Lady Evelyn Ashbourne murió a los setenta y seis años después de vivir una existencia marcada por las infidelidades de su esposo, la soledad y un amor que nunca recibió. Sin embargo, el destino le concedió una segunda oportunidad: despertó nuevamente a los dieciocho años, conservando todos los recuerdos de su vida anterior.
Esta vez, Evelyn no volverá a cometer los mismos errores. En lugar de elegir al encantador vizconde que destruyó su felicidad, aceptará casarse con Adrian de Blackthorne, el temido duque al que rechazó en su primera vida.
Frío, intimidante y despiadado con sus enemigos, Adrian esconde heridas y secretos que nadie se atreve a descubrir. Su matrimonio comenzará como un acuerdo entre dos familias, pero la convivencia despertará sentimientos que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.
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La invitación de la muerte.
La mañana llegó a Blackthorne envuelta en una niebla espesa.
Desde las ventanas del castillo, los jardines parecían un océano gris, inmóvil y silencioso. Los rosales estaban cubiertos de rocío, las fuentes apenas se distinguían entre la bruma y los primeros sirvientes caminaban por los corredores con una cautela inusual, como si temieran perturbar algo que todavía no terminaban de comprender.
La noticia del incendio había llegado antes que el amanecer.
Aunque el duque había ordenado discreción, los rumores ya circulaban entre los criados, los comerciantes y los habitantes de las propiedades vecinas. Algunos afirmaban que la antigua residencia de Eleanor había ardido por un accidente. Otros aseguraban que alguien había intentado asesinar a los futuros duques.
Y, como siempre ocurría entre la nobleza, la verdad era lo último que interesaba a quienes disfrutaban del escándalo.
Evelyn no había dormido más de dos horas.
Permanecía sentada junto a la ventana de sus aposentos, todavía con el cabello suelto y una bata clara sobre el vestido sencillo que se había puesto al regresar. Frente a ella descansaba una taza de té que se había enfriado hacía rato.
No dejaba de pensar en la mujer que había hablado desde aquella residencia desconocida.
«Esta vez no dejaré que elijas por nosotros».
¿Quién era?
¿A quién se refería cuando hablaba de elegir?
Y, sobre todo, ¿qué tenía que ver ella con una historia que había comenzado mucho antes de su nacimiento?
Evelyn se llevó una mano al pecho.
En su primera vida, había pasado décadas creyendo que el sufrimiento era una consecuencia inevitable de sus propias decisiones. Había pensado que, si hubiera sido más paciente, más comprensiva o menos orgullosa, quizá su matrimonio habría sido diferente.
Ahora comprendía que algunas desgracias no podían evitarse con paciencia.
Había personas dispuestas a destruir vidas para proteger sus secretos.
Y ella, por primera vez, estaba decidida a no permitirlo.
Tres golpes suaves interrumpieron sus pensamientos.
—Adelante.
Una doncella entró con una bandeja de plata.
—Milady, el duque solicita su presencia en el desayuno. El médico ha autorizado que permanezca sentado durante un rato.
Evelyn se levantó de inmediato.
—¿Ha descansado bien?
La muchacha vaciló.
—No estoy segura, milady. Su Excelencia pidió que no lo molestáramos durante la noche, pero escuché al capitán entrar en sus aposentos poco antes del amanecer.
—¿El capitán Harrington?
—Sí, milady. Llevaba unos documentos.
Evelyn frunció el ceño.
—Gracias. Iré enseguida.
Cuando la doncella salió, Evelyn se miró en el espejo.
Tenía ojeras y el rostro pálido. Una pequeña herida le cruzaba la palma de la mano, recuerdo de las piedras que había apartado durante su huida. No obstante, lo que más le llamaba la atención era su propia mirada.
En su primera vida, había aprendido a bajar los ojos para evitar discusiones. Había descubierto que el silencio podía mantener la paz de una casa, aunque destruyera lentamente a quien lo practicaba.
La mujer que la observaba desde el espejo ya no tenía intención de guardar silencio.
Se recogió el cabello, eligió un vestido azul oscuro y salió de la habitación.
Esta vez, no permitiría que nadie escribiera el final de su historia.
Adrian estaba sentado junto a la chimenea cuando Evelyn entró en el comedor privado.
