Hay secretos que deberían permanecer enterrados. Y verdades que pueden destruirte.
Cuando un crimen sacude la tranquilidad de un pueblo donde todos parecen conocerse, una joven queda atrapada en un juego de mentiras, sospechas y traiciones. Cada pista conduce a una nueva pregunta, cada sospechoso oculta algo y cada respuesta parece alejarla aún más de la verdad.
En medio del caos, un enigmático chico despertará su curiosidad… aunque confiar en él podría ser su peor error.
Todos tienen un motivo. Todos guardan un secreto. Pero alguien ha conseguido mantenerse un paso por delante de los demás, escondiéndose a plena vista.
Y cuando la verdad salga a la luz, desearás no haber sospechado de la persona equivocada.
Novela 100% mía, acepto correcciones🤞
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14. La hija que volvió II
El nombre de la otra.
—Apagalo —dijo Gael.
No me moví.
Seguía mirando el teléfono de mi madre, esperando que el audio volviera a reproducirse por sí solo, que apareciera una explicación o que alguien me dijera que aquella voz no era la mía.
Pero el archivo seguía allí, detenido en el último segundo.
—Abril, apagá el teléfono —repitió Gael, esta vez más cerca.
—¿Por qué?
—Porque quien te mandó esto sabe que encontraste los documentos. Y si puede acceder al teléfono de tu madre, no tenemos ninguna garantía de que no esté escuchando lo que hacemos.
Miré la pantalla.
El mensaje seguía abierto.
«Ya es demasiado tarde para seguir fingiendo que sos ella».
Sentí que aquellas palabras se me metían bajo la piel.
—¿Quién podría hacerme esto? —pregunté—. ¿Quién puede conocer todos estos detalles?
—Alguien que estuvo allí —respondió Mateo.
Lo miré.
—Eso ya lo sabemos.
—No. Sabemos que alguien estuvo en la mansión. Sabemos que alguien conocía a Mara y a tu madre. Pero ahora tenemos documentos de un hospital, una fotografía de dos niñas y una grabación que parece demostrar que alguien preparó el intercambio.
Mateo hizo una pausa.
—La persona que te está enviando los mensajes podría haber participado en todo eso.
—¿Y si fue mi madre?
Ninguno contestó.
La posibilidad llevaba un rato rondándome la cabeza, aunque hasta ese momento me había negado a pronunciarla.
Mi madre había guardado las pruebas. Había mentido sobre Alma. Había intentado advertirme de algo en la mansión y luego había desaparecido.
¿Había protegido a una hija?
¿Había abandonado a la otra?
¿O había intentado salvar a las dos y alguien había convertido aquella noche en una pesadilla de la que ninguna pudo escapar?
Me senté en el último escalón.
—Necesito saber qué pasó a las seis y doce.
Gael se agachó frente a mí.
—Lo vamos a averiguar.
—No me prometas nada que no puedas cumplir.
Él sostuvo mi mirada. Por un momento, su expresión perdió aquella seguridad que siempre parecía acompañarlo.
—Entonces no te lo voy a prometer. Voy a quedarme hasta que tengamos una respuesta.
No supe qué decirle.
Una parte de mí quería creerle. Otra parte estaba empezando a desconfiar de cualquiera que afirmara conocerme.
Incluso de mí misma.
Pasamos los siguientes minutos revisando los documentos que habíamos encontrado en el dormitorio de mi madre.
No había mucho más. Algunos certificados, copias de fotografías y una lista de fechas escritas a mano. Sin embargo, entre las hojas apareció un nombre que ninguno de nosotros había visto antes.
Doctora Lucía Ferrer.
Debajo, alguien había anotado el nombre del hospital donde supuestamente habían atendido a las dos niñas aquella noche.
—Ferrer —murmuré.
Gael levantó la cabeza.
—¿Qué?
Le mostré el papel.
Él lo tomó, lo leyó y frunció el ceño.
—No conozco a ninguna Lucía Ferrer.
—¿Tu familia tiene relación con algún hospital de la zona?
—Mi padre conoce a mucha gente. Pero eso no significa que yo sepa todo lo que hace.
—Tu apellido aparece en los documentos que mi madre escondió. Las propiedades de los Valdés fueron vendidas a través de tu familia. Ahora aparece una doctora Ferrer en el informe de las gemelas. ¿Cuántas coincidencias más necesitás?
