Clarisa Hernández llegó a una universidad de élite para cambiar su destino, pero su humilde apellido se convierte en el mayor obstáculo de su vida.
Una noche junto a Samuel Flores, un poderoso y frío empresario, cambia todo cuando descubre que está embarazada.
Samuel le ofrece un matrimonio por contrato: ella obtendrá seguridad para su hijo y él conseguirá la esposa que necesita.
Pero hay una regla que ninguno puede romper: no enamorarse.
Lo que comenzó como un simple acuerdo pronto se convertirá en un peligroso juego de secretos, deseo y sentimientos que ninguno podrá controlar.
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Capítulo 4: El hombre del traje negro
Clarisa permaneció inmóvil frente a Samuel.
La tarjeta seguía entre sus dedos.
Samuel Flores. Presidente Ejecutivo de Flores Group.
Ahora entendía por qué aquel hombre había transmitido tanta seguridad desde el primer momento.
No era simplemente un desconocido elegante que había conocido en una cafetería.
Era uno de los empresarios jóvenes más importantes de la ciudad.
Y ella acababa de decirle que no necesitaba su ayuda.
—No sabía quién eras —admitió finalmente.
—Lo imaginé.
—Si lo hubiera sabido...
—¿Habrías hablado conmigo de otra manera?
Clarisa lo pensó.
—Probablemente.
Samuel sonrió ligeramente.
—Entonces prefiero que no lo supieras.
Clarisa volvió a mirar la tarjeta.
—¿Por qué?
—Porque así pude conocer a Clarisa y no a la estudiante que piensa que debe impresionarme porque soy Samuel Flores.
Ella levantó la mirada.
Aquella respuesta la tomó por sorpresa.
—No necesito impresionar a nadie.
—Eso ya lo sé.
—Entonces, ¿por qué quieres contratarme?
Samuel permaneció en silencio durante unos segundos.
—Porque tienes talento.
Clarisa no esperaba escuchar aquello.
—¿Me conoces lo suficiente para decir eso?
—No.
—Entonces...
—Pero he visto tu hoja de vida.
Clarisa frunció el ceño.
—¿Mi hoja de vida?
Samuel asintió.
—La revisé esta mañana.
—¿Cómo la conseguiste?
Samuel evitó responder directamente.
—Tengo mis medios.
Clarisa sintió cierta incomodidad.
—Eso no me tranquiliza.
—No pretendía hacerlo.
Por primera vez, ella sonrió.
Samuel también.
Fue apenas un instante.
Pero ninguno de los dos pasó por alto aquella pequeña conexión.
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—Quiero ofrecerte un puesto como asistente administrativa temporal —continuó Samuel—. Podrás trabajar y estudiar al mismo tiempo.
Clarisa abrió los ojos.
—¿En Flores Group?
—Sí.
—¿Y cuánto pagarían?
Samuel le indicó una cifra.
Clarisa quedó sorprendida.
Era mucho más de lo que esperaba.
—Es demasiado.
—Es el salario correspondiente al puesto.
—Pero no tengo experiencia suficiente.
—Tienes preparación.
—No es lo mismo.
—Para mí sí.
Clarisa lo observó cuidadosamente.
—¿Y por cuánto tiempo sería?
—Tres meses inicialmente.
—¿Y después?
—Dependerá de tu desempeño.
Clarisa bajó la mirada.
Aquello podía cambiar muchas cosas.
Podría ayudar a su madre.
Podría pagar sus gastos.
Podría dejar de preocuparse constantemente por el dinero.
Pero algo seguía sin convencerla.
—¿Hay alguna condición?
Samuel la miró.
—Una.
Clarisa sintió que su entusiasmo desaparecía.
—¿Cuál?
—Quiero que seas completamente honesta conmigo.
Ella soltó una pequeña risa.
—Eso no parece una condición laboral.
—Lo es para mí.
—¿Por qué?
Samuel se acercó un poco.
—Porque no tolero las mentiras.
Clarisa sostuvo su mirada.
—Entonces no tendremos problemas.
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Dos horas después, Clarisa llegó a casa con la noticia.
—¡Mamá!
Elena salió de la cocina.
—¿Qué pasó?
Clarisa sonreía.
—Conseguí trabajo.
Su madre abrió los ojos.
—¿De verdad?
—Sí.
Clarisa la abrazó.
—¡Lo conseguí!
Elena la abrazó con fuerza.
—Sabía que lo lograrías.
—Voy a trabajar en Flores Group.
La sonrisa de Elena desapareció por un instante.
—¿Flores Group?
Clarisa asintió.
—Sí.
—¿Cómo conseguiste ese trabajo?
—Conocí al presidente.
—¿Al presidente?
—Samuel Flores.
Elena se quedó pensativa.
—Ese apellido lo conozco.
—Todo el mundo lo conoce.
—Ten cuidado, hija.
Clarisa se separó del abrazo.
—¿Por qué?
—Porque los hombres que tienen demasiado poder pueden complicar la vida de quienes están cerca de ellos.
Clarisa sonrió.
—Mamá, solo será un trabajo.
Elena no respondió.
Algo en su expresión demostraba que no estaba completamente convencida.
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Al día siguiente, Clarisa llegó a Flores Group.
El enorme edificio parecía todavía más impresionante desde el interior.
Pisos brillantes.
Grandes ventanales.
Empleados vestidos elegantemente.
Recepcionistas perfectamente arregladas.
Clarisa apretó su carpeta contra el pecho.
