Hades, el dios del inframundo, jamás imaginó que podría enamorarse de una mortal. Pero cuando sus ojos se encontraron con los de ella, todo cambió. A escondidas de los dioses, se casaron y esperaron juntos la llegada de su hijo.
Sin embargo, su amor despertó el temor de los dioses, quienes creyeron que aquella unión amenazaba el equilibrio del mundo. Engañaron a Hades para alejarlo y, mientras él estaba ausente, le arrebataron a su esposa y a su hijo antes de que pudiera conocerlo.
Consumido por el dolor y la sed de venganza, Hades juró hacer pagar a los responsables. Pero Perséfone, cegada por los celos, lanzó una maldición sobre los amantes: estarían destinados a encontrarse en cada nueva vida, solo para perderse una y otra vez.
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EL DIOS QUE NO SABÍA AMAR
El inframundo nunca dormía.
Bajo un cielo sin estrellas, los ríos de almas atravesaban tierras oscuras, las sombras vagaban sin rumbo y los lamentos de los muertos se perdían entre las columnas de obsidiana del palacio. Allí, en un trono tallado en piedra negra, Hades observaba su reino con la misma expresión de indiferencia que había mantenido durante siglos.
Era el señor de los muertos. El guardián de un mundo del que nadie regresaba por voluntad propia.
Los dioses del Olimpo temían su poder, los mortales pronunciaban su nombre en voz baja y las almas que llegaban a sus dominios comprendían demasiado tarde que no existía súplica capaz de cambiar su destino.
Hades estaba acostumbrado a todo aquello.
A las súplicas.
Al miedo.
A la soledad.
Especialmente a la soledad.
—Mi señor.
La voz de uno de sus guardianes interrumpió sus pensamientos.
Hades no levantó la mirada.
—Habla.
—Los informes del límite occidental han sido revisados. No hay alteraciones en el paso de las almas.
—Entonces, ¿por qué me interrumpes?
El guardián bajó la cabeza.
—Perdone, mi señor. Pensé que debía informarle personalmente.
Hades alzó finalmente los ojos. No necesitó decir nada más. El guardián retrocedió, hizo una reverencia y desapareció entre las enormes puertas del salón.
Cuando volvió a quedarse solo, Hades apoyó un brazo sobre el trono y cerró los ojos.
Había pasado siglos escuchando las mismas voces y contemplando los mismos paisajes. Su reino funcionaba como debía. Ninguna alma escapaba de su destino y ninguna deidad se atrevía a desafiar abiertamente sus órdenes.
Sin embargo, últimamente, aquella eternidad comenzaba a resultarle insoportable.
No porque deseara morir. La muerte no tenía poder sobre quien la gobernaba.
Lo que deseaba era dejar de existir, aunque fuera por unos días, dentro de aquella rutina interminable.
Quería silencio.
Un silencio verdadero, lejos de las almas, de los dioses y de las obligaciones que lo mantenían encadenado a su propio trono.
Y, por primera vez en mucho tiempo, decidió concederse ese capricho.
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—¿Pretendes abandonar tu reino?
Zeus contempló a su hermano con evidente incredulidad. Sentado en su trono dorado, el rey del Olimpo parecía incapaz de comprender cómo alguien podía cansarse de gobernar un dominio tan poderoso.
Hades permaneció de pie frente a él, vestido de negro, con una capa oscura que rozaba el suelo de mármol.
—No voy a abandonarlo. Estaré ausente durante unos días. Mis guardianes seguirán cumpliendo sus funciones.
—¿Y dónde piensas ir?
—Eso no es asunto tuyo.
Zeus soltó una risa breve.
—Siempre tan amable.
—Y tú siempre tan entrometido.
La sonrisa de Zeus se desvaneció un poco.
Entre los hermanos nunca había existido una relación sencilla. Compartían sangre y parte de su historia, pero sus maneras de gobernar eran distintas. Zeus necesitaba que el mundo contemplara su poder. Hades no necesitaba que nadie lo admirara; le bastaba con que nadie olvidara temerlo.
