Ella reencarna en un mundo mágico. Una familia militar, pero ella solo quiere verse linda y leer.. y sobre todo ser feliz.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Oscuridad 2
No supo cuánto tiempo permaneció sumida en aquella oscuridad.
Al principio, no sintió nada. No había dolor, frío, calor ni siquiera la sensación de estar respirando. Era como encontrarse suspendida en un espacio infinito donde no existía absolutamente nada.
Tampoco podía mover el cuerpo, abrir los ojos o determinar si todavía tenía uno.
[¿Así que esto es la muerte?].
Intentó recordar lo sucedido, pero los recuerdos aparecían desordenados.. el supervisor, la tienda, el reloj, el disparo, las sirenas y, finalmente, aquella sonrisa de satisfacción cuando supo que el asaltante sería arrestado.
[Al menos ese desgraciado terminó entre rejas. ¡Ja! ¡Quería robar y terminó consiguiendo una condena! Si pudiera verlo, le diría que se lo merece por completo].
Se sintió bastante satisfecha con aquella conclusión.
Sin embargo, después de un rato, comenzó a aburrirse.
Muchísimo.
[¿Y ahora qué? ¿Voy a quedarme aquí para siempre? ¿No hay un túnel luminoso? ¿Una puerta? ¿Un ángel que venga a explicarme las reglas? ¿Nada?].
Esperó.
Nada.
[Qué servicio tan deficiente. Una se muere y ni siquiera le ofrecen instrucciones].
Si hubiera tenido un cuerpo, seguramente habría cruzado los brazos y fruncido el ceño.
Pero no tenía cuerpo.
Ni brazos.
Ni cejas que fruncir.
Aquello era verdaderamente lamentable.
Fue entonces cuando algo cambió.
A lo lejos apareció una pequeña luz.
Después otra.
Y otra más.
Las luces comenzaron a expandirse, formando imágenes que flotaban delante de ella, como si alguien hubiera abierto un enorme libro ilustrado en medio de la oscuridad.
La mujer se quedó inmóvil.
Un jardín.
Una mansión.
Un dormitorio amplio.
Una niña de cabello negro jugando con unos muñecos.
Un hombre alto, vestido con uniforme militar, que levantaba a la pequeña en brazos.
Una mujer elegante que le acomodaba el cabello.
Dos niños mayores que corrían por un pasillo mientras discutían sobre espadas.
Y, finalmente, una joven preciosa, de cabello negro largo y ojos claros, sentada junto a una ventana con un libro entre las manos.
La mujer observó aquella última imagen.
Sus ojos, si es que todavía podía llamarlos así, parecieron iluminarse.
—¡AY, ESTA TRAMA YA LA HE LEÍDO!
Su grito resonó en la oscuridad.
Las imágenes parecieron temblar.
Ella, en cambio, estaba emocionadísima.
¡Emocionadísima!
[¡Lo sabía! ¡Lo sabía! ¡LO SABÍA!].
Había leído tantas novelas de reencarnación que reconocía perfectamente aquella secuencia.
Primero, la muerte.
Después, la oscuridad.
Luego, las imágenes de una vida que no le pertenecía.
¡Era evidente!
¡Estaba a punto de reencarnar!
[Saltaria de alegría si hubiera tuviera piernas.]
[¡Dios mío, qué maravilla! ¡He leído esta situación cientos de veces! ¡Cientos! ¡Por fin voy a experimentar algo que no sea trabajar para pagar mis libros!].
De repente, las imágenes comenzaron a avanzar más deprisa.
La joven del cabello negro crecía.
La niña se convertía en adolescente y luego en una muchacha de belleza extraordinaria.
Su familia la rodeaba constantemente, aunque todos parecían tener la costumbre de mantener expresiones tan serias que cualquiera habría pensado que estaban asistiendo a un funeral.
El hombre alto la cargaba cuando era pequeña.
La mujer le besaba la frente.
Los dos hermanos mayores le enseñaban pequeños objetos que traían de sus entrenamientos militares, aunque la muchacha casi siempre terminaba escondiéndose detrás de una cortina cuando intentaban mostrarle sus espadas.
Y entonces, como si alguien hubiera decidido presentarle formalmente a la protagonista de aquella historia, una voz pareció surgir de las imágenes.
Ellie Viceroy.
La tercera hija de la respetable familia Viceroy.
La mujer se quedó en silencio.
Luego abrió la boca.
—¿Ellie Viceroy?
Las imágenes continuaron mostrándole fragmentos de la vida de aquella joven.
La familia Viceroy era una de las familias militares más respetadas del reino de Sunderland. Durante generaciones, sus integrantes habían servido a la corona como militares, estrategas y comandantes.
Su apellido era sinónimo de lealtad, disciplina y honor.