Llevaba una camisa blanca y un chaleco oscuro. El hombro herido permanecía sujeto por un vendaje bajo la ropa, y su rostro mostraba el cansancio de una noche sin descanso. Aun así, cuando la vio, dejó inmediatamente los documentos que estaba examinando.
—Buenos días —dijo ella.
—Lo serían mucho más si hubieras dormido.
Evelyn tomó asiento frente a él.
—Podría decirte exactamente lo mismo.
—Yo tengo una excusa.
—¿Una herida?
—Una investigación.
—Qué conveniente.
Adrian sonrió apenas.
Esa pequeña sonrisa bastó para aliviar algo de la tensión que Evelyn llevaba acumulada desde el incendio. Era extraño descubrir cuánto podía cambiarle el ánimo un gesto tan sencillo.
Durante años, en su primera vida, había esperado que su esposo la mirara de aquella manera. Había esperado que se interesara por su cansancio, por sus preocupaciones, por las cosas pequeñas que componían sus días.
Nunca había sucedido.
Y ahora, sin haberlo buscado, encontraba en Adrian una atención que no necesitaba reclamar.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó ella, observando el vendaje que asomaba por debajo de su manga.
—El médico asegura que sobreviviré.
—No es lo que te he preguntado.
Adrian dejó escapar un suspiro.
—Me duele el hombro. Me duele la cabeza. Y estoy empezando a sospechar que el médico disfruta recordándome que debo guardar reposo.
—Entonces, por una vez, deberías hacerle caso.
—¿Tú también vas a empezar?
—Por supuesto. Alguien debe encargarse de que no conviertas una herida en una tragedia innecesaria.
—No sabía que mi futura esposa tenía semejante vocación de mando.
—Todavía no conoces todas mis virtudes.
Adrian la contempló con una expresión más cálida.
—Eso es precisamente lo que me preocupa.
Evelyn se rio suavemente.
Por un instante, la habitación pareció pertenecerles solamente a ellos. No existían las cartas, los secretos ni la fecha de una muerte anunciada. Solo dos personas compartiendo el desayuno, descubriendo poco a poco que podían hablarse sin miedo.
Pero la tranquilidad duró poco.
Adrian tomó uno de los documentos que tenía junto al plato.
—Harrington interrogó al hombre capturado durante la madrugada.
La sonrisa de Evelyn desapareció.
—¿Y qué dijo?
—Nada. No ha pronunciado una sola palabra. Sin embargo, el capitán encontró esto en el forro de su chaqueta.
Le entregó un papel pequeño.
En él aparecía dibujado el halcón de los Langford. Debajo había una dirección escrita con tinta negra y, al final, una frase:
«La segunda campana anunciará el regreso de la heredera».
Evelyn leyó el mensaje dos veces.
—¿Qué heredera?
—Eso es lo que intentamos averiguar.
—¿Y la dirección?
—Una propiedad abandonada en las afueras de la capital. Perteneció a la familia Langford hace varias décadas.
Evelyn dejó el papel sobre la mesa.
—¿Crees que Isabella está involucrada?
—Creo que alguien quiere que lo creamos.
Adrian se recostó con cuidado contra el respaldo de la silla.
—El hombre llevaba el emblema de los Langford, pero no tenía documentos que permitieran identificarlo. Además, cuando el capitán le preguntó quién le había ordenado incendiar la casa, escribió un solo nombre.
Evelyn sintió un escalofrío.
—¿Cuál?
Adrian la miró directamente.
—Ashbourne.
El silencio cayó entre ambos.
Evelyn sintió que el apellido de su familia se volvía extraño en sus propios oídos.
—¿Mi familia?
—O alguien que pretende incriminarla.
Ella bajó los ojos hacia el papel.
Su abuelo Thomas Ashbourne había aparecido en los documentos de Eleanor. Su anillo había abierto el pasadizo secreto. Su caligrafía —o una imitación de ella— aparecía en mensajes imposibles.
Y ahora alguien señalaba a los Ashbourne como responsables del incendio.
—Mi abuelo murió hace muchos años —murmuró.
—Lo sé.
—No pudo haber ordenado nada de esto.
—No he dicho que lo hiciera.
Adrian extendió la mano sobre la mesa, ofreciéndosela.
Evelyn la aceptó.
