Un amor apasionado nacido en medio de la guerra entre dos paises. La princesa Melany se enamora apasionada mente del tirano que juro odiar, por que nada es como parece
NovelToon tiene autorización de Lelixi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 12: La Marcha hacia la Frontera
Los preparativos para el despliegue del contingente imperial se realizaron con una celeridad asombrosa. Al amanecer, el patio principal del palacio resonaba con el relincho de los corceles de guerra, el estruendo de las armaduras al ajustarse y el rumor constante de miles de soldados organizándose en formaciones impecables.
En la Torre Este, Melany vestía un atuendo preparado especialmente para la expedición: una túnica de viaje de lana gruesa en tono verde oscuro, ajustada con un cinturón de cuero reforzado y una capa de piel que la protegía del gélido viento del norte. Aunque no llevaba armas visibles por respeto a la guardia, su porte erguido y su mirada decidida infundían un respeto natural entre las sirvientas y guardias que la acompañaban.
Antonio entró en la estancia luciendo su armadura completa de combate: un peto de acero negro grabado con los dragones dorados de Solaria, hombreras imponentes y una capa carmesí que caía con majestuosidad sobre sus espaldas. Al verla, sus ojos dorados brillaron con una mezcla de admiración y recelo por el peligro al que la estaba exponiendo.
—Las tropas están listas —dijo el emperador, su voz retumbando bajo el yelmo que llevaba sujeto al cinturón—. Cabalgaremos hacia el paso del Río del Alba. Si el ejército de tu padre mantiene su ritmo de marcha, los interceptaremos antes de que crucen la línea divisoria.
—Estoy lista, Antonio —respondió Melany, dando un paso al frente y ajustándose los guantes de cuero.
En el pasillo exterior, Emanuel esperaba junto a los caballos principales. El canciller observó a la princesa con la misma severidad de siempre, aunque sus ojos revelaban una inquieta preocupación.
—Majestad —intervino Emanuel, dando un paso adelante mientras dos guardias sostenían las riendas del gran semental negro de Antonio—. Los ministros en la capital murmuran con fuerza. Consideran que llevar a la heredera enemiga al campo de batalla en lugar de mantenerla bajo llave en la fortaleza es una locura estratégica.
—Los ministros ven el mundo a través de mapas de papel y monedas de oro, Emanuel —replicó Antonio con firmeza, subiendo al lomo de su caballo con una agilidad impresionante a pesar del peso de la armadura—. Esta guerra no se ganará con intrigas de salón, sino con la verdad manifestada ante los hombres que están dispuestos a morir en el barro.
Emanuel suspiró, acomodándose en su propia montura. Se acercó levemente a Antonio para hablarle en tono confidencial.
—Solo te pido que no bajes la guardia, amigo mío. La lealtad de un rey hacia su hija puede ser inquebrantable, pero la avaricia de sus generales no tiene límites. Si esos hombres ven amenazado su poder por la paz que pretendes firmar, no dudarán en atravesar con sus lanzas tanto a la princesa como a ti.
Antonio asintió en silencio, reconociendo la prudencia de la advertencia de su consejero. Miró a Melany, quien montaba con destreza un corcel tordo a su lado, y le ofreció una mirada llena de convicción antes de dar la orden de marcha.
El viaje duró dos días intensos a través de valles nevados y bosques de pinitos plateados. Durante las paradas nocturnas en los campamentos de campaña, la cercanía entre el emperador y la princesa no pasó desapercibida para la tropa. Antonio no la trataba como a una rehén; compartía con ella su tienda principal, le ofrecía el lugar más cálido junto a la pira y escuchaba sus opiniones sobre la geografía de la frontera con una atención absoluta.
En la intimidad de la carpa imperial, envueltos por el susurro de la ventisca nocturna, el deseo y la devoción entre ambos se intensificaban. Antonio la abrazaba bajo las mantas de piel, protegiéndola del frío extremo de las montañas, mientras Melany descansaba el rostro contra su pecho firme, reconfortada por la certeza de que bajo esa imponente coraza de conquistador palpitaba el corazón del noble muchacho que había amado en su niñez.