Isolde de Valenne nunca quiso una corona. Pero cuando una tragedia destruye a su familia, se convierte en la única heredera de un reino que se niega a ser gobernado por una mujer. Su única oportunidad de conservar el trono es casarse con Kael de Draven, un rey temido por sus enemigos, conocido por su carácter implacable y acostumbrado a que todos obedezcan sus órdenes. El matrimonio será un acuerdo político. Sin amor, sin promesas y sin expectativas. Ella no piensa someterse a un hombre que cree poder gobernarlo todo. Él no está dispuesto a permitir que su esposa desafíe su autoridad. Entre discusiones, miradas desafiantes y celos que ninguno querrá reconocer, ambos descubrirán que compartir una corona es mucho más sencillo que aprender a compartir el corazón. Pero mientras sus sentimientos amenazan con destruir las barreras que los separan, una conspiración comienza a revelar secretos capaces de enfrentar a sus reinos y convertir su matrimonio en el principio de una guerra. Porque Isolde puede aceptar una corona junto a su enemigo. Lo que jamás aceptará es convertirse en su posesión.
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La habitación vacía
—¡Encuéntrenla! —ordenó Isolde.
Los guardias salieron inmediatamente.
La princesa permaneció frente a la cama de Elin, observando las manchas de sangre sobre las sábanas. No sabía si la criada estaba muerta, herida o escondida en algún lugar del castillo.
Pero no pensaba aceptar la peor posibilidad sin buscarla primero.
—La sangre es escasa —comentó Kael, examinando la habitación—. Podría no ser suya.
—¿Y si lo es?
Él la miró.
—Entonces encontraremos al responsable.
Isolde apretó su colgante.
—Todos los que intentan ayudarme terminan amenazados. Mi primo, esa mujer… ¿Quién será el siguiente?
Kael se acercó, pero esta vez no intentó abrazarla.
—No eres responsable de lo que hacen nuestros enemigos.
—Pero soy responsable de proteger a mi gente.
—Y lo harás. Sin destruirte en el intento.
Isolde bajó la mirada. Odiaba que él supiera cuándo estaba a punto de quebrarse.
—Necesito estar sola.
Kael asintió, aunque antes de salir se detuvo junto a la puerta.
—Estaré en la sala contigua.
No le ordenó que descansara ni le pidió que dejara de investigar.
Simplemente se quedó cerca.
Y, por alguna razón, aquello la reconfortó más de lo que quería admitir.
Una hora después, Rowan regresó con noticias.
Habían encontrado huellas cerca de una salida secundaria y una pequeña mancha de sangre en el patio de servicio. Todo indicaba que alguien había sacado a Elin del castillo durante el cambio de guardia.
—¿Quién estaba a cargo? —preguntó Isolde.
Rowan consultó sus notas.
—El capitán Darius.
La princesa frunció el ceño.
—Quiero hablar con él.
—Hay otro problema —añadió Rowan—. Darius tampoco aparece.
Kael intercambió una mirada con Isolde.
—Parece que alguien dentro del castillo está ayudando a los conspiradores —dijo él.
—O alguien quiere que pensemos eso.
La respuesta hizo que Rowan asintiera con aprobación.
Isolde se levantó.
—Revisaremos los registros de las guardias. Nadie será acusado sin pruebas, pero desde este momento todos los cambios de turno necesitarán mi autorización.
—Me encargaré —respondió Rowan.
Cuando se marchó, Kael apoyó las manos sobre la mesa.
—Estás aprendiendo a desconfiar de todos.
—No. Estoy aprendiendo a distinguir entre confiar y ser ingenua.
—Una lección que muchos reyes aprenden demasiado tarde.
Isolde lo observó con curiosidad.
—¿Tu padre te enseñó eso?
La expresión de Kael se endureció ligeramente.
—Mi padre confiaba demasiado en las personas equivocadas.
—¿Y eso le costó la vida?
Kael guardó silencio.
Fue una respuesta suficiente.
Isolde no insistió. Por primera vez, comprendió que Kael también tenía heridas que prefería mantener ocultas.
Al caer la noche, alguien llamó a la puerta de Isolde.
Era Lucien.
Tenía el rostro pálido y sostenía un pequeño paquete envuelto en tela.
—Necesito que veas esto.
Isolde lo hizo pasar, aunque no ocultó su desconfianza.
—Espero que esta vez no me pidas que confíe en ti a ciegas.
—No. Esta vez te mostraré lo que encontré.
Lucien desenvolvió el paquete.
Dentro había varias páginas amarillentas, cubiertas de anotaciones y sellos oficiales.
Isolde reconoció inmediatamente la caligrafía de su padre.
—¿Dónde las conseguiste?
—Las escondí después de recibir la amenaza. No quería entregártelas hasta estar seguro de que nadie nos vigilaba.
—¿Y ahora sí lo estás?
—No. Pero después de lo que le hicieron a Elin, comprendí que esperar también puede matarnos.
Isolde tomó las páginas con manos temblorosas.
En la última encontró una lista de nombres relacionados con la operación militar de la frontera.
Había consejeros, oficiales y funcionarios de ambos reinos.
Y, junto a uno de ellos, su padre había escrito una frase que Isolde reconoció de inmediato.
No permitir que vuelva a acercarse a mi hija.
La princesa sintió que el corazón se le detenía.
El nombre que aparecía debajo de aquella advertencia era el de Kael de Draven.
En ese instante, la puerta se abrió.
Kael entró y encontró a Isolde sosteniendo el documento, con el rostro descompuesto.
Sus miradas se cruzaron.
—Isolde… ¿qué ocurre?
Ella levantó las páginas.
—Quiero que me expliques por qué mi padre escribió tu nombre en una investigación relacionada con su muerte.
Kael miró el documento.
Y por primera vez desde que Isolde lo conocía, el rey de Draven pareció quedarse sin palabras.