—No voy a acusar a tu familia sin pruebas —dijo él—. Ni permitiré que otros lo hagan para apartarte de mí.
Ella apretó sus dedos.
—Gracias.
—No tienes que agradecérmelo. Si alguien intenta utilizar tu apellido para manipularnos, tendrá que responder ante nosotros.
Evelyn lo observó en silencio.
Ante nosotros.
No ante él. No detrás de él.
Ante ambos.
Aquella diferencia, tan pequeña para cualquier otra persona, significaba mucho para ella.
Entonces se escucharon pasos apresurados en el corredor.
El capitán Harrington apareció en la puerta.
—Disculpe la interrupción, mi señor.
Adrian levantó la cabeza.
—¿Qué sucede?
El capitán sostenía una bandeja cubierta por una tela negra.
—Ha llegado un mensajero. Trae una invitación dirigida al duque y a la señorita Ashbourne.
Evelyn sintió que el corazón le daba un vuelco.
—¿Quién la envía?
—No hay remitente, milady.
Harrington dejó la bandeja sobre la mesa.
Encima descansaba un sobre de papel grueso, cerrado con cera roja.
Y sobre la cera estaba impreso un halcón.
Adrian no permitió que Evelyn tocara el sobre hasta que el capitán examinó el sello.
La cera no presentaba marcas de manipulación. El papel era antiguo, pero estaba limpio y en perfecto estado. No había huellas visibles ni señales de que hubiera sido abierto antes.
—¿Quién lo entregó? —preguntó Adrian.
—Un muchacho que esperaba en la entrada principal. Asegura que un caballero le pagó para traerlo esta mañana. No pudo describirlo con precisión.
—¿Lo retuvieron?
—Sí, mi señor. Está esperando en la garita.
Adrian asintió.
—Que permanezca allí hasta que terminemos con esto.
El capitán se retiró.
Evelyn miró el sobre.
Había algo inquietante en su aspecto. No solo por el sello de los Langford, sino por la sensación de familiaridad que le provocaba la escritura de su nombre.
Lady Evelyn Ashbourne.
Las letras eran elegantes, ligeramente inclinadas hacia la derecha. La inicial de su nombre tenía un trazo largo y curvado.
Evelyn conocía aquella letra.
La había visto en las páginas de su diario de la primera vida.
La había visto en las notas que aparecían sin explicación.
Y la había visto en el documento que anunciaba la muerte de Adrian.
—No puede ser —susurró.
Adrian la observó.
—¿La reconoces?
Evelyn no respondió inmediatamente.
Se inclinó sobre el sobre, sin tocarlo, y estudió cada letra.
—Es mi caligrafía.
Adrian se quedó inmóvil.
—¿Estás segura?
—Completamente.
—¿La de tu primera vida?
Ella asintió.
—Y la de mi segunda.
Adrian retiró la mano de la mesa, como si el sobre hubiera comenzado a arder.
—Entonces alguien tiene acceso a tus escritos.
—O alguien sabe imitarlos.
—¿Quién podría hacerlo?
Evelyn pensó en su abuelo, en Eleanor, en Lord Sebastian Whitmore y en la misteriosa mujer que había hablado tras el incendio.
También recordó el retrato de sí misma a los setenta y seis años.
Su rostro envejecido, sus ojos cansados, la expresión de una mujer que parecía haber visto demasiadas cosas.
Quizá aquella mujer había escrito las cartas.
Quizá había sido ella misma.
La posibilidad le produjo un vértigo insoportable.
—No lo sé —contestó finalmente—. Pero no creo que esta invitación haya llegado por casualidad.
Adrian rompió el sello.
Dentro había una tarjeta color marfil y una hoja doblada.
La tarjeta llevaba impreso el nombre de una propiedad:
Mansión de los Langford.
La hoja contenía un mensaje breve.
«Al duque de Blackthorne y a lady Evelyn Ashbourne:
Se les invita a una reunión privada para resolver los asuntos pendientes entre las familias Blackthorne, Ashbourne y Langford.
La reunión tendrá lugar mañana, a las nueve de la noche, en la antigua mansión Langford.
Se ruega la presencia de ambos. La ausencia de cualquiera de los dos será interpretada como una renuncia a conocer la verdad.
Hay secretos que solo pueden revelarse cuando todos los implicados están presentes.
Atentamente,
La heredera».