—No puedes marcharte sin más —insistió Zeus—. Hay asuntos que requieren tu presencia.
—Entonces resuélvelos tú.
—Soy el rey de los dioses.
—Y, aun así, necesitas recordármelo cada vez que abres la boca.
Un silencio incómodo cayó sobre el salón.
Hades se dio la vuelta.
—No tardaré en regresar.
—Hermano.
Se detuvo, aunque no se volvió.
—No olvides quién eres.
Por un instante, Hades permaneció inmóvil.
Después respondió con una frialdad capaz de helar el aire.
—Créeme, Zeus. Eso es precisamente lo que más me gustaría hacer.
Y se marchó.
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El mundo de los mortales era diferente de cuanto Hades había conocido.
No era más hermoso que el Olimpo ni más impresionante que su propio reino. Era caótico, frágil y, en muchos lugares, cruel. Los humanos nacían sin comprender por qué, amaban sin garantías y morían sin haber conseguido todo aquello que deseaban.
Y, aun así, seguían viviendo.
Hades observaba sus costumbres desde las sombras mientras recorría las calles de una pequeña ciudad. Había adoptado una apariencia humana para no llamar la atención: cabello oscuro, rostro severo, ojos tan profundos que resultaba difícil sostenerles la mirada.
Su presencia no pasaba completamente desapercibida. Había algo en él que provocaba que las personas se apartaran a su paso, como si una parte de su instinto reconociera un peligro que sus ojos no podían identificar.
A Hades no le importaba.
No había viajado hasta allí para hacer amigos.
Solo quería unos días de tranquilidad.
Al caer la tarde, llegó a una plaza rodeada de edificios antiguos. Los comerciantes recogían sus mercancías, los niños corrían detrás de una pelota y varias parejas caminaban tomadas de la mano.
Hades se detuvo frente a una fuente.
El agua reflejaba los últimos tonos dorados del sol.
Era extraño contemplar algo tan sencillo sin escuchar los lamentos de los muertos de fondo.
—¡Cuidado!
La advertencia llegó demasiado tarde.
Una joven dobló la esquina corriendo y chocó contra él. El golpe la hizo retroceder y estuvo a punto de caer, pero Hades la sujetó del brazo antes de que tocara el suelo.
Durante un instante, ninguno de los dos habló.
Ella levantó la cabeza.
Y Hades la miró.
Tenía los ojos del color de la miel bajo la luz del atardecer y algunos mechones de cabello escapaban del peinado que, evidentemente, había intentado mantener en orden. Respiraba deprisa y llevaba un libro apretado contra el pecho.
No había nada sobrenatural en su apariencia.
Ninguna corona.
Ningún poder divino.
Ningún signo que explicara por qué, de pronto, el ruido de la plaza pareció desaparecer para él.
La joven parpadeó, sorprendida, antes de apartarse con cuidado.
—Lo siento muchísimo. No estaba mirando por dónde iba.
Hades no respondió.
Seguía observándola, desconcertado por una sensación que no sabía reconocer.
Había visto nacer y morir civilizaciones. Había presenciado guerras, traiciones y juramentos que los humanos olvidaban al cabo de unos años. Nada de aquello lo había preparado para ese instante absurdo en el que una desconocida parecía haber capturado toda su atención sin hacer absolutamente nada.
—¿Se encuentra bien? —preguntó ella.
Hades tardó un segundo en reaccionar.
—Sí.
—Menos mal. —La joven soltó el aire y miró el libro que aún sostenía—. Aunque creo que mi libro ha sufrido más que usted.
Él bajó la mirada hacia la cubierta, que se había doblado ligeramente.
—Sobrevivirá.
Ella sonrió.
No fue una sonrisa calculada ni una de esas expresiones que los mortales utilizaban para conseguir favores. Fue espontánea, luminosa y tan breve que Hades sintió el extraño impulso de pedirle que volviera a sonreír.
