La criaron en la mansión Blackwood, entre los cinco herederos destinados a protegerla. Ayla lo dio todo por esa manada: su lealtad, su don de sangre curativa, su corazón. Hasta que una desconocida llegó con una sonrisa dulce y una mentira perfecta, y uno a uno, los cinco le dieron la espalda.
Acusada, humillada y desechada como si nunca hubiera importado, Ayla no suplica. No llora frente a ellos. Se pone de pie ante toda la manada y pronuncia las únicas palabras que pueden romperlos: los rechaza. A los cinco. En voz alta.
Pero el destino tenía otros planes para la huérfana de ojos plateados. Porque hay un Alfa Supremo que la reconoció desde el primer instante. Porque en su sangre duerme un linaje que creían extinto. Y porque la joven a la que despreciaron no era una omega cualquiera: era la heredera que podía cambiarlo todo.
Cuando la verdad sobre su origen salga a la luz, los que la abandonaron descubrirán, demasiado tarde, a quién dejaron ir.
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Capítulo 18 — El prometido de la Luna
La puerta del Gran Salón se cerró.
El sonido resonó como el cierre de una era.
Durante algunos segundos, nadie se movió.
Nadie habló.
Los invitados aún intentaban procesar todo lo que acababa de suceder.
Los cinco herederos se habían marchado.
Selena se había marchado.
Y los vínculos que unían a Ayla con los hijos de Magnus habían sido destruidos ante toda la manada.
El silencio se volvió casi sofocante.
Entonces Ayla respiró hondo.
Y caminó hasta el centro del salón.
Todas las miradas se volvieron hacia ella.
Magnus observaba a su ahijada.
Orgulloso.
Pero también triste.
Porque sabía que aquella decisión había costado caro.
Muy caro.
Aun así, Ayla no vaciló.
Alzó el mentón.
—Como todos acaban de presenciar...
Su voz resonó por el salón.
Firme.
Segura.
—El pacto firmado entre los cinco herederos de la manada Luna de Plata y yo llegó a su fin.
Los ancianos asintieron.
El rechazo había sido aceptado por la Diosa de la Luna.
No había vuelta atrás.
No había forma de deshacerlo.
Ayla continuó.
—Sin embargo, esta noche no representa solo un cierre.
Representa también un nuevo comienzo.
Los invitados intercambiaron miradas.
Magnus sonrió discretamente.
Él ya sabía lo que vendría.
Pero la mayoría no.
Y eso lo haría todo aún más impactante.
—Hace algunos meses...
Recibí una propuesta de unión.
Los murmullos empezaron de inmediato.
Ayla dejó que continuaran.
Después prosiguió.
—Una propuesta que acepté.
El salón entero quedó en silencio.
Hasta los músicos se habían detenido.
—Mi boda se realizará dentro de siete días.
La sorpresa se esparció por los rostros presentes.
Siete días.
Exactamente el mismo plazo mencionado por los herederos antes de partir.
Pero Ayla todavía no había terminado.
—Y mi futuro compañero no pertenece a la manada Luna de Plata.
Magnus observó a los invitados contener la respiración.
Ayla se giró.
Su mirada encontró a Xavier.
Los ojos dorados de él permanecían fijos en ella.
Como si nada más existiera alrededor.
—Mi futuro esposo es el Alfa Xavier Blackthorne.
El impacto fue inmediato.
Algunas personas llegaron a levantarse.
Otras dejaron caer sus copas.
Los ancianos quedaron inmóviles.
Porque todos conocían aquel nombre.
Todos conocían las historias.
El Alfa Supremo.
El gobernante de la manada Obsidiana.
El hombre más poderoso del continente.
Ayla caminó hasta Xavier.
Y se detuvo a su lado.
—Dentro de siete días, partiré hacia la manada Obsidiana.
Mi boda se realizará allí.
Y, tras esa ceremonia, dejaré definitivamente la manada Luna de Plata.
El silencio que siguió fue absoluto.
Aquella era la verdadera despedida.
No solo de los herederos.
Sino de la vida que conocía.
De la casa donde había crecido.
Del lugar donde vivió durante años.
Magnus sintió una punzada en el pecho.
Pero no intentó impedirlo.
Porque sabía que ella merecía volver a empezar.
Y porque, por primera vez en mucho tiempo, Ayla parecía feliz.
