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Mi ex, mi jefe y mi esposo

Mi ex, mi jefe y mi esposo

Status: Terminada
Genre:CEO / Maltrato Emocional / Malentendidos / Elección equivocada / Romance de oficina / La mimada del jefe / Matrimonio contratado / Completas
Popularitas:287
Nilai: 5
nombre de autor: Monica Swenson

Hace seis años dejé a Damián Carvajal con una mentira:
«Me aburrí de ti».
Hoy es un magnate, mi nuevo jefe y el hombre que acaba de pedirme que sea su esposa durante un año.
Él necesita librarse de las mujeres que su familia insiste en presentarle. Yo necesito una oportunidad para ejercer mi carrera y ayudar a mi padre a conservar su taller. Damián me ofrece ambas cosas a cambio de un matrimonio que terminaremos cuando se cumplan doce meses.
Acepto. Conozco las condiciones. También conozco al hombre con el que voy a compartir la cama… o eso creía.
Porque el Damián que me provoca en la oficina es el mismo que se enfrenta a su familia por mí. Recuerda hasta lo que no me gustaba comer en la prepa. Y cuando me llama «mi esposa», cada vez me cuesta más acordarme de que tenemos un acuerdo.
Entonces reaparece una grabación de cuando tenía diecisiete años.
Mi voz. Un trato. La verdadera razón por la que me acerqué a él.
Damián cree que lo dejé porque nunca lo quise. ¿Qué va a pensar cuando escuche que, al principio, alguien me ofreció algo a cambio de enamorarlo?

NovelToon tiene autorización de Monica Swenson para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

Capítulo 1

La séptima copa me bajó por la garganta como si tragara un clavo tibio.

Dejé el caballito junto al plato, con cuidado de no volcarlo. En el privado del restaurante hacía calor; los meseros entraban con fuentes de mariscos y cada vez que abrían la puerta me llegaba un poco de aire. Empecé a esperarlos por eso. Las luces del techo se me corrían de sitio cuando volteaba demasiado rápido.

Yo casi no tomo. Esa noche había perdido la manera de decir que no.

—¡Otra por Vértice! ¡Por el ingeniero Carvajal, que nos honra!

Pacheco, el de sistemas, ya estaba de pie. A mi alrededor, los ingenieros buscaban sus copas y se acomodaban la camisa antes de brindar. Don Beto Prieto, mi jefe, les sonreía desde la cabecera. Llevábamos tres meses sin cobrar una quincena completa. La víspera todavía me había pedido que entretuviera por teléfono a un proveedor al que le debía desde enero.

Ahora Grupo Carvajal estaba dispuesto a capitalizar la empresa.

El acuerdo incluía una condición que don Beto había mencionado de pasada: el socio podría elegir a una persona de la plantilla para incorporarla a su propio equipo. Yo había preparado la carpeta sin detenerme en eso. Pensaba en los ingenieros; había dos que llevaban semanas hablando de irse.

A mí me habían llevado para tomar nota y ayudar con la reunión.

—Péguese a mí, mija. Usted me da clase —me había dicho don Beto en la puerta.

Me acomodé el fleco antes de entrar. Él estaba tan nervioso que se había abrochado mal el saco. Se lo señalé en voz baja y me dio las gracias como si le hubiera resuelto algo importante.

No quería fallarle esa noche.

En la otra cabecera, el hombre por el que brindaban aún tenía la copa llena.

Fue lo primero que conseguí distinguir bien: sus dedos haciéndola girar, sin llevársela a la boca. Todos habían bebido con Pacheco. Él escuchaba a don Beto, hacía una pregunta de vez en cuando y dejaba que los demás se apresuraran a contestar.

Yo llevaba un rato mirando aquella mano cuando mi jefe me apretó el hombro.

—Nájera. Mija, levántese. Usted que es la que mejor habla.

Quise pedirle un minuto. Necesitaba agua, quizá sentarme más cerca de la puerta. Pero me miraba esperando ayuda, y conocía demasiado bien esa cara: la ponía cada vez que preguntábamos cuándo iba a pagar.

Me agarré del respaldo y me levanté. Alcé el caballito hacia la otra cabecera.

Entonces lo vi.

La mandíbula había cambiado un poco. Era más ancho de hombros, llevaba un traje que le quedaba impecable y ya no tenía aquella costumbre de encogerse sobre el pupitre. Pero los dedos en la copa eran los mismos que habían hecho girar una pluma encima de mi cuaderno, seis años atrás, mientras él fingía que la clase no le interesaba.

Damián Carvajal.

