el viaje de un sangre bastarda para convertirse en un héroe.
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una alianza inesperada
No había tiempo para quejas ni recriminaciones. La maga y yo lo sabíamos perfectamente: teníamos un asunto pendiente por discutir, pero si queríamos salir con vida de esta caverna, habría que dejar las rencillas para después.
En ese momento, di gracias en silencio a los dioses por haber nacido con la fortaleza física y la disciplina para dominar la espada. El acero era noble, predecible y directo; mil veces más confiable que los trucos volubles de la magia.
—¡Niño, sal de aquí! —me gritó la elfa mientras intentaba reajustar su postura, manteniendo la vara apuntada hacia la bestia—. ¡Solo estás estorbándome!
—¡Cállate, maga inútil! —le respondí con un rugido, ajustando mi agarre sobre el pomo de la espada—. Deberías enfocarte en el monstruo. ¡Muévete rápido!
Típico de los magos, pensé con desprecio. Cobardes y débiles por naturaleza que necesitan depender de encantamientos a distancia para sobrevivir sin arriesgar la piel. Sin embargo, dadas las circunstancias, su presencia no me vendría mal. Estábamos atrapados en un espacio claustrofóbico y la densa neblina tóxica que el dragón creaba con sus bocanadas de magma hacía casi imposible derrotarlo de frente. Un chispazo de apoyo mágico me serviría de distracción para asestar el golpe definitivo.
—¡Vastitas Aquae! —exclamó Armia, extendiendo su báculo con elegancia.
De la gema incrustada en la punta brotó una masa de agua a altísima presión. Era un conjuro devastador, un torrente concentrado capaz de cercenar la carne y los huesos de un hombre adulto como si fuera pan blando. No obstante, al impactar contra el lomo del Dragón de Piedra, el impacto apenas logró arañar sus placas mineralizadas.
Aun así, la marea de agua cumplió su cometido: desestabilizó al monstruo. Aproveché ese instante de distracción para deslizarme por debajo de su flanco y soltar un tajo limpio contra las articulaciones de sus patas traseras. El dragón bramó, perdiendo el equilibrio. Cayó sobre sus rodillas de roca y me abalancé hacia sus zonas blandas buscando cortar sus puntos vitales... pero no había nada. Su armadura mineral era impenetrable por fuera.
—¡Debemos irnos ahora que está aturdido! —chilló Armia, retrocediendo un paso mientras la cueva temblaba.
—¡Vete tú si quieres! —le espanté sin quitarle la mirada de encima a la bestia—. ¡Yo no me voy de aquí sin mi presa!
—¡Oye! ¡Yo también tengo mis propios motivos para estar aquí, pero...!
—¡Silencio! —la interrumpí tajante, clavando la vista en la enorme boca que la bestia abría de par en par para reunir fuego—. Mira su garganta.
Entre el resplandor incandescente de sus fauces, logré distinguir un tejido blando, una glándula expuesta en el fondo de su garganta. Si lograba atravesar ese punto, la bestia moriría al instante. Sin embargo, el calor infernal que emanaba de su hocico me consumiría en cenizas antes de que mi acero pudiera tocarlo.
Armia entendió la jugada al instante. Suspiró con pesadez y dio un paso al frente.
—Bien, espadachín. No te muevas. ¡Scutum Corporis Silvestris!
Una luz verde brillante se desprendió de su báculo y se envolvió alrededor de mi cuerpo como una armadura invisible de aura natural. El calor sofocante del magma disminuyó drásticamente a mi alrededor.
—¡Rápido! —advirtió la maga, con la frente perlada de sudor—. No podré mantener un encantamiento de esta magnitud por mucho tiempo. ¡Muévete ya!
Resultaba profundamente incómodo y humillante depender del poder de un mago para abrirme paso, pero no me quedaban alternativas. Era aceptar su protección o morir abrasado en este foso; y yo no iba a permitir que mi viaje terminara antes de haber comenzado.
Me lancé hacia adelante.
