Un amor del pasado. Un secreto doloroso. Y una voz que necesita ser escuchada.
Para el mundo criminal, Matteo Vitale es «El Lobo de Roma»: un capo despiadado, frío y sin corazón. Pero tras las puertas de su mansión, Matteo es solo un padre desesperado por proteger a Leo, su pequeño de siete años. Marcado por una traición desgarradora y traumatizado por los maltratos de su verdadera madre, el niño ha quedado sumido en un silencio absoluto y solo confía en Matteo.
Matteo juró no volver a abrir su corazón a nadie, hasta que Chiara Romano regresa a Italia tras diez años de ausencia.
Chiara ya no es la jovencita que él recordaba; ahora es una mujer independiente, experta en armamento, segura de sus curvas y con un espíritu vibrante que no se deja intimidar por la mafia. Sin lástima ni presiones, su calidez y su risa comienzan a derribar las defensas del pequeño Leo y a desafiar la armadura de hielo de Matteo.
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Capítulo 2: Vientos de cambio y la llegada del "Loro"
La residencia de la familia Romano, ubicada en la zona exclusiva de las afueras de Roma, era un hervidero de movimiento y tensión contenida. Los pasillos de mármol pulido y los techos altos decorados con frescos renacentistas resonaban con los pasos apurados del personal de servicio. Giordano Romano, el patriarca y uno de los proveedores de armamento pesado más respetados y temidos de Europa, no escatimaba en gastos cuando se trataba de celebrar. Y esa noche, la razón lo valía: su hija Chiara volvía a pisar suelo italiano tras diez años al frente de las operaciones comerciales de la familia en el extranjero.
En el ala oeste de la mansión, dentro de un vestidor de dimensiones ridículas rodeado de espejos de cuerpo entero y luces cálidas, Isabella Romano suspiraba con fastidio por tercera vez en menos de cinco minutos. A sus treinta años, la hermana mayor de los Romano no conocía el significado de la palabra trabajo. Su día a día se resumía en compras en la Via Condotti, tratamientos de belleza y gastar sin miramientos el dinero de su padre.
—¡Es insoportable este calor de mierda! —exclamó Isabella, abanicándose con una mano cargada de anillos de diamantes mientras observaba la hilera de vestidos de alta costura desplegados sobre la cama—. amiga, pásame el vestido de terciopelo negro. No, mejor el rojo de Versace. Tengo que verme impactante. Matteo Vitale va a estar en la cena y no pienso permitir que me mire como si fuera una cualquiera.
Isabella se alisó el cabello perfectamente rubio frente al espejo, ajustando el escote pronunciado de su prenda. Llevaba años intentando llamar la atención del Lobo de Roma, convencida de que su estatus, su elegancia superficial y su apellido la convertían en la candidata perfecta para convertirse en la mujer del Capo. Poco le importaba la reputación fría de Matteo o el misterio que rodeaba su vida privada; a ella solo le interesaba la fortuna de los Vitale, el poder de la familia y el lugar que ocuparía al lado del hombre más imponente de la mafia italiana.
Antes de que pudiera seguir quejándose de la temperatura o del peinado, el eco de una carcajada genuina, alta y contagiosa retumbó desde el pasillo.
La puerta del vestidor se abrió de golpe y la energía del lugar cambió por completo.
Chiara Romano entró a la habitación entre risas, acompañada por su hermano Alejandro —el mejor amigo de Matteo— y por Vanesa, su mano derecha e inseparable socia de negocios.
A sus veintiocho años, Chiara no se parecía en nada al estándar de belleza rígido y acartonado que reinaba en las altas esferas del crimen organizado. Era una mujer bajita, pero su presencia llenaba cualquier espacio de inmediato. Su piel clara contrastaba con una melena kilométrica de color marrón intenso que caía en ondas desenfadadas sobre sus hombros. Sus ojos, de un tono miel cálido y brillante, transmitían una expresividad casi peligrosa: no sabía ocultar lo que pensaba. Sus labios, carnosos y pintados de un rojo profundo, se curvaban con soltura en una sonrisa confiada. Y luego estaba su cuerpo. Poseía una figura de curvas pronunciadas, caderas anchas, busto generoso y muslos firmes que muchos en su entorno consideraban "de más", pero que para ella eran la definición exacta de la perfección y la comodidad. No intentaba disimular su cuerpo con cortes sueltos ni ropa aburrida; al contrario, vestía un traje de dos piezas de corte impecable en color verde esmeralda que resaltaba su silueta con una seguridad aplastante.
