Cuando U-jin partió al extranjero para convertirse en una abogada impecable y Jeong decidió quedarse a construir desde cero su sueño entre harinas y hornos, ambas creyeron que el tiempo se encargaría de diluir lo que sentían. Durante años, sus vidas transcurrieron en universos paralelos: U-jin conquistando el exigente mundo de las leyes con elegancia y determinación; Jeong convirtiendo su pequeña pasión en la cafetería y repostería más aclamada de la ciudad, mientras intentaba descifrar un vacío en su corazón que ningún éxito lograba llenar.
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Revelaciónes
El crujido leve de las tablas de madera recién instaladas rompía el silencio del despacho en construcción. Jeong miró la hora en su reloj de pulsera y dejó escapar un suspiro corto, ajustándose el cuello de la chaqueta de cuero.
—Me gustaría quedarme a ayudarte a revisar los planos, pero tengo que volver a Lumière —dijo Jeong, fijando su mirada grave y serena en U-jin—. Tengo una reunión con los proveedores de insumos para ajustar los gastos del próximo mes y cerrar algunos presupuestos.
—Lo entiendo perfectamente, la administración no espera —respondió U-jin, acompañándola hacia la salida con paso pausado—. Gracias por venir, Jeong-ah. De verdad me sirvió mucho escuchar tu perspectiva.
—Para eso estoy. Prométeme que nos veremos pronto para cenar con calma, sin papeles ni obras de por medio —añadió Jeong. Le ofreció una sonrisa cálida, le dio un apretón firme en el hombro en señal de despedida y se alejó a pasos largos por la acera, proyectando esa postura erguida e imponente que tanto la caracterizaba.
U-jin se quedó en el marco de la puerta un par de segundos, observando cómo la figura de Jeong se perdía en la esquina de la calle. Sintiéndose extrañamente inquieta, regresó al interior de la casa.
—¡Qué muchacho tan apuesto y atento! —exclamó una voz pausada desde el pasillo.
La abuela de U-jin salía de la cocina con dos tazas de té en una bandeja. Sus ojos arrugados por los años brillaban con una picardía tierna mientras acomodaba la bandeja sobre una caja de cartón.
—Hacían una pareja preciosa ahí parados junto al ventanal —continuó la anciana, sonriendo con ternura—. Se nota que te cuida mucho. Hacía tiempo que no te veía mirar a alguien con tanta atención, mi niña.
Un rubor tibio y repentino encendió las mejillas de U-jin. Dio un paso atrás, ajustándose el abrigo con cierta torpeza mientras intentaba recuperar la compostura.
—Abuela, no... te estás equivocando —dijo U-jin, dejando escapar una sonrisa tímida y bajando la mirada para ocultar su sonrojo—. No es un muchacho. Es Jeong, mi amiga de la escuela. La chica de la que te hablaba por teléfono cuando estaba en el extranjero.
La abuela se detuvo un momento, observando el rastro de turbación en el rostro de su nieta y la forma en que sus dedos jugaban con el borde de su blusa. Lejos de sorprenderse o rectificar con frialdad, la anciana sonrió con suavidad y dio un sorbo a su té.
—¿Y acaso eso importa para amar a alguien con el corazón? —preguntó la abuela en voz baja, con un tono lleno de sabiduría y afecto genuino.
U-jin se quedó helada. La frase resonó en el amplio espacio de la planta baja, dejando un eco profundo en su pecho. Abrió los labios para responder, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta mientras el recuerdo del agarre firme de Jeong y la calidez de su mirada volvían a inundarle la mente.