Evelyn volvió a leer la última línea.
—La heredera —murmuró—. La misma palabra del mensaje que llevaba el hombre capturado.
Adrian asintió lentamente.
—Y mañana, a las nueve.
—¿Vas a ir?
Él la miró como si la pregunta le resultara absurda.
—Por supuesto.
—Adrian, podrías estar caminando hacia una trampa.
—Lo sé.
—El hombre que intentó matarnos podría estar esperándonos.
—También lo sé.
—¡Y acabas de salir de un incendio!
Adrian alzó una ceja.
—Empiezo a notar cierta preocupación por mi bienestar.
Evelyn lo fulminó con la mirada.
—No estoy bromeando.
—Yo tampoco.
Su expresión se volvió seria.
—No pienso permitir que alguien utilice nuestras dudas para obligarnos a vivir escondidos. Si esa persona quiere que vayamos, descubriremos por qué. Pero no lo haremos sin prepararnos.
Evelyn miró la invitación una vez más.
—Entonces iremos juntos.
—Juntos —confirmó él.
Sin embargo, al decirlo, Adrian no pudo evitar mirar la última frase de la carta.
La ausencia de cualquiera de los dos será interpretada como una renuncia a conocer la verdad.
Aquello no era una invitación.
Era una forma de ejercer presión.
Quien la había enviado conocía sus debilidades y sabía que ninguno de los dos podía permitirse ignorar una oportunidad de descubrir qué había sucedido con Eleanor.
Y sabía algo más.
Sabía que Evelyn jamás permitiría que Adrian acudiera solo.
Aquella tarde, Evelyn pidió que le llevaran todos los documentos recuperados del incendio a la biblioteca.
Adrian permaneció en sus aposentos, siguiendo las órdenes del médico con una obediencia tan limitada que Evelyn sospechaba que solo estaba descansando porque ella había amenazado con llamar personalmente al médico cada vez que lo encontrara fuera de la cama.
La biblioteca de Blackthorne era una habitación amplia, con estanterías que llegaban hasta el techo y una escalera de madera oscura que permitía alcanzar los volúmenes más altos. Las ventanas daban al jardín oriental y dejaban entrar una luz grisácea que parecía anunciar otra tormenta.
Evelyn extendió los documentos sobre una mesa.
Había estudiado suficientes papeles durante su primera vida para reconocer cuándo un detalle no encajaba. Las fechas, las firmas y las anotaciones de los márgenes podían parecer insignificantes por separado, pero juntas componían una historia.
Comenzó por la carta de Beatrice Langford.
La leyó con detenimiento, buscando una referencia a la reunión del día siguiente.
No encontró ninguna.
Después revisó la libreta rescatada del compartimento secreto.
Las primeras páginas contenían fechas, iniciales y nombres. Algunas anotaciones estaban escritas en inglés antiguo; otras, en una caligrafía más reciente.
Una página llamó su atención.
«La primera elección condujo al error. La segunda, a la esperanza. La tercera determinará cuál de las dos vidas será recordada».
Evelyn sintió que se le erizaba la piel.
Debajo había tres fechas.
La primera correspondía al día en que había rechazado a Adrian en su vida anterior.
La segunda era el día en que había aceptado su propuesta de matrimonio en esta segunda oportunidad.
La tercera era la fecha de la boda.
—No puede ser…
Pasó la página.
Allí encontró una anotación breve, escrita con la misma tinta negra que las anteriores.
«Si la joven Ashbourne recuerda su primera vida, no se le debe permitir leer el último capítulo».
Evelyn se quedó mirando aquellas palabras.
El último capítulo.
¿De qué hablaba aquella persona?
¿De un libro? ¿De un diario? ¿De la historia que ella misma estaba viviendo?
Una corriente de aire movió las hojas de la mesa.
Evelyn sujetó los documentos y se levantó para cerrar una de las ventanas. Al hacerlo, reparó en una pequeña caja de madera que descansaba detrás de una fila de libros.
No la había visto antes.
Era oscura, sin adornos, y tenía una cerradura diminuta.
Sobre la tapa había una inscripción.
Para Evelyn, cuando recuerde.
El corazón comenzó a latirle con violencia.
Miró alrededor, como si esperara encontrar a alguien observándola.
Después tomó la caja y la colocó sobre la mesa.