Xavier dio un paso al frente.
Su aura se esparció por el salón.
No como amenaza.
Sino como protección.
—A partir de hoy, cualquier ofensa dirigida a Ayla será considerada una ofensa a la manada Obsidiana.
La declaración provocó otro impacto.
Aquello significaba una sola cosa.
Ella ya estaba bajo su protección.
Y nadie sería tan tonto como para desafiar a la Obsidiana.
Mientras tanto...
A kilómetros de allí.
Los cinco herederos llegaban al hospital central de la región.
Kael cargaba a Selena en brazos.
Finn caminaba a su lado.
Lucien iba detrás.
Todos parecían preocupados.
Todos parecían tensos.
Y a Selena le encantaba aquello.
Por dentro.
Porque por fuera seguía actuando.
Respiración débil.
Ojos entrecerrados.
Cuerpo aparentemente debilitado.
Una actuación impecable.
En cuanto cruzaron las puertas del hospital, los curanderos corrieron a recibirlos.
—Pónganla aquí.
Se preparó una camilla.
Selena permitió que la recostaran.
—Por favor...
Sálvenla...
Finn le sostuvo la mano.
—Todo va a estar bien.
Selena casi sonrió.
Casi.
Pero mantuvo la expresión de sufrimiento.
Todo estaba sucediendo exactamente como lo había planeado.
Los cinco herederos habían abandonado a Ayla.
Una vez más.
La ceremonia había sido interrumpida.
Una vez más.
Y ahora estaban todos ahí.
Preocupados solo por ella.
Una vez más.
O al menos eso era lo que ella creía.
Algún tiempo después, un curandero entró en la habitación.
Examinó a Selena.
Hizo preguntas.
Realizó pruebas.
Entonces miró a los herederos.
—Está bien.
El silencio fue inmediato.
—¿Qué? —preguntó Darius.
—Las heridas son superficiales.
Nada grave.
Selena se congeló.
Pero logró disimularlo.
—¿Está seguro?
—Absolutamente.
El hombre recogió sus instrumentos.
—Puede recibir el alta mañana.
En cuanto el curandero salió, la habitación se hundió en silencio.
Los cinco intercambiaron miradas.
Algo no parecía estar bien.
De nuevo.
Selena lo notó.
Y eso la puso nerviosa.
Muy nerviosa.
—Yo...
Tal vez exageré un poco...
—¿Un poco? —murmuró Rowan.
La joven empezó a llorar de inmediato.
—¡Estaba asustada!
—Claro.
La respuesta de Kael fue extrañamente fría.
Selena sintió un escalofrío.
Aquello era nuevo.
Muy nuevo.
Porque Kael solía defenderla.
Ahora parecía cansado.
Desconfiado.
Distante.
Esa misma noche, muy lejos de allí, dentro de la fortaleza de la manada Obsidiana, un grupo de guerreros aguardaba órdenes.
Y frente a ellos había una enorme mesa de piedra.
Sobre la mesa había decenas de cristales mágicos.
Cristales raros.
Capaces de almacenar imágenes.
Voces.
Recuerdos.
Uno de los guerreros se arrodilló.
—Alfa.
Xavier observaba las grabaciones.
Una tras otra.
Selena fingiendo caer.
Selena escondiendo objetos robados.
Selena sobornando al médico.
Selena conversando con su madre.
Selena planeándolo todo.
Cada mentira.
Cada manipulación.
Cada trampa.
Todo estaba registrado.
Todo.
—Sigan observando.
La orden fue simple.
—Sí, Alfa.
El guerrero vaciló.
—¿Cuándo piensa mostrarles esto a los herederos?
Los ojos dorados se fijaron en una de las imágenes.
Selena sonriendo después de casi matar a Ayla.
—Todavía no.
—¿Por qué?
Xavier se apoyó en la silla.
—Porque todavía no han aprendido lo suficiente.
El guerrero comprendió de inmediato.
Aquello no era solo un castigo.
Era una lección.
Una lección dolorosa.
Y cuando toda la verdad finalmente saliera a la luz...
Los cinco herederos entenderían exactamente lo que habían destruido.
Pero en ese momento...
Todavía era temprano.
Muy temprano.
Y Selena caminaba directo hacia su propia ruina sin darse cuenta.