Morgana tiene 24 años y siente que su vida se detuvo entre los campos de soja de Entre Ríos. Cansada de la monotonía, del trabajo pesado y de la presión de un futuro trazado por su familia, decide armar las valijas y mudarse a la provincia de Buenos Aires en busca de una nueva oportunidad.
Sin embargo, el cambio de aire resulta ser más caótico de lo que esperaba. En medio del bullicio de la gran ciudad y durante una multitudinaria marcha manifestante, un choque fortuito cambia sus planes por completo: termina cara a cara con el hijo mimado de la presidenta de Argentina.
Entre el choque de dos mundos opuestos -la vida rural y humilde contra el privilegio y la política de alto nivel-, Morgana se verá envuelta en un torbellino de secretos, flashes de prensa y una tensión inesperada de la que no podrá escapar tan fácilmente.
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CAPÍTULO 8
Iba pasando calle por calle de ese presuntuoso country donde solo los ricos tenían permitido vivir; en cambio, la gente como yo tenía que trabajar para ellos y nos hacían creer y soñar con que algún día podríamos ser ellos. Pobres ilusos.
Caminé por tanto tiempo con la cabeza en las nubes que no me di cuenta dónde estaba.
-Mierda.
Susurre mientras miraba la hora, las 7:50 en cualquier momento oscureceria y estaba en la vía y la pampa.
Vi pasar un deportivo rojo por el lado mio y retrocedió bajando la ventana, mala suerte para mi era la presumida de Hestia.
-¿Qué haces por aquí?
Me miraba con esos ojos tan evaluadores que sentía que estaba desnuda al frente de ella.
-Que te importa.
Segui caminado, es algo estúpido pero no quería que ella me viera débil, frente a los ojos de ella y Caín quería ser fuerte porque se que ellos serían los primeros en ver esa debilidad.
Hestia iba manejando a mi lado.
-¿Por qué estás tan a la defensiva hoy si el otro día en el club no dijiste ni pío?
Su voz desprendía arrogancia. No contesté nada, pero mis puños, que estaban cerrados con tanta fuerza que terminaron rojos, demostraban lo enojada que estaba.
-Vamos, solo era un chiste, no tenés que ponerte así de histérica.
Bajó de su auto y me tomó del brazo, quedándonos frente a frente.
-No sé por qué Elian tiene tanto empeño en pelear con nosotros por vos, si no tenés nada de especial.
Me miró de arriba a abajo.
-Sos un diamante en bruto, cariño.
Solo nos separaban unos centímetros; podía escuchar su corazón latir y ver ese verde intenso de sus ojos.
-Dejame llevarte a tu casa; si no, el pequeño Capell no me perdonaría por dejar a su...
Se calló de golpe y luego sonrió, terminando su frase:
-... amiga.
Solté un tirón firme para liberarle el brazo de su agarre. La prepotencia de Hestia me estaba agotando tanto como el día entero, pero no iba a darle el gusto de verme perder los estribos.
-No necesito que me lleves a ningún lado, y mucho menos por lástima o para cumplir con Elian -dije, dando un paso hacia atrás para marcar distancia-. Sé caminar perfectamente sola.
Hestia arqueó una ceja, divertida por mi resistencia, y apoyó una mano en el techo de su deportivo rojo.
-No seas ridícula, Morgana. Falta poco para que anochezca del todo, estás en el medio de la nada y los taxis acá no pasan -replicó, cruzándose de brazos-. Además, si te pasa algo, el drama en la casa Capell va a ser insoportable. Subite y dejamos esto acá.
Miré hacia la avenida principal, donde las luces de la calle empezaban a encenderse en medio del silencio del barrio privado. Tenía razón en algo: no conocía bien la zona a esa hora y la noche se nos venía encima. Tragué saliva, aplastando mi orgullo por puro pragmatismo.
-Está bien -respondí en tono seco, abriendo la puerta del acompañante-. Pero no me dirijas la palabra en todo el viaje.
Se limitó a soltar una risita sofocada, volvió al asiento del conductor y puso el auto en marcha en cuanto acomodé mi bolso.