No tenía llave.
Probó con la de plata que habían encontrado en la casa de Eleanor.
Encajó perfectamente.
El cierre cedió.
Dentro había un cuaderno delgado, varias hojas sueltas y una cinta azul descolorida.
Evelyn reconoció el cuaderno antes de tocarlo.
Era suyo.
No el diario que había escrito durante su primera vida, ni uno de los cuadernos de su juventud.
Era el pequeño diario que había llevado consigo durante los primeros meses después de despertar a los dieciocho años, cuando todavía se sentía atrapada entre la vida que había perdido y aquella que intentaba reconstruir.
Pero había algo imposible.
Ella había dejado ese cuaderno en su antigua habitación de Ashbourne, antes de aceptar el compromiso con Adrian.
Nunca lo había llevado a Blackthorne.
Lo abrió con manos temblorosas.
Las primeras páginas contenían anotaciones que recordaba haber escrito: sus dudas, sus temores, las fechas que había intentado memorizar y las decisiones que había prometido no repetir.
Pero las últimas páginas eran diferentes.
La tinta parecía más reciente.
La letra era idéntica a la suya.
Y el texto comenzaba con una frase que la dejó sin aliento.
«Si estás leyendo esto, significa que has llegado más lejos de lo que yo pude llegar».
Evelyn se llevó una mano a la boca.
Siguió leyendo.
«No confíes en la invitación. No confíes en la mujer que dice querer salvarte. Y, sobre todo, no permitas que Adrian entre en la habitación donde está el retrato».
Un escalofrío le recorrió la espalda.
La siguiente línea estaba escrita con tanta fuerza que la pluma había marcado el papel.
«Porque cuando vea su propio rostro junto al tuyo, recordará quién fue en la vida que tú no recuerdas».
Evelyn dejó caer el cuaderno.
Durante varios segundos no pudo moverse.
La habitación pareció girar lentamente a su alrededor.
¿Quién había escrito aquellas palabras?
¿Ella misma?
¿En qué momento?
Y si Adrian también tenía recuerdos de otra vida, ¿por qué nunca se lo había dicho?
Un golpe en la puerta la hizo sobresaltarse.
—¿Evelyn?
Era la voz de Adrian.
Ella recogió el cuaderno con rapidez y lo cerró.
—Adelante.
El duque entró con el brazo sujeto y el rostro cansado.
—Me han dicho que llevas horas aquí.
—Estaba revisando los documentos.
Adrian observó la mesa.
—¿Has encontrado algo?
Evelyn miró el cuaderno escondido bajo una carpeta.
La advertencia seguía resonando en su cabeza.
No permitas que Adrian entre en la habitación donde está el retrato.
No sabía si debía obedecerla.
Pero, por primera vez desde que había despertado en su segunda vida, sintió miedo de una posibilidad que no estaba relacionada con la muerte de Adrian.
Sintió miedo de no conocer realmente al hombre del que se estaba enamorando.
—He encontrado una nota —respondió con cautela—. Habla de una habitación y de un retrato.
La expresión de Adrian cambió.
Fue un cambio pequeño, apenas una tensión en la mandíbula y una sombra que cruzó sus ojos.
Pero Evelyn lo vio.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
Adrian permaneció en silencio unos instantes.
—Hay algo que no te he contado.
Evelyn sintió que el corazón le golpeaba las costillas.
—¿Qué cosa?
Él miró hacia la puerta, asegurándose de que estaban solos.
—En el ala este del castillo hay una habitación que mi padre ordenó cerrar poco antes de morir. No pertenece a los aposentos de mi madre. Está al final del corredor, detrás de una puerta que nunca aparece en los planos de la casa.
Evelyn apretó el cuaderno contra su pecho.
—¿Qué hay dentro?
Adrian negó lentamente con la cabeza.
—No lo sé. Pero hace tres noches, mientras todos dormían, escuché una voz al otro lado de esa puerta.
—¿Una voz?
—Una mujer.
El silencio que siguió fue absoluto.
Evelyn recordó la figura enmascarada, las cartas, la fotografía de sí misma anciana y las palabras de la misteriosa mujer.
«Esta vez no dejaré que elijas por nosotros».
—¿Qué dijo? —preguntó.
Adrian la miró directamente.