—Te juro, Ale, que si el inspector de la aduana de Hamburgo vuelve a poner un pero a los papeles de los fusiles, le meto el sello por el... —Chiara se interrumpió al ver a su hermana, soltando otra risa corta—. Vaya, Isabella. Veo que te pusiste el armario entero encima para una simple cena de negocios.
—No es una simple cena, Chiara —espetó Isabella, mirándola de arriba abajo con evidente desdén, deteniendo la vista en la curva de sus caderas—. Es la recepción para los Vitale. Vuelves después de diez años y parece que se te olvidó cómo vestirte para impresionar a hombres de verdad. Ese traje te marca demasiado, por si no te has dado cuenta.
Chiara ni pestañeo. Se acomodó el saco del traje con total elegancia, caminó hacia la mesa de licores y se sirvió un sorbo de whisky sobre hielo sin pedir permiso.
—A mí no me hace falta impresionar a nadie con tela transparente, querida —respondió Chiara guiñándole un ojo a Vanesa, quien disimuló una sonrisa detras de una carpeta—. Los hombres con los que yo trato no me miran la ropa; me miran las manos porque saben que puedo armar un calibre cincuenta en menos de veinte segundos. Y créeme, mis curvas están exactamente donde tienen que estar.
Alejandro soltó una carcajada y le pasó un brazo por los hombros a su hermana menor, despeinándole el cabello con afecto.
—Déjala, Isabella. Chiara viene de cerrar el contrato de logística más grande del norte de Europa. Si Matteo Vitale quiere hablar de negocios, va a tener que hablar con ella, no con tus vestidos.
—¡Ustedes son insoportables! —gruñó Isabella, dando un taconazo antes de salir del vestidor en busca de su perfume.
El gran salón de banquetes de la residencia Romano estaba decorado con una elegancia imponente. La larga mesa de madera maciza estaba dispuesta para recibir a los líderes de ambas familias y a sus socios más cercanos. Hombres en trajes oscuros, con la mirada atenta y las armas ocultas bajo la ropa, caminaban por el perímetro del salón.
Cuando la familia Vitale hizo su entrada, el ambiente se volvió denso. Alonzo caminaba al frente, saludando con un abrazo fraternal a su viejo amigo Giordano Romano. Detrás de ellos venía Matteo y el pequeño Leo, caminando con la parsimonia de quien se sabe dueño de cada metro cuadrado que pisa. Lucía impecable en un traje gris oscuro que marcaba la amplitud de su tórax y la dureza de sus facciones. A su lado, Edans mantenía la guardia, escaneando el lugar con profesionalismo.
Matteo no estaba allí para socializar. Si mente estaba en Leo y en los informes de seguridad del puerto. Aceptó una copa de vino de la bandeja de un camarero con un asentimiento seco y se mantuvo al margen de la conversación, escuchando a su padre y a Giordano discutir detalles menores sobre la producción de cartuchos.
Fue entonces cuando la escuchó.
—...porque el problema de los motores alemanes en los camiones blindados no es la potencia, Giordano, ¡es el sistema de enfriamiento! —la voz femenina resonaba clara, alta y llena de un dinamismo que desentonaba por completo con la rigidez del lugar—. Si no le cambian los radiadores antes de enviarlos a la montaña, los muchachos van a terminar tirados en medio del barro con tres toneladas de armamento encima. Es de sentido común.
Matteo giró la cabeza despacio.