Gael apretó la mandíbula.
—Ninguna. Pero no voy a inventarte una respuesta solo porque mi apellido esté escrito en una hoja.
Quise discutirle, pero me detuve.
Tenía razón en algo: ya había demasiadas personas llenando los vacíos con versiones convenientes. No quería hacer lo mismo.
—¿Podemos comprobar si esa doctora existió? —preguntó Mateo.
—Sí —respondió Gael—. Pero no desde acá.
—¿Por qué?
—Porque si alguien está vigilando esta casa, lo último que deberíamos hacer es quedarnos con todos los documentos expuestos.
Recogimos los papeles y los guardamos en la caja de madera. Dejé la fotografía de las camillas fuera.
No podía apartar la mirada de ella.
Había algo en la estrella dibujada sobre el rostro de la niña que me resultaba familiar. No era solo el colgante que había aparecido tantas veces en las fotografías. Era la forma de la estrella, con una punta ligeramente más larga que las demás.
La misma estrella que había visto en el dibujo de una niña en uno de mis cuadernos de primaria.
De pronto recordé una escena.
Tenía unos diez años. Estaba sentada en la mesa de la cocina, dibujando mientras mi madre preparaba la cena. Había dibujado dos niñas tomadas de la mano, una con un vestido rojo y otra con uno azul. Entre ambas había una estrella plateada.
Mi madre había visto el dibujo y me lo había quitado de las manos.
«No vuelvas a dibujar eso», me había dicho.
Yo le pregunté por qué.
Ella rompió la hoja por la mitad.
Después me abrazó y me pidió que olvidara lo que había dibujado.
Durante años creí que había hecho algo malo.
Ahora comprendía que quizá había dibujado algo que mi madre no podía permitirse recordar.
—Necesito volver a mi habitación —dije.
Mateo me miró con preocupación.
—¿Para qué?
—Tengo mis cuadernos viejos en el armario. Si dibujé esa estrella, quizá haya más cosas.
—Podemos revisarlos mañana.
—No quiero esperar hasta mañana.
—Abril, estás agotada.
—Y mi madre está desaparecida, mi hermana podría estar muerta y alguien acaba de decirme que no soy quien creo ser. No voy a acostarme a dormir.
Mateo no insistió.
Subí a mi habitación y abrí el armario. En una caja debajo de la cama guardaba cuadernos, dibujos y algunos juguetes que no había tenido valor de tirar.
Los fui sacando uno por uno.
El primero no contenía nada extraño. El segundo tenía dibujos de casas, árboles y animales. En el tercero encontré varias páginas arrancadas.
No eran hojas cortadas por el uso.
Alguien las había quitado con cuidado.
En la última página intacta había una frase escrita con lápiz, tan tenue que tuve que acercarla a la luz.
«Alma dice que no tenemos que contarle a mamá lo de la puerta».
Me quedé inmóvil.
La letra era infantil, irregular, pero reconocí la forma en que estaba escrita la A.
Era mi letra.
Debajo había una fecha: 12 de octubre, diez años atrás.
Cinco días antes de que Mara desapareciera.
—Mateo —llamé.
Él apareció en la puerta junto a Gael.
Les mostré la página.
—¿Qué puerta? —preguntó Mateo.
—No lo sé.
Pero sí tenía una sospecha.
La puerta del sótano de la mansión Valdés.
La que había escuchado golpear desde el otro lado.
La que mi madre me había prohibido abrir.
La que alguien había mantenido cerrada durante diez años.
—Hay algo más —dijo Gael.
Señaló la parte inferior de la hoja.
Allí, casi escondido entre las líneas del cuaderno, había un dibujo pequeño: dos niñas frente a una puerta negra. Una de ellas tenía una estrella en la mano.
La otra estaba detrás de ella.
Y, a diferencia de la primera, su rostro había sido borrado con tanta fuerza que el papel estaba a punto de romperse.
En el margen aparecía una frase.
«Si una de nosotras sale, la otra tiene que quedarse».
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Qué significa eso?
Gael observó el dibujo durante unos segundos.
—No lo sé.
—Siempre decís lo mismo.
—Porque no voy a mentirte, Abril.