El pensamiento lo irritó.
¿Qué clase de estupidez era aquella?
—Bueno, entonces… gracias por evitar que terminara en el suelo.
—Deberías mirar por dónde caminas.
La joven arqueó una ceja.
—Y usted debería aprender a decir «de nada».
Hades la miró con una mezcla de sorpresa e incredulidad.
Los mortales solían bajar la cabeza ante él sin saber siquiera por qué. Aquella mujer acababa de reprocharle sus modales como si fuera cualquier hombre que hubiera encontrado en la calle.
Y lo peor era que no parecía tenerle miedo.
—Tienes una lengua bastante atrevida —comentó.
—Y usted una cara bastante seria. Supongo que todos tenemos nuestros defectos.
Por primera vez en siglos, Hades no encontró una respuesta inmediata.
La joven aprovechó su silencio para acomodar el libro contra su pecho.
—Que tenga una buena tarde, señor Cara de Funeral.
Y se marchó.
Así.
Sin preguntar su nombre.
Sin inclinar la cabeza.
Sin imaginar que acababa de insultar al dios que gobernaba a los muertos.
Hades permaneció junto a la fuente mientras la veía alejarse entre la multitud. Podría haberla detenido. Podría haberle exigido que se disculpara. Podría haber hecho que todos los habitantes de aquella plaza se arrodillaran con una sola orden.
No hizo ninguna de esas cosas.
En cambio, se descubrió siguiendo con la mirada el lugar por donde había desaparecido.
—¿Cara de funeral? —murmuró para sí.
La expresión que cruzó su rostro no llegó a ser una sonrisa, pero estuvo peligrosamente cerca.
Después recuperó la seriedad y se obligó a continuar su camino.
No volvería a verla.
Eso pensó.
Y fue el primero de sus muchos errores.
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Aquella noche, Hades se hospedó en una residencia apartada de la ciudad. No necesitaba dormir, pero había decidido respetar las costumbres humanas mientras permaneciera entre ellos.
Se sentó junto a la ventana abierta y contempló las luces que brillaban a lo lejos.
La ciudad estaba llena de vida.
Desde su habitación llegaban fragmentos de conversaciones, risas y música. Sonidos insignificantes que, en otras circunstancias, le habrían resultado molestos.
Pero sus pensamientos regresaban una y otra vez a unos ojos color miel y a una voz que no había mostrado el menor temor al enfrentarse con él.
Aquello no tenía sentido.
Era una mortal.
Una vida breve entre millones de vidas breves. En unas décadas, quizá menos, su existencia habría terminado y su alma llegaría a las puertas del inframundo. Hades la recibiría como recibía a todas las demás.
Sin privilegios.
Sin excepciones.
Sin recordar aquel encuentro.
Eso era lo correcto.
Eso era lo que debía ocurrir.
Cerró la ventana con más fuerza de la necesaria y se alejó.
No sabía su nombre.
No sabía dónde vivía.
Ni siquiera sabía si volvería a cruzarse con ella.
Sin embargo, cuando se tendió en la cama, descubrió que llevaba demasiado tiempo pensando en una desconocida.
Y por primera vez en toda su existencia, el dios del inframundo se enfrentó a algo que no podía ordenar, castigar ni encerrar bajo tierra.
La curiosidad.
Al otro lado de la ciudad, la joven dejó su libro sobre una mesa y se llevó una mano a la frente.
—Cara de funeral… —repitió, avergonzada al recordar lo que había dicho—. ¿Por qué tengo que hablar antes de pensar?
Sacudió la cabeza, se rio de sí misma y apagó la lámpara.
Para ella, el encuentro no había sido más que un accidente extraño con un hombre demasiado serio.
Para Hades, en cambio, había sido el comienzo de algo que ningún dios había previsto.
Y el destino, que hasta entonces había permanecido en silencio, acababa de dar su primer paso hacia la tragedia.