Samanta Ruiz es la fría CEO de un imperio de papelería Kawaii. Conduce un Lamborghini y tiene todo bajo control, excepto su amor. Por su cumpleaños, sus amigas le regalan un viaje VIP al Caribe, pero un error de reserva la obliga a compartir apartamento con Samuel Vargas, un imponente y jovial magnate de la logística internacional. Tras quince días de piques y tensión, la última noche estalla en una pasión inolvidable. Se despiden en el aeropuerto como adultos realistas: la distancia hace imposible su amor.
Pero un virus estomacal anula la píldora de Samanta. El diagnóstico es brutal: embarazada de mellizos. Orgullosa, decide criarlos sola y en secreto.
Tres años después, Samuel irrumpe en su sala de juntas para negociar una alianza millonaria. Él no la ha olvidado, pero ignora que tiene una parejita de herederos. Con la ayuda de Carlos, su metódico hermano y abogado, Samanta intentará blindar su nido. Pero Samuel es un tiburón implacable que no parará hasta recuperar a su mujer.
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CAPITULO 1.TREINTA VELAS Y UN LAMBORGHINI
Samanta apagó el motor del Lamborghini Huracán Evo y se quedó unos segundos disfrutando del silencio del garaje subterráneo. El coche, personalizado en un tono lila metalizado satinado que recordaba a la estética Kawaii, era su mayor orgullo. Para muchos, vender libretas cuquis, bolígrafos con forma de patito y agendas de colores pastel era un juego de niños. Para ella, era el imperio multimillonario que había levantado desde cero con puro esfuerzo, noches sin dormir y mucha disciplina.
Salió del coche pisando fuerte con sus tacones y subió en el ascensor privado que conectaba directamente con su lujoso ático en el centro de la ciudad. Al entrar, las luces automáticas iluminaron una decoración impecable y minimalista, con unos ventanales enormes que mostraban el skyline urbano. Dejó las llaves en la entrada y se miró en el espejo del recibidor. Hoy cumplía treinta años. Profesionalmente estaba en la cima del éxito, conducía el coche de sus sueños y vivía donde siempre había querido. Sin embargo, su vida personal era otra historia. Llevaba sola algo más de dos años. Desde entonces había tenido algunos rollos pasajeros, pero nada importante. Su única relación seria había sido con Brian, un noviazgo que duró ocho años y con quien llegó a planear formar una familia. Pero, en algún momento, la rutina se instaló entre ellos y el amor se transformó en una relación fraternal. Se querían, pero ya no como pareja. Por suerte, rompieron de mutuo acuerdo, sin dramas ni escenas tóxicas, y a día de hoy seguían siendo grandes amigos que se apoyaban en todo.
Mientras se desabrochaba la chaqueta del traje, su teléfono vibró. Era Brian.
—Dime que no estás revisando balances financieros el día de tu cumpleaños —bromeó él al otro lado de la línea.
—Hola, Brian. Acabo de llegar a casa, pero confieso que iba a mirar el correo —admitió ella con una sonrisa.
—Eres incorregible, Sam. Feliz cumpleaños. Treinta ya, te estás haciendo mayor. ¿Vas a salir con las chicas?
—Sí, han reservado en el club de moda. Dicen que me tienen una sorpresa.
—Me alegro mucho. Te hace falta desconectar. Llevas dos años viviendo metida en la oficina. Desde que lo dejamos, solo tienes ojos para los proveedores de la empresa. Te mereces disfrutar.
—Ya sabes cómo soy, Brian. Cuando me enamoro lo doy todo y soy fiel hasta el final, por eso exijo lo mismo. No tengo tiempo para hombres inmaduros que solo buscan enredar o que no saben lo que quieren. Para eso, prefiero estar sola.
—El hombre que te merezca va a tener que ganárselo a pulso. Anda, vete a cambiar y pásalo bien. Te quiero, Sam.
—Y yo a ti, Brian. Hablamos mañana.
Samanta colgó con una sensación cálida en el pecho. Agradecía mucho tener a Brian en su vida, pero al mirar el gran salón vacío, sintió un pequeño pinchazo de nostalgia. Se sacudió el pensamiento de la cabeza y caminó hacia el vestidor. Era su cumpleaños y tocaba celebrar.
Unas horas más tarde, el ambiente en el reservado del restaurante era espectacular. Samanta se había puesto un vestido negro ajustado que le sentaba de maravilla. A su lado estaban sus dos mejores amigas de toda la vida: Vanesa, que no dejaba de hacerse carantoñas con su marido Rafa, y Rosa, que reía cómplice con su novio Víctor. Samanta adoraba a su círculo, pero estar rodeada de parejas a veces se le hacía cuesta arriba. Al tener compromisos familiares y matrimoniales, sus amigas ya no salían a bailar ni de fiesta todo lo que a ella le gustaría. Se sentía un poco como el "violín" del grupo, observando cómo la vida de los demás avanzaba en pareja mientras ella seguía soltera.
—¡Bueno, basta de miraditas románticas! —exclamó Vanesa, golpeando suavemente su copa con un tenedor—. Hoy es el cumpleaños de la reina de la papelería cuqui. Sam, tienes treinta años, estás cañón, eres rica y trabajas demasiado. Es hora de tus regalos.
