Su sangre puede coronar reyes... o enterrarlos.
Cuando un omega despierta con la marca de un alfa vampiro ardiendo en su cuello, descubre demasiado tarde que no es una víctima: es la última arma que todos quieren poseer.
Y el alfa que lo reclamó no piensa soltarlo... ni vivo, ni muerto.
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Capítulo 1: La marca que arde
La marca que arde:
El olor a lluvia y asfalto caliente flotaba en el callejón cuando Kael se detuvo a ajustar la correa de su mochila. Eran casi las once. La ciudad parecía haberse quedado sin aire. Las farolas parpadeaban con una luz enferma y las sombras se alargaban demasiado entre los contenedores oxidados.
Odiaba volver tan tarde. Odiaba aún más ese camino estrecho que tenía que cruzar para llegar a su departamento del quinto piso. Pero el turno extra en la cafetería había valido la pena: treinta billetes más y la promesa de no deber el alquiler ese mes.
Se pasó una mano por el cabello castaño, todavía húmedo, y siguió caminando. La camisa blanca se le pegaba a la piel. El botón superior estaba abierto, dejando ver la línea de su clavícula. No notó el silencio absoluto hasta que fue demasiado tarde.
No había coches.
No había voces.
Ni siquiera el zumbido de los cables.
Solo el sonido de sus propios pasos y el latido demasiado fuerte de su corazón.
Algo se movió detrás de él.
Kael se giró de golpe. La mano ya buscaba el spray de pimienta en el bolsillo de la chaqueta. No alcanzó a sacarlo.
Una figura se materializó de las sombras como si hubiera nacido de ellas. Alto. Demasiado alto. Cabello negro peinado hacia atrás con una elegancia que no pertenecía a este siglo. Abrigo oscuro, cuello levantado. Y los ojos…
Rojos.
No el rojo opaco de alguien borracho.
Rojo vivo. Rojo de brasas. Rojo de sangre fresca bajo la luna.
Kael sintió que el aire se le atascaba en la garganta.
El desconocido inclinó ligeramente la cabeza, estudiándolo con una calma que resultaba más aterradora que cualquier grito. Cuando habló, su voz fue baja, profunda, con un acento antiguo.
—Te he estado buscando durante mucho tiempo, omega.
La palabra cayó entre ellos como una sentencia.
Kael retrocedió. La espalda chocó contra la pared fría y húmeda del callejón.
—No sé de qué habla —dijo, y odió lo temblorosa que sonó su voz—. Debe haberse confundido de persona.
El hombre —el alfa— dio un paso adelante. El movimiento fue tan silencioso que pareció flotar. El olor que lo acompañaba golpeó a Kael de lleno: oscuro, metálico, antiguo. Como sangre vieja mezclada con algo dulce y podrido a la vez. Feromonas. Pero no las que había olido nunca. Estas eran más densas. Más hambrientas.
—No me he confundido —respondió el alfa. Su mirada bajó hasta el cuello de Kael y se detuvo allí, como si pudiera ver algo invisible—. Tu sangre canta. Incluso ahora, escondida bajo esta piel frágil, canta para mí.
Kael intentó correr.
No llegó lejos.
Una mano fría y poderosa le cerró el paso, sujetándolo por la muñeca con una fuerza que no dolía… todavía. El alfa lo empujó contra la pared. El cuerpo de Kael quedó atrapado entre el ladrillo húmedo y el pecho duro del desconocido. Estaba tan cerca que podía sentir el aliento frío contra su mejilla.
—Suéltame —susurró.
El alfa no respondió con palabras. Inclinó la cabeza y rozó con la nariz la línea del cuello de Kael, justo debajo de la oreja. El gesto fue casi tierno. Casi.
Luego abrió la boca.
Los colmillos se hundieron en su piel sin previo aviso.
El dolor fue blanco, puro, tan intenso que Kael abrió la boca en un grito silencioso. El calor se extendió desde el punto de la mordida como veneno líquido. Sintió cómo la sangre abandonaba su cuerpo en un tirón profundo, casi obsceno. Pero no fue solo sangre lo que el alfa tomó.
Algo más salió con ella.
Algo que Kael no sabía que poseía.
Las feromonas del omega —dulces, cálidas, hasta ese momento casi imperceptibles— se dispararon de golpe, mezclándose con el metal de su propia sangre. El alfa gruñó contra su cuello, un sonido bajo y gutural que vibró en los huesos de Kael. La mordida se profundizó. Una mano se cerró en su cadera con fuerza suficiente para dejar moretones. La otra le sujetaba la mandíbula, obligándolo a mantener la cabeza inclinada, ofreciendo más.
Kael temblaba. No sabía si de miedo, de dolor o de algo peor: un calor extraño que empezaba a crecer en el bajo vientre, traicionero y vergonzoso.
Cuando el alfa finalmente se separó, lo hizo con lentitud, lamiendo la herida una vez, dos veces, como si sellara algo. La sangre aún manaba, pero ya no era solo sangre. Un resplandor débil, de color ámbar rojizo, comenzó a dibujarse alrededor de los dos puntos de la mordida.
Kael miró hacia abajo, aturdido, y vio la marca.
Ardía.
No con el ardor del dolor, sino con un calor vivo, como si alguien hubiera colocado un carbón encendido bajo su piel. El resplandor pulsaba al ritmo de su corazón.
El alfa observó la marca con una expresión que Kael no pudo descifrar. Satisfacción. Hambre. Y algo más oscuro.
—Ahora eres mío —dijo con voz ronca—. Aunque todavía no lo sepas del todo.
Kael intentó hablar, pero solo logró un sonido ahogado. Las piernas le flaqueaban. El mundo daba vueltas.
El alfa lo sostuvo con facilidad, como si no pesara nada. Lo levantó en brazos sin esfuerzo y comenzó a caminar hacia la boca del callejón. Kael quiso forcejear, quiso gritar, pero su cuerpo no respondía. Solo pudo sentir el frío de esa piel contra la suya y el calor constante de la marca que seguía ardiendo en su cuello.
Más allá de las luces de la ciudad, en lo alto de una colina que nadie visitaba de noche, se alzaba un castillo que no debería existir. Torres negras. Ventanas como ojos vacíos. Y sobre él, una luna roja, hinchada y sangrante, que no estaba en el cielo hacía apenas unos minutos.
El alfa miró hacia esa luna con una sonrisa lenta, casi cruel.
—Bienvenido a casa, Omega de Sangre Real.
Kael sintió que la conciencia se le escapaba entre los dedos. La última cosa que percibió antes de que todo se volviera negro fue el roce de unos labios fríos contra su frente y una promesa susurrada contra su piel:
—No pienso soltarte.
Ni vivo… ni muerto.