—Dijo mi nombre.
Hizo una pausa.
—Y después dijo algo que no he podido olvidar.
Evelyn sintió que le faltaba el aire.
—¿Qué?
Adrian se acercó un paso.
—Dijo: «Pregúntale a tu novia qué hizo para merecer una segunda vida».
Evelyn palideció.
El cuaderno tembló entre sus manos.
Adrian lo notó.
—¿Qué estás ocultando?
Ella abrió la boca, pero no encontró palabras.
Porque la pregunta que acababa de formular Adrian no era la más aterradora.
Lo más aterrador era que, en el fondo, Evelyn también empezaba a preguntárselo.
¿Qué había hecho para merecer una segunda vida?
¿Y qué tendría que entregar a cambio de ella?
Aquella noche, Evelyn no volvió a sus aposentos.
Permaneció en la biblioteca hasta que las velas comenzaron a consumirse, leyendo una y otra vez las páginas de su antiguo cuaderno.
Algunas anotaciones parecían proceder de su propia mano, pero otras contenían detalles que no recordaba haber escrito.
En la última hoja había un dibujo.
Era el retrato de una mujer de cabello blanco, vestida con un traje oscuro. Tenía el rostro de Evelyn a los setenta y seis años.
A su lado aparecía un hombre joven, de cabello negro y ojos grises.
Adrian.
Pero no era el Adrian que ella conocía.
Su expresión era distinta. Tenía una cicatriz sobre la ceja izquierda y una mirada que parecía guardar siglos de tristeza.
En la parte inferior del dibujo había una frase.
«Él también ha vivido dos veces. Pero solo uno de los dos recuerda la verdad».
Evelyn sintió que la sangre abandonaba su rostro.
Alguien llamó a la puerta.
No fue un golpe de cortesía.
Fueron tres golpes lentos.
Pausados.
Como si quien estuviera al otro lado supiera exactamente lo que ella estaba leyendo.
Evelyn cerró el cuaderno.
—¿Quién es?
Nadie respondió.
Se levantó con cautela y se acercó a la puerta.
—¿Quién está ahí?
Entonces escuchó una voz femenina.
Una voz suave, envejecida y terriblemente familiar.
—Evelyn, querida… sé que estás despierta.
El corazón de Evelyn pareció detenerse.
Reconocía aquella voz.
La había escuchado en sus recuerdos más antiguos, en las tardes de su infancia, cuando una mujer se inclinaba para besarle la frente antes de dormir.
Era la voz de su abuela materna.
La misma mujer cuya muerte le habían comunicado cuando todavía era una niña.
La misma mujer que, según todos los registros familiares, llevaba más de veinte años enterrada.
—Abre la puerta, Evelyn —susurró la voz—. Tenemos que hablar antes de que te cases con Adrian.
Evelyn retrocedió lentamente.
Sobre la mesa, el cuaderno se abrió por sí solo al recibir una corriente de aire.
La última frase, escrita con su propia caligrafía, quedó expuesta bajo la luz de las velas.
«Cuando escuches la voz de alguien que ya ha muerto, no abras la puerta. No importa cuánto la hayas amado».
Del otro lado, la mujer soltó una risa tenue.
—No hagas caso de lo que escribiste, querida.
Hubo una pausa.
Y entonces pronunció una frase que Evelyn jamás había contado a nadie, ni siquiera a Adrian.
Una frase que su abuela le había susurrado cuando era pequeña, durante la última noche que pasaron juntas.
—Recuerda, mi niña: la primera vez que mueras, no será la última.
Evelyn sintió que las piernas le fallaban.
La puerta comenzó a abrirse lentamente.
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Que abra pasado???
Quede en suspenso.
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Oooooooo por Diosssssssssssssssssss.
Esto está buenísimo cada capítulo es excelente.
En 1 momento si imagine que el otro Adrián era su hermano gemelo.
Me super encanta todos esos secretos que pico a poco van saliendo a la luz.
Oooooooo cielos.
En esa casa aparecen y desaparecen los muertos como si de vivos se tratara y en los momentos más oportunos.
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Me encanta la Historia
👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌
🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣
Me volví masoquista.
😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁
Oooooooo, vaya, hasta a mi me picó la super curiosidad por saber que ahy detrás se esa puerta.
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Me encanta Margaret,.
😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