Rosa sacó de su bolso un sobre de color rosa pastel decorado con pegatinas brillantes y se lo tendió con entusiasmo.
—Ábrelo ya, por favor. Lo hemos planeado entre todos durante meses —dijo Rosa, dando palmaditas emocionadas.
Samanta tomó el sobre, intrigada, y rasgó el papel. Al sacar el contenido, se le cortó la respiración. Lo primero que vio fue un billete de avión directo a unas islas paradisíacas. Debajo, había un documento de reserva impreso: un pequeño apartamento de lujo en un hotel con spa, situado a pie de playa, para una estancia completa de quince días.
—¿Esto es en serio? —preguntó Samanta, con los ojos abiertos de par en par.
—Completamente en serio —respondió Vanesa con una sonrisa enorme—. Desde que lo dejaste con Brian no has pisado una playa, ni te has tomado un solo día de vacaciones. Te pasas la vida pegada al ordenador controlando la producción. Tus amigas consideramos que ya es hora de que desconectes de la empresa, apagues el móvil de trabajo y descanses de verdad.
—Chicas... no sé qué decir. Es un regalazo, es increíble —Samanta se levantó de un salto y abrazó con fuerza a sus dos amigas, sintiendo que se le saltaban las lágrimas de la emoción—. Estoy superemocionada. De verdad que lo necesitaba, aunque me costara admitirlo. Estoy deseando hacer las maletas y subirme a ese avión.
La noche continuó entre risas, brindis y charlas sobre el viaje. Samanta no podía dejar de pensar en los quince días de relax que le esperaban. Playa, masajes, zumos tropicales y nada de correos electrónicos. Era el plan perfecto.
Dos días después, el bullicio del aeropuerto internacional era caótico, pero Samanta caminaba ligera, arrastrando su maleta de diseñador. Dejó solucionados los asuntos más urgentes de la empresa y delegó el resto en su equipo de confianza. Llevaba unas gafas de sol oscuras, unos pantalones cómodos pero elegantes y una felicidad que no le cabía en el pecho. Tras pasar los controles sin contratiempos, embarcó en el avión. Al tener billete en clase preferente, esperaba un vuelo tranquilo y silencioso.
Encontró su fila, colocó su equipaje de mano en el compartimento superior y se acomodó en el asiento de la ventana. Saboréo el momento. Sacó su tablet para organizar unas lecturas pendientes y se colocó los auriculares, dispuesta a aislarse del mundo hasta aterrizar en el paraíso.
Justo antes de que la tripulación cerrara las puertas de la cabina, un hombre se detuvo en su misma fila. Samanta levantó la vista de reojo y, por un instante, se quedó impresionada. Era un tipo imponente, alto, de espaldas anchas, con unas facciones marcadas y unos ojos claros que contrastaban con su piel bronceada. Vestía una camisa de lino informal que le sentaba impecable. Era guapísimo, el tipo de hombre que hacía girar cabezas al pasar. Sin embargo, toda la buena impresión se esfumó en cuanto él la miró, le dedicó una sonrisa de suficiencia y se sentó en el asiento de al lado, invadiendo sutilmente su espacio.
—Buenas tardes, compañera de viaje —dijo él, con una voz profunda y un tono de lo más jovial y relajado—. Parece que nos ha tocado compartir vuelo. Espero que no te dé miedo volar, porque si el avión se mueve, dejas que me agarre a tu brazo.
Samanta parpadeó, un poco descolocada por la confianza tan repentina de un extraño. Ella, que valoraba su espacio y prefería la seriedad en los primeros contactos, lo miró con frialdad a través de sus gafas de sol.
—No me da miedo volar, gracias. Y prefiero viajar en silencio, tengo trabajo que terminar —respondió ella con voz cortante, volviendo la mirada a su tablet de inmediato.
El hombre, lejos de achantarse o captar la indirecta, soltó una carcajada limpia y alegre. Se acomodó en su asiento, cruzando las piernas con total tranquilidad. Estaba claro que venía con el chip de vacaciones activado, con ganas de hablar, bromear y vacilar a cualquiera que se le cruzara en el camino.
—¿Trabajar en un vuelo hacia el paraíso? Eso debería estar prohibido por ley —insistió él, girándose hacia ella con simpatía—. Soy Samuel, por cierto. Y te aseguro que este viaje se te va a hacer eterno si pretendes ignorarme las próximas horas. Tengo muchas anécdotas que contar para amenizar el trayecto.
Samanta suspiró profundamente para sus adentros, sintiendo cómo la irritación le subía por el cuello. Todo lo que ese hombre tenía de guapo e imponente, lo tenía de pesado y molesto. A ella no le gustaban los hombres que enredaban demasiado ni las confianzas forzadas, y la actitud parlanchina y jovial de Samuel le estaba arruinando la paz mental que tanto había ansiado.
"Me va a dar el viaje de mi vida", pensó Samanta, clavando la mirada en la pantalla de su tablet mientras el avión comenzaba a moverse por la pista de despegue, anticipando el vuelo más largo y desesperante de toda su vida. Lo que ella no se imaginaba en absoluto era que la pesadilla con ese hombre no había hecho más que empezar.
te felicito autora, está hermosa,no tardes tanto en actualizar por fis👏