A pocos metros de distancia, Chiara estaba rodeada por tres de los capitanes más veteranos de los Romano, además de su amigo Alejandro y Vanesa. Hablaba gesticulando con las manos, riéndose de sus propias anécdotas, opinando de logística marítima, de especificaciones técnicas de rifles de francotirador y hasta del rendimiento de los últimos modelos de autos deportivos que habían llegado a Roma. No pedía la palabra; la tomaba. No bajaba la voz; la usaba con soltura, haciendo que todos a su alrededor la escucharan.
Matteo apretó el tallo de cristal de su copa. Los recuerdos de su juventud chocaron de frente con la realidad.
En su memoria, la hija menor de Giordano Romano era apenas una mocosa de dieciocho años: flacucha, hiperactiva, que solía correr por los jardines de la propiedad interrumpiendo los entrenamientos de tiro de su hermano Alejandro. Una niña a la que apenas le había prestado atención antes de que se marchara al extranjero.
Pero la mujer que tenía enfrente no guardaba la menor relación con ese recuerdo.
Su mirada recorrió la figura de Chiara sin disimulo. Vio la curva pronunciada de su cadera marcada por el pantalón verde esmeralda, la firmeza de su postura y la manera en que sus ojos color miel brillaban con una picardía absoluta mientras le ganaba una discusión técnica a un veterano de la mafia. Tenía los labios pintados de un rojo provocativo y una boca que parecia no tener un botón de apagado.
—Habla demasiado —murmuró Matteo entre dientes, con un tono rasposo y cargado de molestia.
Edans, que estaba a su lado, siguió la dirección de su mirada y soltó una pequeña sonrisa de medio lado.
—Es Chiara Romano. Regresó esta mañana. Parece que se hizo cargo de toda la división de distribución en Alemania y España. Giordano dice que multiplicó las ganancias de la familia por tres.
—Me importa un demonio sus ganancias —contestó Matteo fríamente, dando un trago a su vino—. Parece una cacatúa. Un loro insoportable al que nadie le enseñó a quedarse callado en una mesa de hombres.
—Bueno, el "loro" acaba de corregir a tu jefe de taller sobre el calibre de los cartuchos de prueba —apuntó Edans con ironía—. Y por lo que veo, no tiene la menor intención de pedir disculpas.
En ese momento, como si hubiera sentido el peso de los ojos grises clavados en su espalda, Chiara se giró lentamente.
Sus ojos color miel se encontraron de lleno con la mirada helada y penetrante de Matteo Vitale.
Cualquier otra mujer dentro del círculo de la mafia habría bajado la vista de inmediato, intimidada por la presencia abrumadora del Lobo de Roma. Isabella, de hecho, acababa de posicionarse estratégicamente al lado de Matteo, luciendo su vestido rojo y sonriéndole de forma ensayada, esperando una simple mirada del Capo.
Pero Chiara no bajó la cabeza.
En lugar de intimidarse, los labios carnosos de la joven Romano se curvaron en una sonrisa amplia, divertida y cargada de desafío. Le sostuvo la mirada al hombre más peligroso de Italia durante tres segundos eternos, levantó su copa de whisky en un brindis silencioso a la distancia y le dedicó un guiño coqueto antes de volver a enfrascarse en su conversación a carcajadas con los capitanes.
Matteo sintió un tirón involuntario en el músculo de su mandíbula. Apreto los dientes con fuerza, irritado por la soltura con la que esa mujer acababa de ignorar su aura de dominancia.
—No va a durar dos días en Roma con esa actitud —sentenció el Capo en voz baja, dando la vuelta para darle la espalda a la escena.
Lo que Matteo Vitale no sospechaba era que esa "cacatúa parlanchina" no solo no pensaba callarse, sino que estaba a punto de irrumpir en su vida para derribar, una por una, todas las reglas de su santuario de hielo.
Edans te soltó la bomba 💣💣💣 Vanessa sin filtro ahora veremos que le dirás 🤔🤔🤔❓❓❓
Ahora sí viene la fiesta de compromiso de Chiara y Matteo por fin.
Matteo ahora después de esa confesión te liberaste porque Chiara no se asustó sino que te respaldó por lo que hiciste.