El cielo estaba despejado aquella mañana, y las calles de la ciudad permanecían tranquilas. Nadie imaginaba que, antes de que terminara el día, el mundo que conocían dejaría de existir.
nas cuando anos riendo. Varios testigos aseguran
amó a su padre, pero la llamada terminó enviándolo ntesta, ón cambió.
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Hermanos
Darian observó la llamada perdida de su hermano menor y sintió que algo no estaba bien.
Daniel nunca lo llamaba durante sus misiones, a menos que se tratara de algo importante.
—Maldición… —murmuró, intentando devolverle la llamada.
El teléfono comenzó a marcar, pero solo se escucharon interferencias.
—¡Darian, tenemos que movernos! —gritó uno de sus compañeros—. ¡No podemos quedarnos aquí!
El joven guardó el teléfono y ajustó su equipo.
—Mi hermano está en esta ciudad. No voy a dejarlo atrás.
—¡Las órdenes son llegar al punto de evacuación!
Darian lo miró seriamente.
—Entonces tendrán que continuar sin mí.
Antes de que alguien pudiera detenerlo, corrió hacia el vehículo y abrió la puerta del conductor.
—¿A dónde vas? —preguntó otro soldado.
—A buscar a mi hermano.
Encendió el motor y aceleró, alejándose del edificio militar mientras las sirenas anunciaban que la situación estaba empeorando.
Mientras tanto, Daniel se encontraba encerrado en su departamento.
El chico de cabello castaño caminaba de un lado a otro, mirando constantemente su teléfono. Había intentado comunicarse con Darian varias veces, pero no había recibido respuesta.
—Contesta, idiota… —susurró, apretando los labios—. Siempre me dices que te llame si ocurre algo.
Un golpe repentino en la puerta lo hizo detenerse.
—¡Ayuda! ¡Por favor, abran!
Daniel se acercó con cautela.
—¿Quién es?
—¡Soy el señor Ramírez, el vecino del tercer piso! ¡Déjeme entrar!
Daniel dudó. Recordó las noticias y las figuras extrañas que aparecían en las grabaciones.
—¿Está solo?
—¡Sí! ¡Por favor, esas cosas vienen subiendo!
Daniel abrió apenas la puerta y encontró al hombre sudando, con la ropa desordenada y el rostro lleno de miedo. Lo dejó entrar rápidamente y volvió a cerrar con llave.
—¿Qué está pasando? —preguntó Daniel.
El vecino se apoyó contra la pared, tratando de recuperar el aliento.
—No lo sé. Vi a una de esas criaturas atacar a un hombre en la calle. Después comenzaron a perseguir a todos los que intentaban escapar.
Daniel sintió un escalofrío.
—¿Y la policía?
El hombre negó con la cabeza.
—No hay nadie que pueda ayudarnos.
En ese momento, un estruendo resonó en el pasillo.
Ambos guardaron silencio.
Algo estaba arrastrando los pies al otro lado de la puerta.
Daniel retrocedió lentamente y tomó un cuchillo de cocina que había dejado sobre la mesa. No era un arma adecuada para defenderse, pero era lo único que tenía a mano.
Los pasos se detuvieron frente a su departamento.
Después, alguien comenzó a golpear la puerta.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
—¡Abran! —se escuchó una voz ronca desde el otro lado.
Daniel miró al vecino, confundido.
—¿Hay alguien más en el edificio?
El hombre negó lentamente.
Entonces, la voz volvió a escucharse, pero esta vez sonó completamente diferente.
—Daniel…
El chico palideció.
Aquello había pronunciado su nombre.
¿Cómo podía saberlo?
Retrocedió hasta chocar contra la mesa, mientras los golpes comenzaban a hacerse más fuertes.
De pronto, su teléfono vibró.
Era un mensaje de Darian.
«Daniel, escúchame. No abras la puerta por ningún motivo. Voy a buscarte. Quédate escondido y no hagas ruido».
Daniel sintió un enorme alivio al leerlo.
—Mi hermano viene por mí…
Pero antes de que pudiera responder, la puerta recibió un golpe tan fuerte que la madera se agrietó.
El vecino soltó un grito ahogado.
—¡Tenemos que escondernos!
Daniel corrió hacia su habitación y cerró la puerta. Se metió debajo de la cama, abrazando su teléfono mientras escuchaba cómo algo entraba al departamento.
Los pasos avanzaron lentamente por la sala.
Después se detuvieron frente a su habitación.
Daniel se cubrió la boca para no hacer ruido.
La manija comenzó a girar.
Darian conducía a toda velocidad por una avenida llena de vehículos abandonados. Había dejado atrás a su escuadrón y ahora solo tenía un objetivo: llegar hasta Daniel.
—Resiste, pequeño idiota… —murmuró, apretando el volante—. No pienso perderte.
De repente, una figura apareció en medio de la carretera.
Darian pisó el freno y el vehículo derrapó hasta detenerse a pocos metros.
La criatura tenía el cuerpo encorvado, los brazos demasiado largos y la cabeza inclinada hacia un costado. Su piel parecía grisácea y sus movimientos eran extrañamente rápidos.
Darian levantó su arma.
—Apártate de mi camino.
La criatura giró la cabeza hacia él.
Y entonces sonrió.
El soldado sintió que se le erizaba la piel, pero no permitió que el miedo lo dominara.
Cuando aquella cosa comenzó a acercarse, Darian retrocedió hasta la puerta del vehículo. Sin apartar la mirada, subió y arrancó de nuevo, desviándose por una calle lateral.
No podía permitirse perder tiempo.
Sin embargo, al llegar a la zona donde vivía su hermano, descubrió que el edificio estaba rodeado de humo.
Varias ventanas estaban rotas.
La entrada principal se encontraba destrozada.
Darian abandonó el vehículo y corrió hacia el interior.
—¡Daniel! —gritó mientras subía las escaleras—. ¡Soy yo! ¡Contéstame!
No obtuvo respuesta.
Al llegar al tercer piso, encontró la puerta del departamento de su hermano abierta y una sala completamente revuelta.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
—Daniel…
Entonces escuchó un ruido procedente de una habitación.
Darian levantó el arma y avanzó lentamente.
La puerta estaba entreabierta.
Al empujarla, encontró una criatura inclinada sobre una cama.
—¡Aléjate de ahí! —gritó.
La criatura se volvió hacia él.
Darian disparó y aprovechó el momento para entrar, buscando desesperadamente a su hermano.
—¡Daniel! ¡¿Dónde estás?!
Desde debajo de la cama, una voz temblorosa respondió:
—¿Darian…?
El soldado reconoció aquella voz inmediatamente.
Se arrodilló y miró debajo de la cama.
Allí estaba Daniel, pálido y con los ojos llenos de lágrimas.
—Ven aquí, enano.
Daniel salió rápidamente y se aferró a su hermano.