—¿Y si no estamos buscando a Alma? ¿Y si estamos buscando a la niña que se quedó encerrada?
Mateo se pasó las manos por el rostro.
—Tenemos que hablar con Inés.
—Inés nos dijo que no volviéramos a la mansión.
—No hablo de la mansión. Hablo de su casa, junto al río. Ella estuvo allí. Conocía a tu madre y a Mara. Tal vez sepa algo de la doctora Ferrer.
Miré la fotografía de las camillas una vez más.
Después guardé el cuaderno en la caja.
—Vamos.
La casa de Inés estaba a oscuras cuando llegamos.
El camino junto al río parecía más largo de lo que recordaba. La niebla se extendía sobre el agua y el viento agitaba las ramas de los árboles. Durante el trayecto apenas hablamos. Yo iba sentada en el asiento trasero, con la caja sobre las rodillas y la sensación de que algo me esperaba al final del camino.
Gael llamó a la puerta.
Una vez.
Dos.
A la tercera, escuchamos pasos.
Inés abrió apenas unos centímetros. Llevaba un abrigo encima del camisón y tenía el rostro pálido, como si no hubiera dormido en toda la noche.
—¿Qué hacen acá?
—Necesitamos hablar con vos —dije.
Sus ojos bajaron hacia la caja.
Y entonces supe que reconocía algo de lo que llevábamos.
—Entren —murmuró.
La casa olía a café frío y a madera húmeda. Sobre la mesa había una taza sin tocar, varios papeles y un teléfono antiguo. Inés cerró las cortinas antes de sentarse.
Le mostré el informe médico.
Cuando vio el nombre de la doctora, se quedó inmóvil.
—¿Dónde encontraron esto?
—En la habitación de mi madre.
—¿Elena guardó este documento todos estos años?
—Eso parece. ¿Conocés a Lucía Ferrer?
Inés no contestó enseguida. Se levantó, caminó hasta un armario y sacó una caja de metal.
La colocó sobre la mesa, pero no la abrió.
—Hace diez años, Elena me pidió que la ayudara a encontrar un lugar donde esconder a una niña.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
—¿A cuál de las dos?
Inés me miró.
—Eso fue lo que nunca pude averiguar.
—¿Estabas allí cuando las llevaron al hospital?
—No. Llegué después. Elena estaba desesperada. Tenía sangre en la ropa y no dejaba de repetir que una de las niñas había vuelto, pero que no podía reconocerla.
Me aferré al borde de la silla.
—¿Mi madre dijo eso?
—Sí.
—¿Y qué hiciste?
Inés bajó la mirada hacia la caja.
—Intenté ayudarla. Pero había alguien más involucrado. Alguien que tenía poder suficiente para hacer desaparecer un expediente, cambiar un nombre y conseguir que nadie hiciera preguntas.
—¿La doctora Ferrer?
—No lo sé. Elena me dijo que la doctora había atendido a las niñas, pero nunca me explicó qué había ocurrido dentro del hospital.
—¿Y Alma?
Inés cerró los ojos un instante.
—Alma no quería volver a casa.
La habitación pareció quedarse sin aire.
—¿La viste? —pregunté.
—Sí.
—¿Cuándo?
—El veinte de octubre.
La misma fecha de la fotografía.
La misma fecha de la nota.
—¿Dónde estaba?
—En esta casa.
Me levanté tan rápido que la silla rozó el suelo.
—¿Alma estuvo acá y nunca me lo dijiste?
—No sabía si eras vos.
La frase me dejó sin palabras.
Inés se puso de pie también.
—Escuchame, Abril. La niña que llegó aquella noche estaba asustada. No recordaba dónde había estado, no sabía explicar por qué tenía una pulsera roja en la muñeca y preguntaba por una hermana que nadie quería nombrar. Elena me pidió que la cuidara mientras ella resolvía el asunto del hospital.
—¿Qué asunto?
—La identificación.
—¿Y qué pasó después?
Inés respiró hondo.
—Al día siguiente, alguien vino a buscarla. Una mujer que llevaba un colgante con forma de estrella. Me dijo que la niña debía regresar con su familia. Elena me había advertido que no la dejara ir con nadie, pero aquella mujer sabía cosas que solo Elena podía haberle contado.
—¿Se la entregaste?
Inés no respondió.