Una mujer se acercó.
—¿Clarisa Hernández?
—Sí.
—Soy Laura, del departamento de Recursos Humanos. Sígame.
Mientras caminaban, varias personas miraron a Clarisa.
Ella intentó ignorarlo.
—Aquí tienes tu identificación.
Laura le entregó una tarjeta.
—Tu horario será de ocho de la mañana a dos de la tarde para que puedas asistir a tus clases.
Clarisa sonrió.
—Gracias.
—El señor Flores pidió que te asignáramos directamente a su área.
Clarisa se detuvo.
—¿Directamente con él?
—Sí.
Aquello la puso nerviosa.
—Pensé que sería un puesto administrativo general.
Laura sonrió.
—Eso es lo que dice tu contrato.
Clarisa frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Nada.
Y siguió caminando.
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A las diez de la mañana, Clarisa recibió una llamada interna.
—Señorita Hernández, el señor Flores quiere verla.
Clarisa respiró profundamente.
Tomó una libreta y caminó hasta su oficina.
Tocó la puerta.
—Adelante.
Samuel estaba detrás de su escritorio.
Ya no parecía el hombre que había conocido en la cafetería.
Allí era diferente.
Más serio.
Más distante.
—Siéntate.
Clarisa obedeció.
Samuel deslizó una carpeta sobre el escritorio.
—Estos son tus documentos de contratación.
Clarisa los revisó.
Todo parecía normal.
Hasta que encontró una cláusula.
Frunció el ceño.
—¿Qué significa esto?
Samuel se inclinó ligeramente hacia delante.
—Que durante tu período de trabajo tendrás que acompañarme a determinados eventos empresariales cuando sea necesario.
Clarisa levantó la mirada.
—¿Eventos?
—Cenas, reuniones, presentaciones.
—¿Como asistente?
—Como parte de mi equipo.
Ella continuó leyendo.
—Eso no me parece extraño.
Samuel la observó.
—Hay otra cosa.
Clarisa levantó la mirada.
—¿Qué?
—En algunos eventos tendrás que presentarte como una persona cercana a mí.
Ella soltó una pequeña risa nerviosa.
—¿Cercana cómo?
Samuel no respondió inmediatamente.
Clarisa empezó a sentirse incómoda.
—Señor Flores...
—Samuel.
Ella guardó silencio.
—En esos eventos —continuó él—, habrá personas que intentarán obtener información sobre mi vida privada.
—¿Y qué tengo que ver yo?
Samuel sostuvo su mirada.
—Más de lo que imaginas.
Clarisa cerró la carpeta.
—No entiendo.
Samuel se levantó y caminó hasta la ventana.
—Mi familia está presionándome para que anuncie un compromiso.
Clarisa permaneció callada.
—¿Y qué tiene que ver eso con mi trabajo?
Samuel se giró.
—Necesito que durante unas semanas aparentes ser mi pareja.
Clarisa abrió los ojos.
—¿Qué?
—Solo una apariencia.
—¡Eso no está en mi contrato!
—Por eso estoy hablando contigo antes de pedirte que aceptes.
Clarisa se levantó.
—No.
Samuel no pareció sorprendido.
—Piénsalo.
—No necesito fingir ser la pareja de nadie.
—Lo entiendo.
Clarisa tomó su bolso.
—Entonces creo que cometí un error aceptando este trabajo.
Cuando llegó a la puerta, Samuel habló.
—Te pagaré el doble.
Clarisa se detuvo.
Silencio.
—Y cubriré tus gastos universitarios durante el período del acuerdo.
Ella cerró los ojos.
Era exactamente la clase de oferta que una persona en su situación no podía ignorar.
Pero aceptar significaba entrar en un juego que no comprendía.
—¿Por cuánto tiempo?
—Tres meses.
Clarisa se giró lentamente.
—¿Y después?
Samuel la miró fijamente.
—Después cada uno seguirá con su vida.
Ella no sabía que esas palabras estaban a punto de convertirse en una mentira.
Porque Samuel había omitido una parte fundamental de la historia.
Su familia no solo quería verlo comprometido.
Necesitaba que se casara.
Y tenía apenas unas semanas para encontrar una esposa.
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Esa noche, Clarisa llegó a casa con la cabeza llena de preguntas.
Se sentó sobre su cama y volvió a mirar la tarjeta de Samuel.
Pensó en rechazar la propuesta.
Pensó en aceptar el empleo.
Pensó en su madre.
En sus estudios.
En todas las puertas que se habían cerrado.
Finalmente, tomó una decisión.
—Solo serán tres meses.
No podía imaginar cuánto cambiaría su vida por esas palabras.
Mientras tanto, en la mansión Flores, Samuel recibió una llamada.
—¿Ya encontraste a la mujer que será tu esposa? —preguntó su madre.
Samuel miró hacia la ventana.
Y respondió con una calma que escondía demasiadas cosas:
—Sí.
—¿Quién es?
Samuel permaneció unos segundos en silencio.
—Clarisa Hernández.
Al otro lado de la línea no hubo respuesta.
Después, su madre habló con voz fría.
—Esa muchacha no sabe dónde se está metiendo.
Samuel apretó el teléfono.
—Lo sé.
Pero lo que ninguno de los dos sabía era que Clarisa tampoco sabía que su nombre ya estaba siendo discutido en una reunión familiar.
Y que el supuesto trabajo de tres meses estaba a punto de convertirse en una propuesta mucho más peligrosa.
Un matrimonio por contrato.