Lo había visto en una revista en la sala de juntas. Había leído su apellido en los documentos. Hasta esa noche, frente a él, me las había arreglado para no juntar al dueño de Vértice con el muchacho al que yo había dejado después de nuestra única noche juntos.

Él sí me estaba mirando.

—¿Decía, señorita…? —Ladeó apenas la cabeza—. La escucho.

No terminó el apellido. Me dejó ponerlo, si quería.

Don Beto retiró la mano de mi hombro. Esperaban que hablara y yo solo conseguía recordar mi voz de hacía seis años: "Me aburrí. Ya, déjame en paz". Había ensayado muchas cosas por si volvía a verlo. Ninguna incluía a mi jefe suplicándole una inversión.

—Por la sociedad —dije—. Y por que a Grupo Carvajal le salga un buen negocio.

—Salud.

Me bebí lo que quedaba. El alcohol me raspó la garganta; apreté el vaso vacío y esperé a poder respirar sin toser. No iba a darle el gusto de verme perder el equilibrio.

Damián levantó al fin su copa.

Tomó un sorbo sin apartar los ojos de mí.

¿Había esperado a que brindara yo? Me habría gustado que no significara nada. Me habría gustado, sobre todo, no seguir buscando una explicación en su cara.

—Ya que lo menciona —dijo, volviéndose hacia don Beto—. Nos falta lo del personal.

Mi jefe enderezó la espalda.

—Por supuesto. Si quiere, le presento a…

—A ella.

Tardé un segundo en entender que el gesto era hacia mí.

—Dicen que la señorita aguanta bien el trago —añadió Damián—. Me la llevo a ella.

Pacheco bajó su copa. Don Beto se quedó con la boca entreabierta, pero enseguida le volvió la sonrisa.

—La Nájera es de lo mejorcito que tengo, ingeniero. Doble titulada, primera de su generación. Los informes que le mandamos los preparó…

—Me consta.

Aquello debió alegrarme. Por fin alguien mencionaba mis informes en una mesa donde yo llevaba horas rellenando vasos. Sin embargo, Damián no me preguntó por ellos. Se recargó en la silla y me recorrió con una mirada que no conseguí atribuirle al trabajo.

—Tanto potencial metido en un cajón de escritorio. Un desperdicio, ¿no cree, licenciado?

—Desde luego.

Yo seguía de pie.

Podía preguntar por el puesto. Por las condiciones. Podía exigir que al menos se dirigieran a mí antes de decidir dónde iba a trabajar. Miré a don Beto y vi que ya daba la noche por salvada. Cuarenta personas iban a cobrar; le daba miedo que yo dijera algo que echara a perder el acuerdo.

—Recursos Humanos tendrá que explicarme la oferta —dije.

Damián dejó la copa en la mesa.

—Le explicará todo.

No había respondido a la pregunta que yo todavía no podía hacer delante de los demás: por qué me quería ahí.

Me senté. Los ingenieros empezaron a aplaudir, alguno propuso otro brindis y yo aparté mi vaso antes de que lo llenaran. Necesitaba dejar de beber. Necesitaba llegar a mi casa y pensar qué acababa de pasar sin tenerlo enfrente.

Un mesero se acercó a retirar los platos. Le pasé los caballitos y junté las servilletas usadas, agradecida de tener algo que hacer. Debajo de la carpeta del acuerdo apareció mi pluma. La de las iniciales R. N., regalo de don Beto cuando entré a trabajar.

La recogí. Mi jefe buscaba con qué firmar, dándose palmadas en los bolsillos. Se la habría dado a él, pero Damián extendió la mano hacia la carpeta y me salió el gesto de secretaria antes de que pudiera evitarlo.

Rodeé la mesa para ofrecérsela.

Tenía una pierna estirada hacia el pasillo. La vi tarde.

Tropecé con su zapato y el resto ocurrió sin darme tiempo a escoger dónde caer. Solté la pluma, busqué la mesa y mi mano terminó sobre su muslo, demasiado arriba. La rodilla me golpeó el piso junto a su silla.

Oí una copa chocar contra otra. Alguien dejó de reírse.

No me había caído del todo porque me estaba sosteniendo de él.

Intenté retirar la mano, pero al hacerlo perdí el apoyo. Damián me sujetó por el antebrazo. No dijo nada al principio. Tuve que levantar la cara para saber si iba a ayudarme o a disfrutarlo.

La comisura de su boca se movió apenas.

—Señorita Nájera —dijo, lo bastante bajo para que solo lo oyera yo—. Ya sé que le sobra potencial.

Bajó los ojos hacia mi mano.

—Pero no hace falta que me lo demuestre justo ahora.

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