Y esa falta de respuesta fue suficiente para que mi pecho se llenara de una rabia que llevaba años esperando un lugar donde caer.
—¿Se la entregaste? —repetí.
—No tenía opción.
—¡Siempre tienen una opción! ¡Todos dicen que no tenían opción, pero ninguno me explica por qué decidieron por nosotras!
Inés retrocedió un paso.
Yo estaba llorando, aunque no recordaba haber empezado.
—¿Qué pasó con esa niña?
Inés miró a Mateo. Después a Gael.
Finalmente, volvió a mirarme.
—La mujer me dijo que, si alguna vez regresabas preguntando por tu hermana, te diera esto.
Abrió la caja de metal.
Dentro había una fotografía antigua, una pulsera de cuentas rojas y un sobre sellado.
En la fotografía aparecían dos niñas frente a la casa de Inés. Una llevaba un abrigo claro. La otra, un abrigo oscuro.
Las dos tenían el cabello rojizo.
En el reverso, una fecha.
20 DE OCTUBRE.
Y debajo, dos nombres escritos con tinta azul.
ALMA. ABRIL.
Pero uno de ellos estaba tachado.
No era el de Alma.
Era el mío.
Me temblaron los dedos cuando tomé el sobre.
En el frente había una frase escrita con una letra que no reconocí.
«Para la hija que no volvió».
—Abrilo —susurró Mateo.
Rompí el sello.
Dentro encontré una sola hoja.
La primera línea me obligó a sentarme.
«Si esta carta llegó a tus manos, significa que Elena no consiguió mantenerlas separadas».
Seguí leyendo.
«No confíes en la niña que recuerdas ser. No porque sea mala, sino porque alguien le entregó una vida que pertenecía a otra persona».
Me detuve.
La tinta se había corrido en algunos lugares, pero la última parte era perfectamente legible.
«La noche del diecisiete de octubre, una de las gemelas abrió la puerta del sótano. La otra fue la que salió de la mansión. Y la mujer que las separó no lo hizo para salvarlas a las dos».
Debajo había una firma.
L. Ferrer.
La doctora.
La mujer que había atendido a las dos niñas.
La persona que, al parecer, sabía cuál de nosotras había regresado.
Levanté la vista hacia Inés.
—¿Por qué me diste esto ahora?
—Porque recibí un mensaje hace una hora.
Sacó su teléfono y lo colocó sobre la mesa.
En la pantalla había una fotografía de nuestra llegada a la casa. Se veía a Gael llamando a la puerta, a Mateo detrás de él y a mí con la caja entre los brazos.
Alguien nos había seguido.
Debajo de la imagen, un mensaje:
«No le entregues la carta. Ella todavía no sabe cuál de las dos debe morir para que la otra pueda vivir».
El silencio fue absoluto.
Entonces escuchamos tres golpes en la puerta.
Inés palideció.
Mateo se levantó.
Gael me apartó suavemente de la ventana y se colocó delante de mí.
Los golpes se repitieron.
Tres veces.
Después, una voz masculina habló desde el otro lado.
—Inés, sabemos que Abril está ahí.
Reconocí la voz antes de que pronunciara la siguiente frase.
Era el hombre del anillo plateado.
—Abrí la puerta. Tenemos que terminar lo que empezó hace diez años.
Miré la carta de la doctora Ferrer.
Después miré la pulsera roja.
Y por primera vez comprendí que tal vez el hombre no había venido a buscarme porque supiera quién era.
Había venido porque él también tenía miedo de descubrirlo.
La voz volvió a escucharse desde el otro lado de la puerta.
—Abril, preguntale a Inés qué hizo con la segunda pulsera.
Giré lentamente la cabeza.
Inés había abierto la caja de metal para sacar la primera.
Pero ahora, en el fondo, había un espacio vacío con la forma exacta de otra pulsera.
Cuando levanté la mirada, Inés estaba llorando.
—No tenías que encontrar esa carta —susurró—. No antes de saber cuál de las dos volvió.
Y entonces, desde el otro lado de la puerta, el hombre pronunció un nombre que no había escuchado en diez años.
Un nombre que hizo que Inés se cubriera la boca.
Un nombre que Mateo reconoció.
Y que Gael, por alguna razón, parecía haber estado esperando.
—Alma Montenegro.
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