando la mirada un instante—. Ahora, escuchen bien: no se separen en ningún momento. Si alguien los detiene, no den sus nombres reales, no digan de dónde vienen. Solo repitan que van a visitar a unos parientes. Si algo sale mal, busquen el refugio que está marcado en el papel que les daré: es una cabaña junto al río, y allí nadie los buscará.

Lorenzo guardó el sobre con los documentos nuevos en el bolsillo más seguro de su chaqueta, y miró a Vicent con respeto y gratitud.

—No olvidaremos lo que hace por nosotros. Si algún día podemos devolvérselo…

—No tendrán que —lo cortó él suavemente—. Solo vivan en paz. Eso será suficiente para mí.

Antonia respiró hondo, sintió el aire fresco de la noche en el rostro y asintió con determinación. Ya no había duda, ya no había miedo paralizante. Solo había un camino por delante.

—Estamos listos. Vamos.

Vicent cerró la puerta del coche tras ellos, dio una última mirada a su alrededor para asegurarse de que nadie los observaba, y se puso al volante. El motor arrancó suavemente, y el vehículo se deslizó por las calles oscuras, alejándose poco a poco de la ciudad que había sido su prisión, rumbo a un futuro incierto… pero libre.

 

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