La barrera mágica de Armia contuvo la oleada de calor que brotaba del dragón. Pasé por debajo de sus fauces abiertas y, con un impulso desesperado, clave la Espada de las Cinco Voluntades directamente en el núcleo blando de su garganta.
Un chillido ensordecedor retumbó en la gruta. Extraje la hoja de un tirón y salté hacia atrás justo a tiempo para ver cómo el coloso se retorcía agónicamente. Aquel era, sin duda, su punto débil. El Dragón Nivel Emperador colapsó sobre el suelo de la caverna, levantando una nube de polvo y quedando finalmente inerte.
Mientras yo respiraba con dificultad, saboreando el triunfo, me giré para ver a la maga hurgando entre la pila de cadáveres rotos que yacían en los rincones de la cueva. Iba recogiendo, una a una, las placas de metal de varios aventureros caídos.
—Que los dioses guarden sus almas, mis amigos... —susurró Armia, estrechando los distintivos contra su pecho.
—Oye, mujer —le dije, limpiando la sangre negra de mi espada con un trapo—. Fuiste sumamente imprudente al venir sola. Si yo no hubiera estado aquí, habrías terminado muerta junto a tus compañeros.
Armia se puso de pie bruscamente y me clavó una mirada llena de fastidio.
—Cállate. Solo eres un niño jugando a ser héroe y... —Se detuvo en seco. Sus ojos se posaron en la empuñadura de mi arma y luego se clavaron en el destello azul celeste de mis pupilas—. Oye... esa espada... y tus ojos. Eres un sangre bastarda.
—Sí, lo soy —admití, sosteniéndole la mirada con frialdad—. Me llamo Adamas Skógarins.
—¿Skógarins? —se burló, arqueando una ceja—. ¿El apellido de la casa real de los elfos? Ja, lo dudo mucho. Pero como sea... Soy Armia Luhgoyhan, una aventurera de rango avanzado. Dime, ¿tu equipo murió en el trayecto?
—No. No tengo equipo —respondí secamente—. Trabajo solo y así es como me gusta.
—Vaya... No sé si eres demasiado valiente o simplemente un estúpido —suspiró la maga, acomodándose la túnica—. En fin, no te preocupes, niño. Cuando vuelva al gremio, diré que contribuiste un poco en esta cacería para que te den unas monedas.
—¿Disculpa? —sentí cómo la ira me encendía la sangre—. Yo fui quien aceptó esta misión. ¡Yo fui quien mató a la bestia!
—Con mi ayuda —recalcó Armia, señalándome con el dedo—. Si yo no hubiera llegado, te habrías ahogado en los gases tóxicos. Y jamás habrías alcanzado la garganta del dragón sin mi protección mágica.
—¡Habría encontrado la forma de hacerlo solo! —le grité.
La maga simplemente soltó una risita burlona, recogió sus cosas y comenzó a caminar hacia la salida de la mina. Apreté los dientes mientras la seguía. Tenía razón en algo: debido a la jerarquía de rangos, la palabra de una aventurera avanzada pesaría más que la de un novato. La sola idea de ser ninguneado por una maga elfa me enfurecía a niveles indescriptibles.
Sin embargo, al regresar al Gremio de Aventureros en las fronteras del territorio demoníaco, la misma burocracia que tanto aborrecía terminó dándome una sorpresa.
—¿Pero de qué diablos estás hablando, Worlku? —protestó Armia, golpeando el mostrador con la palma de la mano—. ¡El grupo Star Forest, mi equipo, fue el primero en registrar la cacería de esa cueva! ¡Este mocoso solo fue un estorbo!
Worlku, el encargado demonio, ni siquiera levantó la vista del pergamino mientras sellaba unos documentos.
—Lo siento, niña, pero las reglas del gremio son claras —dijo con voz cansada—. Tu equipo fracasó en el momento en que caducó su plazo inicial. Además, tus compañeros están todos muertos; solo quedaste tú. Si mal no recuerdo, estuviste aquí hace tres meses y abandonaste el contrato. Para la burocracia del gremio, el encargo estaba activo a nombre del chico. El mérito principal es de él.
