Tras ser traicionada por su mejor amiga y su entrenador, la prodigiosa animadora Emma es asesinada. Al renacer dos años antes, se une al equipo rival para reconstruirlo y reunir pruebas con las que desenmascarar a quienes la destruyeron.
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Capítulo 1: El último recuerdo
El aire olía a pino recién cortado y a brillo de labios de vainilla, el mismo aroma que siempre llevaba Lila, mi mejor amiga. El sol se ponía detrás de las gradas del estadio, tiñendo el cielo de un naranja sangriento. Yo estaba en el centro del campo, con el uniforme del equipo de la Preparatoria Westford —el equipo al que había dedicado toda mi vida—, sosteniendo el trofeo de campeonas estatales. Mis manos temblaban, no de emoción, sino de miedo. A mi lado, Lila sonreía, pero sus ojos no acompañaban esa sonrisa. Detrás de nosotras, el entrenador Márquez, el hombre que me había entrenado desde los diez años, me miraba con una frialdad que me helaba la sangre.
—Lo hiciste bien, Emma —dijo Lila, acercándose demasiado—. Pero ya no necesitamos a la capitana perfecta.
Antes de que pudiera preguntarle qué significaba eso, sentí un empujón fuerte en la espalda. Caí por las escaleras de metal de las gradas, golpeándome la cabeza una y otra vez. El último sonido que escuché antes de que la oscuridad me tragara fue la risa de quien yo creía mi hermana, y la voz del entrenador diciendo: «Así no habrá testigos».
Y entonces… abrí los ojos.
La luz era diferente. No estaba en el hospital, ni en el cielo, ni en ningún lugar que se pareciera a la muerte. Estaba en mi habitación, con las paredes cubiertas de pósters de competiciones de animación y una foto mía, de Lila y del entrenador, sonrientes, sobre el escritorio. Me incorporé de un salto, miré el calendario colgado en la pared y el corazón se me detuvo.
14 de septiembre, dos años antes de mi muerte.
Me pellizqué el brazo con fuerza. Dolía. No era un sueño. Había vuelto. Tenía dieciséis años otra vez, todavía no era la capitana del equipo, todavía no había ganado ese campeonato que me costó la vida. Y lo peor: todavía confiaba en ellos.
Las lágrimas me brotaron, pero las aparté con brusquedad. Llorar no serviría de nada. En mi vida anterior, fui ingenua, demasiado confiada, creí que el talento y la amistad lo eran todo. Esa ingenuidad me mató. Esta vez sería diferente.
Me senté frente al espejo. Mi reflejo me devolvió una chica joven, con el cabello castaño desordenado y unos ojos verdes que todavía no habían visto el infierno. Pero ahora sí los habían visto. Y esos ojos ya no iban a ser los mismos.
—No voy a dejar que me hagas lo mismo dos veces, Lila —susurré—. Ni tú, entrenador Márquez.
Sabía exactamente qué pasaría en estos dos años. Sabía cada paso que darían para manipularme, cada mentira que me dirían, cada delito que cometerían para quedarse con el control del equipo y los premios. No iban a salirse con la suya. No esta vez.
Tomé una decisión que me dolió en el alma, porque significaba dejar atrás todo lo que conocía, pero era la única manera de ganar. Si me quedaba en Westford, me vigilarían, me controlarían, me destruirían antes de poder actuar. Tenía que irme al único lugar donde no me esperaban: la Preparatoria Riverside, el mayor rival de Westford. Su equipo de animación era débil, desorganizado, siempre quedaba en último lugar. Nadie esperaría que la mejor animadora del estado se uniera a ellos. Y esa sería mi ventaja.
Al día siguiente, a primera hora, entré en la oficina de dirección y pedí el traslado inmediato a Riverside. La directora me miró como si estuviera loca.
—¿Riverside? Emma, allí apenas tienen equipo. ¿Estás segura?
—Muy segura —respondí, con voz firme—. Necesito un cambio.
Cuando salí de la oficina, vi a Lila acercándose por el pasillo, radiante, con su uniforme impecable. Al verme, sonrió como siempre, esa sonrisa que antes me parecía cálida y ahora me helaba la sangre.
—¡Emma! ¿Vamos a entrenar? El entrenador dice que…
—No —la interrumpí, sin detenerme—. No voy a ir más a Westford. Me voy a Riverside.
Su sonrisa se borró de golpe. Sus ojos se estrecharon, y por un instante vi la verdadera Lila: celosa, cruel, peligrosa.
—¿Riverside? ¿Estás loca? ¿Por qué harías eso?
—Porque allá nadie me traicionará —dije, y pasé de largo, dejándola atrás.
Sentí su mirada clavada en mi espalda mientras caminaba hacia la salida. Sabía que acababa de declarar la guerra. Pero esta vez, yo no era la víctima indefensa. Era la rival. Y iba a ganar.