¿Cuánto tiempo toma borrar a una persona que nunca fue realmente tuya?
Alba tiene cuarenta y dos canciones guardadas en una playlist titulada simplemente "Nuestra". Cuarenta y dos fragmentos de una historia que siempre vivió en el "tal vez", en las miradas a escondidas y en las promesas que se quedaron a mitad de camino.
Mateo no fue su novio. No fue un error. Fue su "casi algo": ese espacio gris donde los sentimientos son más intensos porque nunca llegan a ser oficiales. Pero ahora que el silencio entre ellos es más fuerte que la música, Alba ha tomado una decisión: cada noche borrará una canción. Y con cada canción, intentará borrar un recuerdo.
Desde el primer acorde bajo la lluvia hasta el último mensaje sin responder, Alba recorrerá el mapa de su corazón roto para entender en qué momento el "nosotros" se convirtió en un "casi".
A veces, el desamor más difícil de superar es aquel que nunca tuvo un nombre.
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El silencio suena a 128 kbps.
Capítulo 1: El silencio suena a 128 kbps
Mi dedo tiembla sobre la pantalla del móvil. El brillo me quema los ojos, pero no es por la luz, es por el nombre que aparece en la parte superior: "Nuestra".
Es una lista de 42 canciones. Siete horas y quince minutos de recuerdos que, ahora mismo, pesan más que el plomo.
Dicen que cuando alguien muere, su vida pasa ante sus ojos. Nadie te advierte que cuando un "casi algo" se termina, tu vida pasa ante tus oídos. Cada acorde, cada estrofa, cada nota desafinada que cantamos en su coche a medianoche es un golpe directo a las costillas.
Hazlo de una vez, Alba, me susurro a mí misma, aunque mi voz suena rota, como un disco rayado.
Él ya no está. Bueno, está a tres calles de aquí, probablemente durmiendo o, peor aún, riéndose con alguien que no necesita descifrar sus silencios como yo lo hacía. Pero ya no está conmigo. Nunca estuvo del todo, ¿verdad? Esa es la trampa de los "casi algo": te dejan con todo el duelo de una ruptura, pero sin el derecho de llamarla así.
No fuimos novios. No fuimos una aventura. Fuimos ese espacio gris, ese "ya veremos", ese "me encantas, pero ahora no puedo".
Deslizo el dedo hacia los tres puntos verticales. Las opciones aparecen en blanco sobre negro: Compartir, Añadir a la cola, Eliminar de tu biblioteca.
Respiro hondo. Si borro la lista, borro el rastro. Si dejo de escuchar nuestra música, quizás mi corazón aprenda a latir sin seguir su ritmo.
Pero antes de darle a eliminar, la curiosidad —esa maldita masoquista— me gana. Pulso la primera pista.
Pista 1: Aquella melodía suave de piano e instrumental envolvente.
Las notas de apertura empiezan a sonar y, de repente, ya no estoy en mi habitación a oscuras. Estoy de vuelta en aquel martes de lluvia, bajo su paraguas roto, sintiendo el calor de su brazo contra el mío y creyendo, ingenuamente, que el mundo era de un color brillante y cálido.
Fue la primera canción que me dedicó. Y será la primera que tendré que aprender a olvidar.
El sonido del piano me transporta. Cierro los ojos y el olor a humedad de mi habitación se transforma en el aroma a asfalto mojado y a su perfume cítrico.
Ese martes de octubre no debía ser especial. Solo era una salida más de la facultad, pero el cielo decidió romperse justo cuando llegamos a la parada del autobús. Yo no llevaba abrigo y el frío empezaba a calarme los huesos.
—Ten —dijo Mateo, acercándose tanto que pude sentir el calor que desprendía su cuerpo—. Mi paraguas es un desastre, pero al menos no terminaremos como pollos mojados.
El paraguas estaba, efectivamente, destrozado. Una de las varillas estaba suelta y nos obligaba a caminar pegados, hombro con hombro, para no quedar fuera del radio de protección. Recuerdo que mi corazón martilleaba tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo por encima de los truenos.
Él sacó un auricular de su bolsillo, me lo tendió y se puso el otro.
—Escucha esto —susurró.
No dijo "esta canción me recuerda a ti" ni "te quiero". Mateo nunca fue de palabras directas; él hablaba en clave de sol. En ese momento, mientras la voz rasgada del cantante repetía esa estrofa sobre mirar las estrellas y cómo brillaban para ella, Mateo me miró. No fue una mirada casual. Fue una de esas que te dejan desnuda, que te prometen un futuro que todavía no existe.
Me sonrió con esa media sonrisa ladeada que siempre lograba desarmarme y, por un segundo, el paraguas roto y la tormenta desaparecieron. Solo existíamos nosotros dos en una burbuja perfecta.
—Te queda bien esa luz —me dijo, señalando mis mejillas sonrosadas—. Te ves... brillante.
En aquel entonces, yo no sabía que las estrellas también se apagan. No sabía que esa misma canción que me hacía flotar, un año después, me haría sentir que me ahogaba.
Presente.
Abro los ojos de golpe. El piano sigue sonando en mis auriculares, pero la calidez de aquel martes se ha evaporado. Ahora solo queda el frío de mi pantalla y la realidad de que Mateo es ahora un extraño que conoce todos mis secretos.
Aprieto los labios. Mi dedo se mueve con una determinación que no sabía que tenía.
Click.
"¿Deseas eliminar esta canción de la lista?"
Sí. Mil veces sí.
La barra de progreso desaparece y, con ella, la primera pieza de nuestra historia. Quedan 41 canciones. Quedan 41 pedazos de un "nosotros" que nunca llegó a ser.