Soplé una sonrisa arrogante y crucé los brazos sobre el pecho.
—Vaya, vaya... Bendita burocracia, ¿no te parece, elfa?
—¡Cállate, maldito sangre bastarda! —masculló Armia, mirándome con rabia.
—Bien, Worlku —continué, ignorándola—. Quiero mi recompensa en oro y la actualización de mi nuevo rango.
El demonio rascó su barbilla y soltó un largo suspiro.
—Ah, sobre eso... tenemos un problema. Para ascenderte oficialmente al Rango Avanzado, los estatutos exigen que el grupo esté integrado por un mínimo de dos personas.
—¿Qué? —exclamé, dando un paso al frente—. ¿Por qué?
—Porque es el requisito mínimo que piden los gremios de las grandes ciudades para certificar un ascenso de ese nivel —explicó Worlku con calma—. Puedo entregarte el dinero y darte trabajos locales aquí, sí; pero para que tu placa sea reconocida en todo el continente, necesito mandar el registro firmado por dos aventureros. Si envío un informe diciendo que un novato en solitario abatió a un Dragón Nivel Emperador, nadie en la capital lo creerá. Pensarán que es un fraude, mandarían e investigar e invalidarían tu hazaña.
Armia soltó una carcajada burlona al escuchar eso.
—¡Jajaja! Pobre idiota.
Worlku nos miró a ambos con fastidio y dio un golpe sobre la mesa.
—Así que, ¿por qué no agregas a la elfa a tu grupo? De todas formas, los compañeros de ella están muertos y tampoco puede reclamar el pago ni mantener su antiguo equipo ella sola.
—¿Qué? —reaccioné de inmediato, sintiendo un escalofrío—. ¿Meter a una maga en mi grupo? ¡Jamás!
—¡Ni yo quisiera hacer equipo con un mocoso infatuado como tú! —replicó Armia al instante.
—Oigan, mocosos —interrumpió el demonio, recogiendo sus papeles—. Tengo que cerrar la oficina y empezar a tramitar los pergaminos de la noche. Así que decídanse de una vez: ¿aceptan la solicitud conjunta o se quedan ambos sin rango?
Nos quedamos en silencio durante unos segundos interminables, mirándonos con aborrecimiento mutuo.
—Mierda... —refunfuñé entre dientes—. Si no hay de otra...
—Pues ni hablar —murmuró Armia, apartando la mirada con resignación—. De todos modos, mi grupo ya no existe.
—Perfecto —concluyó Worlku, estampando el sello oficial sobre las fichas de cuero—. Asciendo oficialmente al equipo "Heavenly Sword", ahora compuesto por dos miembros, al Rango Avanzado.
Y así, contra todos mis planes iniciales, logré alcanzar el Rango Avanzado.
Esa simple placa de metal me abría por fin las puertas para aceptar encargos de verdadera importancia en las grandes metrópolis del continente. Sin embargo, el precio a pagar había sido amarrar mi camino al de esta maga.
Sinceramente, nunca me habían agradado los usuarios de magia. Los consideraba seres débiles y cobardes por naturaleza. Si al menos la mujer supiera esgrimir una espada con decencia, habría podido respetarla un poco más; pero esto era lo que había. Tenía que adaptarme y seguir avanzando.
Había logrado una hazaña colosal al abatir a una bestia de Nivel Emperador, aunque me daba una punzada de vergüenza admitir que había necesitado la ayuda de una maga para dar el golpe final. Pero me consolaba saber que esto era solo un peldaño más en mi ascenso.
Me juré por mi honor que la próxima vez que me enfrentara a un dragón, lo decapitaría completamente solo. Llevaría a esta maga inútil a mi lado únicamente por pura conveniencia política y burocrática. Al final del día, estaba seguro de una cosa: mi nombre resonaría con tal fuerza en todo el mundo que nadie volvería a dudar de mi valor.