Su padre había sido general.
Su abuelo también había dedicado su vida al ejército.
Y, si uno retrocedía lo suficiente en el árbol genealógico, encontraba militares por todas partes.
¡Por todas partes!
Si aquella familia fuera un plato de comida, tendría espadas en lugar de cubiertos.
El padre de Ellie era un hombre alto, de hombros anchos y mirada severa. Incluso cuando estaba en casa, mantenía una postura impecable y hablaba con una autoridad que hacía que los sirvientes se enderezaran automáticamente al verlo pasar.
Su hermano mayor, Eric Viceroy, había seguido los pasos de su padre y se había convertido en general a una edad relativamente joven.
Era un hombre disciplinado, responsable y tan serio que parecía incapaz de sonreír sin una autorización oficial.
Su hermana mayor, Emma Viceroy, tampoco se había quedado atrás.
Había alcanzado el rango de capitana y era reconocida por su habilidad con la espada, su capacidad para dirigir soldados y su temperamento firme.
En otras palabras, los dos hermanos mayores de Ellie eran auténticos orgullos militares.
Y luego estaba Ellie.
La tercera hija.
La única que, desde pequeña, había considerado que las armas eran objetos innecesariamente peligrosos y que la mejor manera de pasar una tarde era sentarse junto a una ventana con un buen libro.
Mientras Eric practicaba con la espada, Ellie leía.
Mientras Emma entrenaba con los soldados, Ellie leía.
Mientras su padre hablaba sobre estrategias militares durante la cena, Ellie intentaba leer discretamente debajo de la mesa.
[¡JA, JA, JA! ¡Esta familia es maravillosa!].
Ella estaba fascinada.
[¡Un padre general, un hermano general y una hermana capitana! ¡Y la hija menor quiere leer novelas! ¡Es una comedia escrita especialmente para mí!].
Las imágenes mostraron a la pequeña Ellie escondida detrás de un sillón mientras su hermano intentaba convencerla de que aprendiera a manejar una espada de entrenamiento.
—Solo tienes que sostenerla así
le explicaba Eric con paciencia.
La niña miraba el arma con una expresión de profundo rechazo.
—¿Y si me corto?
—No te cortarás. Es una espada de entrenamiento.
—¿Y si me golpeas por accidente?
—No lo haré.
—¿Y si la espada se rompe y me cae encima?
Eric había guardado silencio.
Emma, que observaba la escena desde un costado, se había llevado una mano a la frente.
—Es una espada de madera, Ellie.
—¡Precisamente! ¡La madera también puede astillarse!
El hermano mayor había terminado suspirando mientras la niña escapaba a toda velocidad hacia la biblioteca.
La mujer que observaba las imágenes casi se dobló de la risa.
[¡Es una genia! ¡Una absoluta genia! ¡No quiere aprender a luchar porque tiene cosas mucho más importantes que hacer!].
Como leer.
Leer muchísimo.
Ellie había crecido rodeada de libros, aunque no pertenecía a una familia particularmente aficionada a la literatura.
Su padre prefería los informes militares.
Eric estudiaba mapas, estrategias y documentos relacionados con el ejército.
Emma leía manuales de combate y tratados sobre tácticas de guerra.
Si alguien colocaba una novela romántica sobre la mesa del comedor, era probable que alguno de ellos preguntara si contenía información útil para la defensa del reino.
Y, sin embargo, Ellie nunca había tenido dificultades para conseguir lo que deseaba.
Porque, por más severos que fueran los Viceroy, adoraban a la hija menor.
La consentían.
La protegían.
La mimaban de una manera tan evidente que resultaba casi ridícula.
Si Ellie decía que tenía frío, aparecían mantas.
Si decía que tenía hambre, aparecía comida.
Si mencionaba que había encontrado una novela interesante, su padre preguntaba quién era el autor y, antes de que terminara la semana, el libro ya estaba en su habitación.
Si deseaba visitar una librería, alguno de sus hermanos encontraba tiempo para acompañarla, incluso si eso significaba retrasar sus propios compromisos.
Y si Ellie se quejaba de que una silla era demasiado incómoda para leer, era perfectamente posible que al día siguiente hubiera una nueva silla en su dormitorio.
[¡¿Qué clase de familia es esta?!].
La mujer estaba maravillada.
[¡Son ricos, son nobles, son una familia respetable y, encima, adoran a la protagonista! ¡¿Dónde firmo?! ¡¿DÓNDE?!].
Es un hombre maduro, sabe lo que quiere y desea hacer feliz a la mujer que el destino puso en su camino.
Tratarla con igualdad de derechos, porque en esa época la mujer era simplemente ama de casa y procreadora, no podía opinar.
Que excelente la madurez de Antony Parisi 👏👏🥰♥️